Capítulo 24
P olly no había sabido qué pensar al ver a Sebastian hablando de forma tan íntima con aquella hermosa mujer en lo alto de la escalera.
Estaba bastante oculto a la vista de la mayoría de los presentes en el salón de baile, aunque, a pesar de los muchos bailes que ella había compartido con otros caballeros, su mirada no había dejado de regresar al punto donde él había permanecido casi toda la noche, en el balcón, contemplando cuanto ocurría abajo.
La mujer se había dirigido derecha hacia él nada más divisarlo, y Polly la había observado con atención. Al percatarse del trato tan familiar que le dispensaba a Sebastian, la rabia empezó a bullirle en las entrañas, hasta que vio que él intentaba apartarse de ella una y otra vez.
Fue a buscar a Violet, que estaba junto a su marido.
—¿Quién es esa? —susurró Polly entre dientes, señalando con la mirada hacia la escalera para que Violet y Greville supieran de quién hablaba.
—Creo que es la esposa de lord Anderson —dijo Violet, lo que hizo que Polly diera un respingo y que Greville se atragantara con su bebida.
—¿Lord Anderson? —preguntó Polly—. ¿No es un anciano?
Violet se rio.
—Desde luego es mucho mayor que ella, eso es innegable. Creo que ella era viuda y él, un viudo necesitado de una esposa que se ocupara de su casa. Dudo que sea algo más que un matrimonio de conveniencia, pero no me gustaría ponerme a cotillear. ¿Qué te ocurre, Joshua?
Él se aclaró la garganta, ya recuperado del todo.
—lady Anderson tiene cierta... historia con lord Sebastian.
—¿Un pasado? —repitió Violet.
—Santo cielo —dijo Polly al comprender—. Es la señorita Gladstone.
Greville se volvió hacia ella, sorprendido.
—¿Sabes quién es la señorita Gladstone?
—Sí. Sebastian... esto, lord Sebastian, me habló de ella.
—Interesante —murmuró Greville—. Bueno, parece que a Taylor le está costando especialmente librarse de sus garras.
Te aseguro que, por difícil que fuera todo aquello para él, fue una suerte que no pasara el resto de su vida con esa mujer.
Supongo que tendré que ir a rescatarlo, porque es demasiado educado como para despacharla él solo.
Dejó la copa en una mesa cercana y se dispuso a subir la escalera, pero Polly le puso una mano en el brazo.
—No —dijo ella—. Iré yo.
Greville le dedicó una leve sonrisa y asintió, y ella subió la escalera. Había sido una auténtica delicia ver la cara que puso aquella mujer cuando Polly se llevó a Sebastian de allí, y le complacía haberle servido de ayuda después de las incontables ocasiones en que él había acudido a su rescate.
Mientras bailaban, notó las miradas acusadoras de los presentes, que apenas se molestaban en ocultar sus cuchicheos tras los abanicos. Sin embargo, ya no le importaba. Estaba convencida de que muy pronto ella y Sebastian estarían casados, y entonces daría igual lo que pensara toda esa gente.
Le sonrió a Sebastian, feliz por el momento de estar entre sus brazos.
Cuando las manos de él la estrecharon aún más contra sí, suspiró para sus adentros, perpleja de que un hombre tan inteligente fuera incapaz de ver lo bien que encajaban y lo inmensamente felices que serían juntos.
«En fin», pensó. Ya se lo demostraría, y todo saldría como debía.
* * *
Mientras bailaban el vals, Sebastian siguió recorriendo el salón con la mirada para asegurarse de que todo estuviera en orden.
Los otros cuatro caballeros a los que había implicado en su plan se encontraban ya reunidos, así que, cuando terminó el baile, le dio las gracias a Polly, la llevó junto a su padre y cruzó el salón.
Mientras se abría paso entre la multitud, oyó las voces a su alrededor y sintió innumerables miradas clavadas en él.
El calor le subió por el cuello mientras caminaba con paso firme hacia la orquesta.
Sabía bien lo que decían de él. La sociedad era como una gran bestia que jamás dejaba escapar a su presa; la perseguía sin tregua hasta que esta se rendía y sellaba su destino.
Pero no esta vez. Estaba a punto de enmendarlo todo.
—¡Milores, miladies! —exclamó con la orquesta ya en silencio a su espalda—. ¡Les ruego un momento de atención!
Poco a poco, el salón fue quedando en silencio. Una oleada de náuseas lo invadió, pero se mantuvo erguido y firme, negándose a dejarse intimidar. No se atrevió a mirar a Polly, que seguía junto a su padre, por temor a delatar sus sentimientos ante propios y extraños.
—Les doy las gracias —prosiguió una vez que casi todas las miradas convergieron en él—.
Ha llegado a mis oídos que últimamente circulan rumores sobre varias jóvenes del ton .
Es cierto que a mí también se me ha mencionado en ellos.
Esos rumores no tienen ni un ápice de verdad, y estoy aquí para decirles que son enteramente falsos.
Sus palabras suscitaron algunas risitas y burlas entre los presentes, pero Sebastian alzó la barbilla y los miró a todos de frente.
—Voy a demostrarlo —dijo en cuanto las risas se apagaron—. Porque sé con certeza que cuanto se ha afirmado aquí proviene de la boca embustera de lord Victor Yardley.
Sebastian contuvo el aliento, rezando para que el orgullo de Yardley lo empujara a defenderse. Era la única parte del plan de la que no estaba seguro, porque necesitaba que lord Yardley apareciera horrorizado cuando el resto del ton descubriera lo que había hecho.
Un denso silencio se adueñó del salón de baile. Sebastian no dijo nada más, dejando que el peso de sus palabras cayera sobre la multitud.
—¡Cómo se atreve a sugerir semejante cosa!
Conteniéndose para no desplomarse de alivio, Sebastian se giró y vio a Yardley avanzar hacia él a grandes zancadas, con el rostro desencajado por la furia.
—Yo no esparzo rumores maliciosos ni miento —declaró lord Yardley quitándose los guantes—. ¡Vi algo que no debía haber visto, y ahora pretende culparme a mí de su propio error!
—No es más que un embustero y un tramposo —replicó Sebastian con voz lo bastante alta para que lo oyera la mayoría de los invitados—.
Fui yo quien tuvo que arrancarlo de una joven a la que intentaba forzar.
Ella no era rival para usted, ¿verdad? Y después intentó chantajearla para obligarla a callar, a sabiendas de que lo haría por pura vergüenza.
A pesar de saber que la mayoría de los invitados, si no todos, sabrían de quién hablaba, no quiso pronunciar el nombre de Polly para no avergonzarla aún más.
Un murmullo audible brotó de la multitud tras ellos.
Yardley miró hacia atrás, con una sombra de inquietud en el rostro.
Por supuesto, aunque la mayor parte del ton sabía que lord Yardley era un tanto bribón, no había aireado sus trapos sucios, salvo ante aquellos que sabía que lo verían como un héroe para ciertos hombres.
Los caballeros no siempre valoraban a las damas como debían.
—¡Está diciendo tonterías! —declaró lord Yardley, agitando el guante en dirección a Sebastian—. Debería retarlo por manchar mi nombre.
Sebastian soltó una carcajada mientras el resto de los invitados aguardaba con el aliento suspendido lo que sucedería.
—Esperaba que dijera precisamente eso, lord Yardley —repuso con una amplia sonrisa—. Pues tengo aquí a unos cuantos caballeros a quienes les gustaría mucho decirle lo mismo a usted.
Extendió el brazo y cinco hombres dieron un paso al frente, acercándose a Sebastian y lord Yardley. Se colocaron junto a Sebastian, de cara a la multitud, mientras los murmullos comenzaban a elevarse entre los presentes.
—Lord Baxter, lord Wiltshire, lord Crawford, lord Davis y su gracia, el duque de Ware —concluyó Sebastian con una mirada triunfante—. Creo que todos ellos desean hablar con usted, lord Yardley, acerca de cómo sus actos han afectado a sus familias.
La boca de Yardley se abrió y cerró como un pez boqueando, con los ojos desorbitados mientras empezaba a retroceder.
Sebastian sonrió para sus adentros al ver que los cinco hombres echaban a andar tras lord Yardley, quien, presa de un pánico frenético, tropezó hacia atrás e intentó abrirse paso entre la multitud...
que no se apresuró a abrirle paso. No hacía falta entrar en detalles sobre lo que la hija de cada caballero había sufrido; su sola presencia bastaba para demostrar al ton que lord Yardley era un hombre cruel y egoísta, a quien no se debía permitir alternar con libertad en sociedad.
—Ruego ahora que olviden cuanto hayan oído sobre mí y sobre cualquier otra persona vinculada a las mentiras de lord Yardley —concluyó Sebastian, dirigiendo la mirada a la concurrencia—. Gracias por su tiempo, damas y caballeros. Creo que el siguiente baile es un vals.
Se alejó con paso firme de la orquesta, que, tras un instante, empezó a tocar las primeras notas de la melodía. Por fin podía mirarla, por fin estrecharla entre sus brazos y saber que todo iba bien.
—Lady Polly —dijo, inclinándose ante ella—. ¿Me concedería el honor de este baile? Sé que es el segundo que compartimos, pero creo que podemos desafiar los rumores, ¿no crees?
Sus ojos estaban húmedos cuando alzó la vista hacia él y las mejillas encendidas, pero sonreía.
—Oh, Sebastian —susurró al tomarle la mano y dejar que la condujera a la pista—. No puedo creer lo que has hecho. ¿Cómo conseguiste encontrarlos?
Le sonrió desde arriba, posando una mano en su cintura mientras empezaban a girar por el salón.
—Tengo algunos contactos de fiar —contestó en voz baja—. Costó un poco convencerlos, pero estoy seguro de que lord Yardley ya no volverá a ser bien recibido en sociedad. Ya no tienes nada de qué preocuparte, Polly —dijo en un tono suave—. El ton te recibirá con los brazos abiertos.
—No hay otros brazos en los que prefiera estar que en los tuyos —susurró ella, mientras una solitaria lágrima le resbalaba por la mejilla—. Gracias, Sebastian. No puedes imaginar lo que esto significa para mí.
—Haría cualquier cosa por ti, Polly —respondió él, consciente de que el tiempo que les quedaba juntos tocaba a su fin—. Me alegra haber podido devolverte tu buen nombre.
Ella le sonrió, con una emoción en los ojos que él no lograba descifrar.
—Me alegra que hayas aceptado la invitación de papá para quedarte esta noche —dijo en un susurro, estrechando su mano con fuerza—. Me gustaría hablar contigo antes de que te vayas, y dudo que tengamos mucho tiempo esta noche.
Él asintió, con el corazón dividido entre la dicha y el dolor.
—Por supuesto.
Cualquier cosa por ella.
* * *
Polly no acababa de creerse lo sucedido. Había sido una noche de lo más extraordinaria, y solo tenía a una persona a quien agradecérselo.
Sebastian.
Había sido una maniobra poco convencional, desde luego; el ton jamás había visto a nadie limpiar su nombre de forma tan directa; pero, por poco convencional que hubiera sido, había funcionado. Y y si alguno fuera sincero —cosa que no era el caso—, admitiría que adoraban este tipo de espectáculo.
El momento en que él se había plantado allí, denunciando con audacia a lord Yardley a oídos de todos, había sido el instante exacto en que ella había sabido, en lo más hondo de su ser, que jamás podría separarse de él.
Sus vidas estaban demasiado unidas, sus corazones latían como uno solo... y no pensaba permitir que él se apartara de su lado ahora.
Tras la acusación pública de Sebastian contra lord Yardley, Polly se vio rodeada de nuevo por una nube de jóvenes caballeros interesados en ella.
Qué volubles eran, pensó, apareciendo y desapareciendo según el rumor.
Ninguno se parecía en nada a Sebastian, quien no solo había permanecido a su lado en medio de las murmuraciones sobre ella, sino que, aun sabiendo la verdad, había sentido algo por ella de todos modos y había hecho cuanto estaba en su mano para protegerla y limpiar su reputación. Jamás existiría otro como él.
Su padre acababa de mandar a buscar el carruaje y ya se disponían a marcharse cuando oyó que pronunciaban su nombre.
—Lady Polly —le llegó la voz desde atrás, y al volverse se encontró con lord Thompson.
Ella sabía que él se había mostrado bastante interesado antes de que lord Yardley empezara a cortejarla, y parecía que, con su reputación restablecida, renacía también la admiración del joven hacia ella. Qué curioso.
—Lord Thompson —respondió ella, y el caballero le tomó la mano para besarle el dorso.
—Está deslumbrante esta noche, lady Polly. Debo preguntarle: ¿tendría la amabilidad de permitir que la visite mañana?
—Yo...
Polly no pudo responder antes de que su madre se plantara a su lado.
—¡Oh, lord Thompson, pues claro que sí! Polly...
—No —la atajó Polly—. Le ruego que disculpe a mi madre, lord Thompson, pero ya tengo un compromiso.
—Quizá al día siguiente, entonces...
—Lo siento, pero me temo que no me ha entendido. Estaré ocupada mañana, pasado y todos los días que vendrán. Verá, lord Thompson: no es mi tiempo el que está comprometido, sino mi corazón.
Dicho esto, se dio media vuelta y vio a Sebastian detrás de ella, boquiabierto. Una sonrisa radiante iluminó el rostro de Polly mientras apartaba la mirada y seguía a su madre hacia el carruaje que las esperaba, dejándolo allí plantado, con una evidente incredulidad.