Esperanza de romance (Corazones a la deriva 4) Capítulo 9
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Capítulo 9

P olly se quedó mirando a lord Yardley, convencida de que su mente le estaba jugando una jugarreta horrible.

—¿Q-qué quieres decir? —susurró, apoyada con fuerza contra el enrejado mientras lord Yardley recogía su máscara de la hierba y le quitaba distraído unas briznas, dejando la de ella en el suelo—. Y-yo creía que sentías algo por mí.

Lord Yardley puso los ojos en blanco y su actitud cambió por completo. —

—Has sido de lo más fácil de engañar, querida.

—¿Engañar? —jadeó ella, y las piernas empezaron a temblarle—. Me prometiste que...

—¿Que te prometí un montón de cosas, no es así?

—replicó él con una sonrisa sardónica—. Más tonta tú por creerme, sobre todo con la reputación que tengo.

Eras un reto, una apuesta entre mis amigos.

¡Qué alegría me da llenarme las arcas! ¡Eh, lord Jacobs!

Por suerte tenía un testigo esperándonos para dar fe.

A Polly se le desencajó la mandíbula y la humillación la engulló cuando el hombre salió de detrás del sendero y les hizo un leve gesto de asentimiento con una sonrisita en la cara, antes de reírse y volver a la fiesta.

No supo qué decir. Durante semanas, lord Yardley le había prodigado sus atenciones, convenciéndola de que le importaba, de que iba a cortejarla y, al final, a tomarla por esposa.

Así que era cierto lo que otros le habían dicho.

Solo había fingido para hacerla creer que sentía algo por ella.

Y ella, la ingenua que era, se lo había creído.

No entendía cómo alguien podía tomarse tantas molestias, semana tras semana, solo por una apuesta entre amigos.

Lord Sebastian dio un paso al frente, con el rostro convertido en una máscara de ira y, sin previo aviso, le propinó a lord Yardley un puñetazo fuerte en plena cara.

Estaba claro que no era la primera vez que lord Sebastian se peleaba a puñetazos, y lord Yardley se tambaleó hacia atrás, soltando un aullido de dolor y llevándose las manos a la cara.

Incluso en la penumbra, Polly pudo ver la sangre que le brotaba de la nariz y se le escurría entre los dedos.

No dijo nada, pero por dentro sintió que el dolor de Yardley era merecido.

—Si le cuenta a alguien una sola palabra de esto, será mucho peor para usted —dijo lord Sebastian con voz baja y amenazante—.

No habrá alardes por esto, ni cobro alguno.

Lo he presenciado todo, no lo olvide. Dígale a su amigo que olvide lo que ha visto.

El duque de Ware se enterará de esto si se atreve a mancillar el nombre de lady Polly.

Conocerá su ira, así como la de sus hijos, que son igual de protectores con su hermana pequeña.

Lord Yardley cayó de rodillas, apretándose la nariz con los dedos mientras gimoteaba.

—Vamos, lady Polly —dijo lord Sebastian en voz baja—. Por aquí.

Polly intentó moverse, pero descubrió que las piernas sencillamente no le obedecían. Lord Sebastian, que había recogido su máscara, le ofreció el brazo y, apoyada en él, Polly empezó a alejarse de los jardines.

Era como si caminara en un sueño. Todo se movía muy despacio y no estaba muy segura de adónde iba. Antes de llegar a la casa, lord Sebastian la detuvo y le colocó de nuevo la máscara, atándosela por detrás de la cabeza. No se movió ni le dio las gracias, paralizada por el shock.

Lord Sebastian la condujo de vuelta hacia la puerta, entrando en el salón de baile con disimulo.

La mayor parte del suelo estaba ocupada por parejas que giraban bailando y, mientras se dirigían a la escalera que llevaba a los refrigerios y al balcón que dominaba el salón, Polly se sintió abrumada y tropezó justo cuando llegaban al pie de los escalones.

—Solo suba estas escaleras y estará fuera de la vista —murmuró lord Sebastian rodeándole la cintura con un brazo—. Menos mal que lleva máscara, de lo contrario resultaría mucho más evidente.

Cómo consiguió Polly llegar arriba, no habría sabido decirlo. El brazo fuerte de lord Sebastian la sostenía con firmeza, guiándola por el balcón hasta un hueco en el corredor, donde la acomodó en una silla de respaldo recto junto a una mesita auxiliar.

—Será solo un momento —murmuró lord Sebastian inclinándose para mirarla a la cara—. ¿Va a estar bien?

Polly asintió, con el corazón empezando a arderle en el pecho.

Lord Sebastian le tocó la mano y ella dio un respingo.

—Solo un momento, se lo juro —repitió antes de incorporarse y alejarse a paso ligero.

Quitándose la máscara de la cara, Polly lo vio marcharse con ojos muertos, mientras todas las emociones abandonaban su cuerpo a excepción de la vergüenza que la barría.

Vergüenza por haber caído tan fácilmente, por haberse dejado engañar así.

Vergüenza porque lord Yardley había intentado aprovecharse de ella y porque, al principio, había dejado que la besara.

Cuando le había posado los labios en el cuello, había resultado bastante agradable, hasta que se desplazaron hacia el escote y sus manos empezaron a tirarle del corpiño.

Había intentado detenerlo y fue entonces cuando él le había agarrado las muñecas.

Había pensado que estaba juguetón, preguntándose si lo dominaba la pasión, pero había empezado a asustarse un poco cuando no se detuvo pese a que se lo pidió.

Y aun así, cuando apareció lord Sebastian, decidido a poner fin a lo que estaba haciendo lord Yardley, ella había hecho todo lo posible por defender al conde, todavía convencida de que sentía algo por ella.

Qué equivocada había estado.

Lord Yardley le había demostrado su verdadera reputación de la forma más cruel.

¿Qué habría hecho si le hubiera permitido más libertades?

O, si hubiera seguido negándose, ¿se habría impuesto de todos modos?

Un escalofrío helado le recorrió la espalda y la hizo estremecerse con violencia.

Con qué facilidad le había creído, ¡cuánto lo había defendido ante su madre y ante lord Sebastian!

Su corazón —y su confianza— se había roto en pedazos tan pequeños que Polly estaba segura de que nunca volvería a encontrar todos los fragmentos.

Jamás volvería a estar entero. Estaba convencida de que permanecería destrozado, punzándola, el resto de sus días.

Nunca más se permitiría enamorarse, ni siquiera plantearse a un caballero, se juró.

Era demasiado peligroso, demasiado arriesgado, hacer algo así, pues estaba claro que nunca se podía conocer el verdadero corazón de un hombre. Lord Yardley se lo había demostrado.

El sonido de unos pasos apresurados llegó a sus oídos, pero no volvió la cabeza. Ya sabía quién sería.

—Tome.

Le pusieron un vaso entre las manos y dio un sorbo, sobresaltada al notar el ardor del brandi. Era lo que necesitaba, sin embargo, para sacar a su cuerpo del estado de conmoción que aún lo hacía temblar.

—El necio es él —dijo lord Sebastian con firmeza, inclinado sobre ella—. Se habría aprovechado de usted y luego la habría dejado tirada, convencido de que no se lo contaría a su padre por vergüenza y mortificación.

—Y habría tenido toda la razón —dijo Polly con vehemencia, la voz se le quebraba al hablar y hundió la cabeza entre las manos—. Me siento tan humillada que ni siquiera tengo palabras.

—Tiene que decírselo a su padre —le insistió lord Sebastian, arrastrando una silla junto a la suya y sentándose.

Estaba tan cerca que sus piernas se rozaban, con su rodilla presionando contra la de ella.

Polly no se sobresaltó ni intentó apartarse.

La presencia de él le resultaba extrañamente reconfortante, a pesar de la mortificación que aún sentía por haber sido descubierta con lord Yardley.

—No, no puedo —respondió Polly, negando con la cabeza y apartando la mirada—. No puede enterarse de lo insensata que he sido.

—No ha sido insensata —le aseguró él, tomándole la mano fría y estrechándola entre las suyas como si intentara darle calor—. Se dejó embaucar por un libertino.

—Su madre es íntima amiga de la mía —dijo Polly con desconsuelo—. Si mi padre interviniera, avergonzaría a esa pobre dama y arruinaría su amistad.

—¿Su hermano, entonces?

—¿Daniel? ¡Oh, no! —dijo ella, negando con la cabeza rápidamente—. Daniel sería capaz de matarlo

Él arqueó las cejas, visiblemente sorprendido al oírla hablar de su hermano de aquel modo. Sin embargo, Polly no era ninguna ilusa.

Daniel era implacable, en especial cuando se trataba de proteger a su familia.

Oyó suspirar a lord Sebastian, claramente frustrado por la renuencia de Polly a denunciar a lord Yardley.

Con todo, sabía que no reuniría el valor necesario para confesarle nada a su padre, tal era el peso de la culpa en su corazón y en su mente.

Reviviría toda la vergüenza al tener que admitir ante él lo que había permitido que Yardley hiciera; y aunque su padre montara en cólera contra aquel hombre, lo más probable era que también la reprendiera a ella por desoír las advertencias de su madre y por aventurarse en los jardines a solas, sin chaperona, con un joven.

Sabía que no se contendría en su reprimenda y, al pensarlo detenidamente, Polly tuvo que reconocer que se merecería cada una de sus palabras.

—¿Qué piensa hacer entonces? —preguntó lord Sebastian, interrumpiendo sus pensamientos—. ¿Regresará al baile como si no hubiera pasado nada? ¿Asistirá a los demás actos de la temporada y seguirá buscando un pretendiente más adecuado?

La sola idea casi le revolvió el estómago de espanto.

—No, no creo que sea capaz —dijo con voz ronca—. ¡Ni siquiera quiero volver a bailar con ningún caballero!

—¿Y qué le dirá a su madre? —inquirió él en voz baja—. No entenderá que decline sin más asistir a todos los bailes y veladas que están por venir. Al final, lady Polly, la verdad saldrá a la luz.

—Sé lo que intenta hacer —murmuró Polly, abatida—.

Sé que pretende hacerme ver que debo contarles la verdad a mis padres, pero no tengo valor para hacerlo.

Se avergonzarían tanto de mí... —Dejó caer la cabeza.

Las lágrimas se le acumularon en los ojos y cayeron sobre sus manos entrelazadas.

Su madre había tenido razón respecto a Yardley.

Lord Sebastian había tenido razón respecto a Yardley.

Ella era quien se había equivocado tan estrepitosamente.

—Su madre lo comprenderá, estoy seguro —dijo lord Sebastian con tono reconfortante al tiempo que levantaba una mano y le enjugaba con delicadeza una lágrima de la mejilla—.

El carácter en apariencia bondadoso y afable de Yardley tampoco la dejó tan indiferente como usted cree.

Sé que escuchó lo que yo tenía que decir y que habló con usted, pero aun así había algo en él que la llevó a creer que, de verdad se trataba de un hombre reformado.

Polly negó con la cabeza, mientras las lágrimas brotaban ya sin freno, cargadas de rabia, frustración y pesar.

—Me negué a escuchar a ninguno de los dos, lord Sebastian. Lamento de corazón haber desoído sus advertencias. Fui muy necia al hacerlo.

Él le apretó la mano con suavidad.

—No se atormente, Polly; no estoy ofendido ni molesto. Ahora solo me preocupo por usted. Detesto verla en semejante estado.

Cuando Polly alzó los ojos hacia él, vio un destello de ira en su mirada y cómo apretaba la mandíbula. Era evidente que estaba furioso con lord Yardley, y Polly no pudo evitar sentirse un tanto reconfortada por ello.

—Lord Yardley no dirá ni hará nada más que pueda perjudicarla, lady Polly —prosiguió él—. Me he asegurado de ello, y si llega a mis oídos el menor rumor, lo retaré a un duelo en el acto.

Una lenta calidez comenzó a deslizarse por el alma de Polly, envolviéndole el corazón y aplacando el dolor helado que lo atenazaba. Lo miró con extrañeza.

—¿Por qué es tan amable conmigo, lord Sebastian?

—Tampoco iba a dejar que afrontara esto sola, ¿verdad? —preguntó él con una ligera sonrisa—. Además, le tengo mucho cariño a su hermana. ¿Qué clase de caballero sería si me desentendiera cuando salta a la vista que necesita a alguien a su lado? Aunque sigo pensando que...

—Que debería decírselo a mi madre, sí —lo interrumpió ella, tomando el pañuelo que él le ofrecía para secarse los ojos—. Lord Sebastian, creo que debo volver a casa ya mismo. Tengo que pensar en qué hacer.

La cabeza le daba vueltas sin parar, arrojándola a cada instante de la rabia y la frustración a la desesperación y a un dolor desgarrador.

—¿Podría pedirle que vaya a buscar a mi madre? No quiero ir a buscarla yo en este estado, con este aspecto tan lamentable, con todo el mundo mirando y... —Calló, señalando hacia los invitados de la planta baja.

Lord Sebastian lo comprendió.

—No cuando Yardley podría andar por ahí —dijo él con una sonrisa tensa—. Aunque lo dudo mucho, con la nariz ensangrentada.

—Le dio unas palmaditas en la mano y la soltó, poniéndose en pie—. Iré a buscar a su madre. Una vez más, lamento que le haya ocurrido esto, lady Polly. Los caballeros como Yardley no se merecen a una mujer como usted. Pero haga lo que haga... no permita que le rompa el espíritu.

Polly lo vio alejarse, sintiéndose desamparada ante todo lo ocurrido esa noche.

Lord Sebastian se estaba portando de forma tan generosa con ella que Polly solo sentía humillación.

Debía de considerarla la mayor necia que hubiera conocido.

Las ansias por marcharse se volvieron casi insoportables, hasta que se sorprendió paseando de un lado a otro del corredor como una presa enjaulada.

La invadió un profundo alivio al ver que su madre se acercaba presurosa hacia ella.

—¡Polly! ¡Lord Sebastian me ha dicho que te encontrabas indispuesta!

—Le sujetó la barbilla con suavidad y la examinó con detenimiento—. Estás blanquísima, tienes los ojos inyectados en sangre y la nariz bastante enrojecida. ¿Qué ocurre, cariño?

—Cr... creo que tengo que retirarme, mamá. Me ha dado un malestar repentino y no me encuentro nada bien —le dijo Polly en un susurro a su madre, cuyo rostro se tiñó de cierta alarma, pues Polly rara vez se dejaba abatir por ninguna dolencia—. ¿Podemos volver a casa?

—Por supuesto que sí, de inmediato —le contestó su madre con tono tranquilizador, pasándole la mano por el cabello como si fuera una niña pequeña—. No temas, tesoro. Antes de que termine la semana te habrás recuperado.