Capítulo 8
A esas alturas, Sebastian se sentía frustrado. Todas sus esperanzas se habían hecho añicos. Lady Polly hacía caso omiso de sus consejos sobre lord Yardley, y Yardley rebosaba confianza.
Sebastian asistía a otro baile —un baile de máscaras nada menos— y había llegado antes de lo habitual, sobre todo para vigilar el encuentro entre lady Polly y lord Yardley.
Por desgracia para él, había presenciado cómo lord Yardley se abalanzó sobre lady Polly en cuanto ella cruzó el umbral de la residencia del duque de Stowe, a pesar de tratarse de un baile de máscaras.
Era evidente que ella le había dicho o enseñado cómo sería su antifaz, así que a lord Yardley no le costó ningún esfuerzo descubrirla.
Tampoco era difícil reconocerla, sobre todo porque su madre la seguía con un antifaz diminuto en la cara.
Era evidente que a la duquesa no le importaba ocultar su identidad, menos aún cuando debía actuar como carabina de su hija menor.
Si aquello era una suerte o una desgracia, Sebastian no lo tenía del todo claro.
Polly estaba resplandeciente con un largo vestido de satén púrpura y aguamarina, que destacaba con fuerza sobre su tez pálida.
Una ira sorda le anudó las entrañas y le encogió el estómago al ver cómo Yardley depositaba un beso excesivamente prolongado en el dorso de la mano de lady Polly.
Ella alzó la mirada hacia él con una sonrisa, claramente fascinada.
De nada había servido lo que su madre —o él mismo— le habían dicho sobre lord Yardley.
Lady Polly había decidido ignorarlo todo.
Tras soltar un suspiro de exasperación, Sebastian se agarró a la barandilla del balcón e intentó pensar qué podía hacer.
No conseguía apartarla de sus pensamientos.
Cada semana estaba más preocupado por ella.
Habían pasado tres semanas desde que oyó a lord Yardley hablar de conquistar a lady Polly.
Sebastian no albergaba dudas: pensaba cumplir lo que había proclamado con orgullo.
Había intentado advertirla, pero cuanto más le decía, más empeño ponía ella en demostrarle —a él y a todos los demás— que estaban equivocados.
La espera fue larga. Yardley cedía a Polly a otros caballeros que la reclamaban para bailar, pero volvía casi de inmediato a su lado.
Por supuesto, no podía bailar con ella más de dos veces, pero eso no le impedía permanecer junto a lady Polly como un admirador empecinado.
Incluso la duquesa parecía haberse dejado embaucar por el entusiasmo de Yardley, pues conversaba con él con agrado y hasta despidió a su hija y a lord Yardley con un gesto de la mano cuando les llegó el turno de salir a la pista.
Por descontado, Yardley se arriesgaba a que la cólera del duque cayera sobre su cabeza si hacía algo que comprometiera a lady Polly; pero Sebastian sabía que Yardley contaba con que la joven, avergonzada, no se atreviera a contárselo a su padre.
A lord Yardley le bastaría proclamarse vencedor entre sus amigos.
Quizá hubiera murmullos y rumores, pero tanto Yardley como lady Polly los negarían y, con el tiempo, la sociedad pasaría a un cotilleo más jugoso.
Las manos de Sebastian se apretaron contra la barandilla al pensar en todas aquellas a las que Yardley había agraviado antes que a lady Polly. Se aseguraría de que, esta vez, sus andadas encontraran un final fulminante.
Un movimiento repentino le llamó la atención cuando cayó en la cuenta de que había dejado vagar la mirada.
Yardley guiaba a Polly hacia las puertas del fondo del salón que daban a los jardines, y ella lo contemplaba con tal adoración que ni siquiera se molestó en dirigir una mirada atrás hacia su madre.
Maldiciendo entre dientes, Sebastian recorrió a toda prisa el balcón y bajó las escaleras, consciente de que estaba a punto de perderlos de vista.
Una vez que se adentraran en los jardines, tal vez no le resultara tan fácil encontrarlos como esperaba.
Yardley la llevaría a algún rincón discreto para imponerle sus atenciones, lo que significaba que no había tiempo que perder.
Sebastian debía encontrarlos antes de que fuera demasiado tarde.
En cuanto salió al exterior, la oscuridad lo envolvió mientras se retiraba la máscara del rostro.
Había algunos faroles dispersos, pero los jardines se habían dejado bastante a oscuras, obviamente para ocultar a quienes decidían pasear por allí en compañía de un amante.
Era algo bastante habitual, por supuesto, especialmente entre viudas acaudaladas y personas de ese tipo.
No obstante, Sebastian estaba seguro de que lady Polly sería bastante ingenua en esas cuestiones y que, con toda probabilidad, no hacía más que pasear con lord Yardley bajo la premisa de que él se disponía a pedirle la mano.
—¿Dónde estás? —siseó mientras se adentraba a toda prisa en la oscuridad.
Solo necesitaba oír su voz, el sonido de sus palabras dirigiéndose a lord Yardley.
Con eso bastaría para fingir que los encontraba por casualidad mientras tomaba el aire y guiar a lady Polly con discreción de vuelta al interior.
Ella se enfadaría con él, qué duda cabía, pero que así fuera.
Al menos le ahorraría cualquier bochorno; aunque para eso tenía que encontrarlos a tiempo.
—Mi querida lady Polly...
El susurro flotó por los jardines hasta los oídos de Sebastian y lo obligó a detenerse. ¿De dónde procedía?
—Lord Yardley... —llegó un murmullo apagado, tan tenue que Sebastian no acertó a discernir si era de protesta o de aliento.
Oyó un crujido entre la maleza, seguido de un leve quejido.
—Lord Yardley —la voz de ella sonó más apremiante esta vez—, no creo que...
—Vamos, no seas tímida —insistió lord Yardley mientras Sebastian aceleraba el paso hacia ellos— ¿Acaso dudas de mi devoción?
Sin apenas distinguir nada en la sombra, Sebastian avanzó hacia donde creía que se ocultaban, rodeado de un silencio absoluto durante unos instantes... hasta que le llegaron los sonidos de un forcejeo. Quedaba claro que lady Polly no estaba dispuesta a consentir las atenciones de lord Yardley.
—¡Lord Yardley, he dicho que no !
—¡Ya es suficiente! —bramó Sebastian al distinguir frente a él una celosía de madera contra la que Yardley tenía acorralada a lady Polly—. Yardley, ¿qué demonios se cree que está haciendo?
Yardley alzó la cabeza, pero no soltó las muñecas de lady Polly; seguía aprisionándola contra el enrejado. Las máscaras de ambos yacían abandonadas sobre la hierba.
—¿Y qué cree usted que está haciendo? —resonó la voz del aludido—. ¿Acaso no ha encontrado una mujer para usted esta noche y ha decidido arruinar mi diversión? Vamos, hombre, aquí no necesitamos público.
—He dicho que la suelte —repitió Sebastian con voz bronca y contenida—. No parece que sus atenciones le resulten de lo más bienvenidas. Apártese de ella.
—¿Lord Sebastian? ¿Es usted? —jadeó lady Polly mientras Yardley soltaba una risilla burlona.
—El mismo —repuso Sebastian con adustez— Se le ha acabado el juego, Yardley. Deje en paz a la muchacha.
Lady Polly hizo una mueca de dolor cuando Yardley aflojó la férrea presa con que le sujetaba las muñecas y, de manera inconsciente, empezó a frotárselas. Se aclaró la garganta.
—Lord Yardley se limitaba a confesarme la hondura de sus afectos, lord Sebastian —repuso ella, algo sofocada— Aunque me temo que se ha dejado llevar por el momento y no se ha detenido cuando se lo he pedido. Por favor, comprenda, lord Yardley, que esto no puede volver a suceder.
Sebastian parpadeó, desconcertado. Lady Polly se lo está tomando bastante bien , pensó...
, hasta que reparó de verdad en sus palabras y comprendió que seguía bajo la impresión de que Yardley sentía algo sincero por ella, de que tal vez estuviese incluso enamorado.
Cerró los ojos un instante, apretó la mandíbula y se acercó a ambos.
Aquello le iba a partir el corazón a la muchacha. Sabía demasiado bien cómo se sentiría.
—Lady Polly, cree que este hombre va a casarse con usted, ¿verdad?
—preguntó, y advirtió entonces cómo a Yardley se le abrían los ojos de par en par—.
Yardley, más le vale ir a buscar a la duquesa de Ware y anunciarle que desea desposar a su hija, pues bien sabe lo que supone que a uno lo sorprendan en un jardín dedicando semejantes atenciones a una dama casadera.
Aunque, si de todos modos van a contraer matrimonio, poco importa, ¿no es así?
—Sostuvo la mirada del conde con firmeza mientras veía cómo se le tensaba la mandíbula.
—¿Lord Yardley? —inquirió lady Polly con un deje de incertidumbre en la voz al volver los ojos hacia él, que no decía nada—.
Aseguró que consideraba un futuro a mi lado, y me temo que tal vez lord Sebastian tenga razón —alzó la barbilla e intentó buscarle la mirada—.
Semejantes atenciones resultan... maravillosas, pero no dejan de ser del todo impropias.
Lord Yardley rompió a reír, con una mirada fría y despectiva mientras soltaba las manos de lady Polly.
—Supongo que no me queda más remedio que revelarle la verdad, mi querida muchacha —soltó entre risas, con la voz cargada de burla—. No tengo la menor intención de casarme con usted, lady Polly. Jamás la he tenido.