Esperanza de romance (Corazones a la deriva 4) Capítulo 4
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Capítulo 4

C ada vez que oía el trote de los cascos de un caballo en el exterior, Polly corría a las ventanas delanteras y descorría las cortinas para ver quién avanzaba por la calle de Mayfair. Hasta ese momento no había aparecido la persona a la que aguardaba, lo que le provocaba una profunda desilusión.

La noche anterior, durante una cena en casa de lady Mallen, lord Yardley le había preguntado si podía visitarla.

Ella le había respondido que por supuesto y, en cuanto él se marchó, Caroline y ella casi habían chillado de entusiasmo.

A Polly le costaba creer que, en su primera temporada, un caballero tan apuesto —¡un conde !

— fuera a visitarla. Apenas podía esperar a que su padre regresara a Londres, por si lord Yardley decidía, llegado el momento, pedir su mano.

—¿Pero qué buscas con tanto afán? —preguntó su madre al entrar en la estancia con andares majestuosos.

Marie siempre iba ataviada con las mejores galas de Londres, aunque no tuviera previsto recibir a nadie ni salir a la calle. —Nunca se sabe cuándo habrá que causar buena impresión —les decía siempre a sus hijas.

—Mamá, hoy va a venir a visitarme un pretendiente —dijo Polly, volviéndose desde la ventana con una sonrisa radiante—. ¿No es emocionante? ¿Qué crees que debería hacer cuando llegue?

—¿Y quién es exactamente el caballero en cuestión? —preguntó su madre, enarcando una ceja con delicadeza.

—Lord Yardley —respondió Polly, y añadió a toda prisa—: Ya sé lo que vas a decir, mamá, pero se ha comportado como un perfecto caballero y parece de lo más sincero.

—Mmm... —repuso Marie con un resoplido—. Ya lo veremos. Puede pasar a tomar el té, y me sentaré con vosotros.

—¡Ay, mamá! Había pensado que tal vez podríamos dar un paseo por Hyde Park y...

—Primero el té —sentenció Marie en un tono que no admitía discusión, y Polly puso los ojos en blanco, pero aceptó.

Polly casi se había quedado dormida en el diván cuando oyó llamar a la puerta. Se levantó de un salto, se alisó a toda prisa las arrugas del vestido y se tanteó el cabello para comprobar que las horquillas seguían en su sitio.

—Vaya —comentó su madre, doblando su bordado para dejarlo en el cesto que había junto a la butaca—. Lord Yardley llega con bastante retraso, si es que se trata de él.

Polly se alegró enormemente cuando el mayordomo anunció al caballero en cuestión, y tuvo que apretar las manos para no aplaudir de pura dicha al verlo entrar.

Hacía una figura espléndida con su levita cruzada y su corbata anudada con primor.

Se preguntó si su atuendo era lo bastante elegante, aunque fuera una tontería, pues llevaba un vestido de muselina verde pálido completamente aceptable y que sabía que le sentaba muy bien.

Lord Yardley se acercó a ellas con paso resuelto.

Se detuvo primero ante Marie, se inclinó profundamente sobre su mano y depositó un beso en ella, antes de hacer lo propio con Polly.

Las dos se habían quedado casi embelesadas por sus ademanes y la dulzura de su mirada; al darse cuenta de pronto, Polly retrocedió un paso y sacudió la cabeza.

—Debo disculparme por mi retraso —dijo él—. Me he visto retenido por unos asuntos de negocios. Le agradezco, lady Polly, que me haya permitido visitarla. Me ilusiona mucho pasar este tiempo con usted.

—Y yo de la suya —respondió Polly, sintiendo la mirada de su madre clavada en ella.

—Lord Yardley —intervino su madre, poniéndose en pie para saludarlo—. Sé que le ha pedido a Polly su consentimiento para visitarla, pero aún no se lo ha solicitado a su padre.

—Le pido disculpas una vez más, su gracia —dijo él—.

Sabía que el duque no se encuentra en Londres en este momento.

Mi intención era esperar a su regreso, pero quedé tan cautivado por lady Polly que quise asegurarme de no perder la ocasión de pasar tiempo con ella lejos del bullicio, antes de que otro caballero se ganara su corazón.

Eran exactamente las palabras idóneas para convencer a Marie, pensó Polly al ver que su madre le sonreía a lord Yardley.

—Supongo que es comprensible —dijo, y añadió—: ¿Y cómo se encuentra su madre?

—Está muy bien, gracias —repuso él con una sonrisa desarmante y una voz melodiosa—. Tenía la esperanza de llevar a lady Polly a dar un paseo por Hyde Park hoy, ¿sería posible?

—Me parece una idea encantadora —dijo Marie—, pero tendrá que ser después de tomar el té.

Por fortuna, el té fue breve, y lord Yardley no tardó en cautivar por completo a Marie con sus encantos, tal como Polly sabía que sucedería. Qué maravilloso era , pensó, que su madre pudiera apreciar al fin esa faceta suya que ella ya había descubierto.

Cuando lord Yardley pidió permiso para llevar a Polly a pasear en su faetón, su madre accedió con una leve vacilación, y Polly sintió una dicha inmensa.

Era tal como siempre había soñado , pensó mientras tomaba su mano para que la ayudara a subir al carruaje.

Un caballero apuesto, un día espléndido y un carruaje en el que todo el mundo la vería . ¿ Qué más se podía pedir ?

* * *

Sebastian acababa de sentarse a revisar los periódicos del día cuando el mayordomo llamó a la puerta para anunciarle que había llegado un muchacho que deseaba hablar con él.

Por el tono en que el mayordomo —el de su padre, en realidad— se refirió al visitante, Sebastian comprendió que probablemente se trataba de un golfillo callejero al que habían pagado para entregar un mensaje, y se apresuró a acudir a la entrada para averiguar de qué se trataba.

—¿Es usted lord Sebastian? —preguntó el chiquillo, que no aparentaba más de diez años.

—El mismo —respondió él.

—Tengo que decirle que el hombre al que vigilaba ha ido a casa de una dama —explicó el muchacho—. Su hombre les sigue los pasos. Cree que van a Hyde Park.

—Gracias —dijo Sebastian, aliviado de haber tomado la precaución de mandar vigilar a Yardley.

—Yo también vi a la señora —prosiguió el chico—. Es bien bonita, de las que no se ven todos los días.

—Toma, muchacho —dijo Sebastian, depositando la moneda acordada y una propina en la mano extendida—. Anda, vete ya.

—¡Gracias, señor! —dijo el chico, y echó a correr calle abajo, alejándose del vecindario.

Sebastian ordenó que le ensillaran la montura y se dirigió a Hyde Park con la esperanza de dar con Yardley y averiguar más sobre sus intenciones.

No tardó mucho en dar con ellos. Polly, al ser la hermosa hija de un duque, despertaba el interés de toda la juventud del ton , y Yardley era una figura de sobra conocida.

Su llegada al parque estaba en boca de todos, y Sebastian se mantuvo a distancia para asegurarse de que no ocurriera nada indebido.

Vio que Yardley detenía el faetón. El hombre le dijo algo a Polly antes de alejarse unos pasos para conversar con otro caballero a caballo.

Con la incómoda sensación de estar espiando, Sebastian vio cómo Polly miraba a su alrededor, algo cohibida por la cantidad de personas que la observaban, antes de clavar los ojos en las manos, que descansaban cruzadas sobre su regazo.

Sebastian decidió dar un paseo por el parque para no llamar la atención, cuando advirtió que uno de los caballos de Yardley parecía inquietarse por algo, resoplando y sacudiendo la cabeza hacia atrás.

Polly se inclinó hacia delante, estirándose todo lo que pudo para alcanzar el flanco del animal y acariciarlo, intentando calmarlo.

Sebastian admiró su arrojo, pero sabía que la caricia de alguien desconocido serviría de poco con un caballo asustado.

Empezó a avanzar hacia ella al paso, temeroso de espantar aún más al animal, pero demasiado preocupado por lo que pudiera ocurrir como para quedarse quieto.

Aún se hallaba a varios metros de distancia cuando el caballo se encabritó sobre las patas traseras, relinchando con fuerza.

—¡Polly! —gritó Sebastian al ver que el caballo salía desbocado a galope tendido, arrastrando consigo al segundo caballo, al faetón y a Polly.

Sebastian la oyó pedir auxilio a gritos, desesperada, y se lanzó al galope en su persecución.

Los caballos cruzaron el parque con un estruendo atronador y Sebastian fue tras ellos, acortando distancias poco a poco, aunque le llevaba mucho más tiempo del que habría deseado.

A pesar de tirar del faetón, este era un carruaje ligero y Yardley parecía haber elegido bien la cuadra, pues el tiro era veloz.

Vio cómo la cabeza de Polly se sacudía de un lado a otro, ya sin sombrero y con los cabellos ondeando al viento; cuando miró atrás, lo vio.

—¡Lord Sebastian! —gritó ella, aunque el viento ahogó en parte su voz.

Gracias a que su propia montura era igual de magnífica, Sebastian logró al fin alcanzarlos.

Vio que Polly aferraba las riendas con ambas manos y tiraba con todas sus fuerzas en un desesperado intento por frenar a los animales.

Sebastian se emparejó con el caballo desbocado y, con palabras tranquilizadoras y una mano firme sobre el cuello del animal, consiguió calmarlo lo suficiente para detener el tiro por completo.

—¿Se encuentra bien? —le preguntó.

Ella asintió con la cabeza, con las mejillas encendidas, el cabello revuelto y una mano sobre el pecho, como si intentara apaciguar los desbocados latidos de su corazón.

Satisfecho por el momento, Sebastian volvió su atención al caballo.

No sabía qué lo había asustado, pero quería examinarlo bien para evitar que volviera a desbocarse.

Se disponía a soltar parte de los arreos para mirar debajo cuando sintió una presencia a su lado.

—Lord Sebastian, muchísimas gracias —dijo Polly, que se había apeado del faetón—.

Le estoy sumamente agradecida por haber estado aquí.

¡No sé qué le habrá ocurrido al caballo!

Un momento estábamos parados tan tranquilos y al siguiente...

en fin. No sé qué más decir, me muero de vergüenza.

Le aseguro que de ordinario se me dan mucho mejor los caballos, se lo prometo.

—Me alegro de haber estado aquí para ayudarla, lady Polly —dijo él con suavidad, intentando calmarla tras el pánico que debía de haber sentido durante el galope desbocado del caballo—.

No ha sido culpa suya en absoluto. No creo que hubiera mucho que pudiera haber hecho para evitar el percance.

Parece que algo lo estaba molestando, algo que escapaba por completo a su control.

El caballo escarbaba el suelo con el pezuña y Sebastian se volvió hacia él una vez más.

Al aflojar el arnés y apartarlo a un lado, le hurgó en el vientre y descubrió un puñado de abrojos clavados a bastante profundidad en la piel.

Debían de haberlo llevado por algún campo sin atenderlo debidamente después, pensó Sebastian, compadeciéndose del animal.

—Mire —le mostró a Polly—. El caballo se quejaba del dolor en el vientre. No ha sido culpa suya en absoluto. Ya debería estar bien.

Ella asintió y a él lo invadió un repentino e intenso deseo de estrecharla entre sus brazos para calmarla; en vez de eso, sugirió que regresaran.

En lugar de ayudarla a subir de nuevo al faetón, Sebastian recogió las riendas y comenzó a guiar a los caballos de vuelta hacia la entrada del parque donde había visto a Yardley por última vez.

Pensó que Polly tal vez se sentiría más tranquila caminando unos momentos, y cuando ella le dedicó una leve sonrisa, supo que había acertado.

—¿Qué pasó con su acompañante? —preguntó.

—Vio a un conocido con el que tenía que hablar —dijo ella, evitando su mirada—. Aseguró que solo tardaría un momento.

Sebastian asintió, pero no dijo nada. Por descontado que reprobaba la conducta de aquel hombre: dejar a una dama sola y sin carabina en mitad de Hyde Park, pero decírselo a Polly solo conseguiría provocar su resentimiento.

—¿Monta aquí a menudo? —le preguntó ella, y él asintió.

—Cuando estoy en Londres, sí —respondió él—. Por lo general, prefiero hacerlo por la mañana. A veces me acompaña lord Penn; otras, aprovecho el rato a solas. Prefiero montar fuera de la ciudad, desde luego, pero mientras esté en Londres, Hyde Park tendrá que bastar.

—No es frecuente que un caballero del ton madrugue tanto —dijo ella—, en particular uno que disfruta de una vida social tan variada.

—No soy de los que trasnochan, ni bebo tanto como para tener problemas graves por la mañana —repuso Sebastian—. No puedo permitírmelo, pues sencillamente tengo demasiado que hacer.

—Y dígame, por favor, ¿qué hace un hombre como usted para mantenerse ocupado cada día? —preguntó ella, mirándolo con curiosidad.

—Oh, una variedad bastante amplia de actividades —contestó vagamente. Greville y él siempre llevaban su trabajo con los Bow Street Runners con la máxima discreción, ya que así lograban mantener su eficacia—. Aunque, a decir verdad, lady Polly, puedo llegar a ser un tanto... heterodoxo.

—¿A qué se refiere exactamente? —preguntó ella, volviéndose hacia él con repentino interés.

Sebastian sintió que le asaltaba el deseo de contarle toda la verdad sobre todo en lo que andaba metido. Tal vez así comprendiera mejor su preocupación. Sin embargo, antes de que pudiera pronunciar otra palabra, un caballo se acercó al trote hacia ellos.

—¡Lady Polly! —Era lord Yardley, que al parecer había tomado prestado otro caballo para ir tras ella—. Le ruego que me disculpe. Lo lamento en el alma. No tengo ni la menor idea de qué ha podido ocurrir para que mi caballo se asustara de ese modo. Ah… tú, el de allí.

Sebastian miró a su alrededor para ver a quién señalaba Yardley y enarcó una ceja al darse cuenta de que se refería a él con semejante grosería.

—Haz que esos caballos den la vuelta y nos pondremos en camino. Venga, lady Polly, vámonos. Le prometo que no volveré a apartarme de su lado.

Polly pareció algo reacia a volver a subir al carruaje, pero, tras una palabra de aliento de Yardley, regresó a su asiento.

—Lord Yardley —dijo Sebastian con determinación. No era hombre al que se pudiera hacer a un lado con tanta facilidad—. Su caballo tenía abrojos clavados en la piel. Tendrá que asegurarse de que lo atiendan como es debido.

Yardley apenas lo miró mientras agitaba la mano con desdén.

—Haré que mi mozo de cuadra lo examine a fondo. Lady Polly, me tranquiliza ver que está bien.

Mientras el faetón se alejaba traqueteando, Sebastian vio que Polly miraba un instante hacia atrás, saludando con un leve gesto de la mano y una sonrisa, y se sintió aliviado al comprobar que salían de Hyde Park rumbo a la casa de ella.

No era ese el peligro que esperaba cuando había seguido a Yardley hasta el parque, pero, con todo, se alegraba de haber estado allí.