Esperanza de romance (Corazones a la deriva 4) Capítulo 3
16%

Capítulo 3

P olly caminaba con paso ligero, esforzándose por no dejar traslucir su entusiasmo.

¡Iban a almorzar al fresco ! Le había costado convencer a su madre, pero al final esta había accedido a celebrar el pícnic en los jardines de Vauxhall.

Marie no tenía del todo claro que fuera un lugar apropiado para comer en pleno día, pero a Polly la idea le parecía muy interesante.

—¡Caroline! —la llamó Polly al divisar a su amiga junto a otras señoritas a las que conocía de vista desde hacía algunos años, todas ellas hijas de caballeros con título. Su amiga, hija del conde de Sandringhill, la saludó con la mano y le hizo señas para que se acercara.

Todas llevaban cestas de pícnic en la mano, y la cocinera de su casa se había asegurado de que su cesta estuviera bien surtida de queso y galletas saladas, además de abundante fruta, emparedados y scones .

Polly estaba especialmente complacida con su vestido de muselina de tarde, de un bonito color lavanda, y su sombrero a juego que protegerla del sol, que siempre le provocaba las temidas pecas.

Al acercarse a Caroline y a sus amigas, advirtió que se había reunido un grupo bastante nutrido para aquella excursión. Si algo había que reconocerle a su madre, era que tenía un círculo de amistades muy amplio y distinguido.

—¿Por fin has convencido a tu madre? —le preguntó Caroline con una sonrisa, mientras los rizos pelirrojos que se le escapaban de la cinta le enmarcaban el rostro con un encanto natural.

Polly rió al ver a Marie saludar a sus amistades.

—¡Lo he conseguido! —respondió—. Debo admitir que jamás había asistido a una reunión como esta en Londres!

—¿Nunca? —se asombró Caroline, abriendo mucho los ojos.

—No —Polly negó con la cabeza— Por supuesto, hemos tomado el té en nuestra casa de campo, pero casi siempre organizamos reuniones a cubierto.

—Tiene sentido —dijo Caroline, sonriendo aún más—. Bueno, he de decirte que, si hay algún caballero que te llame la atención, no hay mejor lugar que un pícnic para encontrar la ocasión de hablar a solas con él... sin tu madre delante.

—¡Cielos! —exclamó Polly con una sonrisa pícara—. No se me había ocurrido. Aunque, a estas alturas, no hay ningún caballero especial para mí, por más que desearía que lo hubiera.

—Ya llegará —la consoló Caroline—. Ah, por allí vienen unos cuantos pretendientes en potencia Buenas tardes, lord Markhall, lord Yardley.

Polly se giró para ver a los recién llegados, y lord Markhall no tardó en ofrecerle el brazo a Caroline.

A Polly no le pasó desapercibido el rubor que tiñó las mejillas de su amiga mientras él la guiaba por el sendero.

Se volvió entonces para saludar al alto caballero que quedaba allí de pie.

Todavía no sabía con certeza qué pensar de él.

Pese a todas las advertencias de su madre, el hombre era bastante atractivo, y parecía interesado en renovar su trato con ella.

—Lady Polly, está espléndida esta tarde —dijo él, dedicándole una inclinación de cabeza con una sonrisa que hoy parecía mucho más sincera. Tal vez había interpretado demasiado su encuentro en el baile de la otra noche.

—Gracias, milord —respondió ella, inclinando la cabeza y mirándolo a través de las pestañas, tal como había ensayado en tantas ocasiones—. Usted tampoco se queda atrás. Tiene usted un aspecto muy distinguido

La sonrisa de él se ensanchó al ofrecerle el brazo y ella lo tomó, caminando con él sendero abajo.

—Dígame, lady Polly, ¿cómo es posible que una dama tan hermosa como usted haya pasado desapercibida para mí tanto tiempo? —preguntó él, y Polly sintió que se le encendían las mejillas.

—Esta es solo mi segunda temporada, milord —respondió ella—. El año pasado, mientras usted estaba fuera atendiendo sus asuntos, mi hermana aún participaba en la vida social, aunque se casó durante la temporada. Yo apenas acudía a los compromisos mientras ella buscaba esposo.

—Comprendo —dijo él—. Su hermana sería lady Violet, entonces, ¿no es así?

—Sí, aunque ahora es lady Greville —respondió Polly, un tanto complacida de que conociera a su familia.

—Pues no se parecen en absoluto; jamás lo habría adivinado de no haberlo sabido. Rara vez he visto unos rizos como los suyos, que brillan con la intensidad del mismísimo sol, ni unos labios capaces de rivalizar con los de Helena de Troya.

—Oh, milord, es usted muy amable, pero no hay necesidad de adularme de semejante forma —dijo Polly; una oleada de asombro la recorrió por dentro al tiempo que aquellas palabras la conmovían a pesar de sus protestas.

—En absoluto, querida mía —dijo él, y Polly dio un respingo ante semejante confianza, teniendo en cuenta que aquel no era más que su segundo encuentro

—Y en cuanto a usted, lord Yardley, ¿es que no ha encontrado aún a una mujer que cumpla con lo que busca en una esposa? —preguntó, incapaz de contenerse a pesar de saber que era una pregunta bastante atrevida.

—No antes de este instante —dijo él, y Polly bajó la mirada hacia sus pies, sin saber qué responder. Agradeció profundamente que estuvieran llegando al lugar del pícnic, lo que la libró de tener que responder.

Las doncellas y los lacayos que acompañaban a la comitiva no tardaron en extender las mantas, servir el té y colocar la comida para todos los presentes.

Polly se despidió de lord Yardley y volvió a reunirse con su amiga.

Caroline le guiñó un ojo mientras daba unas palmaditas en la manta a su lado, y enseguida Polly retomó la conversación con las demás señoritas, aunque no podía dejar de pensar en lord Yardley.

* * *

Sebastian estaba sentado a cierta distancia de la mujer a la que seguía, con las emociones en ebullición.

Solo había acudido a aquel dichoso picnic para velar por su virtud, y sin embargo, cuando lord Yardley se pegó al lado de lady Polly, no le quedó más remedio que mantenerlos bajo vigilancia a distancia.

—Dime, Taylor, ¿qué demonios te ocurre? —preguntó lord Penn, que era quien le había hablado de la excursión.

—Nada en absoluto —murmuró él, esforzándose por recuperar su sonrisa habitual—. Hace un día bastante agradable, ¿no cree?

—La verdad es que sí —convino lord Penn—, aunque debo confesar que me sorprendió bastante que aceptaras venir. No sueles participar en esta clase de eventos.

—No, normalmente cuando estoy en Londres no suelo tener mucho tiempo para salidas sociales como esta, sobre todo durante el día —repuso Sebastian—. Pero ahora que por fin el tiempo ha caldeado, me apetece salir al aire libre.

—Es comprensible —respondió Penn—. ¿Y alguna joven en concreto ha llamado su atención?

—En absoluto —contestó Sebastian, frunciendo el ceño—. ¿Por qué se te ocurre semejante cosa?

—Llevas un buen rato contemplando con bastante fijeza a cierto grupo de señoritas —replicó lord Penn con una sonrisa pícara, y Sebastian sacudió la cabeza para despejarse.

—No, Penn, no estoy en el mercado para una esposa —dijo con lo que esperaba que fuese una sonrisa relajada, y dio un sorbo a su bebida.

No mentía. Había aprendido por las malas que sería mucho más feliz solo.

Al no ser el heredero del título de su padre, no tenía necesidad de tener hijos propios, por mucho que su madre le suplicara que se casara y los tuviera «por si acaso».

No, se sentía perfectamente satisfecho atendiendo sus tierras y dándose interés a la vida ayudando a los Bow Street Runners cuando podía. Una esposa no encajaba en ese cuadro, y mucho menos una mujer susceptible de romperle el corazón.

Cuando el almuerzo fue tocando a su fin, se descubrió caminando hacia lady Polly. Tenía que hablar con ella para saber qué le había dicho lord Yardley. Al menos, eso era lo que se decía a sí mismo.

—Lady Polly —dijo acercándose a su lado, y cuando ella se giró y le dedicó una sonrisa, sintió esa extraña calidez envolverle el corazón, una sensación que se obligó decididamente a ignorar.

—Lord Sebastian —respondió ella—, es muy agradable volver a verlo.

Se mostraba cortés, como él bien sabía que haría: la habían educado para responder con modales impecables a cualquier miembro de la sociedad. Y aun así, no percibió calidez alguna en su tono, y vio cómo sus ojos escudriñaban por encima de su hombro, como si buscaran a alguien.

—¿Me permitiría acompañarla a dar un breve paseo, o se encuentra ocupada? —preguntó. Vio que lady Polly vacilaba un instante, pero tras echar un vistazo a su alrededor, a los demás jóvenes igualmente emparejados, se volvió hacia él con una inclinación de cabeza.

—Un breve paseo me parece bien —dijo ella.

—¿La he visto hablando con lord Yardley hace un momento? —preguntó él, bajando la mirada hacia ella, y vio que sus mejillas se teñían de un rubor aún más encendido.

—Así es —respondió ella, sin ofrecer más detalles.

—¿Cómo conoce a ese hombre? —inquirió, tratando de sonar lo más despreocupado posible.

—Nuestras madres son amigas —dijo ella, y dejó que el silencio se prolongara entre ambos antes de añadir por fin—: Aunque... mi madre no le encuentra muchas virtudes. Creo que simplemente no lo conoce lo bastante bien. Ha estado encantador, muy entretenido.

—¿Ah, sí? —preguntó Sebastian en voz baja, conteniendo el aliento.

—Pues sí —dijo ella—. Ha sido muy... halagador.

Así que Yardley estaba haciendo exactamente lo que había dicho: intentar captar la atención de lady Polly. Sebastian suspiró para sus adentros.

—Sí —dijo él con vacilación—, los hombres pueden ser así, en efecto.

—Dígame, lord Sebastian —dijo ella, cambiando de tema con evidente intención—, ¿cómo conoce a mi cuñado?

—Crecimos juntos —respondió, ansioso por reconducir la conversación hacia Yardley para advertirle sobre él, pero contestando a su pregunta a pesar de todo—.

Somos prácticamente como hermanos. Tenemos una edad similar, fuimos juntos a la escuela y pasábamos casi todo el tiempo juntos porque vivíamos muy cerca el uno del otro.

—¿Y aún viven cerca? —preguntó ella.

—Vivimos relativamente cerca, aunque no en fincas colindantes como antaño.

Mis padres siguen residiendo allí, al igual que mi hermano, el futuro marqués.

Yo soy el segundo hijo y me ocupo de otra de las propiedades familiares.

Disfruto mucho de mi casa de campo y paso allí la mayor parte del tiempo.

—Vaya, qué agradable que haya podido pasar algo de tiempo en Londres esta temporada —comentó ella con cortesía.

—Sí, he venido por unos asuntos —dijo él, sin deseos de compartir la aversión que le producía la ciudad—. En cuanto concluyan, regresaré a toda prisa.

—¿Y qué hace allí?

—¿Que qué hago?

—Sí. Seguro que es un lugar precioso. ¿Tienen un lago? ¿Le gusta montar a caballo? ¿Organiza muchas fiestas en su casa?

Él sonrió ante su entusiasmo y su forma de entender la vida, como si fuera una sucesión ininterrumpida de diversiones. Sus preguntas le recordaban su ingenuidad juvenil, esa pasión por vivir que aún conservaba intacta.

—La verdad es que sí me gusta montar —dijo con una sonrisa sincera—.

Paso mucho tiempo a caballo, aunque sobre todo para visitar a distintos arrendatarios o supervisar los campos, el ganado y cosas por el estilo.

Supongo que dedico casi todo el tiempo a atender los diversos asuntos que van surgiendo.

—¿Y no organiza fiestas?

—No —respondió él, percatándose de que la réplica le había salido algo más seca de lo que pretendía. Suavizó sus palabras con una sonrisa—: La verdad es que no.

—Qué lástima —dijo ella, sacudiendo la cabeza—. Las fiestas son de lo más divertidas.

Se aclaró la garganta, impaciente por ir al grano en vez de hablar de fiestas y diversiones.

—Lady Polly —dijo con cierto apremio—, debo hablar con usted sobre lord Yardley.

—¿Lord Yardley? —Sus ojos se abrieron de par en par y, por un instante, Sebastian olvidó lo que iba a decir al perderse en su azulada profundidad.

—Sí —dijo por fin—. Veo que él se interesa por usted, y por eso esperaba tener la oportunidad de advertirle de que lord Yardley no es lo que parece.

—¿A qué se refiere exactamente? —preguntó ella, deteniéndose en seco y volviéndose para mirarlo.

—Solo quiero decir que...

—¡Lady Polly, aquí está! —El hombre en cuestión se acercó a ellos a grandes zancadas, con una amplia sonrisa plantada en la cara. A Sebastian le entraron ganas de borrársela de un puñetazo—. Su madre la está buscando. Le prometí que vendría a por usted para llevársela de vuelta.

Apoyó una mano en la parte baja de su espalda y empezó a guiarla hacia la fiesta, no sin antes lanzar por encima del hombro una mirada de suficiencia a Sebastian, que no pudo hacer más que contemplar la escena mientras un creciente desasosiego se le instalaba en el estómago.

Pondría freno a ese hombre, se juró. Se aseguraría de que Yardley no volviera a arruinar a ninguna joven del ton , y muy en especial a lady Polly Harrington.