CAPÍTULO 18
XAVIER
Xavier saludó a los invitados con la mano, esbozando la sonrisa principesca y ensayada que había aprendido de niño. A su lado, Lauren también sonreía. La suya, sin embargo, era genuina. Tímida. Encantadora.
Llevaba un vestido largo azul medianoche, tachonado de destellos plateados que la hacían parecer envuelta en el cielo nocturno.
Su largo cabello castaño y rizado estaba recogido a medias, en un peinado que se había hecho ella misma, según le había contado de camino a la cena. Los rizos le enmarcaban el rostro.
Aquella noche era el primer baile de Lauren. Era el tipo de evento que le recordaba a Xavier que era un príncipe, no un simple jefe de Estado. Su trabajo no se limitaba a reuniones, políticas, leyes y gobernanza. También incluía la representación: bailes, eventos benéficos y coronaciones.
A este evento en particular asistían dignatarios de España, Francia e Italia, así como miembros del gobierno y alcaldes de otras ciudades de Zarancia.
El baile anual conmemoraba el aniversario del primer acuerdo bilateral de pesca y comercio que los cuatro países habían firmado décadas atrás para gestionar sus océanos compartidos.
La sala estaba repleta de gente que reía, conversaba y bebía champán.
—No puedo creer que esté haciendo esto —murmuró Lauren entre dientes mientras Xavier le tomaba la mano y la conducía a la pista de baile. La gente se volvió a mirar.
—Te acostumbrarás —dijo Xavier con lo que esperaba que fuera un tono tranquilizador. Aunque era difícil asegurarlo, porque ni él mismo se había acostumbrado del todo a eventos como aquel.
—No estoy tan segura —dijo Lauren con una sonrisa tímida.
Él le tomó la mano y apoyó la otra en su cintura. Ella alzó la vista hacia él mientras comenzaban a mecerse al ritmo de la música que tocaba un pianista.
—¿Sabes bailar? —preguntó ella mientras él la hacía girar bajo el brazo. La falda se abrió desde la cintura y le rozó las piernas.
—Sí.
—Me imagino que hubo clases de baile por mandato real.
—Exactamente. —Xavier tuvo un fugaz recuerdo de sí mismo a los trece años, bailando un vals en un estudio de baile con una chica de su edad mientras la profesora contaba en voz alta.
En aquel entonces, había deseado escapar a su habitación para jugar unos minutos a los videojuegos.
Ahora, disfrutaba de estar en la pista con Lauren y de sentir su mano delgada y cálida en la suya.
—Nunca lo habría adivinado.
Xavier entrecerró los ojos y ella se rio.
—¿Qué quieres decir?
—Solo te estás meciendo de un lado a otro como un árbol con el viento —señaló Lauren—. Nada de pasos elegantes ni nada por el estilo.
—No quería incomodarte por si no sabías bailar. El baile de salón no es precisamente una habilidad cotidiana, que yo sepa.
—Oh —Lauren guiñó un ojo—, yo sí sé bailar.
Acto seguido, giró hacia un lado con un floreo y cayó de nuevo en los brazos de Xavier.
Él aceptó el desafío y la guio en un rápido paso básico que se convirtió en una serie de giros.
Lauren bailaba a la perfección, al ritmo de cada compás, con los ojos fijos en los de Xavier.
Bailaba como si hubiera nacido para ello.
Así que Xavier decidió exigirse más. La elevó en un pequeño salto, que ella ejecutó a la perfección, y aterrizó de nuevo sobre los pies con la gracia de una bailarina.
Luego cruzaron la pista con pasos entrelazados antes de que Lauren se dejara caer sobre los talones, y él la hizo girar una vez más, cerca del suelo.
Xavier necesitó cada habilidad adquirida en más de tres décadas de bailes solo para seguirle el ritmo.
Era divertido: ambos sonreían. Y con cada roce de la pierna de Lauren contra la suya, cada vez que apoyaba una mano en la curva de su cadera, se sentía más y más atraído.
Cuando la canción terminó, Xavier la inclinó hacia atrás. Ella se incorporó con una sonrisa e hizo una reverencia. Xavier se inclinó ante ella mientras la sala estallaba en aplausos corteses.
—¿Cómo es que sabes bailar tan bien? —preguntó Xavier mientras la guiaba fuera de la pista. Había disfrutado de aquello, pero no podía mantener un baile tan atlético durante más de una o dos canciones.
—Yo también tomé clases de baile de salón de niña. Mis padres se conocieron en una escuela de baile, así que para ellos siempre fue importante que yo supiera bailar.
—Y vaya si sabes —dijo Xavier—. Así que...
—¡Su Alteza! —La embajadora española, una mujer corpulenta con un vestido morado, se acercó a toda prisa. Sonreía de oreja a oreja y sostenía una copa de champán—. ¿Tiene un momento?
Xavier le lanzó una mirada a Lauren por el rabillo del ojo, y ella ahogó una risa en su vaso de agua con gas.
—Por supuesto —dijo Xavier—. ¿Quería hablar sobre el acuerdo fronterizo?
—No, no —la embajadora lo descartó con un gesto de la mano—. Quería hablar de su novia. Es un placer conocerla. Soy Esmeralda De Valle.
—Encantada de conocerla, eh, embajadora De Valle —dijo Lauren—. Soy Lauren Merril.
Le tendió la mano, y la embajadora se la estrechó.
—Oh, lo sé —dijo la embajadora De Valle—. Ha salido en todas las noticias. Todo el mundo quiere saber más sobre la dulce nueva novia estadounidense del príncipe heredero. Es una auténtica historia de Cenicienta.
—No estoy tan seguro de eso —dijo Xavier, rodeando a Lauren con un brazo—. Pero no podría ser más feliz.
Lauren se apoyó en él, y a Xavier le llegó una bocanada de su champú floral. Se sentía bien tenerla tan cerca, aunque solo estuvieran posando para los espectadores. Era suave y cálida contra su costado, tan distinta de cuando había bailado con tanta gracia.
—He oído que está embarazada —continuó la embajadora De Valle.
—Así es —confirmó Lauren.
—Un bebé real —dijo la embajadora con una sonrisa radiante—. Qué maravilloso. Muchas felicidades.
—Gracias —dijo Xavier—. Lo siento mucho, pero tendrá que disculparnos. El ministro de Defensa nos está haciendo señas.
Pasaron la siguiente hora alternando con los invitados.
Lauren se mostraba encantadora y perspicaz: contaba anécdotas sobre sus obras de arte favoritas y sonreía sin cesar.
Sus nervios ante la prensa o las multitudes parecían haberse disipado, o al menos aliviado.
Sin embargo, al cabo de un rato, le apretó el brazo.
—Me están matando los pies. ¿Podemos hacer un pequeño descanso?
—Por supuesto.
Xavier la acompañó fuera del salón de baile, recorrieron un pasillo y salieron al jardín.
El aire nocturno era fresco y puro, un alivio después del abarrotado salón de baile.
Lauren se quitó los tacones de inmediato, sujetándolos por las tiras con una mano, y hundió los pies descalzos en la hierba con un suspiro de felicidad.
—Mucho mejor.
—Nunca he entendido por qué los zapatos de mujer tienen que ser tan incómodos —dijo Xavier mientras la seguía por el césped.
El aire estaba impregnado del aroma de las rosas, que crecían en enrejados por todo el jardín.
—Porque tienen que ser bonitos, no cómodos.
Lauren se volvió hacia él, con las faldas arremolinándose de nuevo mientras caminaba hacia atrás.
—Yo tampoco lo he entendido nunca.
—Normalmente te veo con zapatos planos —señaló Xavier.
—Cierto. O zapatillas o sandalias, cuando no estoy posando para la prensa.
—Siento mucho, otra vez, que tengas que pasar por esto.
Xavier se sentó junto a ella en un banco bajo una pérgola cubierta de rosas.
—No pasa nada. Creo que me estoy acostumbrando.
Lauren dejó los zapatos en el suelo y se recostó con los ojos cerrados. Una brisa cálida recorrió el jardín, levantándole el pelo, y ella sonrió.
—Entonces eres mejor que yo. Llevo treinta y tres años con esto y todavía no me acostumbro a tanta atención.
—Sin embargo, lo llevas muy bien.
—En realidad, no. De pequeño, solía desear ser invisible. Quería pasar por la vida, aunque fuera solo una hora o dos, sin que a nadie le importara lo que hiciera.
—Ese es un deseo terrible —dijo Lauren.
Se incorporó y se volvió para mirarlo, abriendo de golpe sus ojos azules.
—¿Invisibilidad? No puedo creer que malgastaras tu deseo mágico en eso pudiendo elegir volar, teletransportarte o curar. Además, qué horrible que las personas que te importan no puedan verte.
Xavier se rio.
—No dije que fuera perfecto. Era un niño.
—Excusas, excusas. Pero volar sería mucho mejor que la invisibilidad, ¿no?
Los ojos azules de Lauren brillaban en la noche, y sus mejillas estaban ligeramente sonrojadas de tanto bailar y alternar con los invitados. Estaba preciosa.
—Quizás —admitió Xavier—. Pero siempre pensé que el segundo mejor superpoder, después de la invisibilidad, sería poder congelar el tiempo.
Si pudiera congelar el tiempo, lo haría en ese momento. Quería quedarse allí un poco más, con Lauren, en el jardín de rosas. Era lo mismo que había sentido la primera noche que pasaron juntos, como si necesitara un poco más de tiempo para saborear un momento perfecto.
—No —se rio Lauren—, definitivamente no. Ese superpoder es inútil. La vida consiste en avanzar, no en quedarse atascado en el pasado.
—Pero también consiste en disfrutar del presente —argumentó Xavier.
—Sí —Lauren hizo una mueca—. Hablar con embajadores sobre nuestras vidas personales y llevar zapatos incómodos es muy agradable.
—No ese presente.
Xavier abarcó el jardín con un gesto de la mano.
—Este presente. Estar aquí sentado con una mujer preciosa bajo las estrellas, rodeado de rosas, conversando. Esto es casi perfecto.
Nada más decirlo, Xavier temió haber enseñado demasiado sus cartas.
En realidad, cuanto más tiempo pasaban juntos, más se difuminaban los límites entre ellos.
A veces, su pequeña familia parecía tan real.
Subía corriendo a la habitación de ella con una bandeja de postres o quedaba con ella para algún evento, y durante unos minutos, olvidaba que solo estaban fingiendo.
Lauren tenía ese efecto. Había sido igual cuando bailaron.
Cuando ella estaba cerca, se olvidaba de todo lo demás.