CAPÍTULO 16
XAVIER
Xavier esperó a Lauren a la mañana siguiente frente a su habitación.
Estaba nervioso por volver a verla. La noche anterior, ella había tenido que cenar con su familia, y la cosa había sido terrible, aunque no por culpa de Lauren.
Después habían hablado, y Xavier se había sentido él mismo por primera vez en mucho tiempo.
Ahora que Lauren ya no parecía tan enfadada, había podido bajar un poco la guardia con ella.
Solo un poco. Era completamente diferente a cómo se sentía con su familia.
Aunque quizás lo de la noche anterior había sido algo puntual. Al fin y al cabo, hoy Lauren tendría que seguir con la mentira que no había querido contar. Tal vez volvería a enfadarse con él. No podría culparla si lo hacía.
Sin embargo, cuando abrió la puerta, estaba sonriendo. Llevaba unos pantalones y una blusa que le quedaban perfectos. Tenía el pelo recogido en una trenza con una cinta entrelazada, y le quedaba precioso.
—Buenos días —dijo, y luego lo intentó en Zarancia—: a ver, bueni manan.
—Bueni manan —respondió Xavier—. Muy buena pronunciación.
—Gracias.
Salió de la suite y cerró la puerta tras de sí.
—¿Nos vamos?
Bajaron las escaleras hasta los coches que esperaban, donde Xavier le abrió la puerta. Ella le dio las gracias al subir, y se dirigieron hacia la galería.
—¿Hoy no vamos andando? —preguntó, mirando por la ventana.
—No, por desgracia. En las salidas formales siempre tenemos que ir en coche. Si no, luego es muy difícil marcharse.
Lauren lo miró.
—¿Por qué?
—Porque los paparazzi podrían seguirnos a pie sin más.
—Oh.
Abrió mucho los ojos.
—Todo irá bien —dijo Xavier rápidamente—. No te preocupes.
Cuando se detuvieron frente a la galería, una pequeña multitud los esperaba.
Algunos eran zarancenses corrientes, deseosos de ver a su futuro rey y a su novia.
Otros eran periodistas invitados por la familia real.
Y unos pocos eran paparazzi que esperaban conseguir una buena foto para La Popula y otras revistas.
El coche se detuvo y Xavier bajó primero. Saludó a la multitud con la mano y rodeó el coche para abrirle la puerta a Lauren. Ella salió con una sonrisa tímida, visiblemente nerviosa.
—Entraremos directamente —le aseguró Xavier—. Tú solo sonríe y saluda.
Ella le tomó la mano y, sonriendo y saludando con las manos libres, atravesaron la multitud y entraron en la galería. La habían cerrado al público por ese día, y solo unos pocos empleados los esperaban en el vestíbulo para enseñarles las instalaciones.
—Bienvenidos —dijo Thoma, un joven que formaba parte de la junta directiva con Xavier, mientras se acercaba—. Es un placer tenerles en la Galería Estralla.
—Estoy encantada de estar aquí —dijo Lauren mientras le estrechaba la mano—. Ya vine hace un tiempo, cuando llegué por primera vez a Zarancia, y es un placer volver.
—El placer es nuestro, de verdad —dijo Thoma—. Una de nuestras curadoras, Isabella Gastre, se jubila en dos meses. Estábamos desesperados buscando a alguien que la sustituyera cuando Xavier nos dijo que tenía una candidata en mente.
—Me alegra que haya coincidido todo tan bien.
Lauren miró a Xavier, aunque él no supo interpretar su expresión.
—Permíteme presentarte a Isabella —dijo Thoma, señalando a una mujer mayor de pelo canoso y amplia sonrisa—, y a Jotan —indicando a un hombre de mediana edad con gafas y un cuaderno bajo el brazo—. Isabella es la curadora que se jubila, y Jotan es otro curador con el que trabajarás.
—Encantada de conoceros.
Todos se estrecharon la mano.
—¿Empezamos con un recorrido?
Pasaron la siguiente hora recorriendo la galería.
Xavier la había visitado muchas veces, ya fuera por placer o por su trabajo en la junta directiva, pero seguía disfrutando de cada visita.
Lauren demostraba conocer el tema a fondo y hacía preguntas perspicaces sobre la distribución de las salas, los artistas que exponían y los procedimientos para seleccionar obras.
Xavier sonrió mientras la escuchaba. Había acertado al conseguirle este trabajo: Lauren destacaría como curadora.
Cuando terminó el recorrido, todos charlaron un rato antes de que Xavier le ofreciera el brazo a Lauren.
—¿Estás lista? —preguntó—. Ahora viene la parte en la que responderemos algunas preguntas.
—Estoy lista —asintió Lauren.
—Si te sientes incómoda, apriétame el brazo y nos vamos de aquí —añadió.
—De acuerdo.
Estaba pálida y algo nerviosa, pero asintió.
Salieron por la puerta principal, donde la multitud volvió a cobrar vida: disparaban fotos y gritaban preguntas.
—Permítanme empezar —dijo Xavier, y la multitud guardó silencio— presentándoles a mi novia, la maravillosa Lauren Merril. Hasta ahora hemos mantenido nuestra relación en privado para protegerla de las garras de la prensa, pero hemos decidido que ya era hora de presentarla. ¡Sean amables!
La multitud se rio de su comentario sobre las garras. Enseguida volvieron a lanzar preguntas a gritos.
—¡Disculpe! —gritó una joven reportera con traje rojo. Lauren le hizo un gesto con la cabeza y la reportera sonrió—. ¿De dónde es usted?
—Soy de Estados Unidos —dijo Lauren—. Crecí en un pueblecito de Oregón.
—¿Le gusta nuestro país? —preguntó la reportera.
—Me encanta —respondió Lauren con soltura. Xavier quería relajarse, pero sabía que no podía. Habían empezado con preguntas fáciles, pero eso no significaba que fuera a seguir así.
—¿Cuánto tiempo llevan saliendo usted y Xavier? —gritó otro reportero. Lauren se tensó a su lado.
—Eh... pues... —Lo miró con los ojos azules muy abiertos, y él sonrió.
—Parece toda una vida —dijo—, pero no ha sido suficiente.
Se oyeron exclamaciones de admiración entre la multitud. Lauren articuló un gracias silencioso a Xavier, quien le dedicó otra sonrisa.
—¿Dónde se conocieron? —preguntó el segundo reportero.
—Nos encontramos en la calle y le pedí indicaciones —dijo Lauren—. Soy incapaz de orientarme en Avair. No paraba de perderme, y Xavier me indicó el camino correcto; luego se ofreció a enseñarme la ciudad. Pasamos la tarde juntos, y el resto es historia.
—¿Quiso salir con él porque era príncipe? —preguntó a voces otro reportero.
—No —dijo Lauren—. Me enamoré de él por su amabilidad, su amor por el arte y su sentido del humor. Además, es bastante guapo.
Eso provocó risas, y Xavier relajó los hombros.
—Tenemos tiempo para una pregunta más —anunció. Aunque la entrevista iba bien, no quería forzar demasiado las cosas por el bien de Lauren.
—Lauren —llamó un reportero—, ¿a qué se dedica?
—Tengo previsto empezar a trabajar en esta galería —dijo Lauren—. Quiero pasar más tiempo aquí, en Avair.
—Eso es todo por ahora —dijo Xavier. Le ofreció el brazo a Lauren y la guio entre la multitud. Algunas personas pidieron fotos, y Lauren se detuvo a hacerse una con una niña. Cuando llegaron al coche, la ayudó a subir y se marcharon.
—Ha ido bien —dijo mientras el coche se ponía en marcha.
—¿En serio?
—Sin duda. Tus respuestas han sido excelentes. ¿Qué te ha parecido la galería?
—Ha sido maravillosa. Aunque me habría gustado poder pasear.
—Podemos. —Xavier se inclinó hacia delante. En Zarancia, le pidió al conductor que parara en la siguiente calle. Así lo hizo, y bajaron lo bastante lejos como para que la multitud no viera adónde habían ido—. Ahora nadie nos seguirá.
—Perfecto.
—¿Vamos?
—Vamos.
Echaron a andar hacia el palacio sin prisa. Lauren había vuelto a tomarle del brazo, aunque ya nadie los observaba, y a él se le alegró el corazón.
—¿Qué te han parecido tus futuros compañeros de trabajo?
—Oh, geniales —Lauren sonrió de oreja a oreja—. Gracias otra vez por conseguirme el trabajo. Tengo que admitir que me preocupaba un poco que estuvieras inventando un puesto para retenerme aquí. Me alivia saber que de verdad buscaban a alguien.
—Tendrán suerte de tenerte —dijo Xavier—. La curadora que se jubila es una joya, y necesitarán a alguien igual de talentosa para sustituirla.
—Ojalá sea yo. —Lauren apartó la mirada—. Hace mucho que no trabajo con arte.
—No te preocupes. Es como montar en bici. —Lauren hizo una mueca y Xavier se rio—. Sabes montar en bici, ¿no?
—Claro que sí. Probablemente. Hace años que no lo hago.
—Deberías probarlo algún día —Xavier le guiñó un ojo—. Dicen que eso también es como montar en bici.
Lauren le dio un golpecito en el brazo, pero sonreía.
Era agradable verla sonreír de nuevo. Cuando estaban a solas, parecía más fácil para ambos bajar la guardia.
Xavier tenía que andarse con cuidado. Aunque las cosas fueran más fáciles entre ellos, aún estaban la imagen pública y su trono, de los que preocuparse.
Además, aquel arreglo con Lauren era solo temporal.
Y probablemente ella todavía lo odiaba un poco.
—Y bien, ¿qué tienes previsto para hoy? —preguntó Lauren.
—Solo unas cuantas reuniones aburridas —dijo Xavier encogiéndose de hombros—. Esto ha sido lo mejor del día, sin duda.
—Soy bastante genial —Lauren le guiñó un ojo—. ¿De qué van todas esas reuniones? ¿Qué haces en realidad como príncipe?
—Mucha administración. Cuando te dije que trabajaba en la administración pública, no mentía. De verdad me paso gran parte del día aprobando presupuestos, organizando reuniones y redactando textos.
—¿Y tu padre también?
—Sí. Últimamente me ha delegado muchas cosas, pero no todo.
—¿Y tu hermano qué hace?
—Forma parte de varios comités y juntas directivas. También es asesor. Es su forma de mantenerse cerca del trono sin aspirar realmente a ocuparlo.
Lauren negó con la cabeza.
—Me entristece que tu familia sea tan conflictiva. Solo estábamos mi padre y yo, pero siempre fuimos felices. No había puñaladas por la espalda.
—Para nosotros tampoco solía haberlas —admitió Xavier—. Cuando mi madre vivía, no habría tolerado nada de eso. Para ella, lo más importante era la justicia y el amor familiar. Cuando Milan y yo nos peleábamos, nos sentaba y decía: «Nadie os entenderá como la familia. Sed amables».
—¿Y funcionaba?
Xavier se rio.
—La verdad es que no. Quizá a veces.
Lauren sonrió. Pero entonces se le mudó el semblante y se llevó una mano al estómago.
—¿Estás bien? —A Xavier lo invadió el miedo. No soportaba la idea de que algo le ocurriera a Lauren o al bebé.
—Sí, estoy bien —logró esbozar otra sonrisa—. Solo tengo algunos calambres.
—Deberíamos llevarte al médico —dijo Xavier—. ¿Ya has ido a alguno?
Se le cayó el alma a los pies. Había estado tan preocupado por su reputación y por arreglar las cosas con Lauren que ni siquiera se había planteado si el embarazo iba bien.
—Relájate —Lauren le apretó el brazo—. Vi a un médico estupendo en Italia que confirmó el embarazo y me dijo que tener algunos calambres es normal.
—Lo siento.
Ella alzó la vista hacia él, con los ojos azules muy abiertos.
—No lo sientas. Es... agradable que te importe.
A Xavier le dio un vuelco el corazón. Bajó la vista hacia el vientre de Lauren, tan plano como siempre. No había ninguna señal de que hubiera un bebé ahí dentro, pero él sabía que lo había, y ya le importaba.
Al principio, el bebé solo le había parecido un problema que resolver, algo secundario en comparación con su papel como rey o su relación con Lauren.
Pero ahora, quizá por primera vez, se daba cuenta de que de verdad iba a ser padre.
Iba a enseñarle a montar en bicicleta, a acompañarlo al colegio...
Al menos, lo haría si Lauren se quedaba.
De lo contrario, quizá solo fuera una presencia fugaz en la vida de un niño que nunca llegaría a conocerlo. Ese pensamiento le resultaba más doloroso de lo que habría imaginado.
—Me importa —dijo—. Siento mucho si alguna vez te di la impresión de que no.
—Bueno... —Lauren se mordió el labio—. Kaila me ha pedido cita con el médico para la semana que viene. Pensaba que no te interesaría, pero...
—Me encantaría ir.
—Vale, pues —Lauren sonrió con cautela—. Ya te paso los detalles.
Habían llegado a las puertas del palacio. Ambos saludaron a los guardias con un gesto de cabeza —Lauren parecía un poco intimidada— y entraron.
—¿Te acompaño a tus habitaciones? —preguntó Xavier.
—No —Lauren negó con la cabeza—. Hace un día precioso y llevo el libro en el bolso. Creo que me sentaré un rato en los jardines a leer. Si este va a ser mi hogar durante una temporada, debería ir sintiéndome cómoda, ¿no?
Xavier sonrió.
—Desde luego que sí. Te recomiendo el invernadero: tenemos árboles preciosos de todo Zarancia, incluidos naranjos. Vienen muy bien si te entra hambre mientras lees.
Lauren se rio.
—Suena estupendo. Gracias, Xavier. Que te vayan bien las reuniones.
—Lo haré —dijo Xavier, aunque lo dudaba.
Habría preferido con mucho quedarse con Lauren en el jardín, comiendo una naranja y charlando sobre lo que estuviera leyendo.
Le encantaban las tareas cotidianas de gobernar, y sabía lo importantes que eran, pero aun así...
Lauren se despidió con la mano y cruzó la puerta del jardín.
Él la observó hasta que desapareció por el sendero, y luego entró.
Intentó apartar de su mente al bebé y a Lauren mientras subía las escaleras.
Necesitaba concentrarse. Además de alegrarle la vida y ofrecerle un futuro inesperado, Lauren y el bebé podían poner en peligro sus posibilidades de llegar a ser rey. No podía olvidarlo.