Esperando al bebé del príncipe (Pactos y papás nº 5) CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Cuando la «sesión» por fin terminó, Lauren había eliminado o editado todas las publicaciones «problemáticas».

Kaila le dio las gracias y le dijo que su próxima reunión sería a la mañana siguiente a las ocho en punto.

Lauren la acompañó a la puerta y la cerró tras ella, más agotada que nunca.

¿Cómo iba a vivir en el palacio durante un año si este era el tipo de cosas con las que tendría que lidiar? Era imposible.

Lauren estaba a punto de sentarse y perderse en su libro cuando llamaron de nuevo a la puerta. Fue a abrir y se encontró a Xavier al otro lado. Llevaba una bandeja y parecía cansado.

—Por fin apareces —dijo ella.

—Hola —dijo él, entrando y dejando la bandeja—. Te he traído algo de cena.

—Oh, gracias —Lauren quitó la tapa y aspiró el aroma del mismo pollo con arroz que había comido en el bar la noche que conoció a Xavier—. Huele genial —lo miró a los ojos—, pero ha sido un día de locos.

—Lo mismo digo —asintió Xavier—. Demasiadas reuniones.

—¿Has enviado tú a Kaila? —preguntó Lauren. Xavier frunció el ceño, pero enseguida cayó en la cuenta y asintió.

—Sí. Forma parte del personal de la familia y es excelente en su trabajo. Me prometió que te ayudaría con todo.

—Pues parece creer que soy una paleta que de verdad quiere casarse con una pizza y que no sabe ni elegir su propia ropa —se quejó Lauren.

Xavier frunció el ceño.

—¿Qué quieres decir?

—Nada —suspiró Lauren—. Solo intenta ayudar, pero me ha hecho sentir aún más como pez fuera del agua. No sé si esto es buena idea.

El teléfono de Xavier empezó a vibrar en su bolsillo. Lo silenció y volvió a mirar a Lauren.

—Sé que esto no es fácil —dijo—. Pero te agradezco mucho lo que estás haciendo. Y estoy seguro de que Kaila no pretendía hacerte sentir fuera de lugar. Yo tampoco.

El teléfono volvió a vibrar y Lauren entrecerró los ojos.

—¿Tienes que contestar?

Xavier asintió despacio.

—Sí. De hecho, ya llego tarde a una cena con el embajador de Finlandia. Quiere tratar nuestro acuerdo comercial bilateral...

—Vete ya —Lauren se dio la vuelta.

—Lauren...

—No, en serio. No sé por qué esperaba que te quedaras.

A su espalda, Xavier suspiró.

—Lo siento.

Luego oyó pasos y la puerta al abrirse y cerrarse.

Genial. Simplemente genial. Lauren no debería haber esperado que Xavier se preocupara por cómo estaba. Por supuesto que preferiría mantenerse lo más lejos posible.

Lauren se sentó a cenar, sola.

Los dos días siguientes pasaron en un torbellino de sesiones con Kaila.

Lauren aprendió qué tenedor usar primero en una cena formal y cuánto había que inclinarse al saludar a un embajador japonés.

Tuvo un curso intensivo de historia de Zarancia y algunas lecciones del idioma.

Estaba agotada, tanto por el horario sin descanso como por la fatiga del primer trimestre, pero aguantó el tipo como pudo.

Por las noches, Xavier pasaba a llevarle la cena, pero nunca se quedaba más de unos minutos. Siempre tenía reuniones importantes y trabajo pendiente. Lauren quería que se quedara más tiempo, aunque solo fuera para echarle la bronca, pero él parecía estar evitándola.

O quizá de verdad estaba así de ocupado.

Pronto llegó el día de la cena con la familia real.

Kaila le preparó un atuendo: un vestido largo verde con bordados plateados brillantes en las mangas, el escote y el dobladillo.

Le quedaba perfecto, aunque Lauren se sentía incómoda con el suave satén.

Se arregló el pelo, luego volvió a arreglárselo, angustiada por cómo reaccionaría la familia de Xavier al conocerla.

Después hizo lo mismo con el maquillaje.

Por fin llegó el momento. Xavier apareció en su puerta con un traje y una corbata verde a juego con su vestido. Le ofreció el brazo con aire seguro, pero Lauren podía ver la inquietud en sus ojos. Él también estaba nervioso.

Seguramente pensaba que Lauren lo iba a echar todo a perder.

—¿Cómo estás? —preguntó Xavier mientras caminaban.

—Bien.

—¿Kaila te está ayudando?

—Mucho.

Lauren notaba la mirada de Xavier clavada en ella.

Probablemente le preocupaba que diera esas mismas respuestas monosilábicas a su familia, pero Lauren sabía comportarse.

Aquella farsa ahora también era importante para ella.

Necesitaba convencer a su familia casi tanto como él; de lo contrario, perdería la oportunidad de construir un futuro para ella y su bebé, y la prensa la arrastraría por el fango.

Entraron en el comedor familiar; Xavier le sujetó la puerta.

Lauren parpadeó. Había esperado un comedor modesto, pero aquello se parecía más a un salón de banquetes que a otra cosa.

El techo era abovedado, las ventanas medían el triple que ella y la mesa del centro era tan larga que cabría un pequeño ejército.

Tres personas ya estaban sentadas en el extremo más alejado: un hombre mayor, un joven que se parecía mucho a Xavier y una mujer embarazada.

Todos iban vestidos de etiqueta: trajes ellos, vestido ella.

En un rincón, un cuarteto de cuerdas tocaba.

¿Cómo podía ser aquello una simple cena familiar?

—Lauren —dijo Xavier—, te presento a mi padre, el rey Filipe Contreras. Pape, esta es Lauren Merril, mi novia.

El hombre mayor se acercó y le tendió la mano.

—Lauren, querida —dijo. Su mano era cálida, pero sus ojos, fríos—. Bienvenida. Es un placer conocer a la mujer que mi hijo... ama.

—Gracias —respondió Lauren. Aquel tono la puso nerviosa. Era evidente que la estaba evaluando.

—Sí, bueno.

—Y este es mi hermano, Milan —intervino Xavier—. Y su esposa, Elora.

—Lauren —Milan le tendió la mano—. Me sorprende que una de las conquistas de mi hermano haya durado.

Lauren se estremeció, pero Milan se limitó a sonreír. Parecía engreído. Demasiado engreído. No sabía si era porque conocía la verdad sobre su relación con Xavier o simplemente intentaba incomodarla. Ninguna de las dos opciones era buena.

—Hola, Lauren —Elora se adelantó y la besó cuatro veces en las mejillas. Llevaba un perfume floral, y su cabello castaño oscuro estaba recogido en una corona de trenzas que le daba un aire encantador y regio. Sonrió, una sonrisa que parecía genuina—. Es un placer conocerte.

—Igualmente —Lauren le devolvió la sonrisa.

—Bueno, sentémonos —dijo Milan mientras tomaba a su esposa del codo y la acompañaba de vuelta a la mesa—. No deberías estar de pie mucho rato, querida. Y supongo que tú tampoco, Lauren. Me han dicho que también estás embarazada.

—Así es —Lauren se alisó el vestido de satén con las manos. Se sentía como si estuviera en un escenario.

—Qué sorpresa. Agradable, por supuesto. ¿De cuánto estás? —preguntó Milan.

—Poco más de un mes.

—Entonces debiste de conocer a mi hermano hace cosa de un mes —dijo Milan. Se rio como si bromeara, pero nadie más lo hizo.