CAPÍTULO 11
XAVIER
Xavier permaneció en la sala trasera durante mucho tiempo, con el corazón acelerado.
Había estropeado las cosas con Lauren. Eso era obvio.
Debería haber dicho algo diferente, cualquier cosa, pero había estado tan abrumado y presa del pánico que había dicho las peores cosas posibles.
Al menos ella había aceptado quedarse mientras él encontraba una solución.
Aunque Xavier no estaba seguro de poder encontrarla.
¿Qué se suponía que debía hacer? Su padre siempre había querido que sentara cabeza y tuviera un hijo, pero nadie lo había imaginado así.
Xavier podía enviarle fácilmente a Lauren y al bebé suficiente dinero para que nunca les faltara nada, pero Lauren había rechazado esa oferta.
Además, enviarles dinero de esa manera haría que parecieran un secreto vergonzoso, y eso no era lo que él quería.
Dijera lo que dijera Lauren, no eran un error.
Sin embargo, tampoco podía presentarlos ante Zarancia como su aventura de una noche y su hijo fuera del matrimonio.
La prensa lo destrozaría, más de lo habitual, y Milan terminaría siendo rey.
Peor aún, la prensa también arrastraría a Lauren por el fango, y ella lo odiaría más de lo que ya lo hacía.
Xavier suspiró y se puso de pie; la silla chirrió al arrastrarse detrás de él. Quedarse allí sentado dándole vueltas a todo no ayudaría a nadie. Salió de la sala trasera y volvió con Neeli y Louis, que lo miraron con los ojos muy abiertos.
—¿Qué está pasando? —preguntó Neeli—. ¿La conocías?
—Más o menos. —Xavier tomó el vino que había estado bebiendo y apuró las últimas gotas. Quería más, pero era mejor mantener la cabeza despejada.
—Parecía molesta cuando se fue —señaló Louis.
—Lo estaba —asintió Xavier—. Escuchad, chicos, tengo que irme. Me reclaman los deberes reales.
—Al menos dinos quién era —protestó Neeli—. ¡Somos tus amigos!
Pero Xavier no estaba de humor para explicarle a nadie lo de Lauren y el bebé, ni siquiera a sus amigos, así que simplemente negó con la cabeza.
—Otro día. Lo siento, pero de verdad tengo que irme.
Dicho esto, salió apresuradamente del bar y volvió al palacio. Todavía era temprano cuando llegó, con la mayoría del personal de servicio y algunas reuniones aún en curso, pero Xavier fue directamente a su suite y cerró la puerta con llave. Necesitaba tiempo a solas para pensar.
A la mañana siguiente, sin embargo, tras una noche en vela pensando en Lauren y en la paternidad, seguía sin encontrar una buena respuesta.
Estaba atrapado en un círculo vicioso: no podía simplemente darle dinero, no podía llevarla a casa y presentarla ante el país, no podía convertirse por arte de magia en un buen compañero y padre. No había buenas opciones.
Xavier se duchó, bebió varias tazas grandes de café y fue a su primera reunión del día. Quería ir a hablar con Lauren, o al menos seguir pensando en qué hacer, pero los deberes reales nunca cesaban. Ni siquiera cuando él lo deseaba.
A media tarde, Xavier estaba a punto de desplomarse por el cansancio, la cafeína y el estrés de intentar averiguar qué hacer con Lauren.
Por desgracia, su largo día continuaba con un banquete para celebrar un nuevo proyecto de ley financiero recién aprobado.
De nuevo, bebió más café y esperó que nadie notara las ojeras. Se dirigió al salón de banquetes.
—Xavier.
Xavier se quedó inmóvil cuando su padre, Filipe, apareció en el pasillo. Lo flanqueaban varios asesores, pero les hizo un gesto para que continuaran hacia el salón de banquetes sin él.
—Pape —dijo Xavier—. Será mejor que entremos.
No estaba de humor para charlar con su padre. No hoy.
—Por supuesto. Pero hablemos después.
Padre e hijo entraron juntos. La sala ya estaba llena, con la mayoría de los invitados deambulando en busca de sus mesas. Xavier y Filipe la cruzaron entre saludos, sonrisas y apretones de manos, hasta llegar a la mesa principal, donde Milan y su esposa, Elora, ya estaban sentados.
—Me alegro de verte —dijo Milan. Se puso de pie y le tendió la mano a Xavier.
—Igualmente —respondió Xavier con una sonrisa tensa. Los días en que tenían peleas de espadas de mentira en los jardines y se ayudaban mutuamente con los deberes habían quedado muy atrás. Xavier sentía que apenas conocía ya a su hermano.
—Veo que has estado ocupado —sonrió Milan—. Según los periódicos, estabas comiendo kebab a las tres de la madrugada la semana pasada.
—Me alegra saber que estás al tanto de lo que pasa en nuestro país —dijo Xavier. Soltó la mano de su hermano y sonrió a Elora—. ¿Cómo estás?
Ella le devolvió la sonrisa y asintió.
—Bien, gracias.
Xavier tomó asiento a la derecha de su padre, mientras Milan volvía a sentarse a la izquierda.
Milan enseguida se puso a hablar con Filipe, compartiendo sus opiniones sobre el proyecto de ley financiero y sobre una próxima medida para ampliar el permiso de paternidad.
Xavier bebió su vino e intentó no poner los ojos en blanco. Milan siempre intentaba eclipsarlo.
Finalmente, todos tomaron asiento, y el rey Filipe Contreras se puso de pie. Hizo algunos comentarios sobre el proyecto de ley financiero y luego le cedió la palabra a Xavier.
—Gracias a todos por venir hoy —dijo Xavier, poniéndose de pie y sacando sus notas preparadas—.
Este proyecto de ley financiero, que destina más fondos a infraestructuras clave como carreteras y ferrocarriles, ha tardado mucho en llegar.
He trabajado personalmente con muchos de vosotros para sacarlo adelante, y ha sido un placer.
Zarancia siempre ha sido un país moderno y bien conectado.
Este proyecto de ley solo contribuirá a ello.
Todos aplaudieron cortésmente mientras Xavier se sentaba. Entonces, para su sorpresa, Milan se puso de pie.
—¿Puedo decir unas palabras? —preguntó.
—Por supuesto —asintió Filipe, sonriendo con aprobación a su hijo. Xavier entrecerró los ojos. Que él supiera, Milan no había preparado ningún discurso. ¿Qué iba a decir?
—Primero, quiero felicitaros a todos por el proyecto de ley financiero. Sé que mi querido hermano tuvo que perderse varias fiestas para asistir a reuniones, lo cual no debe de haber sido fácil.
Milan se rio de su propia broma, al igual que varios miembros del público. Xavier dio un largo sorbo a su vino.
—Segundo, tengo un anuncio maravilloso. Como muchos de vosotros sabéis, me casé el año pasado con mi querida esposa, Elora. Me complace anunciar que la familia real volverá a crecer, ya que Elora y yo estamos esperando nuestro primer hijo.
Elora se puso de pie, sujetándose el vestido para mostrar una discreta barriguita. La sala estalló en aplausos, y Xavier consiguió sumarse, aunque la cabeza le daba vueltas. Ahora todo el mundo estaba embarazado, al parecer. Incluida su cuñada.
Cuando los aplausos cesaron, sirvieron la comida.
Todos comenzaron a comer y la sala se llenó de conversaciones.
Xavier también comió, pero la comida le sabía a nada.
No dejaba de ver de reojo a Milan y Elora hablando con Filipe, con sus enormes sonrisas.
Le dolía el estómago. Estaba feliz por ellos, pero triste por sí mismo.
Y por Lauren. Un embarazo debería ser un anuncio alegre, como este, no un problema que resolver.
Y esto iba a ser otro punto a favor de Milan en su camino para arrebatarle el trono a Xavier.
Cuando la comida por fin terminó, Xavier quería huir a su habitación, pero Filipe lo agarró del brazo y lo llevó a una sala contigua.
—¿Has oído eso? —preguntó, cerrando la puerta tras ellos.
—Sí. Me alegro mucho por Milan y Elora, por supuesto.
—Pero debes entender —continuó Filipe— que tu hermano ha demostrado que es capaz no solo de sentar cabeza, sino de engendrar un heredero. Debes saber que esto lo convierte en un candidato aún mejor al trono.
—¡Ser rey es más que tener una familia! —espetó Xavier. Estaba exhausto y estresado. No tenía energía para otro sermón sobre cómo su comportamiento no era lo suficientemente regio y lo estupendo que era su hermano.
—Sí, pero los herederos son importantes —dijo Filipe—. No has mostrado ningún interés en el matrimonio. Dudo mucho que llegues a engendrar un heredero.
—Ya lo he hecho. —Las palabras se le escaparon antes de que Xavier pudiera pensarlo mejor—. Tendré un heredero también. No tienes que depender de Milan para eso.
—¿Qué? —La voz de Filipe era gélida, y a Xavier se le cayó el alma a los pies.
No era buena idea, pero tenía que continuar. Ya había abierto la boca. El agotamiento y la irritación habían vencido al sentido común.
—Mi... novia... está embarazada —dijo Xavier—. Acabamos de enterarnos.
—Ni siquiera sabía que tenías novia. —Filipe sonaba, si cabe, aún más frío. En un instante, Xavier se sintió como un niño otra vez, regañado por cometer errores en sus lecciones de francés o fallar un gol en un partido de fútbol.
—Es reciente —dijo.
—Claro. —Filipe se dio la vuelta y caminó hacia la ventana del fondo de la sala.
Le daba la espalda a Xavier, pero este podía sentir la ira que irradiaba su padre incluso desde allí—.
A ver si lo entiendo. Dejaste embarazada a una de tus aventuras de una noche, ¿y ahora pretendes que eso sea algo bueno?
—Eso no fue lo que pasó —protestó Xavier, aunque su padre estaba más cerca de la verdad de lo que le hubiera gustado admitir—. Lauren es más que una aventura de una noche.
—¿Lauren? —Filipe se volvió hacia Xavier—. ¿Ni siquiera es zaranciana?
—Yo...
—Solo tómate un momento para pensar —dijo Filipe—.
Estás esperando un hijo fuera del matrimonio con una mujer extranjera con la que dudo que hayas pasado más de unas pocas horas.
Cuando eso salga en los periódicos, ¿qué va a decir la gente?
Van a decir que no eres lo suficientemente responsable para ser rey, que no tienes los valores adecuados.
Y debo decir que me inclino a darles la razón.
—¿Qué quieres de mí? —espetó Xavier—. Quieres que te dé un heredero. Lo he hecho. ¿Y ahora estás enfadado porque la mujer con la que estoy no es lo suficientemente buena?
Como su padre, Xavier iba de farol. Sabía tan bien como cualquiera que Filipe tenía razón. Esto quedaría fatal en los tabloides, para él, para Lauren, para su bebé y para la familia real. ¿En qué había estado pensando? Nunca debería haberle contado a su padre lo del niño.
—Creo que sabes lo que espero de ti. —Filipe apoyó las manos en la mesa—. Un mínimo de decencia. Un atisbo de sensatez. Llevo años pidiéndote que controles tu lado salvaje, y en cambio, has ido a peor. Estoy muy tentado de entregarle el trono a tu hermano esta noche.
—No hagas eso —Xavier negó con la cabeza—. Milan puede ser un hombre de familia, pero no sería un buen rey. Es demasiado egoísta, no es capaz de ver la estrategia a largo plazo, y le entra el pánico en cuanto ve un número o una ecuación.
—Este no es buen momento para difamar a tu hermano —dijo Filipe con tono seco—.
Al menos Milan no aparece en los tabloides con fulanas del brazo ni con hijos secretos en camino...
Aun así, entiendo lo que dices. Estoy dispuesto a darte una última oportunidad para demostrar que puedes hacer lo correcto.
Demuéstrame a mí, demuéstrale a tu país, que puedes ser un padre para este niño y un compañero para esta chica.
Si lo consigues, puedes conservar tu trono.
Pero al primer indicio de escándalo, me lo replantearé.
—¿Quieres que le cuente al país sobre Lauren? —Xavier estaba atónito. No había esperado esta reacción.
—Quiero que le presentes a Zarancia a tu amada novia de toda la vida y a tu esperado hijo —dijo Filipe—.
Explicarás que los mantuviste alejados de los focos hasta ahora para protegerlos.
Y más te vale ser mucho más convincente de lo que has sido hace un momento.
Quiero que el país se enamore de ella. Y quiero que el país crea que tú también la amas. ¿Puedes hacerlo?
No había alternativa. Xavier lo sabía. No podía decirle que no a su padre. La única otra opción era enviar a Lauren lejos con un montón de dinero, cosa que ella no quería, y perder su lugar en el trono, cosa que él no quería. Eso no era ninguna opción.
—Puedo hacerlo —dijo. Intentó no pensar en la expresión de dolor de Lauren cuando había anunciado su embarazo y él le había preguntado si era suyo. No le iba a hacer ninguna gracia este plan.
A Xavier tampoco le hacía ninguna gracia este plan. No era justo para Lauren. Tampoco lo era para él.
—Bien. Entonces hazlo. —Dicho esto, Filipe pasó junto a Xavier y salió por la puerta, que se cerró de un portazo tras él. Xavier se encogió. Una vez más, se sentía más como un niño regañado que como un príncipe y futuro padre.
La situación se había complicado mucho más. Como fuera, tenía que convencer a Lauren de que volviera al palacio con él y fingiera que mantenían una relación seria. Teniendo en cuenta que ella ni siquiera había querido mirarlo la noche anterior, dudaba que fuera a ser fácil.