Esperando al bebé del príncipe (Pactos y papás nº 5) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

XAVIER

—Claro, porque ser rey es mucho más difícil que llevar una panadería.

Neeli, amiga de Xavier desde el colegio, puso los ojos en blanco.

—Nunca me lo creeré.

Xavier también puso los ojos en blanco y dio otro sorbo a su vino.

—Sí, claro. Porque hacer rosquillas y pasteles es cuestión de vida o muerte.

—Puede serlo —protestó Neeli—. Imagina que sin querer echo veneno para ratas en las rosquillas en vez de azúcar. Eso sería de vida o muerte.

Xavier arqueó las cejas.

—No sé si debería volver a comprar en tu panadería, si hay alguna posibilidad de que eso pase.

Neeli se rio.

—Bueno, no la hay. Se me da genial mi trabajo. Solo intentaba pensar en un ejemplo de vida o muerte.

—La banca de inversión le gana tanto a la repostería como a gobernar —protestó Louis, otro amigo íntimo de Xavier desde el colegio—. Si Xavier la fastidia, solo arruinará la vida de la gente de nuestro país. ¡Si yo la fastidio, podría provocar el desplome de los mercados bursátiles!

—¿Por qué damos por hecho que alguien va a meter la pata?

—protestó Xavier, aunque se reía con los demás.

Neeli y Louis eran amigos de Xavier desde mucho antes de que él gobernara el país.

Habían compartido caramelos y gomas de borrar en primaria e intercambiado consejos para los exámenes en la universidad.

Neeli y Louis eran dos personas con las que Xavier podía ser él mismo de verdad.

No tenía que preocuparse por su imagen ni por la de la familia real.

Podía simplemente reírse y bromear. Cuando estaba con ellos, se sentía como un tío normal, no como un príncipe.

Era una sensación que llevaba media vida persiguiendo.

—Bueno, si alguien la liara, serías tú —dijo Neeli alegremente—. Tienes mucho más en lo que pensar que cualquiera de nosotros.

—Entonces mi trabajo sí es más difícil —señaló Xavier. Los otros dos negaron con la cabeza.

—En absoluto —dijo Louis—. Pero volviendo al tema de esta discusión: debería poder elegir cuándo y dónde quedamos, porque soy el que tiene la agenda más apretada.

—Yo me levanto a las cuatro de la mañana todos los días para empezar a hacer el pan —dijo Neeli, cruzándose de brazos y arqueando una ceja.

—¡Yo opero en todos los mercados, a veces de noche!

—¿Crees que Zarancia duerme alguna vez? —preguntó Xavier—. Ser heredero es un trabajo a jornada completa.

—Pero Zarancia sí duerme —le recordó Neeli—. Por la noche.

Los tres intercambiaron una sonrisa.

—Quizá todos nuestros trabajos tienen su parte difícil —sugirió Louis.

—Brindemos por eso.

Chocaron las copas.

—Entonces, Xavier —dijo Louis mientras cogía un trozo del pan crujiente que compartían y lo mojaba en un platito de aceite y vinagre—, ¿qué tal tu vida amorosa?

—Seguro que puedes leerlo en La Popula —dijo Xavier, en referencia a una de las revistas del corazón más populares de Zarancia.

—¿Y eso qué gracia tiene? —bromeó Louis—. Prefiero enterarme de primera mano.

—La verdad es que no ha pasado gran cosa últimamente —admitió Xavier.

—¿Muy liado con el trabajo? —preguntó Neeli.

Xavier se encogió de hombros.

—Sobre todo.

—O a lo mejor está colgado por alguien —sugirió Louis.

Xavier pensó de inmediato en Lauren. Durante el último mes, había intentado una y otra vez quitársela de la cabeza, y había fracasado en cada intento.

Peor aún, a veces se pillaba soñando despierto con ella en medio de reuniones aburridas.

Y ya no le llamaban la atención las mujeres guapas que solían acudir a los eventos de palacio.

En cambio, imaginaba a Lauren saliendo de entre la multitud, sonriéndole y tendiéndole la mano.

Estaba colgado por ella. Solo que se esforzaba al máximo por no estarlo, porque Lauren no iba a volver. Estaba viviendo su gran aventura europea. Además, aunque volviera a Zarancia algún día, tampoco es que pudiera salir con ella de verdad.

—Qué va —dijo rápidamente.

—Bueno, mejor, porque hay una mujer guapísima que no te quita ojo —dijo Louis—. A lo mejor puedes invitarla a salir.

—¿Dónde? —Xavier recorrió el bar con la mirada. Quizá coquetear con una mujer guapa fuera una buena forma de olvidarse de Lauren. Aunque sospechaba que, como las últimas veces que lo había intentado, no funcionaría.

—Por allí.

Louis señaló con la cabeza hacia una mesa en la esquina. Xavier entrecerró los ojos para seguir su mirada y los abrió de par en par.

Sentada en la esquina, con las manos rodeando una taza, estaba nada menos que Lauren.

Tenía el mismo pelo castaño y rizado, y llevaba una falda larga y una camiseta de tirantes.

Sus grandes ojos azules estaban clavados en Xavier, pero cuando vio que él la miraba, se sonrojó y apartó la vista. Aun así, era ella. Sin duda era ella.

—Un momento.

Xavier se levantó y se acercó a Lauren. El corazón le latía con fuerza. Una parte de él había esperado que ella volviera a Zarancia, pero no esperaba verla esa noche. Aún estaba casi convencido de que el vino se le había subido a la cabeza y le estaba haciendo ver cosas.

O quizá, como muchas de las mujeres con las que Xavier había estado, Lauren había vuelto en busca de otra noche juntos.

Xavier desde luego no iba a decir que no.

—Lauren.

Le sonrió mientras ella se levantaba. Tenía el rostro un poco más pálido de lo que recordaba.

—Qué alegría verte.

La cogió de los hombros y le dio los cuatro besos zaranceses de saludo, dos en cada mejilla.

Olía a flores y chocolate, y su piel era suave bajo sus labios.

Tuvo que contenerse para no darle también un beso en los labios.

O, mejor aún, para no arrinconarla contra la pared y compartir el mismo beso arrebatador que habían compartido en la estación de tren.

En lugar de eso, dio un paso atrás, sonrió y esperó a que ella tomara la iniciativa.

—Hola, Xavier. —Lauren se mordió el labio—. ¿Podemos hablar un momento?

—Por supuesto. —Xavier se dejó caer en el asiento frente a ella, y Lauren volvió a sentarse—. ¿Qué tal tu gran viaje?

—Eh, divertido. —Lauren jugueteó con un mechón de pelo, aunque el gesto parecía más nervioso que coqueto. Luego dejó caer la mano sobre la taza y dio un sorbo a algo que olía a menta y miel.

—Estabas en Italia, ¿verdad? —dijo Xavier, animándola a seguir.

—Sí. Eh, sí. Fue divertido. La comida estaba buena.

Había algo diferente en Lauren. Parecía nerviosa, casi incómoda. Quizá se sentía cohibida delante de Xavier. Quizá ella, como él, estaba recordando la noche que habían pasado juntos.

—Bueno, estás estupenda —dijo él con alegría—. Tienes el pelo más claro. ¿Has pasado mucho tiempo al sol?

—Algo. —Se mordió el labio de nuevo—. Eh, Xavier, yo... —Se interrumpió, con la mirada fija en la taza, luego en la puerta, en cualquier sitio menos en Xavier.

—Dime. —Se inclinó hacia delante—. Me alegra volver a verte. Seguro que estoy pensando lo mismo que tú.

Ella soltó una risa nerviosa.

—Seguro que no.

—Venga ya. —Le dedicó una sonrisa—. Has estado pensando en nuestra noche juntos y quieres repetir. Pues yo también. No he podido sacarte de la cabeza.

—Sí. Eh, lo mismo. —Lauren lo miró a los ojos—. Pero tengo que decirte algo.

—Dime —repitió Xavier. No sabía qué había sido de la mujer segura de sí misma que había conocido, y se sentía algo inquieto.

Lauren seguía siendo preciosa, seguía siendo la misma persona, pero cuanto más hablaba con ella, más le preocupaba que algo fuera mal.

¿Le habría pasado algo en su viaje por Europa?

¿Necesitaría ayuda? Un inesperado instinto protector afloró en su interior.

Si le había pasado algo, haría lo que fuera para ayudarla.

—Puede que esto te sorprenda. —Respiró hondo—. Pero creo que tienes todo el derecho a saberlo. Solo quiero que sepas que no espero nada de ti. Esto puede ser completamente en tus términos.

—Vale. —Xavier apoyó los codos en la mesa. La chulería había desaparecido de su voz—. Me estás empezando a asustar. ¿Qué pasa?

—¡Estoy embarazada! —Lo dijo en voz alta, más de lo que había hablado antes, y Xavier giró la cabeza bruscamente para comprobar si alguien lo había oído.

Menos mal que todos estaban enfrascados en sus propias conversaciones.

El corazón le latía tan rápido que apenas podía oírse pensar.

Estaba mareado. Quizá la había oído mal.

—¿Qué? —dijo en voz baja.

—Estoy embarazada —repitió ella, bajando la voz para igualar la de él, aunque con un tono tenso. Xavier se levantó de golpe y la silla chirrió contra el suelo de madera. Algunas personas se volvieron a mirarlo, y él agachó la cabeza.

—Aquí no podemos hablar de esto. Ven. —Se dio la vuelta y se dirigió a la barra sin mirar atrás para ver si Lauren lo seguía. No podía procesar aquello. ¿Embarazada? Era imposible. Aquello no podía estar pasando—. Gio —dijo, deteniéndose frente a la barra—. ¿Podemos usar la sala de atrás?

—Por supuesto. —Gio, el camarero, sonrió, y Xavier supo que pensaba que iban a usar la sala para un escarceo amoroso.

Xavier no lo sacó de su error. Se limitó a pasar deprisa por la puerta del fondo.

La mantuvo abierta y Lauren lo siguió. Cuando cerró la puerta y encendió la luz, dejando a la vista una mesa con unas cuantas sillas y una ventana que daba a la calle, ella lo miraba con los ojos muy abiertos.

Tenía los brazos cruzados sobre el vientre. Parecía esperar que él le gritara.

—¿Es mío? —preguntó.

Lauren entrecerró los ojos.

—Pues claro que sí —respondió con voz cortante.

Xavier se desplomó en una silla; las piernas ya no lo sostenían. Aquello iba a ser un escándalo. Uno enorme. No tenía ni idea de cómo iba a manejarlo. Cuando su padre se enterara...

Se obligó a respirar hondo y a mirar a Lauren a los ojos.

Estaba pálida y bastante enfadada. Lo entendía.

No estaba reaccionando muy bien, pero ¿cómo se suponía que debía reaccionar alguien cuando su lío de una noche aparecía embarazada?

Era una bomba que estaba a punto de hacer estallar la vida de Xavier.

Iba a ser padre. Lauren iba a tener un bebé. Su bebé. ¿Cómo podía estar pasando aquello? Habían tenido cuidado... ¿no?

Xavier había pasado toda su vida con cuidado.

Siempre había sabido que cualquier cosa fuera de sus planes supondría un escándalo.

Incluso aquella vez que había sacado un suspenso en el colegio, por olvidarse de estudiar para un examen de historia, había acabado en los periódicos.

Un embarazo con una estadounidense con la que se había acostado una noche sería la noticia del año. Quizá de la década.

—¿Y bien? —dijo Lauren. Su voz sonaba dura—. ¿Podemos hablar de esto?

Xavier respiró hondo. Sabía que tenían que hablar, pero no sabía cómo. ¿Cómo reaccionaba uno ante una noticia así?

Repasó mentalmente las opciones posibles, pero ninguna parecía la correcta.

No quería que Lauren pensara que estaba enfadado con ella; no lo estaba.

No era culpa suya. Ni siquiera era algo malo, en realidad.

Pero, al mismo tiempo, su vida se estaba desmoronando.

Ya le costaba lidiar con las expectativas de su familia.

El escándalo de un bebé fruto de un lío de una noche solo empeoraría las cosas y podría perjudicar sus posibilidades de llegar a ser rey.

Por si fuera poco, Lauren ni siquiera sabía que él era heredero al trono.

Las verdades ocultas se iban acumulando y Xavier temía acabar sepultado bajo ellas.

Llevaba demasiado tiempo callado, y Lauren parecía cada vez más molesta. Tenía los brazos cruzados sobre el vientre y los ojos entrecerrados. Un poco más y estaba seguro de que saldría de allí hecha una furia. Tenía que decir algo.

Tenía que contarle lo que pasaba.

No podía.

Al fin, se aclaró la garganta.