CAPÍTULO 8
LAUREN
—¡No puedo creer que ya nos dejes! —Vittoria negó con la cabeza apesadumbrada y abrazó a Lauren con fuerza. Lauren se rio y se zafó con suavidad, dedicándole una sonrisa a la joven.
—Sabías que tarde o temprano me marcharía.
—¡Sí, pero no tan pronto! —se lamentó Vittoria—. Es todo tan repentino...
Era repentino. Tras enterarse de su embarazo y decidir buscar a Xavier para contarle lo del bebé, Lauren no había querido perder tiempo.
Había reservado los billetes de inmediato.
Esa mañana les había comunicado a todos en el hotel que se marchaba.
Ahora estaba en el vestíbulo con la maleta a sus pies, lista para partir.
—Lo sé, pero quizá vuelva algún día —sugirió Lauren. La idea sonaba poco convincente. Probablemente no iba a viajar a Italia siendo madre soltera con un bebé pequeño. ¡Un bebé! Todavía le costaba creerlo.
—Si vuelves, tienes que buscarme —dijo Vittoria con determinación.
—Lo haré. Buena suerte con tu novio y con todo.
—Lauren le dio otro abrazo rápido, cogió la maleta y se dirigió a la salida.
Al final había decidido volar a Zarancia.
Era un vuelo fácil de dos horas con escala en Roma, o un agotador viaje en tren de varios días que la dejaría en mal estado para intentar explicarle a Xavier que iba a ser padre. Si es que lograba encontrarlo.
Así que arrastró la maleta por los adoquines hasta la parada de autobús, donde cogió uno hacia el aeropuerto. Unas horas más tarde se acomodaba en su asiento de ventanilla, se ponía los auriculares y contemplaba los otros aviones.
Quizá era un error dejar Palermo tan de repente. Quizá debería haber vuelto a Estados Unidos y haberse buscado un apartamento y un trabajo. Las probabilidades de encontrar a Xavier sin saber su apellido eran mínimas. Y las de que él quisiera saber algo de ella o del bebé, aún menores.
«Esto es lo correcto», se recordó Lauren. Se recostó mientras el avión comenzaba a rodar hacia la pista. «Le debes a tu hijo buscar a su padre. O al menos intentarlo».
Y parte de ella estaba emocionada por volver a ver a Xavier.
Aunque no quisiera admitirlo, una pequeña y esperanzada parte de su cerebro seguía imaginando que él también había estado pensando en ella.
Se bajaría del avión y, de algún modo, él estaría esperándola en el aeropuerto.
La abrazaría. Cuando se separaran, ella le hablaría del bebé, y él le tomaría la mano y se la llevaría a vivir felices para siempre, con una puesta de sol zaranciana de fondo.
En su imaginación, no se convertiría en madre soltera porque Xavier estaría tan ilusionado con tener un hijo que les abriría las puertas de su vida.
«No seas idiota», se reprendió Lauren. Eso no iba a pasar.
Lo más probable era que no lo encontrara, o que él no quisiera saber nada de ella.
Había sido un buen tipo, un tipo estupendo, pero hasta el mejor de los hombres se llevaría una sorpresa al enterarse de que iba a ser padre tras una aventura de una noche.
Mientras el avión ascendía hacia el intenso azul del cielo siciliano, Lauren se tapó las piernas con el jersey para protegerse del aire acondicionado. Se había acostumbrado al calor del sur de Europa. Se había acostumbrado a muchas cosas.
Durante el resto del vuelo, Lauren alternó entre la preocupación y la emoción.
Cuando por fin hizo el transbordo y llegó a Zarancia, estaba casi temblorosa por las emociones encontradas.
Era última hora de la tarde, así que se dirigió directamente al hotel que había reservado y se registró.
Tras una ducha, se sintió un poco más como ella misma. Respiró hondo y salió.
La búsqueda en internet de la noche anterior no había dado más resultados que el intento previo de encontrar a Xavier.
Eso significaba que la única posibilidad de dar con él era preguntar por ahí.
Él le había dicho que solía ir al bar donde se conocieron, así que ese sería su primer destino.
Se perdió varias veces por el camino, pero al final encontró el pequeño callejón y el bar.
Era extraño estar de vuelta en Zarancia después de un mes fuera, pero también se sentía un poco como volver a casa.
Apenas eran las cuatro de la tarde, así que el bar todavía estaba casi vacío.
Había algunas personas en los reservados de las esquinas, charlando y bebiendo café o vino.
Lauren fue directamente a la barra. Para su alivio, el camarero era el mismo que había conocido el mes anterior, cuando estuvo allí con Xavier.
Recordaba perfectamente su bigote con las puntas hacia arriba.
—Hola —dijo alegremente.
—¿Qué te pongo? —preguntó el camarero con una sonrisa.
—Nada por ahora. En realidad vengo a pedirte ayuda.
—¿En qué puedo ayudarte? —preguntó, sin dejar de sonreír. Ahí estaba otra vez esa amabilidad zaranciana.
—La última vez que estuve aquí conocí a un chico. Xavier. Estoy intentando encontrarlo. ¿Sabes dónde podría estar?
El camarero se dio la vuelta y empezó a pulir vasos, pero no antes de que Lauren viera cómo su expresión se volvía cautelosa.
—No lo conozco.
—Oh. Vale. Es que parecía conocerte.
El camarero se encogió de hombros.
—Aquí tratamos bien a todo el mundo. ¿Te pongo algo de comer o beber?
Lauren se mordió el labio.
—No, pero gracias de todos modos.
Se dio la vuelta y vio a una camarera que también había estado trabajando aquella noche. Se acercó a ella rápidamente.
—Disculpa...
—Lo siento, no puedo ayudarte —dijo la camarera. Se dio la vuelta para recoger platos de otra mesa—. A menos que quieras algo de comer o beber.
Lauren frunció el ceño.
—Solo quiero preguntar por un amigo que conocí aquí...
—No puedo ayudarte. —La camarera apiló los platos y se dirigió hacia la cocina—. Lo siento.
El camarero había sido cauteloso, pero la camarera lo era aún más. Hasta entonces, todos los que Lauren había conocido en Zarancia habían sido amables y serviciales. Incluso hoy, el camarero había sonreído al verla. Sin embargo, en cuanto mencionó a Xavier, se cerró en banda.
A Lauren le faltaba algo. Eso estaba claro. Solo que no tenía ni idea de qué. ¿Había hecho Xavier algo para enfadar a esa gente? ¿Lo había hecho ella? ¿Era de mala educación en este país preguntar por otras personas? Lauren no tenía ni idea.
—Gracias de todos modos —murmuró. Se dirigió lentamente hacia la puerta.
Fuera, aún era temprano y el sol brillaba en lo alto.
Todavía tenía tiempo para buscar a Xavier, pero Lauren no sabía por dónde seguir.
Salir del bar era como darse por vencida.
Había sido su única pista sólida sobre el paradero de Xavier, y como no había funcionado, las posibilidades de encontrarlo eran aún menores.
Quizás podría preguntar en algunas galerías...
o pasarse por el café donde habían desayunado...
—Disculpe.
Lauren se dio la vuelta y vio a la camarera del bar. Llevaba una bolsa de basura, que depositó en un contenedor grande. Luego se volvió hacia Lauren. Se mordía el labio y no dejaba de mirar a su alrededor, como si temiera que alguien pudiera oírla.
—¿De verdad no sabes quién es? —preguntó en voz baja.
—¿A quién te refieres? ¿A Xavier?
—Sí —asintió la camarera—, Xavier. ¿De verdad no sabes quién es?
—No lo sé. ¿Tú sí? —Lauren dio un paso vacilante hacia ella—. Por favor. Es muy importante que lo encuentre. Solo necesito hablar con él.
La camarera se balanceaba inquieta sobre las puntas de los pies, con la mirada puesta en la entrada del bar.
—En realidad no debería decírtelo a nadie. Pero... vuelve esta noche. Puede que esté aquí.
—Gracias —Lauren podría haberla abrazado—. ¿Por qué no puedes decírselo a nadie?
La camarera le dedicó una sonrisa compasiva.
—Supongo que no tardarás en descubrirlo.
Luego volvió a entrar, dejando a Lauren sola en el callejón. Suspiró. Aquello se estaba volviendo cada vez más extraño.
Aun así, al menos ahora tenía una nueva pista.
Todavía no eran las cinco, así que Lauren decidió pasear por la ciudad y visitar los lugares de los que Xavier le había hablado.
Empezó por la playa, que ahora estaba abarrotada de parejas y familias a la salida del trabajo.
Lauren observó a un niño pequeño que corría por la arena mientras su madre lo perseguía entre risas, y el corazón le dio un vuelco.
Pronto sería ella. Era increíble que estuviera embarazada y a punto de ser madre, cuando la última vez que había estado allí había estado completamente sola.
Compró un cucurucho de papel con patatas fritas recién hechas y se las fue comiendo mientras caminaba, con la arena cálida entre los dedos de los pies.
Sin embargo, no conseguía disfrutar del momento.
Sus pensamientos no dejaban de volver a Xavier.
¿Aparecería de verdad en el bar esa noche?
¿Por qué nadie había querido decirle dónde estaba?
¿Y qué diría él cuando ella se presentara así, sin avisar, embarazada?
Después de la playa, Lauren caminó hasta la galería de la puerta roja que Xavier le había señalado.
Dentro, paseó de sala en sala contemplando las obras de arte.
En la sala del fondo encontró la pieza que Xavier le había descrito: el retrato de un príncipe de Zarancia de tiempos remotos.
Se quedó un rato contemplándolo. El hombre del cuadro tenía el pelo castaño oscuro y los ojos marrones, y se parecía un poco a Xavier.
Aunque probablemente solo fueran sus genes de Zarancia.
Aun así, Lauren no podía apartar la mirada.
—...menudo escándalo —susurró alguien a su espalda.
—Ya lo sé. El hermano menor...
Entonces las dos mujeres desaparecieron en otra sala.
Lauren se quedó mirándolas. Solo había captado la palabra escándalo, y el estómago le dio un vuelco.
No es que ser madre soltera fuera un escándalo, ya no, pero una parte de ella seguía sintiendo que esas mujeres habían estado hablando de ella.
Aunque eso era absurdo. Hoy tenía la imaginación desbocada; quizás fuera un síntoma poco conocido del embarazo.
Lauren terminó de recorrer la galería y volvió al bar.
Cuanto más se acercaba, más se le aceleraba el corazón y más lentos se volvían sus pasos.
En solo unos minutos, si todo iba bien, volvería a ver a Xavier después de más de un mes.
Y le diría que esperaban un bebé juntos.
Al poco rato arrastraba tanto los pies que parecía una niña pequeña camino del colegio en lugar de una mujer adulta.
Lauren no quería tener esa conversación.
Decirle a Xavier que estaba embarazada arruinaría la magia de aquella noche juntos.
Si él respondía con enfado o confusión, cosa que probablemente haría, también arruinaría el recuerdo que guardaba de él.
No se trata de ti, se recordó Lauren. Se trata de tu bebé. Tu bebé merece tener un padre.
Y aun así, incluso ahora, una pequeña parte de Lauren imaginaba que Xavier podría alegrarse y estrecharla entre sus brazos. Lo único que siempre había querido era tener una familia grande y feliz. Quizás Xavier la acogería en la suya...
O quizás saldría del bar en unos minutos llorando y se iría al aeropuerto a criar a su bebé sola. Eso era mucho, mucho más probable.