Esperando al bebé del príncipe (Pactos y papás nº 5) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

LAUREN

Lauren era consciente de todo: los adoquines bajo sus zapatillas, su mano en el brazo de Xavier, el cálido resplandor de las farolas, la suave brisa que ascendía desde el mar de Zarancia.

Aquel momento le parecía importante, aunque sabía que lo que viviera con Xavier sería pasajero.

No le importaba. Las cosas no tenían que durar eternamente para tener sentido.

Eso también se lo había enseñado su padre.

—Si alguna vez vuelves a Zarancia —dijo Xavier, gesticulando con una mano—, deberías ir a esta playa. ¿Has ido?

—Todavía no.

—Es muy popular entre los lugareños. Muchos niños de Zarancia aprenden a nadar aquí, yo incluido, y durante el verano siempre hay puestos de comida que venden golosinas y músicos que tocan.

—Suena encantador.

Lauren miró calle abajo, hacia la playa que él había señalado. Al final de la calle se vislumbraba un pequeño fragmento. La luna dibujaba una media luna luminosa sobre el agua, y las olas centelleaban al romper en la orilla. De pronto, se detuvo en seco.

—¿Podemos ir ahora?

Tenía la sensación de que no volvería a Zarancia, y no quería dejar escapar aquel momento. Todavía no.

—Estará vacía, pero ¿por qué no?

Giraron y bajaron hacia la playa. Cuando llegaron, Lauren se quitó los zapatos y caminó descalza, disfrutando de cómo sus dedos se hundían en la arena, todavía cálida por el sol.

Xavier tenía razón. A aquella hora de la noche, la playa estaba desierta salvo por ellos dos.

Lauren podía imaginarla fácilmente llena de vida, con niños chapoteando en el agua y el sonido de una guitarra.

Pero así también estaba bien. Era un lugar tranquilo.

—¿Qué te parece? —preguntó Xavier. Lauren se volvió hacia él, radiante.

—Me encanta. Me encantan todas las playas.

El viento le agitó el cabello, y ella se quitó la goma y deshizo la trenza. Los rizos le cayeron sobre los hombros, y Xavier la miró con algo cálido y profundo en los ojos. Lauren notó que le gustaba lo que veía.

—¿Metemos los pies en el agua? —sugirió él.

Lauren asintió.

—¡Te echo una carrera!

Salió corriendo por la arena con el desenfreno que había abandonado en la infancia. Xavier corrió tras ella, la adelantó en el último momento y llegó primero al agua entre salpicaduras. Levantó la mano y ella chocó los cinco.

—Entonces, ¿aprendiste a nadar aquí?

El agua le bañaba los pies y los tobillos, fresca pero no helada como en Oregón. Frente a ella, las olas se extendían hasta el horizonte, y miles de estrellas brillaban en lo alto. Debía de haber menos contaminación lumínica que en muchas ciudades.

—Sí, de niño. Fue algo muy natural: al principio chapoteaba en la orilla con mis amigos, y luego, a medida que crecía, quería adentrarme más con los mayores. Enseguida aprendí a nadar.

La miró.

—¿Y tú dónde aprendiste?

—En la piscina del barrio —dijo Lauren. Sonrió—. Siento decepcionarte.

—Pensaba que habías crecido cerca del mar.

—Así es, pero el agua de la costa de Oregón está helada. Tienes que ponerte un traje de neopreno si quieres nadar de verdad. Yo también chapoteaba en las olas con mis amigos, pero las clases de natación propiamente dichas las di en una piscina.

Lauren contempló la extensión del agua. Las olas brillaban, la luna resplandecía y Xavier estaba justo a su lado. Era el tipo de momento con el que apenas se había atrevido a soñar cuando planeaba su gran viaje por Europa. Si supiera pintar, eso era lo que querría plasmar.

—No me imagino un agua tan fría que necesites neopreno. Aquí es como bañarse en agua templada.

Lauren se rio.

—Desde luego.

Poco a poco, apartó la mirada del impresionante paisaje costero.

Xavier estaba justo a su lado, tan cerca que podría haber alargado la mano y tomado la suya.

Tan cerca que podría haberse puesto de puntillas y besarlo.

Estaba claro hacia dónde se encaminaba aquella noche, pero no se acercó todavía. Estaba disfrutando de la espera.

—¿Seguimos?

Se calzaron de nuevo y volvieron a las calles. Lauren tenía una idea vaga de en qué dirección quedaba su hotel, pero Xavier parecía conocer cada giro y cada curva de la ciudad a la perfección.

—Aquí hay otro sitio que deberías visitar —dijo, señalando una pequeña panadería—. Tienen los mejores pasteles de todo Avair.

—Ojalá pudiéramos hacer una cata nocturna de eso también —bromeó Lauren.

—Yo también. Sus rollitos de almendra están para morirse.

—Lo tendré en cuenta —sonrió Lauren—. ¿Los rollitos de almendra son tu postre favorito?

—Qué va. Lo que pasa es que allí los hacen muy buenos. Además, normalmente no son un postre, sino más bien un desayuno.

—Bueno es saberlo.

—Lo sé todo. —Xavier le dio un golpecito con el hombro, y ella se lo devolvió. Sentía el calor de su piel a través de las camisas finas.

En la siguiente manzana, Xavier señaló una puerta roja.

—Ahí dentro hay una galería. ¿La has visitado?

—No, no tenía ni idea de que hubiera una galería.

—Es una galería secreta. Normalmente solo la encuentra quien sabe de su existencia. Pero el arte es impresionante: hay una obra que podría contemplar durante horas.

—Déjame adivinar: es un retrato.

—Muy bien adivinado. Es de un príncipe de Zarancia de hace varios siglos, olvidado por casi todos. En ese cuadro, sin embargo, está tan vivo como tú o como yo.

A medida que se acercaban al hotel, Xavier le señaló un parque y otro restaurante que servía deliciosa comida de Zarancia.

—Para la próxima vez —dijo guiñándole un ojo.

—Ojalá pudiera quedarme unos días más —dijo Lauren, y al decirlo se dio cuenta de lo mucho que lo deseaba.

—No importaría —dijo Xavier—. Da igual cuánto tiempo te quedaras, nunca sería suficiente.

Zarancia es el tipo de país del que la gente se enamora.

Algunos visitantes vuelven año tras año, y hay extranjeros que incluso acaban instalándose aquí.

Ni siquiera los de Zarancia somos inmunes.

El país lo llevamos en la sangre, así que cuando alguien se marcha, a menudo acaba volviendo.

Lauren sintió sus palabras en lo más hondo.

La idea de pertenecer a un lugar de manera tan absoluta que su ausencia resultara insoportable la conmovió.

Nunca se había sentido así, salvo con su padre, a quien había adorado.

Ahora que él ya no estaba, no estaba segura de pertenecer a ningún sitio.

Parte de ella deseaba pertenecer allí. Pero quizás solo era la nostalgia.

—Suena bonito —dijo ella.

—Lo es. Aunque también es difícil. A veces... la gente... puede sentirse atrapada.

Lauren miró a Xavier, pero su rostro estaba oculto entre las sombras y no pudo ver su expresión. Aun así, algo le dijo que él se incluía en esa afirmación. Sin embargo, no quería entrometerse, así que buscó la manera de cambiar de tema.

—¿Ese es el palacio? —Señaló un enorme edificio iluminado en lo alto de una colina, al otro lado de la ciudad.

Era blanco y azul, no de piedra como había esperado.

Sin duda parecía regio. A Lauren le costaba asimilar que reyes y reinas todavía gobernaran algunos países.

Le parecía más propio de un cuento de hadas que de la vida real.

—Lo es —Xavier la miró—. ¿Lo visitaste?

—No —Lauren se encogió de hombros—, para serte sincera, no me interesa tanto ese tipo de cosas como la buena comida y el arte. Espero que eso no me haga superficial.

—En absoluto —Xavier le sonrió—. Te pareces a mí.

Lauren le devolvió la sonrisa.

—Espero que eso sea un cumplido.

Continuaron caminando las últimas manzanas hasta el hotel, intercambiando bromas.

—Aquí estamos —dijo él al cabo de un momento—. Este es el hotel del que hablabas, ¿verdad?

—Así es.

Se detuvieron frente a la entrada principal y Lauren se mordió el labio.

—Supongo que esto es un adiós —dijo Xavier—. Ha sido un verdadero placer conocerte, Lauren.

—Quizás no sea un adiós.

Lauren sintió una necesidad imperiosa de prolongar el momento.

—¿Te gustaría subir a tomar una última copa?

—Por supuesto.

Entraron en el hotel. La recepción estaba silenciosa y vacía a esas horas, así que fueron directamente al fondo y Lauren lo guio por la escalera de caracol hasta su habitación en el tercer piso. El hotel no tenía ascensor. Con cada paso, crecía la expectación.

Abrió la puerta con una llave de metal anticuada. Una vez dentro, Lauren se dio cuenta de que no debería haberlo invitado. La habitación era pequeña y demasiado íntima, sin siquiera un sofá. El único sitio donde sentarse era la cama.

—¿Vamos al balcón? —sugirió Xavier. Lauren asintió, aliviada, y salieron. El balcón era pequeño pero tenía una preciosa barandilla de hierro forjado. Daba al mar, a la luna, a las estrellas y a los tejados de Avair. Xavier respiró hondo y Lauren hizo lo mismo.

—Gracias —dijo ella de pronto.

—¿Por qué?

—Solo... —Lauren se encogió de hombros—. Solo gracias.

Xavier se rio.

—Lo acepto, aunque no sé muy bien por qué me das las gracias. Ha sido una velada agradable.

—Lo ha sido —asintió Lauren—. Creo que te doy las gracias por eso.

—Bueno, no lo hagas.

Sus miradas se encontraron y se sonrieron. La curva de sus labios era irresistible.

—Ti seri moto bella —dijo Xavier. Lauren se mordió el labio, incapaz de apartar la mirada de sus cálidos ojos castaños.

—¿Qué significa? —preguntó, casi sin aliento.

—Significa que estás muy hermosa.

—Seguro que se lo dices a todas.

Lauren desvió la mirada hacia el océano para ocultar el rubor.

—Solo a las hermosas —respondió Xavier con una sonrisa.

—¿Cómo se dice «eres un idiota»? —preguntó Lauren. Xavier se rio.

—No pienso decírtelo. Lo usarías en mi contra.

—Jamás.

Lauren se llevó la mano al corazón con gesto solemne.

—No estoy seguro de creerte.

—Qué maleducado.

—Así soy yo.

Lauren apoyó la mano en la barandilla del balcón, apenas a un centímetro de la de Xavier.

Sentía el calor de su mano junto a la suya.

Desde tan cerca, distinguía motas negras y ámbar en sus ojos castaños, una sombra de barba en su mandíbula firme y la curva de sus labios.

Y percibía su aftershave, algo amaderado y ligeramente cítrico, como su país.

Lauren quería más. Quería besarlo. Toda la noche había ido encaminándose a esto.

Un año antes, Lauren habría dudado, esperando que él diera el primer paso.

Cinco años antes, habría bostezado, se habría estirado y le habría pedido que se marchara, sin querer empezar nada con un hombre al que no volvería a ver después de esa noche.

Pero Lauren había pasado por mucho en esos años, y cada momento le había enseñado que debía aprovechar la vida cuando se le presentara la oportunidad.

Así que se acercó más y salvó la distancia entre ellos.

Xavier le sacaba al menos una cabeza, así que Lauren se puso de puntillas y rozó suavemente sus labios con los de él.

El beso no duró más de unos segundos, pero una oleada de calor le recorrió el cuerpo como una cascada. Hacía mucho que no se sentía así.

—Yo... —dijo Xavier cuando ella volvió a apoyar los talones en el suelo—... he estado esperando esto toda la noche.

Y entonces volvieron a besarse. Esta vez, Lauren no supo quién atrajo a quién, pero en un instante sus labios se encontraron.

Esta vez, el beso fue más profundo, más apasionado, le cortó la respiración.

A Lauren le flaquearon las rodillas y rodeó con los brazos los hombros de Xavier, en parte para sostenerse y en parte para estar más cerca de él.

Las manos de él, cálidas y grandes, se posaron en su cintura mientras inclinaba la cabeza para besarla de nuevo.

Xavier sabía a chocolate y naranja del postre que habían compartido, y a algo más: a un nuevo comienzo.

Por fin, Lauren estaba lista para dejar atrás la tristeza y la soledad que la habían acompañado durante los últimos meses.

Estaba preparada para esto, para él. Lo único que deseaba era acercarse más.

Sentir sus manos sobre ella. Oírlo susurrar su nombre y llamarla hermosa.

Se besaron de nuevo; Xavier la apretó suavemente contra la barandilla. Fue uno de esos besos que parecen durar décadas, aunque solo fueron unos segundos.

—¿Entramos? —preguntó Lauren cuando ya no pudo soportarlo más.

—¿Es eso lo que quieres? —preguntó Xavier.

—Sí —suspiró Lauren—. Lo es.

—Bien. Es exactamente lo que yo quiero. —Entonces Xavier la levantó en brazos como si no pesara más que una almohada.

La llevó hasta la cama, donde la depositó con suavidad.

Lauren lo atrajo hacia sí y lo besó de nuevo.

Se sentía embriagada y sin aliento, y por la mirada de Xavier y su manera de besarla, supo que él sentía lo mismo.

—Ti seri moto bella —repitió Xavier. Se detuvo a contemplarla—. Quiero recordar esto.

Y entonces volvieron a besarse. Pronto, las barreras entre ellos se desvanecieron hasta que solo quedaron los dos, lejos de todo y de todos, en perfecta armonía durante largo, largo rato.