CAPÍTULO 3
LAUREN
—Por aquí —murmuró Lauren para sí misma.
Negó con la cabeza mientras giraba hacia una calle estrecha bordeada de tiendas de ropa.
No, esto no era. La aplicación volvía a jugarle una mala pasada.
Quería seguir el consejo de aquella mujer y buscar a algún lugareño para preguntarle, pero todos parecían ocupados.
Todos se apresuraban a casa con sus familias o amigos, caminando con paso decidido, mientras ella estaba allí sola.
Pasó un padre con su hija pequeña a hombros, que chillaba de risa. Lauren apartó la mirada.
«Vamos», se reprendió. No tenía sentido ponerse melancólica, aunque estuviera cansada, hambrienta, perdida y, sí, sola.
Este era el viaje de sus sueños, así que unos cuantos momentos difíciles no eran excusa para rendirse.
Le había prometido a su padre que seguiría sus sueños. Y eso era lo que estaba haciendo.
Lauren probó a girar de nuevo y se encontró en otra calle estrecha más.
Al fondo, la luz brillante de un letrero, Pub de Gio, parpadeaba en la creciente oscuridad.
A Lauren le gruñó el estómago. Quizás un bocado rápido y unos minutos en un ambiente cálido y acogedor le sentarían bien.
Además, seguro que dentro habría lugareños que podrían indicarle cómo llegar a su hotel cuando terminara de comer.
Lauren se apresuró calle abajo hacia el pub con renovado ánimo.
Dentro, el aire era cálido y bullía de conversaciones.
Como el restaurante donde había trabajado para llegar a fin de mes en Astoria, el pub estaba lleno de reservados y mesitas redondas, con una barra al fondo.
La mayoría de las mesas ya estaban ocupadas por pequeños grupos que charlaban y reían, así que Lauren se abrió camino hacia la barra y encontró un taburete vacío.
El camarero la saludó con un gesto. Vestía todo de negro y lucía uno de esos bigotes de manillar que Lauren creía extintos fuera de las malas películas de los ochenta. —Servi.
Lauren reconoció el saludo como hola y sonrió. —Servi. Ono cerveza, per favori.
—Sia —dijo el camarero, dándose la vuelta.
—Cervezy —dijo una voz grave a su lado. Lauren se giró y vio a un hombre atractivo con camiseta negra y vaqueros.
Sus ojos y su pelo eran del marrón oscuro del chocolate fundido, y su mandíbula parecía capaz de cortar cristal.
Había algo en sus ojos —cansancio, quizás—, pero eso no le restaba atractivo.
—Cervezy —repitió Lauren.
—Estabas pensando en español cuando dijiste cerveza —continuó el hombre.
—Ahora me da vergüenza —Lauren se sonrojó y se colocó un mechón suelto detrás de la oreja.
—Oh, no te dé —sonrió y agitó la mano como espantando sus preocupaciones—. Pocos turistas se molestan siquiera en intentar hablar Zarancia. Lo apreciamos mucho cuando lo hacen. ¿Qué más sabes decir?
—Grazy —dijo Lauren—. Adiyi.
—Gracias y adiós —el hombre sonrió—. Si no te conociera, pensaría que me estás echando.
Lauren se rio. —Para nada. También sé decir comy ti ciami.
—Me llamo Xavier —respondió el hombre—. Ciami si Xavier. Pero has preguntado con el tú informal, no con el formal. Con desconocidos, te recomendaría usar vi en lugar de ti.
—Quizá es que creo que vamos a ser grandes amigos —sugirió Lauren.
El hombre, Xavier, alzó la cerveza hacia ella. —Me gusta cómo suena eso. A Lauren también. Después de casi dos largas semanas viajando sola, era agradable bromear con alguien y volver a sentirse como en casa. Especialmente con alguien tan guapo.
—¿Eres de aquí? —preguntó Lauren, señalando alrededor.
—No de aquí del bar —respondió Xavier con una sonrisa—. Pero sí, soy Zarancia. Supongo que no sabrás mucho de nuestro país, ¿no?
—Algo sé —dijo Lauren, un poco molesta por la suposición—. Sé que tenéis una escena artística famosa y naranjas de fama mundial. Y conozco algunas palabras de vuestro idioma, las aprendí de un libro de frases.
—Con eso basta —Xavier dio otro sorbo a la cerveza—. Por cierto, ¿cómo te llamas?
—Oh, perdona. Lauren Merril.
—Encantado de conocerte, Lauren —Xavier le tendió la mano y Lauren se la estrechó. La tenía cálida y seca, el apretón firme. Una oleada de calor le subió por el brazo—. Quizá pueda enseñarte algo más en Zarancia. Encantado de conocerte se dice piacere ti connory.
—Piacere ti connory —repitió Lauren. Él aún le sostenía la mano, y cuando alzó la vista para mirarlo a los ojos, él la observaba con una expresión que le hizo sentir un calor que le recorrió todo el cuerpo.
Estaba coqueteando con ella. Lauren estaba allí, a miles de kilómetros de casa, y un hombre guapo estaba coqueteando con ella.
—Muy bien —dijo Xavier. Le soltó la mano y ella se volvió hacia la barra con el corazón acelerado.
¿De verdad estaba coqueteando con aquel Zarancia tan guapo?
Cuidar de su padre durante los últimos años había hecho que apenas tuviera tiempo para citas, ni para ella misma.
Seguramente había perdido práctica en el arte del coqueteo, pero a Xavier no parecía importarle.
—Tengo un poco de hambre —Lauren cogió la carta para disimular su azoramiento—. ¿Qué me recomiendas?
—El arisi com pollo está delicioso —dijo Xavier, señalándolo—. Es lo que he pedido yo. O si prefieres algo más americano, también tienen buenas hamburguesas con patatas fritas.
Lauren sonrió. —Eso parece un desafío. Pediré el, eh, arisi com pollo.
Unos minutos más tarde, cuando llegó el humeante plato de arroz salpicado de trozos de jugoso pollo y verduras frescas, Lauren supo que había acertado. Probó un bocado y asintió satisfecha.
—Tienes razón. Está delicioso.
—Normalmente la tengo —Xavier esbozó una sonrisa radiante—. Razón, quiero decir.
—Estoy segura —Lauren se rio—. Entonces, Xavier, ¿eres de la capital?
—Sí.
Apartó la mirada y levantó la mano para pedirle algo al camarero en Zarancia antes de volverse hacia ella.
—Perdona. ¿De dónde eres tú? Por el acento, diría que de Estados Unidos.
—Así es —asintió Lauren—. Crecí en un pueblo pequeño de Oregón, pero ahora me estoy tomando unos meses libres para viajar por Europa.
Solo decir unos meses le resultaba abrumador, pero Lauren se iba acostumbrando poco a poco a la idea de semanas de viaje y nuevas aventuras cada día.
Su padre estaría orgulloso de ella. Ella estaba orgullosa de sí misma.
Por fin iba a ver todo aquello sobre lo que solo había leído y a hacer todo aquello con lo que solo había soñado.
—Suena genial —dijo Xavier.
Con la punta del dedo, trazó el cerco de agua que había dejado el vaso en la barra, con la mirada perdida. Lauren captó un atisbo de algo parecido a la envidia en su tono.
—Es increíble —asintió ella—. Nunca había viajado mucho, así que ahora estoy intentando hacer todo lo que pueda.
Si ver cómo su padre enfermaba poco a poco de una enfermedad incurable le había enseñado algo, era que la vida era corta.
Demasiado corta para renunciar a tus sueños.
Por eso Lauren estaba allí, en Europa. Y por eso se acercó a Xavier y le rozó el hombro con el suyo mientras daba otro bocado al arroz.
Nunca había sido de las que coqueteaban con desconocidos.
Pero la vida era demasiado corta para dejar pasar lo que podría ser una velada divertida y agradable, si no algo más.
Y Xavier era realmente guapo.