Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo uno
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Capítulo uno

—Daos prisa, maldita sea. —El capitán del barco observó a Knight desde la cubierta superior; la luz de la luna acentuaba la tensión de su rostro.

Knight se limitó a gruñir. Drake solo quería terminar aquello para poder marcharse cuanto antes y volver junto a la hermana de Knight.

Knight gruñó de nuevo. No sabía qué veía su hermana en Drake, pero parecía feliz de ser su esposa.

Apretó la caja de madera con más fuerza de la necesaria.

Eso no significaba que a él tuviera que gustarle verla casada con un pícaro.

El aire silbaba a su alrededor, con sabor a sal.

El tintineo del metal contra el metal y el crujido de la madera llegaban con la brisa y punteaban una noche por lo demás silenciosa.

La quietud recorría el barco: los muelles, vacíos del bullicio habitual de los pescadores, y la marea, que empujaba con cuidado la embarcación de un lado a otro, porque las olas perdían toda su fuerza al entrar en el largo puerto.

Arriba, una luna casi llena les daba casi toda la luz que necesitaban: dedos de luz helada se escurrían sobre el pueblo pesquero y les permitían apagar los faroles y mantener en secreto sus actividades nocturnas.

De día pasaban por honrados hombres de negocios.

De noche, y una vez cruzado el mar hasta Francia, eran contrabandistas —corruptos hasta la médula—, los únicos capaces de entrar en Francia en tiempo de guerra sin que nadie les hiciera preguntas.

Una sombra ominosa se deslizó sobre el barco y Knight levantó la vista hacia la nube que tapaba obstinadamente su única fuente de luz. Suspiró. Poco había salido bien aquella noche y, hasta que el barco no partiera sano y salvo rumbo a Francia, no podría relajarse.

—¿Vas a ayudarme con esta maldita cosa o no? —le espetó Nate, que sujetaba el otro lado de la caja.

Knight soltó un bufido.

—Podría levantarlas yo solo.

Nate arqueó una ceja. De pelo oscuro y con gafas, Nate era de buena constitución y, aunque los anteojos suavizaban sus rasgos, no por eso resultaba menos apuesto y aristocrático.

Sin embargo, no era tan corpulento como Knight.

Ni tenía tantas cicatrices. Ninguno las tenía.

Ni siquiera Drake, herido en combate y obligado a retirarse de la Marina, podía competir con el aspecto espantoso de Knight.

—Si quieres que te deje solo con esto... —Nate levantó las manos y se apartó de la caja.

A Knight se le escapó el aire de los pulmones al tener que soportar todo el peso. La mayoría de las cajas iban rellenas de telas y resultaban fáciles de transportar. Aquella, en cambio, no solo llevaba telas: dentro había una persona.

Una persona importante.

Un espía.

—Maldita sea, Nate. —Knight forcejeó para arrastrar la caja por la cubierta.

Nate se rio entre dientes y volvió a cargar con el peso del otro lado.

—Ya no eres tan fuerte, ¿eh?

Knight no respondió. Solo empleaba su fuerza cuando era necesario.

Al fin y al cabo, ya había peleado bastante en su vida.

No por eso dejaba de sentir la tentación de borrarle a Nate la sonrisita de suficiencia.

Los hombres con los que trabajaba eran lo más parecido a unos amigos que había tenido nunca, pero parecían disfrutar de lo lindo provocándolo, a sabiendas de que jamás les pondría la mano encima.

Bueno, al menos hasta que Drake se había empezado a interesar por la hermana de Knight. Pero, después de que Drake le salvara la vida, poco podía reprocharle.

—¿Queréis dejar de cotillear como dos comadres y daros prisa?

—Drake bajó de la cubierta superior; la cojera se le hizo evidente al descender los escalones—.

Sabemos que los de aduanas andan sueltos.

Louisa ha dicho que esta noche se han pasado por la posada.

Es solo cuestión de tiempo que lleguen a los muelles.

Knight se puso rígido al oír el nombre de Louisa.

La dueña de la posada Ship los había ayudado muchas veces y era el local que él más pisaba.

A veces incluso se quedaba a dormir allí si había bebido hasta tarde.

Se había convertido en una especie de refugio, un lugar donde a nadie le importaba qué hacía ni con quién hablaba.

Aunque, si podía evitarlo, rara vez hablaba con nadie.

Drake, en concreto, tenía fama de hablar sin pensar, y eso lo metía en no pocos líos.

Knight prefería dejarle a él la cháchara.

Sobre todo cuando se trataba de Louisa. Bastante le rondaba ya la cabeza la hermosa posadera. Lo que menos le hacía falta era que encima se ablandara con él.

—Si quieres que nos demos más prisa, ¿por qué no vienes a echarnos una mano? —dijo Nate.

Drake se cruzó de brazos.

—Soy el capitán de este barco, no un simple grumete. Y, por desgracia, la pierna no me permite levantar objetos pesados.

Knight puso los ojos en blanco. La lesión de Drake solo le daba problemas cuando a él le convenía.

—Si dejaras de quejarte como una vieja, ya habríamos acabado —dijo Nate entre dientes mientras metían la última caja en su sitio; la madera arañó la superficie de la cubierta aceitada.

No envidiaba al espía encerrado en aquel oscuro habitáculo.

Knight ya había cumplido con su deber hacia la patria en el pasado y, aunque quizá estuvieran ayudando a la causa, lo que lo había enganchado a trabajar para el conde de Redmere y su red de contrabando era el atractivo del dinero y de tener un oficio.

Desde luego, se le ocurrían cosas mejores que colarse en territorio enemigo con poco aire y un viaje incómodo por delante.

Knight recorrió el puerto con la mirada y soltó el aire entre dientes.

—Por todos los demonios.

Señaló la colina que bajaba hasta el pueblo pesquero de Cornualles.

Unas luces doradas serpenteaban ladera abajo a buen paso, sin duda en manos de los agentes de aduanas que patrullaban la costa con la esperanza de pillar a algún contrabandista in fraganti.

Cornualles era un sitio ideal para meter y sacar mercancías de Francia, sobre todo las que la guerra había prohibido.

Por desgracia para ellos, eso también significaba que cada vez costaba más esquivar a quienes querían atraparlos.

—Maldita sea, deben de ser los de aduanas. —Nate se volvió hacia Drake—. Tú prepárate para partir; nosotros los distraeremos.

Knight negó con la cabeza.

—Los distraeré yo. Tú te vas a casa a caballo.

—Pero...

—Tiene razón —lo interrumpió Drake—. No podemos permitir que pillen al hermano del conde de Redmere con un grupo de contrabandistas.

—No saben que llevamos nada de contrabando —protestó Nate.

—Las peleas dejádmelas a mí —dijo Knight entre dientes.

El conde lo había reclutado precisamente para eso: para ser la cara agresiva de la operación.

Con su envergadura, su altura y sus rasgos surcados de cicatrices, ni a él mismo se le ocurría nadie más indicado para dirigir una red de contrabando.

No era la ambición de su vida, pero, después de que su padre lo desheredara y de que su paso por el Ejército casi acabara con él, le quedaban pocas opciones.

Demonios, cuando Red lo encontró ya había caído en el delito.

Lo más probable era que, de haber seguido por ese camino, estuviera muerto o entre rejas.

—Maldita sea, Knight. —A Nate se le pusieron blancos los nudillos al cerrar el puño.

Knight se irguió en toda su estatura y lo miró desde arriba con el ceño fruncido. Red le cortaría la cabeza si dejaba que a su hermano le pasara algo.

La sonrisa de Nate se volvió arrogante.

—No me das ni pizca de miedo, Knight.

Knight dio un paso adelante y echó un breve vistazo por encima del hombro para seguir el movimiento de los faroles. Los destellos de luz dibujaban las siluetas de las destartaladas cabañas que formaban el grueso del pueblo. Solo les quedaban unos minutos antes de que los hombres les cayeran encima.

—Nate —gruñó.

Nate levantó las manos y retrocedió un paso.

—Está bien. Haz lo que quieras, pero hazlo rápido. Ya casi están aquí.

Drake ordenó a los marineros que se prepararan.

—Yo sacaré el barco de aquí. Tú ve a romper cabezas o a lo que sea que hagas normalmente —le dijo a Knight.

Knight no respondió. Evitaba la violencia a toda costa.

Su tamaño atraía problemas tanto como los espantaba, así que a veces resultaba inevitable, pero haría todo lo posible por no herir a nadie.

Al menos, no de forma permanente. Lo último que les hacía falta era llamar la atención del Gobierno.

Su trabajo para la Corona nunca había contado con autorización oficial.

Aspiró una última bocanada de aire libre, se subió una bufanda de lana hasta cubrirse la boca y la nariz y luego se caló la gorra hasta ocultarse el rostro. No le convenía que los hombres de aduanas lo reconocieran.

Avanzó a buen paso por la franja en penumbra del puerto, cuidando de no hacer ruido.

Sonrió para sus adentros: al menos el Ejército le había enseñado una cosa, a moverse en silencio pese a su tamaño.

En más de una ocasión aquella habilidad recién adquirida le había salvado de una bala o de una cuchillada en el vientre.

Los inspectores de impuestos no tomaban las mismas precauciones. Se oían órdenes a gritos, resoplidos y relinchos de caballos y el golpeteo hueco de los cascos sobre el suelo seco. Knight se daría cuenta en cuanto pisaran los adoquines del puerto.

Las barcas de los pescadores crujían con el suave vaivén de las olas que entraban en el puerto.

A su lado, los edificios de piedra donde se descargaba la pesca del día lo protegían de la luna cada vez que esta asomaba entre las nubes.

Se adentró más en la oscuridad y siguió avanzando hasta que el estrépito de los cascos le llegó casi encima.