Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo veinticuatro
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Capítulo veinticuatro

Drake gimió. Julianna se dio la vuelta y lo observó. Apenas unos minutos antes había estado envuelta en un sueño delicioso en el que Drake gemía… aunque de una manera muy distinta. Todavía le dolía el cuerpo por el recuerdo de aquel sueño tan real.

El amanecer colaba en el camarote sus cintas grises de luz e iluminaba los surcos grabados en la frente de Drake.

A pesar del ceño fruncido, a Julianna se le secó la boca al contemplar a su marido.

Tendones y músculos se extendían ante ella.

La sábana y las mantas apenas lo tapaban, caídas con pereza sobre una de sus piernas.

Le recorrió con la mirada las líneas del abdomen y se detuvo en el rastro de vello que bajaba… y bajaba…

Julianna sonrió para sus adentros. Quizá, después de todo, no fuera ninguna pesadilla.

Se acurrucó más cerca de él, le pasó una mano por el brazo y entrelazó los dedos con los suyos.

El pliegue entre sus cejas se alisó y él murmuró su nombre.

Julianna acortó la distancia que los separaba y le besó la frente y después la nariz.

Drake se estiró y la sábana resbaló hasta dejar al descubierto la cicatriz del disparo.

Hacía ya muchos meses que le habían disparado, pero a ella todavía se le helaba el corazón al pensar en lo que habría pasado si la bala hubiera dado en el blanco.

Drake le apretó los dedos y la obligó a levantar la mirada.

—Buenos días, Princesa. —Miró la luz mortecina que se filtraba entre las cortinas—. ¿Esto cuenta siquiera como mañana?

—Estabas gimiendo —explicó ella—. Pensé que tenías una pesadilla.

Drake negó con la cabeza y torció los labios.

—Eran todos buenos sueños, te lo prometo. —Aflojó la mano para atraerla hacia sí; los dedos le hicieron cosquillas a lo largo de la espalda desnuda y se le curvaron sobre las nalgas—. Sueños muy, muy buenos.

Un fuego siguió el rastro de sus dedos y volvió a encenderle aquel dolor dulce. Pero no estaba dispuesta a dejarse distraer.

—¿Lo prometes?

—¿Qué prometo?

—¿Que tus sueños eran buenos? ¿Que pelear con John no te ha empeorado las cosas?

—¿Te he mentido alguna vez?

—Sí. Nunca me dijiste que eras contrabandista, ¿recuerdas?

—Eso fue una omisión. —Le recorrió la cadera con los dedos y le subió por las costillas hasta hacerla retorcerse—. No una mentira.

—No hay ninguna diferencia y lo sabes.

—Bueno, con esto no te mentiría. Todo va bien, y ahora que comparto cama contigo mis sueños son siempre, siempre buenos.

—Bien.

—Deja de preocuparte por mí, Princesa. Nunca me he sentido mejor.

No había ni rastro de mentira en su mirada.

Desde la boda apenas había visto señales de sus terrores.

Parecía que pelear con John —y no matarlo— le había hecho bien a Drake.

Eso, y su compañía por las noches, sospechaba ella.

Aunque dudaba que estuviera curado del todo, la reconfortaba pensar que quizá hubiera ayudado un poco.

—De hecho, me encuentro francamente bien. Más que bien, diría yo. —La rozó con la erección y su sonrisa se volvió pícara.

—¿Ah, sí? ¿Y hasta qué punto dirías que estás bien?

—Te lo demostraré.

La estrechó con fuerza contra sí y Julianna sintió su dureza apretada contra su sexo delicado; el nombre de Drake escapó de sus labios en un estremecimiento.

Él respondió apoderándose de su boca con besos ardientes y exigentes.

La tumbó de espaldas y le fue mordiendo el cuello hacia abajo, deslizó las manos bajo su espalda y la sujetó firme contra su cuerpo. Julianna dejó escapar un gemido.

—¿Cómo podría sufrir jamás teniéndote a mi lado, Princesa? —murmuró contra su piel.

Julianna le rodeó el cuello con los brazos para cerrar la mínima distancia que los separaba. Le dolían los pechos por la necesidad de sentir contra ellos aquella piel tensa.

—Más —exigió.

Él rio contra su piel y la incorporó hasta que los dos quedaron sentados. Julianna le rodeó la cintura con las piernas y se le cortó la respiración al sentir su calor contra el centro de su cuerpo. Se meció contra él y Drake gimió.

—Intentas matarme.

—Jamás —respondió ella.

Drake le fue mordisqueando el cuello hacia abajo antes de hundir el rostro entre sus pechos, lo que la obligó a incorporarse de rodillas.

Cuando se llevó un pezón a la boca abrasadora, y luego el otro, Julianna dejó caer la cabeza hacia atrás y cerró los ojos con fuerza mientras le tiraba del pelo y le apretaba la cabeza contra el pecho.

Envalentonada por el calor que se extendía por su cuerpo, Julianna bajó las manos entre los dos hasta rozar la piel sensible de su erección. Cuando le rodeó el miembro con los dedos, un estremecimiento le sacudió el cuerpo.

—Está claro que intentas matarme.

—Todavía no. —Sonrió y se deslizó la punta de la lengua por el labio inferior.

Se escurrió de su abrazo, se arrodilló en el suelo frente a él y lo instó a girarse.

La necesidad de saborearlo la consumía, y sorprendió a Drake mirándola cuando inclinó la cabeza para tocar con la lengua la punta suave y lamer aquel calor salado.

A él le tembló el cuerpo y le enredó los dedos en el pelo mientras ella lo probaba otra vez, esta vez llevándoselo a la boca.

Drake sacudió las caderas y Julianna sonrió ante su reacción, sin dejar de lamerlo y saborearlo.

Con una maldición entre dientes, él la puso en pie y quedaron piel contra piel.

Drake le recorrió el costado con una mano y volvió a subirla hasta sostenerle la cara entre las dos.

Aquellas palmas ásperas le envolvieron el rostro y Julianna se agarró a sus hombros.

Él la besó profundamente y le enredó la lengua con la suya hasta que ella apenas pudo pensar ni respirar.

Retrocedieron a trompicones hasta que la espalda de Julianna chocó contra la madera fría, lo que le arrancó un jadeo que él absorbió con el calor gratificante de su boca.

Las manos de Drake le recorrieron el cuerpo y ella gimoteó cuando los dedos de él se abrieron paso por la humedad de entre sus piernas para avivar las sensaciones que crecían en su interior.

Le temblaban las piernas, pero él la mantuvo inmovilizada con el tormento dulce de sus caricias hasta que temió no poder soportar más.

—Drake —suplicó.

Unas manos encallecidas le agarraron el trasero y la levantaron como si no pesara nada, hasta que las piernas de ella le rodearon las caderas.

Él le hundió los dientes en la carne, succionando y atrapando la piel mientras empujaba contra ella.

Se quedó inmóvil una vez hundido del todo en su interior.

Julianna tomó aire en una larga bocanada temblorosa y se deleitó con la sensación de tenerlo dentro, duro.

Drake se movió dentro de ella y, cuando Julianna se contrajo en respuesta, aceleró el ritmo.

Se hundía con fuerza mientras ella le recorría con los labios la cara y el cuello.

Con embates de una potencia implacable, la llevó hasta el borde y la hizo caer con tal rapidez que apenas pudo recuperar el aliento.

Un gemido le revoloteó sobre la piel y los músculos de Drake se tensaron bajo sus palmas.

Cuando recobró el aliento, la soltó despacio. La acunó contra su pecho, la llevó de vuelta a la cama, la tendió en ella y le rozó la nariz con un beso suave. Julianna le sonrió radiante.

Le apartó el cabello de la cara y le devolvió la sonrisa.

—¿Lo ves, Princesa? ¿Cómo voy a sufrir pesadillas sabiendo que voy a despertarme con momentos como ese?

—No esperes que te trate así todas las mañanas —bromeó ella.

—Ah, sabía que era demasiado bonito para durar. —Le hizo cosquillas en las costillas y ella se retorció bajo él, riéndose.

—Pórtate bien. —Le dio un ligero golpecito en el brazo.

—Nunca.

Julianna puso los ojos en blanco.

—Siempre has sido un pícaro.

—Y tú siempre has sido una Princesa.

—Solo soy una dama, ya lo sabes.

—Solo una dama —se burló él—. Bueno, para mí siempre serás una Princesa. Mi hermosa... —Le besó la nariz—. Terca... —Luego, la mejilla—. Princesa apasionada. —Terminó con un beso en la boca—. Y tú eres mi mundo.

FIN