Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo veintitrés
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Capítulo veintitrés

—Lloró como un bebé —le contó Red a Drake con una sonrisa.

—Siempre supe que John no era tan duro como le gustaba aparentar.

Drake se recostó en la silla y dejó que el calor del fuego le calara los huesos doloridos. El costado aún le daba algún que otro pinchazo, pero estaba curándose. Solo necesitaba recuperar las fuerzas, y pronto. Con la boda al día siguiente, se esperaba de él que… bueno… rindiera.

Y que lo partiera un rayo si dejaba a Julianna insatisfecha en su noche de bodas. No después de haber esperado demasiado a que se leyeran las amonestaciones. Y muchísimo más tiempo aún sin poder llevársela a la cama.

—Probablemente no lo ahorquen —advirtió Red—. Ya ha intentado salir de la cárcel a base de sobornos.

Drake se encogió de hombros. Sus ansias de sangre habían disminuido. Julianna estaba a salvo y bien, y eso era lo único que importaba a esas alturas.

—Creo que ya sabíamos que lo intentaría.

—Por supuesto, nuestra fortuna combinada es muy superior —señaló Nate—. Podríamos amargarle la vida si quisiéramos.

Drake negó con la cabeza.

—Me imagino que la vida en prisión ya es lo bastante amarga.

Red dio un sorbo a la cerveza y observó a Drake.

—Eres mejor hombre que yo. Si alguien intentara secuestrar a Hannah, lo habría matado sin dudarlo.

—Yo estuve a punto de hacerlo —señaló Drake—. Pero he visto suficiente sangre para varias vidas. Estoy seguro de que sufrirá bastante en prisión.

Por no mencionar que agradecía que Julianna no lo hubiera visto matar a golpes a un hombre.

Knight gruñó.

—Qué lástima que mi padre no vaya a ver el interior de una celda.

—Alega que no tenía ni idea de lo que John pretendía hacer —señaló Red.

Knight le lanzó una mirada adusta.

—Mi padre no es tonto.

Nate se reclinó en la silla y sonrió.

—Oye, has mantenido bastante en secreto lo de ser heredero de un título. ¿Deberíamos llamarte «mi señor»?

—No heredaré nada salvo el apellido. No significa nada.

Knight lanzó a Nate una mirada de advertencia.

—Nada.

Nate levantó las manos.

—Te he oído. Nada.

Julianna había explicado que su padre había hundido la hacienda en deudas y vivía de dinero prestado.

El dinero había sido el origen de la disputa de Knight con su padre, aunque Julianna seguía sin conocer todo el alcance de lo ocurrido entre ellos, salvo que Knight se había marchado un día, después de que su padre declarara que había desheredado a su hijo.

Drake sabía que era mejor no presionar a Knight para sacarle respuestas, pero no podía evitar sentir curiosidad.

Si había alguien que no diera el perfil de vizconde, era Knight.

—¿Y qué hay del vicario? —preguntó Drake—. Tenías planes para él, ¿verdad, Red?

—Desde luego.

A Red se le curvaron los labios.

—Se ha ido a predicar la palabra de Dios a un país caluroso e implacable.

Drake soltó una risita.

—Y el hombre de John también verá el interior de una prisión. Probablemente en los pontones. En conjunto, hemos hecho un buen trabajo repartiendo justicia, para ser un grupo de contrabandistas —continuó Red.

—Tal vez deberíais bajar un poco la voz.

Louisa se inclinó sobre la mesa para recoger las jarras vacías.

—Corre el rumor de que hay agentes de aduanas disfrazados rondando las posadas de la zona.

Puso las jarras en la bandeja y miró a Drake.

—Tienes buen aspecto. ¿Todo listo para la boda?

—Mejor que nunca.

Drake echó un vistazo a la concurrida taberna.

—¿Le has dado la noche libre a Julianna?

—¿Tan cruel me crees como patrona? Tiene órdenes estrictas de descansar y mantenerse lejos de ti. No puedo permitir que te vea antes del gran día. Aunque, claro, imagino que va a necesitar el descanso.

Louisa le guiñó un ojo.

—Espero verte mañana con tu mejor vestido.

Drake vio ensombrecerse la expresión de Knight mientras él sonreía con coquetería a la posadera.

—Aunque siempre estás preciosa, te pongas lo que te pongas.

Louisa puso los ojos en blanco y no pareció darse cuenta de que Knight apretaba la mano en torno a su jarra de cerveza.

—Reserva las galanterías para tu esposa, Drake.

Giró sobre los talones y se dirigió de nuevo a la cocina.

Nate buscó la mirada de Drake y luego miró a Knight con una sonrisa cómplice.

—A partir de mañana serás el último soltero, Knight.

—Y así seguirá siendo —gruñó Knight.

—¿Seguro?

Nate hizo el gesto de examinar la sala.

—Aquí hay muchas mujeres bonitas. Seguro que alguna sería una buena esposa.

—Bueno, yo sería un marido pésimo.

Drake chasqueó la lengua.

—Tonterías. Tiene que haber al menos una mujer por aquí que te aceptara. ¿Louisa, quizá? Es atractiva. Tiene unas buenas c—

Knight se levantó de golpe y lo agarró por el cuello de la camisa. Drake alzó las manos mientras aquel lo fulminaba con la mirada desde arriba, con el aliento caliente en la cara.

—¿Hace falta que te recuerde que mañana te casas con mi hermana? ¿Cómo crees que se sentiría si te oyera hablar de las… curvas de Louisa?

Lo último lo dijo en un susurro.

—¡Cervezas! ¡Iba a decir cervezas!

Knight aflojó el agarre y volvió a acomodarse en la silla, pero no sin antes lanzarle a Drake una mirada pétrea. Drake se enderezó la corbata.

—Solo quería decir que tendrías un suministro inagotable de buena cerveza. Mis días de mirar a otras mujeres han terminado, lo juro.

—Además, Julianna le cortaría la cabeza si lo hiciera —añadió Red.

Drake levantó su jarra de cerveza.

—Brindo por eso. Adiós y hasta nunca a mis días de soltero.

Los demás hombres alzaron sus cervezas en respuesta y dieron un largo trago.

—No pensarás tenerla viviendo en tu barco para siempre, ¿verdad? —preguntó Knight con el ceño fruncido.

—Por supuesto que no. Es una dama, al fin y al cabo. Pero todavía no he encontrado una casa adecuada. Este maldito pueblo es demasiado pequeño y no puedo precisamente alojarla en la cabaña de un pescador.

—Deberíais venir a vivir con nosotros a Whitechapel —sugirió Red—. A Hannah le encantaría la compañía.

Drake soltó una risita ante la idea de vivir en una mansión señorial.

Puede que en su día hubiera tenido una finca decente, pero hacía mucho que no vivía en ningún sitio lujoso.

Tal vez, cuando fuera mayor, recuperaría sus tierras y su casa, pero por ahora estaba a gusto en Penshallow y sabía que Julianna no querría marcharse.

Drake negó con la cabeza.

—Creo que tendremos que buscar con más empeño. Julianna quiere estar cerca de la posada.

—Deberías obligarla a dejarlo —refunfuñó Knight—. Ninguna hermana mía debería trabajar en una posada.

—Cuidado, creo que Louisa te ha oído.

Nate le dio un codazo a Knight en el brazo.

Knight giró la cabeza de golpe, pero no se veía a Louisa por ninguna parte. Todos rieron entre dientes, salvo Knight, cuyo ceño se frunció aún más.

—¿Pero tú conoces a tu hermana? —preguntó Drake—. No creo que pudiera obligarla a hacer nada que no quisiera, ni pretendo hacerlo. Julianna tiene criterio propio, y así me gusta.

Nate asintió.

—Yo tengo una de esas. Es mucho más fácil sonreír y seguirle la corriente. Patience insiste en que quiere ayudar en nuestra próxima misión.

Red asintió.

—Hannah es igual.

Hizo una pausa y frunció el ceño.

—No sé muy bien cómo hemos acabado con unas esposas tan endemoniadamente testarudas. Aunque ella no va a participar en ninguna misión por el momento, ni a viajar a Londres en una buena temporada. Por una vez, voy a tener que ponerme firme.

—Ja, eso me gustaría verlo.

Red lanzó una mirada a su hermano.

—Puede que, por una vez, Hannah esté de acuerdo. Verás… está esperando.

Knight frunció el ceño.

—¿Esperando qué?

Drake negó con la cabeza.

—Un bebé, por supuesto. Enhorabuena, Red. Serás un padre condenadamente bueno.

—Por supuesto, ahora que voy a ser padre tendré que pensar bien cuál será mi papel en las futuras misiones.

Una sonrisa se extendió por el rostro de Red, de esas que Drake veía en él en muy raras ocasiones.

—Voy a ser padre —murmuró, con una expresión de asombro en la cara—. Cuesta creerlo.

Nate se recostó en la silla y sonrió.

—¿Quién habría dicho hace dos años que alguno de nosotros estaría casado o tendría hijos? Las cosas han cambiado. Y a mejor, quiero pensar.

—Yo no he cambiado. Y no tengo intención de cambiar.

Knight le hizo una seña a una de las camareras para que le trajera otra copa.

Drake resopló.

—Ya veremos.

Knight lo fulminó con la mirada.

—Créeme, Drake. No tengo la menor intención de cambiar. Me gusta mi vida tal como es.

Drake no pudo evitar advertir que la mirada de Knight se clavaba en algo.

O, más bien, en alguien. Al echar un vistazo por encima del hombro, Drake descubrió el objeto de la atención de Knight.

Intercambió una mirada con Nate. Si Knight seguía suspirando por Louisa, las cosas volverían a cambiar, y antes de lo que ninguno de ellos esperaba.