Capítulo veintidós
—¿Julianna?
—Estoy aquí.
Drake sonrió para sus adentros. Oh, sí, allí estaba. Tumbada a su lado, toda piel tersa y curvas suaves. Alargó la mano para atraerla hacia sí, pero algo no encajaba. Solo palpó el aire. Frunció el ceño.
—¿Princesa?
—Estoy aquí —repitió ella.
¿Estaría jugando con él aquella mujer? Después de todo lo que había pasado. Al darse la vuelta, una punzada en el costado le recordó que aún no estaba recuperado del todo, e hizo una mueca.
—Quédate quieto.
Unas manos se posaron en sus hombros y lo empujaron hacia atrás. Dejó que el ceño se le frunciera aún más mientras la imagen de una Julianna desnuda se esfumaba para dar paso a otra de rostro severo y completamente vestida.
Se obligó a abrir los ojos de nuevo y el maravilloso espejismo se desvaneció por completo. No es que no fuera la visión más hermosa que había contemplado en su vida, pero habría preferido mil veces tenerla desnuda a su lado.
—Ahora no es momento de pensar en eso.
Los párpados se le cerraron de nuevo y volvió a forzarlos para fijar la mirada en el surco que había aparecido entre las cejas de Julianna. Debía de haber dicho algo en voz alta.
Drake ignoró el escozor arenoso que notaba tras los párpados y se pasó una mano por la cara.
—Al contrario. —Su voz sonó más ronca de lo que esperaba—. Ahora es un momento excelente para pensar en eso. Después de todo, estoy vivo. Deberíamos celebrarlo.
Julianna se puso en pie, se llevó una mano a la cadera y arqueó una ceja.
—¿Necesitas agua? —preguntó, haciendo caso omiso del comentario.
Desde el intento de secuestro, el cardenal de la cara se le había vuelto morado.
A Drake se le contrajo el estómago. Ojalá hubiera podido evitar que aquel bruto llegara siquiera a tocarla.
Pero, aparte de la marca del rostro, parecía ilesa y tan elegante como siempre.
Con un vestido limpio y el pelo cayéndole en suaves ondas alrededor de la cara, le recordaba a la primera vez que la había visto.
Poco imaginaba entonces que se enamoraría de ella.
Poco imaginaba que se adueñaría de su corazón y de su alma.
Sonrió.
—Bueno, ¿quieres agua o no?
—Mejor una cerveza.
—Agua, entonces.
Vertió un poco en un vaso y se lo puso en las manos.
—No sé qué te hace tanta gracia.
Intentó incorporarse, pero un dolor agudo le atravesó el costado. Julianna se acercó presurosa y lo ayudó a sentarse para que pudiera dar un largo trago de agua fresca. Él le devolvió el vaso y apoyó la cabeza en el cabecero.
—Estaba pensando en la primera vez que nos vimos. En lo hermosa que eras... En cuánto desprecio sentías por mí.
Ella dejó el vaso a un lado y empezó a trajinar a su alrededor: le remetió las sábanas y esquivó su mirada.
—Ya basta, Princesa.
Ella lo ignoró y rodeó la cama para remeter las sábanas del otro lado. Drake le agarró la mano.
—Para.
Tiró de ella para acercarla al borde de la cama.
—¿Tanto te molesta recordar cómo nos conocimos?
Por fin ella posó la mirada en él, y en sus ojos brillaban las lágrimas.
—¿Julianna?
—Casi te pierdo —soltó ella. Una lágrima le resbaló por la mejilla—. Podrías haber muerto.
Él le tiró de la mano hasta que cedió y se sentó en el borde de la cama. Se incorporó un poco más, la atrajo hacia sí y le apretó el rostro contra el pecho. Ella dejó escapar otro pequeño sollozo y él le acarició la espalda arriba y abajo.
—Tú nunca podrías perderme, Princesa. Pase lo que pase, siempre estaré contigo.
Las lágrimas de Julianna le empaparon la camisa, calientes y húmedas. La oyó inspirar de forma entrecortada y la sintió erguirse para secarse los ojos. Le dedicó una sonrisa temblorosa.
—¿Lo dices en serio?
—Y tanto que sí. ¿Crees que te librarías de mí tan fácilmente?
Le puso la palma de la mano en la mejilla.
—Te quiero. Sospecho que ya te quería aquel primer día. Incluso entonces me tenías hechizado.
—Yo pensé que eras un canalla arrogante —confesó ella con una risita.
—Y no te habrías equivocado.
—Sigues siendo un canalla arrogante.
—Y así es como se trata a un hombre herido.
Le pasó el pulgar por la mejilla y borró cualquier rastro de lágrimas.
La sonrisa se le fue apagando y su expresión se volvió seria.
—No sé qué habría hecho si te hubiera perdido.
—Pues ya no tienes que preguntarte nada. Te quiero, Julianna.
—Me alegro muchísimo de haber venido. De haber venido a Cornualles. Ha sido la mejor decisión de mi vida.
—Yo también me alegro muchísimo de que lo hicieras.
Contempló sus pestañas apelmazadas por las lágrimas y su labio, aún tembloroso, y negó con la cabeza para sus adentros.
—Dios, cómo te quiero.
Era algo tan intenso, tan arrollador. Sentía el calor de aquellas palabras calarle hasta los huesos. Nunca había experimentado nada parecido y sabía que jamás volvería a experimentarlo. Julianna era la única mujer para él.
—¿Me oyes, Princesa? Te quiero. Nunca te dejaré. Jamás. Te quiero demasiado. Maldita sea, qué bien sienta decirlo. Voy a repetírtelo una y otra vez hasta que te des cuenta de que estás atada a mí de por vida.
—¿De por vida?
Él asintió.
—De por vida.
A ella le temblaron los labios hasta curvarse en una sonrisa.
—Me gusta cómo suena.
—A mí también.
Le rodeó el cuello con una mano y la atrajo hacia sí hasta juntar sus frentes.
—Te quiero, ¿lo sabías?
—Creo que sí —murmuró ella con una sonrisa—. ¿Y tú sabías que yo te quiero?
—Ya era hora, maldita sea.
—¿Qué quieres decir?
Hizo ademán de apartarse, pero él la retuvo con una mano en la nuca mientras levantaba la otra para deslizársela bajo el pelo.
—Ya te he dicho que te quiero al menos media docena de veces. Es agradable oírlo de tus labios por una vez —bromeó.
—Bueno, es verdad. Te quiero, Drake. —Le dio un beso suave en los labios.
—Si me quieres, tendrás que besarme mejor que eso.
—No estás bien —protestó ella.
—Julianna, he luchado en batallas y he pasado por cosas mucho peores que un simple disparo y unas cuantas costillas rotas. Desde luego estoy lo bastante bien para unos besos.
Ella suspiró y negó con la cabeza, pero aun así bajó la boca hasta la de él y deslizó los labios sobre los suyos. Drake saboreó aquel calor y el leve dulzor de su boca, señal de que había estado comiendo miel antes de que él despertara.
Antes de que pudiera apartarse, él la atrajo con más fuerza hacia sí, le abrió la boca con la suya e introdujo la lengua en aquel calor aterciopelado.
Ella dejó escapar un leve jadeo y luego se abandonó al beso.
La besó larga e intensamente, hasta que el cuerpo le dolió de deseo y se vio obligado a soltarla.
Por mucho que quisiera hacerle el amor, incluso él tenía que admitir que aún no estaba del todo listo.
Además, había otros asuntos de los que ocuparse.
La soltó y se fijó en sus labios, rosados e hinchados. Quizá besarla y dejarla en aquel estado no fuera la mejor idea antes de enfrentarse a Knight, pero de vez en cuando un hombre necesitaba recordar por qué había luchado.
Levantó la sábana y se encontró con sus propias piernas desnudas.
El viaje de regreso a la posada era una nebulosa salpicada de dolor, pero ahora recordaba que Julianna lo había desnudado y le había curado las heridas.
Con la ayuda de Louisa y del médico del pueblo, Julianna lo había cuidado hasta devolverle casi por completo la salud.
Por suerte, la bala le había salido por el costado y se había alojado en otra parte; de lo contrario, habría tenido un buen problema.
Así las cosas, probablemente le quedaría una pequeña cicatriz para recordarle el día en que estuvo a punto de perder a Julianna.
O, más bien, el día en que comprendió que jamás podría vivir sin ella.
—No tendrás mis calzones por ahí cerca, ¿verdad?
Ella dirigió la mirada a un montón de ropa sobre el arcón de madera del rincón.
—No vas a levantarte.
—Pues sí. —Se incorporó un poco más en la cama y apartó las sábanas—. Caminaré medio desnudo si hace falta, así que será mejor que me pases los calzones.
Ella frunció el ceño.
—¿Y para qué tienes que levantarte? Puedo traerte todo lo que necesites.
—Porque necesito hablar con tu hermano y esto no puede esperar.
Apoyó un pie en el fresco suelo de madera y luego el otro, y de algún modo logró mantener el rostro inexpresivo cuando un latigazo de dolor le recorrió el costado. Si Julianna se daba cuenta de cuánto le dolía todavía, jamás lo dejaría salir de la habitación.
—Puedo hacer que venga él —sugirió ella, acercándose para sostenerlo—. Está abajo.
—Ya es bastante humillante tener que pedirle tu mano a Knight, como para encima hacerlo desde la cama y con las piernas al aire.
Ella se quedó inmóvil.
—¿Mi mano?
—Te quiero, Princesa. ¿Pensabas que querría otra cosa?
—Bueno, no... —Sonrió—. Esperaba pedirle la aprobación a Knight la mañana en que me hubieras... tomado del todo. Para ahorrarte tener que enfrentarte a él. Pero acabas de recuperarte. Quizá deberíamos esperar...
—Prefiero quitármelo de encima cuanto antes. Si Knight quiere darme una paliza hasta dejarme sin sentido, ¿por qué no ahora? Unas heridas más no cambiarán gran cosa.
Julianna se mordió el labio.
—Estoy segura de que no querrá hacerte daño.
Había un filo de incertidumbre en su voz. A Drake le daba igual que Knight quisiera castigarlo por amar a Julianna. Comprendía perfectamente que un hombre no quisiera que su hermana se casara con alguien como él, pero estaba seguro de que nadie podría amarla mejor que él.
—Haré lo que haga falta para conseguir tu mano —le dijo—. Aceptaría cien palizas por ti.
—No digas esas cosas.
—Pero es verdad.
Ella se estremeció ligeramente.
—Prefiero no pensar en palizas, muchas gracias. Creo que ya hemos visto bastante violencia últimamente.
Así era. Y él más que nadie. Ahora quería amor y a su condenadamente hermosa Julianna. Y eso no llegaría hasta que le pidiera su mano a Knight.
—Vamos, mujer, pásame los calzones. Se me están quedando frías las piernas.
De mala gana, ella se apartó y lo ayudó a vestirse. Se apoyó con una mano en la cama mientras se calzaba las botas y luego se pasó los dedos por el pelo.
—¿Parezco lo bastante respetable?
Ella lo examinó y esbozó media sonrisa.
—Más o menos.
Vio su reflejo en el espejo apoyado contra la pared e hizo una mueca.
Tenía la camisa torcida y arrugada. Los calzones no estaban mucho mejor.
El pelo se le levantaba en todas direcciones y la barba de varios días empezaba a convertirse en barba de verdad.
Unas ojeras oscuras le rodeaban los ojos y resaltaban lo enrojecidos que estaban.
Bueno, no iba a mejorar. Con la ayuda de Julianna, bajó a la taberna de la posada.
Las voces se apagaron y todo movimiento se detuvo cuando entró en la sala. Sin duda, la historia del secuestro de Julianna se había contado una y otra vez desde su regreso, y seguramente se adornaba un poco más con cada versión.
Knight ocupaba su mesa habitual junto a Nate y Red. Nate lo vio primero, se levantó y se acercó a él. Le dio una palmada en el hombro.
—Me alegra verte de pie, Drake. Aunque... —Nate lo recorrió con la mirada—. Has tenido mejor aspecto.
—Podría decir lo mismo de ti.
Nate soltó una risita.
—Lo creas o no, estábamos preocupados por ti. Nos hemos turnado para velarte. No parabas de murmurar algo sobre... desnuda... y una mujer hermosa. —Nate le lanzó una mirada cómplice.
Cuando Drake miró a Julianna, vio que un rubor le teñía las mejillas. Se irguió y le retiró el brazo de los hombros.
—No tengo ni idea de qué me hablas. Y ahora, si me disculpas, necesito hablar con Knight.
Se acercó cojeando a la mesa. Knight no le hizo caso; Red, en cambio, se ofreció a traerle una copa.
Drake se lo agradeció.
—Un whisky me vendría de maravilla.
—Me alegra verte vivo y coleando, Drake. Sin ti estaríamos perdidos —dijo Red antes de dirigirse a la barra.
Julianna se rezagó detrás de Drake mientras Knight seguía ignorándolo, con la mirada clavada en la cerveza. Drake carraspeó y Knight por fin levantó la vista.
—¿Qué quieres?
—Creo que ya lo sabes.
Knight soltó un gruñido y se levantó despacio, se irguió en toda su estatura y sacó pecho. Drake levantó el mentón y le sostuvo la mirada a aquel bruto sin amedrentarse.
—¿Se supone que tengo que alegrarme de que un hombre como tú pretenda a mi hermana?
—Lo único que necesitas saber, Knight, es que la amo. Más que a mi propia vida. Si tuviera que morir por ella, lo haría. Mientras me quede un aliento en el cuerpo, la protegeré y me aseguraré de que no le falte nunca nada. Te lo juro.
Knight lo escrutó durante unos instantes angustiosos antes de que su expresión se relajara. No era una sonrisa, pero no se parecía a nada que Drake hubiera visto antes. Los labios se le curvaron lo más mínimo.
—Yo quería un duque para ella, pero supongo que habrá que conformarse contigo. Tienes mi bendición.
Knight volvió a dejarse caer en la silla y siguió bebiendo su cerveza a sorbos.
—Joder, si ya sabía yo que Drake la quería —le murmuró a Red, que había vuelto con otra ronda de bebidas—. ¿Por qué tengo que tener siempre razón?
Drake pasó de los dos hombres y se volvió hacia Julianna. Ella le sonrió radiante, corrió hacia él y le echó los brazos al cuello.
—Uf.
—Perdóname.
Intentó apartarse, pero él la ciñó con los brazos y la estrechó contra sí.
—No vas a ninguna parte, princesa. Nunca más. Te quedarás siempre a mi lado.
—Siempre —prometió ella.