Capítulo veintiuno
—Ahí. —Drake detuvo el caballo y señaló hacia delante—. Ese es el carruaje que describió Red.
Knight asintió.
—Deben de estar en la iglesia.
La tensión se le retorció a Drake en las entrañas como un cuchillo.
—Podríamos haber llegado demasiado tarde.
Knight negó con la cabeza, desmontó y ató el caballo a la destartalada verja de una granja.
—Si la ha obligado a casarse con él, el matrimonio no será legal.
Drake hizo lo mismo y palpó la pistola que llevaba al cinto para tranquilizarse mientras avanzaban hacia la iglesia con el mayor sigilo posible.
—Si la ha obligado, juro por Dios que lo mataré. En cualquier caso, ella no se casará con él.
Knight echó un vistazo al pescante vacío. Dos caballos aguardaban pacientemente.
—No hay cochero.
—Podría estar en la iglesia. ¿Tal vez como testigo?
Knight se llevó un dedo a los labios y rodearon el carruaje para echar un vistazo al interior.
Vacío, le dijo Drake a Knight moviendo los labios. Eso significaba que John y su hombre estaban dentro de la iglesia. Con Knight a su lado, no dudaba de que ganarían la pelea sin demasiados problemas, pero John tenía una ventaja: tenía a Julianna.
Drake sacó la pistola del cinto y la cargó; Knight hizo lo mismo.
Dieron la vuelta hasta la fachada de la iglesia.
No se veía ninguna puerta lateral, así que tendrían que entrar por la principal.
Cruzó una mirada con Knight. En aquel rostro habitualmente inexpresivo brillaba la misma determinación que le ardía a Drake en las entrañas.
Recuperarían a Julianna sana y salva, y Slade pagaría por ello.
Con una mano en la puerta, Drake se preparó.
La puerta se abrió de golpe y Drake trastabilló hacia atrás. Un remolino de tela y rizos oscuros y alborotados se abalanzó contra él.
—Uf. —Aguantó el leve peso de Julianna dando un paso atrás y la sujetó por los brazos.
—¿Drake? —Se dejó caer contra él y miró hacia atrás—. Está ahí dentro, ¡deprisa!
Drake reparó en sus manos atadas y en su estado mugriento, y un sabor amargo le llenó la boca. La instó a colocarse detrás de él y se volvió hacia las puertas justo cuando Slade salía apresuradamente, con una mano en la nariz. La sangre le goteaba entre los dedos.
Slade lo recorrió con la mirada.
—Así que ha llegado el pirata. Te he subestimado.
Drake se encogió de hombros.
—Son cosas que pasan. —Con la pistola, le indicó a Slade que se apartara de la iglesia.
Slade no quitaba ojo al arma ni a Knight, cuya expresión pétrea apenas revelaba nada.
Pero Drake sabía que, por dentro, aquel hombre estaría echando chispas al ver el estado de Julianna.
Sobre todo ahora, cuando le asomaba un moratón en la frente y se veía sangre allí, probablemente de Slade.
Drake no sabía si sentirse orgulloso de ella u horrorizado de que hubiera tenido que defenderse de aquel hombre a golpes.
Un hombre salió en tromba de la iglesia blandiendo un libro.
—Oigan, a ver, esto es la casa de Dios…
El vicario se detuvo al ver a Knight y a Drake, con las pistolas apuntando a John. El color de sus mejillas se desvaneció al instante. Alzó las dos manos.
—No era mi deseo participar en esto. No me habían informado de que la dama no estaba dispuesta —protestó.
Otro hombre vestido de librea siguió al vicario con los ojos desencajados.
—A mí no me pagan lo suficiente para esto —declaró el cochero, y se alejó de la iglesia tan rápido como le permitieron las piernas.
Drake sonrió con suficiencia al ver al hombre alejarse a trompicones.
Por lo visto, el personal de Slade no era tan leal.
Pero, al volverse, se dio cuenta de su error.
Slade aprovechó la distracción para arremeter contra él.
Drake cayó de espaldas y la pistola se le escapó de la mano.
Antes de que Knight encontrara una ocasión decente para disparar, Slade ya había arrastrado a Julianna al suelo consigo y había desenvainado una daga.
Drake se quedó paralizado cuando la luz del sol refulgió en la hoja. Slade se levantó del suelo sin prisa, arrastrando a Julianna consigo. El horror le brilló en los ojos a ella cuando la hoja le tocó el cuello.
Slade echó un vistazo al carruaje y retrocedió.
—Toca esa pistola y le corto el cuello —advirtió a Drake.
Knight mantuvo la pistola apuntada a Slade, pero este se mantuvo parapetado detrás de Julianna, usándola de escudo humano.
Aunque no la hubiera utilizado para protegerse, Drake sabía que disparar sería demasiado peligroso con Julianna tan cerca de él.
Las pistolas no eran ni de lejos tan precisas como los rifles y lo más probable era que ella acabara herida.
Sin apartar la mirada de la de Julianna, Drake se puso en pie despacio, con las manos en alto.
John había pasado por todo aquello para conseguir a Julianna y, aunque Drake no dudaba de que haría lo que fuera necesario para escapar, se resistiría a hacerle daño.
Tenía que aprovechar esa reticencia de algún modo. Tenía que liberarla de él.
—Deja de moverte —advirtió Slade—, o la mataré.
Dio otro paso atrás.
Drake se lanzó hacia delante, pero se quedó inmóvil al oír el gemido de Julianna. Le vio una gota de sangre en el cuello y apretó los puños con fuerza.
—Baja el arma —exigió Slade.
Drake cruzó una mirada con Knight. Mientras Slade le mantuviera el cuchillo en el cuello, poco podían hacer.
Slade retrocedió despacio, acercándose paso a paso al carruaje. Le retorció a Julianna los brazos a la espalda y Drake vio que ella hacía un gesto de dolor.
—Quédate ahí o le rompo el brazo —amenazó Slade, y le soltó un brazo el tiempo justo para abrir la puerta del carruaje antes de volver a agarrarla.
La distancia entre ellos había aumentado, pero, si Slade pensaba huir sin cochero, tendría que soltarla. Drake tensó los músculos y volvió a mirar hacia Knight. Estaban listos. En cuanto la dejara libre, se lanzarían a por ella.
En cuanto Slade metió a Julianna en el carruaje y cerró la puerta de un empujón, Drake echó a correr.
Slade subió de un salto al pescante y azotó las riendas para poner el carruaje en marcha.
Julianna abrió la puerta de golpe, pero el carruaje ya estaba en movimiento y cayó hacia atrás, fuera del campo de visión de Drake.
Un dolor punzante le atravesó la pierna mala y trastabilló al alcanzar el carruaje.
Alargó la mano para agarrar la puerta, que seguía abierta y oscilaba con el movimiento, pero se le escapó por un pelo.
—¡Los caballos! —gritó Knight al llegar a su altura.
Drake inspiró con fuerza. El carruaje ganó velocidad y avanzó a tumbos, temerario, por el camino lleno de baches. Vio a Julianna en la puerta y deseó con todas sus fuerzas que se quedara dentro. Si saltaba ahora, corría el riesgo de acabar bajo las ruedas.
Montó a toda prisa en su caballo.
—Tú intenta detener el carruaje; yo cogeré a Julianna.
Knight asintió y azuzó al caballo. No tardaron en alcanzar el carruaje, entre el viento y el polvo que los azotaban.
—¡Drake! —Julianna estaba en la puerta abierta, con una mano extendida.
Alargó la mano hacia ella, pero los dedos de Julianna se escurrieron entre los suyos.
Maldijo entre dientes. Aunque lograra sujetarla, aún correría el riesgo de dejarla caer y matarla.
Acercó el caballo todo lo que se atrevió, mientras Knight se mantenía a la altura de la parte delantera del vehículo.
Con un salto rápido, pasó del caballo al costado del carruaje. El pie le resbaló en el escalón embarrado y Julianna lo agarró de la camisa y tiró de él hacia el interior del carruaje.
Drake recuperó el equilibrio y ayudó a Julianna a ponerse en pie.
—Te tengo —jadeó.
Ella asintió y se apretó contra él. Por mucho que quisiera deleitarse con la sensación de tenerla a salvo entre sus brazos, aún tenían que escapar del carruaje. El vehículo se sacudía y se bamboleaba, y un crujido siniestro lo estremeció de un extremo a otro.
La mirada de Julianna se encontró con la suya. Drake sabía que ella comprendía lo que podía suceder. John conducía de forma tan temeraria por caminos tan mal cuidados que el carruaje corría el riesgo de deshacerse. Si se soltaba una rueda a esa velocidad, bien podían morir en el choque.
Drake se asomó por la puerta abierta. Knight no estaba teniendo mucho éxito en su intento de hacer que los caballos aflojaran el paso. Tenían que salir de allí.
—¿Confías en mí? —Le sujetó el rostro a Julianna.
Ella asintió.
—Bien. —La sujetó por los brazos.
—¿Drake? —La sintió temblar.
Saltó y aprovechó el impulso para lanzar a Julianna lejos del carruaje, directamente hacia los arbustos de la cuneta.
La vio caer antes de que el suelo saliera a su encuentro.
Gruñó; el dolor le estalló primero en el costado, luego en el brazo y después en la cabeza, mientras rodaba durante lo que pareció una eternidad.
Cuando por fin se detuvo, le daba vueltas la cabeza y le dolía cada centímetro del cuerpo.
Pero pensar en Julianna lo obligó a incorporarse. Tambaleante, miró a su alrededor. Ella se estrelló contra su pecho antes de que lograra sostenerse.
—¡Dios mío! ¿Estás bien? Creí que estabas muerto. Ay, Dios, Drake. —Las lágrimas le surcaban las mejillas.
—Estoy bien. —Hizo una mueca cuando ella lo rodeó con los brazos—. Salvo por una o dos costillas rotas.
—¡Dios santo! —Ella se apartó, con el remordimiento grabado en el rostro.
Drake miró camino arriba. El carruaje, junto con Slade y Knight, había desaparecido tras la curva. Tomó a Julianna de la mano y la condujo por el camino, con los dientes apretados mientras un dolor punzante le atravesaba el costado.
Encontraron el carruaje volcado de lado, con una rueda retorcida. Knight ya había desmontado y avanzaba hacia el vehículo con la pistola en la mano. Drake situó a Julianna con suavidad detrás de él.
Knight apuntó con la pistola a John, que se alejaba a rastras de los restos del accidente. Slade alzó la vista hacia ellos con furia, mientras se sujetaba el costado y respiraba con un resuello ronco.
—Os mataré a todos —escupió.
Julianna se aferró al brazo de Drake y él la apretó contra su pecho.
—Ahora estás a salvo. —Ella temblaba contra su pecho y su respiración era tan agitada como la de él—. No puede hacerte daño.
—¿Qué vais a hacer con él? —preguntó ella.
—Cuando llegue Red, haremos que lo lleven a Truro. Allí tendrá que responder ante los magistrados —le dijo Knight a Drake.
—¿Y el vicario? —preguntó Julianna—. Intentó casarnos aunque sabía que yo no estaba dispuesta.
—Dejemos que Red se ocupe de ello —dijo Knight—. Sabrá qué hacer con él.
Drake asintió y esbozó una sonrisa dolorida.
—Probablemente le encuentre algún país bien cálido al que ir a predicar la palabra de Dios.
Slade puso los ojos en blanco y se limpió las manos polvorientas en los calzones.
—Si ya habéis terminado de planear nuestro destino, quizá podamos hablar de negocios. Se nota que sois un hombre de mundo. Seguro que una mujer no puede valer para vos más de, digamos… cien libras.
Drake sonrió con sorna.
—No necesito vuestro dinero. —Hizo un gesto hacia Knight—. Vigílalo. —Se volvió hacia Julianna y la hizo girar para poder desatarle las muñecas.
Un disparo restalló en el aire. Julianna se volvió de golpe, con los ojos desorbitados por el horror.
Un calor abrasador le atravesó el costado a Drake.
Se giró y vio al ayuda de cámara, con la pistola humeante en la mano.
Knight devolvió el fuego y le acertó de lleno en el hombro.
El ayuda de cámara, pálido, se agarró el hombro y trastabilló.
Knight se lanzó hacia delante y lo tiró al suelo.
El grito de advertencia de Julianna devolvió la atención de Drake a Slade.
El hombre se abalanzaba hacia ellos con la daga en la mano.
Drake apartó a Julianna de un empujón y ella cayó de espaldas sobre la hierba.
El calor del costado se le había convertido en un dolor abrasador y notaba la sangre que le empapaba la camisa.
El mundo se redujo a Slade y nada más. La respiración de Drake se volvió pesada y sonora. Alzó los puños.
Slade levantó la hoja e intentó descargarla sobre el pecho de Drake.
Drake bloqueó el golpe con el antebrazo y empujó a Slade hacia atrás.
Notaba los miembros calientes, como si no le pertenecieran del todo.
Aunque no importaba. Slade había hecho daño a Julianna y, sin duda, le habría hecho cosas indecibles si hubiera tenido ocasión. Aquel hombre tenía que pagar.
Slade lanzó un tajo con la hoja, tratando de abrirle el vientre a Drake. Drake soltó un siseo ardiente, se lanzó hacia delante, chocó contra Slade y lo estrelló contra el suelo. Echó el puño atrás y lo descargó en la cara del hombre. El cuchillo se le escapó de la mano al instante.
Volvió a golpearlo una y otra vez, y todo el dolor desapareció. La visión se le redujo a un punto diminuto. Solo veía sangre. Y muerte. El aliento le salía caliente y pesado.
—¡Drake!
La palabra le atravesó la mente como una espada. Se percató de Julianna al borde de su campo de visión.
—Drake, no lo mates —suplicó ella—. No permitas que esto se apodere de ti.
Se quedó inmóvil, con el puño levantado. En el suelo yacía un hombre ensangrentado y magullado, apenas con vida. Drake tomó aire y se apartó de Slade. Había acabado. Había acabado de pelear, acabado de dejarse dominar por su pasado.
Julianna corrió hacia él. Le sujetó el rostro, pero la vista había empezado a nublársele de nuevo, y no por la sed de sangre. Los miembros se le habían enfriado y no sentía el contacto de ella. Vio lágrimas en sus ojos, pero no acababa de comprenderlas. La había rescatado, ¿no?
—Drake…
La oscuridad se lo llevó.