Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo veinte
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Capítulo veinte

Julianna se irguió en el asiento. La mejilla le palpitaba, pero ya se le había despejado la cabeza.

John iba sentado a su lado y su hombre, enfrente.

Lo reconoció: era el señor Gamble, el ayuda de cámara que llevaba años al servicio de John.

Ninguno de los dos estaba hecho precisamente para pelear, pero John, pese a su edad, tenía fuerza, y el señor Gamble era alto.

Los dos eran mucho más fuertes que ella.

A la velocidad que iba el carruaje, no veía muchas posibilidades de escapar ilesa, y menos aún con las manos atadas a la espalda.

Ya tenía las muñecas en carne viva de tanto forcejear con disimulo.

Así que tendría que razonar con ellos.

Intentó hablar a través de la mordaza. John la ignoró al principio y después puso los ojos en blanco al ver que no se callaba. Al final le hizo un gesto al señor Gamble.

—Quítale la mordaza. Aquí no la va a oír nadie, de todos modos. —La amenazó con el dedo—. Si haces demasiado ruido, el señor Gamble no dudará en hacerte daño. No es ningún caballero —advirtió.

Ella asintió frenéticamente y sintió que la sangre volvía a circularle por la piel cuando el hombre le quitó la mordaza y la tela que le llenaba la boca. Se lamió los labios; tenía la lengua más seca que la arena.

—¿Adónde me llevas?

—Pronto lo descubrirás.

—¿Te ha enviado mi padre? Esto es un secuestro, que lo sepas.

John resopló.

—Simplemente estoy recuperando mi propiedad.

—¡No soy tu propiedad!

—Todavía no. —La recorrió con una mirada glacial y un escalofrío le subió por la espalda.

Julianna se tragó el nudo de miedo que tenía en la garganta.

John siempre la había puesto nerviosa. Era uno de esos hombres que hacían saltar todas las alarmas de cualquier mujer, hubiera mostrado o no su verdadera cara.

Su instinto le gritaba siempre que mantuviera las distancias con él.

Cuando la acorraló contra una pared e intentó forzarla, supo que su instinto no se había equivocado.

Sin duda, todavía le escocía que ella le hubiera dado una patada y se le hubiera escapado.

—¿Sabe mi padre algo de esto? —insistió.

John sonrió, una expresión que amenazaba con arrebatarle el poco valor que le quedaba.

—A tu padre le importa muy poco lo que te ocurra. Ya ha recibido su pago.

—¿Así que me has comprado? —Se lamió los labios—. ¿Por qué...? ¿Por qué harías algo así? Seguro que no valgo tanto para ti. Hay otras mujeres, mujeres dispuestas, estoy segura. ¿Por qué arriesgarte a caer en manos de la justicia por secuestrarme?

Él se volvió para mirarla de frente.

—No arriesgo nada. Todo está firmado. Solo hacen falta la ceremonia y un garabato tuyo y seremos marido y mujer. Serás mía ante la ley, Julianna.

Ella soltó una carcajada, consciente del temblor que la delataba.

—No firmaré nada.

—Lo harás o te romperé los dedos. —Pronunció las palabras con frialdad y dureza, como si romperle los dedos a una mujer fuera algo que hiciera todos los días sin pensárselo.

Bajó la vista al regazo. No dudaba de que lo haría.

Dios, tenía que haber una salida. ¿De verdad su padre era tan frío como para entregarla a cambio de dinero?

Inspiró hondo y tuvo que admitir para sus adentros que era bastante probable.

Le importaban muy poco sus hijos, como había demostrado la facilidad con la que había repudiado a Knight.

Si ella podía proporcionarle más ingresos para mantener el estilo de vida que deseaba, se desharía de ella encantado.

Y estaba claro que lo había hecho.

—Por favor. —Tenía que intentarlo otra vez—. Por favor, déjame marchar. Seguro que no quieres una esposa contra su voluntad.

—Oh, mi dulce y querida Julianna. A veces las que se resisten son las mejores. Resulta muy satisfactorio cuando se quiebran. —Alargó la mano y le pasó un dedo por la mejilla.

Por algún milagro, permaneció inmóvil y clavó la mirada en aquellos ojos grises que le estremecieron el corazón. Él le rozó los labios con el dedo y una media sonrisa le curvó la boca.

—Te he admirado durante muchos años, ¿lo sabías?

Ella negó con la cabeza.

John sonrió con suficiencia.

—Claro que no. Estabas demasiado ocupada disfrutando de las ventajas de ser joven y hermosa. Siempre has sido una pequeña arrogante. No temas, eso lo cambiaré muy pronto.

Contuvo el impulso de protestar ante semejante descripción y miró por la ventanilla. No reconocía el lugar, lo cual no era de extrañar, porque aún no conocía bien Cornualles, pero llevaban al menos una hora de viaje.

Fuera donde fuera que la llevase, no había huido hasta el extremo sur para que la obligaran a casarse con John. En cuanto pudiera, volvería a escapar.

Según sus cálculos, pasó otra hora. Las ataduras le rozaban las muñecas y tenía que esforzarse para no hacer una mueca cada vez que el carruaje pasaba por un surco o un bache.

También le dolían las articulaciones. Si John pretendía agotarla para asegurarse su sumisión, lo estaba consiguiendo con creces.

El carruaje se detuvo, pero Julianna se obligó a quedarse quieta y a resistir el impulso de levantarse de un salto y lanzarse por la puerta tan deprisa como fuera humanamente posible. John la miró con lascivia.

—Hemos llegado.

—¿Adónde hemos llegado? —exigió saber ella.

—Al lugar donde nos casaremos. —Su ayuda de cámara abrió primero la puerta y salió, bloqueando así cualquier vía de escape.

John le dedicó una sonrisa lasciva y señaló la puerta.

—Después de ti, querida.

Unos dedos de pavor le subieron por la espina dorsal. Se detuvo al ponerse en pie.

—¿De verdad valgo todo este esfuerzo? ¿Una esposa contra su voluntad? ¿Es eso lo que quieres?

—Como ya he dicho, hace tiempo que siento debilidad por ti, Julianna.

Estoy acostumbrado a conseguir lo que quiero, y hoy no será diferente.

—La agarró del brazo y la fue empujando hacia la puerta abierta del carruaje—.

Necesito una esposa: una esposa joven y de excelente linaje.

Puedes creer que te resistirás, pero dentro de poco tendré una esposa obediente y sumisa, y estarás tan ansiosa por complacerme que apenas recordarás lo que era ser algo distinto de mi esposa.

Julianna resopló.

—Eres un necio.

Él la empujó hacia delante y ella tuvo que apresurarse para recuperar el equilibrio y no caer del carruaje.

Se enderezó y examinó los alrededores. Se encontraban en una encrucijada, sin más compañía que una diminuta iglesia.

Unas cuantas lápidas sobresalían del suelo en ángulos extraños, con las inscripciones desgastadas y cubiertas de líquenes y musgo.

Costaba imaginar que alguien acudiera a aquella iglesia a rezar.

Recorrió con la mirada el camino maltrecho a un lado y a otro. No había mojones ni señales que indicaran dónde estaban. Si echaba a correr, no tenía ni idea de qué dirección tomar. Julianna miró al ayuda de cámara y luego a John.

Inspiró hondo, reunió todas sus fuerzas y salió disparada. Puede que no tuviera ni idea de dónde estaba ni adónde iba, pero tenía que ser mejor que el destino que la esperaba en las garras de John.

Su carrera para alejarse de los hombres duró poco.

Un brazo le ciñó la cintura y el señor Gamble la apretó con tanta fuerza que le expulsó todo el aire de los pulmones.

Pataleó y se revolvió, pero solo golpeó el aire.

Se quedó inerte entre sus brazos y el señor Gamble la dejó caer sin ceremonias en el suelo.

John se inclinó sobre ella.

—¿Tengo que atarte las piernas también?

Negó vigorosamente con la cabeza. Por mucho que le repugnara rendirse tan pronto, difícilmente podría urdir una salida con las piernas atadas.

Tenía que presentarse una ocasión mejor, tenía que presentarse.

La idea de quedar atada a John para siempre…

Se le oprimió el pecho. Bueno, era casi tan terrible como la de no volver a ver a Drake.

¿Qué pensaría él cuando se diera cuenta de que había desaparecido?

¿Se habría enterado siquiera? Dios, debería haberse quedado con él aquella mañana.

Entonces nada de esto habría pasado y estaría caliente y a salvo entre sus brazos.

Maldita fuera por una decisión tan estúpida.

Maldita fuera por dejarse arrullar con una falsa sensación de seguridad.

—Gamble, ve a buscar al vicario. —John se sacó un reloj de bolsillo del chaleco y lo abrió de golpe—. Hemos llegado una hora antes. Esperaba más resistencia por su parte. Ve a la casa del vicario, que yo le haré compañía a la señorita Julianna.

El señor Gamble inclinó la cabeza.

—Como ordene, señor. Pero está lejos, camino abajo. Tardaré un rato.

John se encogió de hombros.

—Tenemos tiempo. La ceremonia será breve.

El señor Gamble echó a andar camino abajo, hacia la casa del vicario, supuso Julianna. Se fijó bien en la dirección. Si había un edificio por allí, tenía que haber un pueblo cerca. Quizá encontrara ayuda en él.

Si lograba escapar.

John la levantó de un brazo. Julianna apretó los dientes cuando el dolor le mordió las muñecas.

—Esperemos dentro de la iglesia. —La recorrió con la mirada de arriba abajo—. No vas precisamente vestida para la ocasión, pero habrá que conformarse.

La obligó a entrar en la iglesia y cerró la pesada puerta tras ellos.

El golpe retumbó en el interior vacío del edificio en penumbra.

Solo había seis bancos a cada lado del pasillo.

En el altar, dos candelabros de latón cubiertos de regueros de cera seca.

Pocas señales más de que alguien frecuentara el lugar, salvo algún que otro himnario olvidado sobre los bancos.

Las botas de John resonaban sobre las baldosas rojas del suelo.

John se detuvo junto a la pila bautismal y recogió un puñado de agua. Se la echó a la cara y ella soltó un jadeo; luego le frotó las mejillas con la palma mientras chasqueaba la lengua.

—No entiendo por qué elegirías la vida de una simple criada. Tu padre debería haberte educado mejor.

—Mi padre, que me ha vendido de buena gana a otro hombre solo para alimentar su codicia. —Resopló—. Pero, claro, un hombre como tú no puede comprender por qué no quiero estar cerca de ninguno de los dos.

La ignoró y la llevó hasta el primer banco, donde la obligó a sentarse a su lado de un tirón.

—La mayoría de las de tu sexo harían cualquier cosa por un buen partido con un hombre rico.

—Quizá entonces te hayas dado cuenta de que no soy como la mayoría de las de mi sexo. —Paseó la mirada por la iglesia silenciosa y fría—. El vicario no me casará cuando sepa que no es por mi voluntad.

—El vicario no tendrá elección.

Había tanta certeza en su tono que Julianna no dudó de que acabaría casada allí si no encontraba pronto la manera de huir.

—No puedes obligarme a pronunciar los votos.

John soltó una risita.

—Puedo obligarte a muchas cosas. —La agarró de la barbilla con una fuerza dolorosa y la examinó, girándole la cabeza a un lado y a otro—.

¿No lo ves, Julianna? Te amo desde hace mucho, desde que alcanzaste la mayoría de edad.

Si fueras la esposa que necesito, tu vida no tendría por qué ser una vida de penurias.

Julianna intentó deshacer el nudo de la garganta, pero no lo consiguió.

—No creo que sepas lo que es el amor —dijo con voz ronca—. El amor no consiste en imponerse a otra persona, ni en secuestrarla, ni en amenazarla.

—Sin duda ese pirata te ha llenado la cabeza de ideas falsas.

—Sonrió de oreja a oreja cuando ella abrió la boca para protestar—.

No soy ningún necio. Te vi bajar de su barco esta mañana.

Si fuera un hombre más mezquino, renunciaría a ti del todo y te dejaría a tu suerte.

Pero, en cuanto te marchaste, supe que tenía que encontrarte.

Que tenía que hacerte mía, costara lo que costara. Te amo, y pronto tú me amarás a mí.

Julianna sacudió la cabeza en la medida en que se lo permitió la mano de John.

—Eres un necio si crees que algún día podría amar al hombre que me ha forzado la mano.

John esbozó una sonrisa burlona.

—A las mujeres solo les hace falta mano firme. Serás mi esposa y te enseñaré lo equivocada que estabas. Acabarás agradeciéndome mi benevolencia y me amarás por ello. Créeme: mi difunta esposa me amaba más que a su propia vida.

Le soltó la cara y ella se frotó las zonas donde los dedos de John debían de haberle dejado marcas.

Se apartó con un estremecimiento y esta vez él la dejó volver el rostro hacia el altar.

Julianna alzó la vista hacia la estatua de Jesús en la cruz y rezó en silencio pidiendo que alguien la rescatara.

No dudaba de que la amaba —a su manera retorcida—, y eso iba a hacer que escapar de allí fuera aún más difícil de lo que había previsto.