Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo diecinueve
76%

Capítulo diecinueve

Drake se pasó una mano por el pelo y se puso a pasar la navaja por la barbilla erizada de barba incipiente.

Echó un vistazo a la carta que Julianna había dejado y sonrió para sus adentros.

Te quiero. Santo Dios, no tenía ni idea de qué había hecho para merecer a una mujer así, pero se alegraba muchísimo de que ella sintiera lo mismo.

Se miró en el espejo y contempló la mandíbula recién afeitada. Dudaba que adecentarse un poco causara impresión alguna en Knight —lo más probable era que el hombre quisiera pelearse con él—, pero al menos tenía que intentar parecer respetable.

Después de vestirse, se puso un pañuelo al cuello y metió los pies en las botas. Volvió a pasarse los dedos por el pelo húmedo y tomó aire.

—¿Qué es lo peor que podría pasar? —le preguntó a su reflejo.

Knight podía matarlo. Podía decirle que no. Desde luego, ninguno de esos desenlaces era lo que esperaba. Pero tenía que intentarlo. Nada había deseado nunca tanto como casarse con Julianna. Solo cabía confiar en que Knight no dijera que no y Julianna dijera que sí.

Atravesó el pueblo en dirección a la posada. A esas horas, Knight estaría allí desayunando. Quizá, si la bestia había comido, tuviera menos ganas de partirle la cara a Drake. Por esperar, que no quedara.

Empujó la puerta de la posada y recorrió la estancia con la mirada en busca de Julianna o de Knight.

Sabía a cuál de los dos preferiría ver, pero tarde o temprano tendría que enfrentarse a Knight.

Puede que no fuera el hombre más caballeroso del mundo, pero que lo condenaran si no hacía las cosas como era debido.

Louisa lo vio, dejó la bandeja sobre una mesa y se acercó deprisa.

—¿Has visto a Knight?

Drake hizo una mueca.

—¿Lo sabe? ¿Quiere matarme?

Louisa parpadeó.

—¿Saber qué? —Negó con la cabeza—. Julianna... ¿la has visto esta mañana?

—Bueno...

—Drake, deja de sonreír como un tonto. Esto es serio. Julianna ha desaparecido. ¿Tienes algo que ver?

—¿Desaparecido? —Se le secó la boca—. ¿Qué quieres decir?

Louisa lo agarró del brazo y tiró de él hacia un lado, lejos de las mesas.

—Llegó temprano al trabajo y luego desapareció mientras yo limpiaba. Supuse que había estado contigo, por la sonrisa que llevaba.

A Drake le gustó imaginarla con una sonrisa en los labios, pero aquello apenas lo reconfortó, no mientras ella estuviera desaparecida. Un miedo helado se le revolvió en el estómago.

—Jamás debí perderla de vista. —Maldijo entre dientes—. ¿Dónde está Knight ahora?

—Buscando por el pueblo, supongo. Y buscándote a ti. Me sorprende que no lo hayas visto.

—Debo de haberme cruzado con él sin verlo. —Tomó aire; el corazón le latía de forma desagradable. Si no hubiera estado tan absorto en su necesidad de Julianna, habría prestado más atención a mantenerla a salvo—. ¿Has visto a Red o a Nate esta mañana?

Louisa asintió.

—Están rastreando el pueblo ellos también. Nate ha murmurado algo de que daba por hecho que estaba contigo.

Drake se pasó una mano por la cara.

—Lo estaba. Había estado conmigo. Maldita sea.

Louisa le puso una mano en el brazo.

—Julianna es una mujer fuerte. No permitirá que la obliguen a hacer nada que no quiera.

Él negó con la cabeza.

—Es fuerte, sí, pero deberías haber visto lo mucho que la asustaba ese hombre. Es una bestia, Louisa, y no se lo pensaría dos veces antes de hacerle daño si ella no obedeciera sus órdenes.

—Quizá haya decidido salir a dar un paseo o algo parecido.

—¿Y abandonar sus tareas?

La expresión de Louisa se volvió sombría.

—Tienes razón. ¿Qué puedo hacer?

—¿Preparar unos caballos? ¿Red tiene aquí el suyo?

—Sí, y puedes llevarte a Angel. Está en la parte de atrás. Me aseguraré de que estén listos, por si necesitáis salir a caballo.

—Gracias. Tengo que encontrar a los demás para trazar un plan de búsqueda.

Drake salió de la posada a grandes zancadas. Slade tenía que habérsela llevado, y estaba claro que eso era lo que Knight había concluido. ¿Por qué otro motivo iba a haber desaparecido? Cerró un puño junto al costado.

—Voy a por ti, Princesa —murmuró para sí.

Que lo condenaran si pensaba perderla ahora.

Se detuvo a mitad de la cuesta que bajaba al pueblo cuando vio acercarse a tres figuras.

Sus expresiones sombrías no ofrecían consuelo, pero una oleada de alivio lo inundó.

Ellos eran cuatro, y Slade solo uno, con su secuaz y quizá uno o dos cocheros.

Juntos habían salido airosos de muchas situaciones complicadas; seguro que entre todos podrían dar con Julianna, ¿no?

—¿Alguna noticia? —preguntó mientras se ponía a la altura de los tres hombres.

Red asintió.

—Algo. Parece que se la llevaron en un carruaje. Alguien vio uno dirigirse hacia el este a primera hora de la mañana. También había huellas en la posada, pero no podíamos estar seguros de que Slade se hubiera ido.

—Entonces montamos y salimos a buscarla —concluyó Drake.

—Exacto.

—Necesitaremos armas. Si está tan desesperado como para raptarla de ese modo, no sabemos qué más podría hacer —advirtió Nate.

Drake apretó la mandíbula. Más le valía no haberle hecho daño, o tendría que matar a Slade. Asintió con rigidez.

—Tengo armas en la casa —dijo Red—. Y lo más probable es que algunos caballos ya estén ensillados para el ejercicio. Si nos damos prisa, podremos adelantarlos con mis monturas más rápidas.

Apenas hablaron mientras atravesaban el pueblo.

Los vecinos llenaban las calles y los obligaban a zigzaguear entre las casas para avanzar más deprisa.

A Drake le tiraba la pierna de vez en cuando —un recordatorio inoportuno de su herida—, pero se negó a dejar que lo frenara.

Sin duda lo pagaría al día siguiente, pero un día de cama y dolor era un precio barato por recuperar sana y salva a Julianna.

Whitechapel Hall se alzaba en solitario sobre una gran parcela, un poco más arriba del estuario, en medio de un terreno llano que antaño había formado parte del río.

El edificio y las tierras pertenecían a la familia de Red desde hacía generaciones y valían más de lo que Drake podría reunir en toda su vida.

Subieron por el largo camino hasta la entrada del edificio. Red empujó la pesada puerta principal y los demás entraron tras él.

—Las armas están abajo, en los almacenes.

—Red señaló hacia la planta inferior y se interrumpió cuando su esposa, Hannah, empezó a bajar la larga y elegante escalera.

De cabello negro y ojos grandes, a Drake siempre le había parecido la inocencia personificada, demasiado dulce para estar casada con un hombre como Red; aunque, de algún modo, funcionaban bien juntos.

—Ah, ¿qué hacéis todos aquí? —Sonrió, claramente ajena a todo lo ocurrido.

Tenía un poco de polvo en el cabello y tinta en los dedos.

Red la había conocido al ayudarla a trasladar un artefacto de Cornualles a Londres, y su pasión por lo antiguo no había decaido tras el matrimonio.

Sin duda, antes de que llegaran había estado estudiando algo viejo y polvoriento.

—Si me hubieras avisado de que teníamos visita, habría limpiado… —Sus palabras se apagaron al advertir la expresión agitada de Red—. ¿Qué ha pasado?

—Han secuestrado a la hermana de Knight —explicó Red.

Hannah se llevó una mano al pecho.

—Oh, no. ¿Se la ha llevado ese hombre?

Red asintió.

—Vamos a buscarla ahora mismo.

—Pues debería ir con vosotros y ayudar. —Se dispuso a seguirlos, pero Red le puso una mano en el brazo.

Red negó con la cabeza.

—Podría ser peligroso. No pienso dejar que te expongas.

Ella frunció el ceño.

—Tonterías. Necesitaréis todos los ojos posibles.

—Sí —dijo Red con voz tensa—, pero no puedes montar a caballo en tu… estado.

Ella palideció un poco y asintió con un gesto tenso.

—Ah, sí, claro. Bueno, tened cuidado, por favor. Quiero que vuelvas de una pieza.

Red le dio un beso rápido a su esposa.

—No dejaré que me pase nada, te lo prometo.

—Bien. —Miró a Knight—. Espero que la encontréis pronto.

—Gracias, milady. —Knight inclinó brevemente la cabeza.

Bajaron a los almacenes siguiendo a Red por una escalera de caracol y un corredor mal iluminado, hasta una habitación llena de objetos de latón y lámparas de aceite.

—Oye, ¿está enferma Hannah? —preguntó Nate mientras Red abría un armario cerrado con llave donde se guardaba una colección de pistolas y rifles de caza—. Tiene un aspecto inmejorable.

—Se encuentra muy bien. —Red repartió las pistolas y la munición—. Montemos. No tenemos más tiempo que perder.

—Menos mal que has convencido a Hannah de que no viniera —comentó Nate—. Si Patience se enterara de que se está perdiendo una aventura, se armaría una buena.

Drake soltó una risa seca, aunque no le hizo tanta gracia como de costumbre.

Sin duda, Patience también se molestaría por haberse quedado al margen —y Drake incluso habría agradecido la ayuda de la esposa de Nate, que montaba y disparaba mejor que cualquiera de ellos—, pero no había tiempo de reunir a más gente.

Cada instante que perdían organizándose era un minuto más de Julianna en las garras de Slade.

Cuando llegaron a las cuadras, varios caballos ya habían salido a ejercitarse. Por suerte, dos seguían ensillados y aún no habían salido.

—No podemos esperar más —dijo Knight, frustrado—. Tenemos que salir ya.

—Sí —convino Red—. ¿Por qué no montáis Drake y tú y empezáis a buscarla? En cuanto devuelvan los otros caballos, Nate y yo os alcanzaremos.

Drake miró a Knight.

—No es lo ideal. Lo más probable es que nos superen en número si John va con su hombre y un cochero o algunos sirvientes.

Knight gruñó.

—Me da igual que vaya con un ejército.

—De acuerdo. —Lo único que importaba era llegar hasta Julianna, y rápido. Con suerte, Red y Nate no tardarían en seguirlos. Drake se metió la pistola en la cintura.

—En marcha.