Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo dieciocho
72%

Capítulo dieciocho

Julianna se giró en el estrecho espacio de la cama y contempló a Drake, que dormía plácidamente.

Respiraba hondo y con regularidad, y tenía las facciones relajadas.

A ella le hormiguearon los dedos por el deseo de tocarle los labios, ligeramente entreabiertos, y de sentir la aspereza de la barba incipiente del mentón.

Todavía notaba, en algunas zonas de la piel, dónde la había rozado aquel vello.

Tenía los labios hinchados por sus besos.

Le dolían algunas partes del cuerpo. Pero todo ello de la manera más dichosa posible.

Se escurrió con cuidado de debajo de su brazo, se vistió y se pasó los dedos por el pelo.

Aún era temprano, pero ya no podía seguir durmiendo.

Se le entrecortó la respiración cuando se detuvo a mirar a Drake otra vez.

Todo nervio y músculo, extendido bajo una sábana blanca.

Sonrió. Le costaba creer que hubiera hecho algo tan escandaloso y, sin embargo, no se arrepentía de nada.

Él la amaba, y ella ya no podía seguir negando lo que sentía.

Aquel hombre pícaro se había abierto camino hasta lo más hondo de su corazón y no estaba dispuesto a aceptar una negativa.

Ahora solo le quedaba convencer a Knight de que Drake era el hombre adecuado para ella.

Hizo una mueca. Más fácil decirlo que hacerlo, aunque desde luego resultaría más sencillo sin Drake, que parecía disfrutar en exceso provocando a su hermano.

Era el momento de las palabras suaves y, desde luego, de no burlarse ni provocar a nadie.

Buscó sus zapatos con la mirada. Apenas recordaba cuándo se los había quitado.

O si se los había quitado ella. Tal vez Drake se los hubiera arrancado en su prisa por desnudarla.

La noche anterior era una bruma dichosa de placer.

Después de llevarla a la cama, la había despertado a besos en plena noche y habían vuelto a hacer el amor, con la luz de la luna entrando por la ventana y bañando su cuerpo de un resplandor plateado.

Un escalofrío de placer le recorrió la espalda al recordarlo.

Julianna salió sin hacer ruido de los aposentos y se detuvo ante el escritorio en busca de una hoja de papel. Mojó la pluma en el tintero y garabateó una nota apresurada.

He ido a la posada. Búscame cuando despiertes.

Vaciló, sin saber cómo terminarla. Aquellas palabras eran aún nuevas, recientes e inciertas. Sacudió la cabeza. Si pretendía convencer a su hermano de que Drake y ella debían estar juntos, tendría que mostrarse más segura que eso. Terminó la carta con un rápido floreo.

Te quiero. Julianna.

Los luminosos dedos del amanecer se extendían por la cubierta del barco.

La quietud de la mañana la envolvió. Una ligera neblina llegaba desde el mar y se le arremolinaba en los tobillos mientras bajaba por la pasarela.

A aquella hora solo le hacían compañía el tintineo del metal al golpear suavemente la madera y el crujido de los barcos.

Convertirse en la esposa de un contrabandista era arriesgado, pero no más que casarse por dinero o porque su padre así lo quisiera.

Con Drake sabía exactamente a qué atenerse.

Él la amaba más de lo que podría amarla cualquier otro hombre y, de algún modo, ella sabía que juntos podrían superar todo lo que la vida les pusiera por delante.

Julianna se abrazó a sí misma. Su aliento formaba nubes ante ella y el aire fresco borró enseguida cualquier resto de cansancio de su cuerpo.

En cuanto echó a andar hacia la posada, el calor se le extendió por los músculos gracias al paso ligero.

El pueblo empezaba a despertar: la gente salía de sus casas para comenzar el día y los hombres bajaban al puerto a clasificar la pesca o a preparar las barcas para la siguiente salida al mar.

Lo más probable era que Drake la reprendiera por haber salido sola, pero no habían visto ni rastro de John desde aquel primer día.

Penshallow era demasiado pequeño para que dos hombres se desvanecieran sin que nadie lo notara, así que seguramente se habría dado por vencido, ¿no?

Tal vez hubiera ido a buscarla a alguno de los pueblos cercanos.

O, mejor aún, hubiera regresado a Northumberland y hubiera renunciado a ella para siempre.

Con un poco de suerte, Louisa sabría dónde estaba su hermano.

Aquel hombre era demasiado misterioso para su propio bien.

Se habían reencontrado hacía ya un tiempo y aún no le había contado qué había estado haciendo todos aquellos años ni de dónde salían aquellas cicatrices.

Aun así, en cuanto dejara de preocuparle que la casaran con John, podría concentrarse en averiguar qué demonios le había ocurrido y en exigirle que le explicara por qué no le había hablado de la verdadera naturaleza de su red de contrabando.

—Para mantenerme alejada de Drake, seguramente —murmuró para sí.

Bueno, por mucho que quisiera a su hermano, no permitiría que la disuadiera de casarse con Drake. Y si le importaba lo más mínimo, les daría su bendición.

Al colarse por la puerta trasera de la posada, se quedó de piedra.

—Te has levantado temprano. —Louisa dejó de amasar el pegote de masa.

Ella esbozó una sonrisa forzada.

—No podía dormir, así que he salido a dar un paseo.

Louisa arqueó una ceja.

—Si tú lo dices.

—Tú también te has levantado temprano. No nos hacen falta más pasteles, ¿verdad? —Julianna observó cómo Louisa golpeaba la masa como si esta la hubiera irritado de verdad.

—Yo tampoco podía dormir.

—¿Te preocupa algo?

Louisa se quedó inmóvil, titubeó y luego sacudió la cabeza.

—No, no, todo va bien.

Julianna frunció el ceño, pero no insistió.

Louisa se había convertido en una buena amiga, aunque seguía contándole poco de sí misma.

Sabía que había tenido un matrimonio sin amor, aunque amistoso, con el anterior propietario de la posada, y que era una mujer de negocios decidida.

En todo lo demás, Louisa guardaba silencio.

—No habrás visto a mi hermano anoche, ¿verdad? —preguntó Julianna.

Un rubor le subió a las mejillas a Louisa al oír el nombre de Knight. Recogió la masa de la mesa, se volvió y la colocó en un cuenco.

—No. ¿Por qué ibas a pensar que lo había visto?

—Estuvo aquí hasta muy tarde. Pensé que quizá hubiera alquilado una habitación —dijo Julianna a su espalda.

Louisa se encogió de hombros.

—No soy su guardiana. No tengo idea de qué hizo anoche.

Julianna frunció el ceño aún más. ¿Qué demonios había puesto a Louisa de aquel humor y por qué parecía tan irritada en cuanto se mencionaba a Knight?

—Bueno, me pondré con las tareas. Seguro que no tarda en aparecer.

Louisa miró por encima del hombro con una leve sonrisa.

—Quizá deberías pasarte un cepillo por el pelo antes. Tienes el aspecto de alguien a quien acaban de dar un buen revolcón.

Julianna abrió la boca para protestar, se lo pensó mejor y subió a toda prisa a refrescarse la cara con agua, cambiarse el vestido arrugado y cepillarse y recogerse el pelo.

Cuando acabó, se miró en el espejo moteado.

Seguía teniendo los labios sonrosados e hinchados y, sin duda, un color en las mejillas que antes no estaba.

Cuando bajó de nuevo, Louisa había pasado a la taberna y fregaba las mesas con el mismo brío con el que había estado golpeando aquella pobre masa.

Julianna sacudió la cabeza. Solo Dios sabía qué le había provocado aquel humor, pero no iba a insistir.

Si Louisa quería hablar con ella, acabaría haciéndolo.

Cogió un cubo, salió y se dirigió al pozo.

El amanecer había dado paso al día y el cielo seguía despejado y luminoso.

Aspiró una bocanada de aire fresco que se descolgaba por los acantilados y sonrió para sí.

Siempre había adorado la belleza agreste de la campiña de Northumberland, pero estar junto a la costa resultaba, de algún modo, revitalizante.

Jamás se había imaginado sacando agua con el mar a la vista, dispuesta a pasar el día trabajando en una posada, y sin embargo aquello le daba mucha más satisfacción que quedarse sentada en el salón, procurando no despertar la ira de su padre.

Al girarse con el cubo, una mano le selló la boca. Chilló, pero el grito quedó amortiguado. Un cuerpo duro se estrelló contra su espalda y ella soltó el cubo. El agua le empapó los zapatos y el bajo del vestido, y aquel frío repentino la hizo chillar de nuevo.

Se revolvió contra la mano y le llegó el olor a tabaco de aquellos dedos.

Un brazo se ciñó a su cintura como una banda de acero y la estrechó contra el cuerpo implacable de su agresor.

Lanzó patadas hacia atrás y hundió los dientes en la mano.

Su atacante maldijo y le estampó de nuevo la mano en la cara antes de que pudiera gritar.

Le apretó el rostro con tanta fuerza que temió no poder tomar otra bocanada de aire.

Metió aire por la nariz y volvió a forcejear contra aquella presa mientras le pisaba con fuerza el pie.

—Maldita sea —masculló el hombre.

La soltó un instante y ella se zafó, a punto de dar con el suelo. Cuando recuperó el equilibrio y se volvió para hacerle frente, un puño salió disparado.

El dolor le estalló en la mejilla y cayó al suelo.

Al instante los párpados se le volvieron de plomo y los pensamientos se le ralentizaron.

Intentó alzar la vista, pero solo alcanzó a distinguir unas botas negras cuando el hombre se plantó delante de ella.

La agarró y se la echó al hombro; la presión de aquel hombro contra el estómago le provocó arcadas.

Se movía con torpeza y la cabeza le palpitaba.

El suelo desfilaba bajo ella como una mancha borrosa.

La presión del hombro cedió y unas manos la empujaron y tiraron de ella hasta que notó tela bajo las palmas y la mejilla. Parpadeó despacio y asimiló la penumbra que la rodeaba. Algo le resbaló por la cara, haciéndole cosquillas, y notó el sabor de la sangre en la boca.

—No tenías que hacerle daño.

Se le helaron las entrañas. Puede que no tuviera pleno dominio de sus sentidos, pero la voz de John la reconocería en cualquier parte.

—Se resistió —protestó su atacante.

Era el segundo hombre de aquella noche en el barco de Drake, se dio cuenta.

—Y encima me ha mordido, maldita sea.

—No importa, sube. Hay que largarse de aquí antes de que alguno de esos miserables que la vigilan descubra que ha desaparecido.

Cuando el asiento se balanceó bajo su cuerpo y una puerta se cerró de golpe, lo comprendió todo.

Estaban en un carruaje. Y John la estaba secuestrando.

Se le cerró la garganta y tuvo que obligarse a llenar los pulmones de aire.

Parpadeó para despejar la niebla que le abotargaba la mente e intentó incorporarse.

Una mano la empujó de nuevo hacia abajo y le hundió la cara en el terciopelo áspero del asiento.

—Quédate ahí abajo si sabes lo que te conviene —siseó John.

Se apartó bruscamente de aquel contacto y lanzó un manotazo. Los dedos dieron contra la piel y logró ponerse en pie y tambalearse hacia la puerta mientras unas manos la buscaban a tientas.

—¡Socorro! —gritó por la ventanilla mientras tanteaba a ciegas en busca del tirador.

Una mano se le cerró en el pelo. Gritó, con el cuero cabelludo en llamas por el tirón brutal que la arrastró hacia atrás.

Julianna cayó de espaldas y el conocido de John la inmovilizó contra el asiento.

Le sujetó la cara y le metió algo en la boca.

Cuando intentó escupirlo, él lo empujó más adentro y notó que le anudaba algo alrededor de la cabeza.

El agotamiento la fue devorando mientras la cabeza le latía.

Por lo visto, el golpe en la cara había hecho estragos.

Llamó a Drake contra la mordaza mientras le ataban las manos a la espalda, aun sabiendo que él estaba en su barco y que nunca la oiría. El carruaje se movió bajo su cuerpo y supo que irían deprisa. Lo más probable era que, cuando Drake despertara, ella estuviera ya muy lejos.