Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo diecisiete #2
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Capítulo diecisiete #2

—¿Y en qué te estás aprovechando de mí, Drake? Estoy aquí porque quiero. Sabes de sobra que jamás podrías obligarme a hacer algo que no deseara.

Él sonrió.

—Sí, eso lo sé.

—Entonces llévame a la cama.

Consideró decir que no. Consideró comportarse como un caballero.

Pero el pícaro que llevaba dentro no fue capaz de negarse.

La alzó en brazos, abrió de una patada la puerta de su dormitorio y la tendió en la cama.

Quedaba perfecta sobre las sábanas rojas y blancas, con el pelo oscuro desparramado a su alrededor.

Ella lo observó mientras él se tumbaba a su lado, apoyado sobre una cadera para poder contemplarla y apreciarla por entero.

Le recorrió con un dedo la nariz, después los labios y el cuello, y se detuvo en el hueco entre los pechos. Negó para sí con la cabeza.

—¿Qué ocurre? —preguntó ella.

—Eres demasiado buena para mí.

—Qué tontería.

—Es verdad. No alcanzo a comprender cómo un hombre como yo puede merecer a una mujer así.

—Basta de hablar. —Ella le puso un dedo en los labios y lo empujó hacia atrás con la mano.

Drake la atrajo con brusquedad hasta sentarla en su regazo mientras ella se deslizó sobre él. Un gruñido se le escapó al sentir aquel cuerpo suave bajo las manos y el calor de su entrepierna contra su propia erección dolorosa. El frágil hilo de su autocontrol estaba a punto de romperse.

Sentado, le hundió las manos en el pelo y tiró hasta aflojar la cinta que lo sujetaba, y los sedosos mechones se derramaron sobre sus hombros. Le cubrió el cuello de besos ardientes y luego apretó los labios contra los de ella, que soltó un jadeo.

La sujetó con fuerza mientras ella le rodeaba el cuello con los brazos para pegarse aún más a él.

Mientras su lengua saboreaba la de ella, le subió las manos por el cuerpo y le rozó los pechos.

Ella gimoteó. Drake le acarició un pezón endurecido y dejó escapar un gemido ronco mientras se deleitaba con la suavidad de sus senos.

—Drake —jadeó Julianna.

Se quedó quieto. Le costó cada gramo de voluntad que le quedaba, pero detuvo las manos mientras le mordisqueaba los labios. La muerte no sería nada comparada con la tortura de tener a Julianna entre las manos y no poder hacer nada con ella.

Ella le apretó los pechos contra el torso y se removió en su regazo.

—Drake.

—Princesa, debes de estar intentando matarme.

—¿Por qué dices eso?

—Quiero ir despacio. Necesito ir despacio.

Ella negó con la cabeza.

—Habrá tiempo para eso. Drake, por favor…

Él le sujetó las manos cuando ella tiró de su camisa, mientras seguía torturándolo con esos besos húmedos y tibios que le dejaba por el cuello.

Por todos los diablos, ¿qué había desatado?

Debería haber imaginado que Julianna también sería una sirena en la cama.

Aunque no acababa de decidir si lo llamaba hacia su perdición o hacia su salvación.

De todos modos, no le quedaba elección. Ni en sus sueños más desenfrenados había imaginado que sería digno de una mujer como ella.

—Tenemos que ir despacio —insistió, y tomó una bocanada de aire entrecortada que le abrasó los pulmones. Mantuvo los dedos cerrados en torno a sus muñecas.

No deseaba nada más que tomarla en brazos y hacerla del todo suya. Sentía una necesidad intensa y primitiva de marcarla como suya, pero ella era inocente y que lo condenaran si le hacía daño con su brusquedad.

Las manos de él le rasparon los brazos, los pechos y los muslos mientras ella tiraba de su camisa y deslizaba las manos bajo el cuello abierto.

Él siseó cuando ella le tocó la piel y le dejó una sensación ardiente al apartarse para volver a tirar de la camisa.

Drake se echó hacia atrás, lamentó al instante perder aquel cuerpo pegado al suyo y se quitó la camisa de un solo movimiento.

A Julianna se le movió la garganta y entreabrió los labios. Le pasó las manos con suavidad por el pecho y él se tensó. Cerró los ojos, apretó los dientes e intentó no pensar en cuántas veces había imaginado aquello. Si lo hacía, perdería el control en un instante.

La hizo rodar sobre la cama y la colocó debajo de él. Volvió a contemplarla tendida en su lecho, con los pechos subiendo y bajando y la boca ya hinchada por sus besos. Le subió el vestido hasta que las puntas de los dedos le rozaron lo alto de los muslos.

—Qué condenadamente suave.

Ella se removió, expectante.

Lo agarró por la cintura de los pantalones y tiró de él hacia sí.

La besó con fuerza antes de bajar la boca por su cuello, camino de unos pechos aún prisioneros.

Besó la curva de aquella carne mientras deslizaba los dedos bajo su espalda para desgarrar los cordones del vestido.

Drake tiró con desesperación del bajo de la prenda y se la subió por las caderas sin dejar de besarle la piel.

Se apartó un instante para arrancársela por la cabeza y la contempló.

En su mirada brillaba la vulnerabilidad.

Y, sin embargo, se le ofreció alzando los pechos.

Una sonrisa le asomó a los labios ante aquella visión tan desvergonzada: aún sujeta por el corsé, con los muslos desnudos y las piernas separadas.

En un momento le quitaría cualquier temor, pero antes tenía que grabarse aquello en la mente.

Si por alguna casualidad no volvía a tener otra oportunidad con ella, tenía que recordarlo para siempre.

Ella alargó los brazos hacia él y lo atrajo.

En cuanto selló los labios sobre los de ella, se perdió.

Le subió los pechos y se los sacó del corsé, le acarició la piel con movimientos bruscos y no dejó sin atender ni un rincón de su cuerpo: le dejó besos abrasadores en el cuello, en los pechos y en la cara interna de los muslos.

Se incorporó un poco, le hundió una mano en el pelo y tiró, lo que le dio un acceso perfecto al cuello. Le clavó los dientes en la piel, la mordisqueó y la succionó, consciente de que le dejaría su marca. Ella gimoteó y le clavó las uñas en la espalda.

Julianna alzó las caderas. Él no pudo evitar empujar hacia delante.

—Dios, qué mojada estás.

Ella asintió y se mordió un labio. Él volvió a mecerse y ella gimió.

Con el pelo de ella aún enredado en una mano, le echó la cabeza hacia atrás y se movió una y otra vez, torturándolos a los dos.

Cada movimiento le hacía hervir dentro un placer abrasador y, por los labios entreabiertos y los jadeos de ella, no le cabía duda de que le estaba haciendo lo mismo.

Restregó la erección contra ella con fuerza.

Era una tortura de mil demonios, pero valía cada segundo de dolor mientras le aumentaba el placer.

Drake deslizó una mano entre los dos, le encontró el sexo húmedo y hundió un dedo entre sus pliegues.

—Princesa —gruñó—, no puedo contenerme.

De ella brotó un gemido estrangulado.

—No lo hagas.

Hundió la cabeza en su cuello y le mordisqueó el lóbulo mientras le agarraba el muslo. Ella se alzó hacia él y le rodeó el cuerpo con las piernas. Casi se le pusieron los ojos en blanco al sentirla tan condenadamente caliente y dispuesta para él. Levantó la cabeza y le sostuvo la mirada.

Un embate. No hizo falta más. Ella abrió mucho los ojos y la boca en un jadeo silencioso. Un embate largo y profundo. Ya no había vuelta atrás. La miró, muy consciente de que aquella revelación asombrosa debía de llevarla escrita en la cara. Su sirena lo había hecho suyo. La amaba.

Y ahora necesitaba hacerla suya a ella. Se retiró y volvió a embestir. Ella le clavó los dedos en el trasero. Gritó su nombre con la voz estrangulada. Otro embate firme. El ritmo se apoderó de él, tal como sabía que ocurriría. No podía contenerse, igual que no podía gobernar las mareas.

—Dios, Princesa… —Embestida—. Yo… —Embestida—. Te… —Embestida—. Amo.

Ella no respondió. A él no le importó. Aunque nunca llegara a amarlo, atesoraría el momento en que la hizo suya.

Ella se agarró a su cuerpo y le clavó los dedos mientras él los llevaba a nuevas cimas de placer; le recorría la curva de la columna y le apretaba las nalgas mientras se movían al unísono, jadeando y gimiendo.

Ella se tensó contra él al gritar su nombre y su cuerpo se contrajo alrededor del suyo.

El abismo se lo llevó. Apretó los ojos con fuerza y dejó escapar un gemido de placer.

—Te amo —le susurró ella al oído mientras seguían unidos, inmóviles, luchando por recuperar el aliento.

Drake apoyó la frente en la de ella y cerró los ojos con una leve sonrisa. Al diablo con su hermano. Al día siguiente buscaría a Knight y le exigiría la mano de Julianna.