Capítulo diecisiete
Drake se detuvo con el whisky a medio servir y contempló el líquido ambarino con pesar. Clavó la mirada en la puerta de su camarote y se irguió cuando los pasos cesaron. La puerta se abrió de golpe.
—¿Julianna?
No estaba seguro de quién podía ser, pero desde luego no esperaba que Julianna irrumpiera en su camarote aquella noche. Ni ninguna otra, a decir verdad. Después de lo que le había contado, debería mantenerse bien lejos de él.
—¿Por qué no me lo dijiste?
Entró en la habitación hecha una furia. Llevaba el cabello recogido en un moño desordenado de mechones negros y sedosos.
Varios le rozaban las mejillas. La capa se le arremolinaba alrededor mientras cruzaba a grandes zancadas la estancia de la popa del barco.
Él estaba de pie detrás del escritorio, no lejos de las ventanas.
Ella salvó la distancia en apenas unos segundos y lo señaló con el dedo.
—¿Por qué me mentiste? ¿Te parecía divertido? ¿Verme despotricar cuando sabías desde el principio que eras un contrabandista?
—Ah. —Dejó la licorera de cristal sobre la mesa y le hizo frente.
—Sí, ah. ¿Cómo pudiste no decirme nada?
Se cruzó de brazos.
—¿Qué querías que dijera?
—Que... ¡que eras un contrabandista! —Dos manchas de rojo intenso le encendieron las mejillas, realzadas por el resplandor dorado de las lámparas—. Deberías habérmelo dicho. Si lo hubieras hecho, yo habría... Yo nunca habría... Es decir...
—¿Habrías qué? ¿Nunca habrías qué? —la pinchó él, con una sonrisa socarrona bailándole en los labios. Al menos, si estaba furiosa con él, lo dejaría en paz.
Ella abrió la boca y volvió a cerrarla, apretó los puños a los costados y alzó la barbilla.
—¿Cómo pudiste meter a mi hermano en esto? Podrían colgarlo.
Drake emitió un sonido desdeñoso.
—Nadie va a colgarlo. Al fin y al cabo, los dos venís de familia rica, ¿no?
—Eso no viene al caso. Y mi padre jamás lo salvaría de la horca. Lo más probable es que disfrutara viendo a su hijo desheredado colgar de una soga —espetó ella.
—¿De verdad crees que podría convencer a Knight de hacer algo que no quisiera hacer?
—Yo... —Soltó el aire con fuerza—. Tuviste que hacerlo. Knight es un buen hombre.
—Y yo no lo soy —terminó él por ella.
—Por lo visto, no. Y pensar que yo creía que... —Sacudió la cabeza—. Ahora ya no importa.
—Pensaras lo que pensaras, te equivocabas, Princesa. Soy contrabandista. —Extendió los brazos—. De pies a cabeza.
Ella lo escrutó.
—¿No tienes nada que alegar en tu defensa?
Él se encogió de hombros.
—Me gusta el dinero. El contrabando da dinero.
—¿Quién más está metido en esto? —quiso saber ella—. ¿A quién más has arrastrado?
—Ya te lo he dicho: no arrastré a nadie. Knight se unió a nosotros por voluntad propia.
—¿A nosotros? Hay más, ¿verdad? —Hizo una pausa—. Los hombres con los que pasas el tiempo... —Se llevó una mano a la boca—. No será el conde, ¿verdad?
Drake soltó una carcajada forzada.
—Claro que no.
Se le abrieron los ojos de par en par.
—Está metido. ¡Dios mío, has metido a un conde en tu contrabando! Pero ¿por qué? Todo el mundo lo tiene en tan buena estima... y no puede necesitar el dinero, desde luego. ¿Y su esposa? ¿Lo sabe?
—Princesa...
—¿Y Louisa? ¿Sabe que todos sois contrabandistas? ¿Sabe que la estás poniendo en peligro?
—Princesa —le advirtió de nuevo.
—Tengo que advertirla, tengo que...
—¡Julianna, maldita sea! —La agarró del brazo y tiró de ella hacia sí—. No se lo dirás a nadie.
Ella se removió para zafarse de él.
—Si estás haciendo algo ilegal, tengo el deber de informar a las autoridades.
Drake gimió para sus adentros. Aquella condenada insensata iba a ponerlos a todos en peligro. Se pasó una mano por el cabello y sacó una silla.
—Has venido a por una explicación, ¿no? Pues siéntate y te la daré.
Ella abrió la boca para protestar, pero al parecer cambió de opinión y se sentó. Alzó la vista hacia él y abrió las manos.
—Adelante, pues. Explícame cómo te convertiste en contrabandista. Explícame por qué has enredado a hombres y mujeres honrados en este embrollo tuyo.
Él miró el whisky intacto y retrocedió hasta apoyarse en el marco de la ventana. Por mucho que le hubiera venido bien un buen trago, no necesitaba que Julianna lo creyera borracho y pensara que decía falsedades.
—Muchos lugareños saben lo del contrabando. La mayoría no sabe que el conde de Redmere y su hermano están metidos en ello.
—¿Louisa lo sabe?
Él asintió.
—Y a veces nos ayuda a escondernos, a nosotros o a nuestra mercancía, de los hombres de la aduana.
—Pero ¿por qué iba a ponerse en peligro de ese modo? Conozco a Louisa, es una buena mujer, jamás...
Él levantó un dedo.
—¿Vas a dejarme explicarlo o no?
Ella se cruzó de brazos.
—Está bien.
—Red, el conde, formó nuestro pequeño grupo porque su hermano no consiguió el despacho de oficial que siempre había deseado.
Ella frunció el ceño.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Princesa —dijo él—, no tienes nada de paciencia. Tiene todo el sentido del mundo. —Señaló el barco con un gesto—. Todo esto es del conde. Con el pretexto de transportar mercancías, hacemos también contrabando. Y con el pretexto de hacer contrabando, contribuimos también al esfuerzo bélico.
—¿Al esfuerzo bélico?
—Hay que meter en Francia información, espías y mercancías con regularidad. En Francia todavía operan contrabandistas, sobre todo con los embargos sobre el vino y los productos franceses. Difícilmente llegas a la costa francesa como comerciante... pero como contrabandista, sí.
—Entonces eres un capitán que transporta mercancías —fue enumerando ella con los dedos—, que finge ser contrabandista. Que además se dedica de verdad al contrabando, pero que, al mismo tiempo, lleva espías y gente así a Francia.
Drake se rió entre dientes.
—Bueno, dicho así…
—¿Y entonces el conde te reclutó?
—Supo de mí por un amigo. Un capitán acabado, con poco que hacer y una fortuna que se había llevado el viento. Me dio un propósito y una manera de seguir sirviendo de algo.
—¿Y todo esto cuenta con el respaldo del Gobierno?
—«Respaldo» es mucho decir. Si nos descubrieran, negarían saber nada de nosotros.
Se quedó mirándose las manos un instante y luego alzó la cabeza.
—¿Por qué no me contaste todo esto?
Él sonrió con sorna.
—¿Habrías tenido mejor opinión de mí? ¿Qué fue lo que dijiste de los contrabandistas? ¿Que son la escoria de la tierra?
—Sí, pero tú estás haciendo algo bueno. —Julianna se levantó y rodeó el escritorio—. Ojalá me lo hubieras contado —añadió en voz baja.
Él negó con la cabeza.
—No podía. El secreto no es solo mío. Las vidas de los hombres que tripulan mi barco, y las de tu hermano, Nate y Red, también están en mis manos.
Lo único que habrías sabido es que me dedico al contrabando, y ¿en qué lugar me habría dejado eso en tu estima?
—Se pasó la mano por la barbilla cubierta de barba incipiente—.
En ninguno mejor que tu prometido, diría yo.
—No es mi prometido. Nunca lo será —afirmó ella con determinación. Lo observó y su mirada se dulcificó—. Supongo que tienes razón. Si lo hubiera sabido, jamás habría… —Se detuvo y apartó la vista.
—¿Jamás habrías qué?
Ella volvió a mirarlo con una sonrisa delicada curvándole las comisuras.
—Enamorarme de un pícaro.
Un estallido de triunfo lo recorrió por dentro y el corazón se le ensanchó.
Intentó dar con una respuesta, pero su mente necesitaba tiempo para asimilar aquellas palabras.
Julianna se había enamorado de él. O se estaba enamorando.
O… en fin, fuera lo que fuese, le bastaba.
Había sido un necio al apartarla de sí. Necesitaba a aquella mujer más que el aire. Más que el maldito mar.
—¿Lo dices en serio? —Se acercó y acortó la distancia entre ambos.
Ella se humedeció los labios y asintió; alzó la barbilla para mirarlo directamente a los ojos. Había temor en su mirada, un leve temblor en su cuerpo, pero ni el menor atisbo de mentira. El valor y la determinación le brillaban en los ojos. Santo Dios, cuánto amaba a aquella mujer.
Le ahuecó la mano en la mejilla y ella cerró los ojos, entregándose a él.
Drake contempló aquellos labios rosados como pétalos y el abanico de pestañas oscuras extendido sobre sus mejillas.
Apenas podía creer que mereciera semejante ofrenda, pero que lo partiera un rayo si no pensaba aceptarla.
Julianna había irrumpido en su vida y lo había puesto del revés, por dentro y por fuera.
—Nunca he conocido a una mujer como tú —murmuró.
—Bésame, sin más —dijo ella, con los ojos todavía cerrados.
Él se rió entre dientes y bajó la boca hasta la de ella.
Dejó que sus labios le rozaran los suyos, siguió la curva de su boca y se deslizó de una comisura a la otra.
Con la otra mano en su mejilla, le sostuvo el rostro e inclinó la cabeza para cubrirle los labios por completo. Ella exhaló un suspiro de satisfacción.
La besó de nuevo, con más intensidad. Julianna le rodeó el cuello con los brazos y así desapareció del todo el espacio que los separaba. Su cuerpo esbelto se amoldó al de él y le arrancó un gemido. Ella entreabrió los labios y lo provocó con la lengua.
Drake tomó lo que le ofrecía, la estrechó contra sí y la besó con fiereza. Sabía mejor que el whisky más fino. Cada beso lo colmaba y a la vez avivaba el fuego de su vientre y le confirmaba algo que sabía desde hacía tiempo: jamás tendría suficiente de ella.
Ella movió las caderas contra él y le recorrió la espalda con las manos. Un estremecimiento lo sacudió cuando ella encontró el borde de la camisa y le metió las manos por debajo, con los dedos suaves recorriéndole los músculos. La excitación se le volvió dolorosa.
Él se apartó y fue aflojando el beso hasta poder separarse y apoyar la frente contra la de ella. Le acarició la mejilla con el pulgar.
—Julianna… Dios…
—¿Por qué te has detenido?
—Porque tus besos me aturden, Princesa. No puedo pensar con claridad.
—Yo tampoco —admitió ella.
—Puede que sea un pícaro, pero no me aprovecharía de ti.