Capítulo uno #2
Pegó la espalda al muro de piedra y esperó; las aristas irregulares se le clavaban en los omóplatos.
Cerró los dedos en torno a la empuñadura del cuchillo, con el mango de madera pulida descansando cómodamente en la palma.
Otros preferían las pistolas para reaccionar rápido, pero tardaban en recargarse y nunca eran precisas.
Aunque aquella noche hubiera querido derramar sangre, disparar a un hombre nunca era tan fácil como la gente suponía.
Con un poco de suerte, esa noche no mancharía el suelo de sangre. Los hombres que patrullaban la zona solían estar mal pagados y peor instruidos. No debería costarle vencerlos.
El corazón le dio un golpe en los oídos cuando cambiaron los sonidos. Los hombres habían entrado por el acceso principal del puerto, por donde pasaban los carros a recoger la pesca. Avanzaban con cautela, a juzgar por el traqueteo contenido sobre las losas.
Knight se separó de la pared el tiempo justo para echarles un vistazo.
Tres hombres, todos a caballo. Se habían complicado la vida al cargar con faroles: ninguno podría echar mano de sus armas con rapidez.
Se permitió una leve sonrisa bajo la lana que le picaba.
Iba a ser aún más fácil de lo que había creído en un principio.
Dejó que las sombras volvieran a tragárselo y respiró de forma acompasada.
A esas alturas pocas cosas lo asustaban, pero eso no impedía que la sangre le corriera desbocada por las venas ni que el corazón le golpeara con fuerza en los oídos.
Volvió a palpar el cuchillo para cerciorarse de que seguía ahí por si lo necesitaba.
Se lanzó hacia delante y agarró la bota del primero.
El hombre soltó un grito de sorpresa y forcejeó para zafarse.
El caballo reaccionó al tirón repentino de las riendas y salió disparado, de modo que el jinete manoteó en el aire y cayó al suelo.
Los otros dos reaccionaron rápido; el chirrido de las hojas al salir de las vainas le erizó a Knight la piel de los brazos.
Los faroles se hicieron añicos contra el suelo y su breve luz se apagó sobre los adoquines.
Un puñetazo certero en la cara dejó al hombre sin sentido y Knight pudo concentrarse en los otros dos, aún montados. Se agachó para esquivar una hoja, pero notó el aire desplazado al pasarle a escasos centímetros.
—¡A por él! —bramó el segundo hombre, cuyas facciones enjutas se iluminaron un instante con la luz de la luna antes de que esta desapareciera tras las nubes.
Knight arremetió contra él y saltó lo bastante alto para rodearlo con los brazos y arrancarlo de la silla.
Cayeron juntos y Knight se llevó la peor parte del golpe.
Se quedó sin aire y el cuerpo huesudo de su enemigo se le clavó en las costillas.
Sin hacer caso del dolor que le palpitaba a lo largo de la columna, rodó con rapidez y dejó al hombre inmovilizado debajo.
Dedicó una mirada al último jinete, que hacía girar al caballo para cargar otra vez contra él.
Volvió la atención a su prisionero y le rodeó el cuello con los dedos mientras este se retorcía bajo su peso.
Sintió el cálido pulso de la vida bajo las yemas y apretó.
El hombre le arañó las manos. Knight apenas le prestó atención: no le quitaba ojo al soldado a caballo, con la mirada fija en la hoja desenvainada mientras se abalanzaba sobre él.
Debajo de él, el hombre quedó inerte. No estaba muerto, pero despertaría con un buen dolor de cabeza.
Knight rodó justo cuando la hoja silbaba sobre él. Esta vez no hubo ni centímetros de margen: la espada le había enganchado la gorra y se la había arrancado de la cabeza.
Se puso en pie, apretó los puños y encaró al hombre cuando este emprendió una tercera carga.
Sería la tercera y la última; de eso se encargaría él.
Esperó hasta tenerlo casi encima antes de girarse y echar a correr hacia el borde del puerto, donde la piedra daba paso al mar.
Allí se volvió y lo encaró de nuevo, justo cuando el soldado se vio obligado a frenar el caballo en seco.
El pánico asomó en el rostro del hombre y Knight aprovechó la ocasión para agarrarlo del brazo y arrancarlo del caballo de un tirón, derecho al agua. El sonoro chapuzón le arrancó una sonrisa.
Escudriñó la oscuridad de tinta del agua. Una cabeza salió a la superficie y unos brazos empezaron a agitarse.
—¡Ayuda! —La voz le salió ahogada—. No sé… nadar…
El hombre se hundió. Knight cerró los ojos un instante y respiró hondo.
Maldita sea.
Se deshizo de las botas y la chaqueta y saltó al mar.
El frío impacto del agua le vació los pulmones.
Se apartó las gotas de la cara y nadó hasta donde el hombre luchaba por mantenerse a flote.
Lo agarró sin perder tiempo y le ladró una orden de quedarse quieto que la bufanda que le cubría la mitad del rostro amortiguó.
Arrastró al hombre hasta el borde del puerto y lo empujó para subirlo a la piedra antes de izarse él. El soldado quedó allí tendido, inmóvil, pero Knight oía su respiración, frenética y contenida a la vez.
—¿Por qué… por qué no me has dejado morir? —susurró el hombre.
—He visto suficiente sangre —murmuró Knight, que se arrodilló junto a él—. Pero, si quieres seguir con vida, sal corriendo de aquí y no vuelvas. Puede que la próxima vez no sea tan generoso.
Knight no esperó respuesta. Recogió la gorra y la chaqueta y volvió a meter los pies en las botas, con un gesto de incomodidad a cada movimiento empapado.
Reunió las espadas de los hombres y las lanzó al mar.
Los caballos daban vueltas sin rumbo por el puerto, pero Knight sabía que no les pasaría nada: cuando los encontraran por la mañana, los aldeanos se harían cargo de ellos hasta que los tres hombres estuvieran en condiciones de montarlos y volver a dondequiera que hubieran venido.
Por mucho que los vecinos detestaran a los hombres de aduanas, poco discretos en sus pesquisas y dados a amenazar a la gente, no se arriesgarían a atraer más atención sobre su pequeño pueblo.
Knight solo esperaba no haberlo hecho él tampoco.
No era su primer encontronazo con aquellos hombres y, mientras siguieran con el contrabando, tampoco sería el último.
Por suerte, no eran los únicos que se dedicaban a meter y sacar mercancías del país, y su operación era una nimiedad comparada con lo que se traían entre manos algunos del hampa.
Una ráfaga de aire marino lo azotó y se le enredó en la ropa empapada. Necesitaba una cama caliente y un whisky más caliente aún. Se dio la vuelta y se encaminó hacia la posada.
En lo alto del acantilado que dominaba el resto del pueblo, los faroles de la posada brillaban con una luz cálida, a modo de bienvenida, culpables de que más de un hombre acabara arrastrado a un destino de borrachera.
Hacía falta mucho para que Knight llegara a semejante estado, así que esa noche no le esperaba tal final, pero el reclamo de una cama cómoda y de un sitio donde colgar la ropa bastaba.
Cruzó el pueblo con el paso entorpecido por la ropa empapada y luego subió por el sendero hasta la posada destartalada.
Del edificio salían ruidos sueltos, aunque a esas horas de la noche no le extrañó.
Empujó la puerta y encontró a unos cuantos clientes desplomados sobre las mesas.
No era la mejor de las posadas, pero tampoco la peor.
Allí uno tenía garantizada una cama limpia y una comida contundente, mucho más de lo que ofrecían bastantes de las que había frecuentado.
Louisa llevaba la taberna con mano firme y, ahora que su hermana trabajaba allí, se notaba el toque femenino de las dos.
Los suelos estaban limpios y las mesas relucientes; al menos, las que no tenían a nadie desplomado encima.
Un buen fuego crepitaba en el hogar, y Knight se acercó, se quitó las botas y las dejó delante de las llamas.
La barra estaba vacía, aunque no le sorprendió.
A esas horas, Louisa y Julianna estarían ya acostadas.
Aprovechó para quitarse la camisa y colgarla del guardafuegos.
Con el torso desnudo, se acercó sin prisa a la barra y se sirvió un vaso de whisky.
—No está lloviendo.
Knight miró de reojo. Louisa estaba en la puerta de la cocina, con el cabello dorado formando un halo encrespado alrededor de la cara. Las ojeras le marcaban el rostro. Él apartó la mirada. Ni el pelo encrespado ni las ojeras impidieron que el deseo le atenazara las entrañas.
Ella se acercó y él habría jurado que notaba cómo la mirada de ella le recorría el cuerpo semidesnudo. Se le tensaron los músculos. No había manera de esconder las cicatrices que le surcaban la espalda y el abdomen. Eran feas, irregulares, visibles. Le importaba poco lo que pensaran de su aspecto.
Normalmente.
—¿Por qué estás tan mojado? —preguntó ella, y se sentó en el taburete de al lado; le arrebató el vaso de la mano, lo rellenó y se lo empujó de vuelta.
—He resbalado.
—¿Has resbalado? —Ella soltó una risa breve—. Bueno…
La puerta de la posada se abrió de golpe y entró una nueva ráfaga de aire gélido. Knight se irguió. Aquello no podía ser bueno.
El conde de Redmere se dirigió directamente hacia él, se quitó el sombrero y se lo encajó bajo el brazo. Paseó la mirada por el estado empapado y medio desnudo de Knight.
—Ponte algo de ropa, maldita sea, Knight. Tengo noticias.