Capítulo quince
El rocío del mar le salpicó la cara a Drake.
Agradeció el frescor del agua mientras contemplaba el océano que se extendía ante él.
Encaramado a un grupo de rocas al borde de la playa, observó a su amante.
Se había criado cerca del mar, aunque más arriba de la costa, en Dorset.
Navegaba desde niño. El mar había sido su consuelo… y su perdición.
Se desabrochó un botón de la camisa y la dejó abierta.
Ni se había molestado en ponerse la corbata.
De todos modos, si de él dependía, nadie lo vería aquel día.
Knight seguiría buscando al prometido de Julianna, y Red y Nate no dejarían que le pasara nada.
Por el momento, lo mejor era mantenerse lejos.
¿Qué pensaría ella de él después de lo del día anterior?
Había estado perdido, y ella lo había visto.
Puede que incluso lo hubiera comprendido.
La guerra le había trastornado la cabeza, y no había nada que pudiera hacer al respecto.
Daba igual cuántas peleas ganara, cuántos espías transportara al otro lado del mar o cuánto dinero amasara: seguiría estremeciéndose al ver sangre y seguiría viéndose de nuevo en plena batalla al oír un disparo.
O unos fuegos artificiales, por lo visto.
Un escalofrío lo envolvió, pero no bastó para devolverlo al barco ni a la posada.
Tal vez, si aguantaba fuera el tiempo suficiente, se le congelarían los pensamientos tumultuosos que le retumbaban en la cabeza.
Arriba persistían retazos de cielo azul que dejaban pasar manchas de sol luminosas.
Eso volvía el día más frío, pero también más claro.
Alzó la cara hacia el sol, cerró los ojos e inspiró hondo.
Un estremecimiento le recorrió la espalda. Abrió los ojos y los entornó para fijarse en la figura que, a lo lejos, avanzaba por la arena húmeda. Caminaba con determinación. Soltó un quejido. Era imposible confundir aquel paso decidido.
Drake se puso en pie despacio. Estudió su vía de escape.
La única forma de bajar de aquellas rocas y volver al pueblo era pasando junto a ella.
Además, aquella condenada insensata no debería haber salido de la seguridad de la posada.
Allí, al menos, había gente que velaba por ella.
Aquí fuera, cualquiera podía llevársela.
Tendría que convencerla de que regresara cuanto antes.
Bajó de las rocas y cayó sobre la arena blanda con un chapoteo.
El viento le agitó el cabello suelto y lo hizo ondear tras ella.
Cerró los dedos mientras una oleada de calor le recorría el cuerpo.
Quería hundir la mano en aquella cabellera y echarle la cabeza hacia atrás para arrancarle otro beso abrasador.
Y luego otro, y otro más. Cristo, si pudiera, la tendría tumbada en la arena y le besaría cada centímetro de aquel cuerpo hermoso.
El día anterior había estado así de cerca de hacer justo eso en el suelo de una maldita posada. Drake soltó el aire con fuerza. Gracias a Dios que había entrado en razón.
—No deberías estar aquí.
Ella alzó la barbilla, y él supo que ya estaba perdiendo la batalla.
—Te he estado buscando todo el día.
Gruñó y se volvió hacia el mar. Tenía las mejillas encendidas y los ojos brillantes. Resultaba demasiado doloroso mirarla.
—¿No tienes obligaciones en la posada?
—Trabajé casi toda la noche y ha habido poco movimiento. Louisa dijo que me merecía un día libre.
Con la vista en las olas que se encrespaban y rodaban hacia la playa con sus pequeñas crestas blancas, luchó por ignorarla. Era como una sirena del mar que lo atraía hacia sí. La miró de reojo.
—En la posada estás más segura.
—Entonces vuelve conmigo.
Cogió una piedra y la arrojó al mar.
—Prefiero estar aquí.
—Pues yo también.
Se volvió y la fulminó con la mirada.
—¿Siempre tienes que ser tan testaruda?
Julianna sonrió.
—Sí. —Levantó la pequeña cesta que llevaba colgada del brazo—. He traído comida.
Él arqueó una ceja.
—¿Has traído un pícnic?
Ella se encogió de hombros y su sonrisa se volvió apesadumbrada.
—Pensé que tendrías hambre. Si llegaba a encontrarte, claro.
Negó con la cabeza sin dejar de mirarla.
No merecía ni un instante del tiempo de aquella mujer.
Y pensar que había llegado a creer que llevársela a la cama podía ser un juego, un desafío, por así decirlo.
Allí no había desafío ni juego alguno. No cuando el corazón le retumbaba dolorosamente en el pecho cada vez que la veía.
En el instante en que posó los labios sobre los de ella, estaba perdido.
Aquello no era un juego, y ella no era un peón.
Y no merecía ningún maldito pícnic después de haber intentado acostarse con ella en el suelo sucio de una posada.
—¿No tienes hambre?
Prestó atención a su cuerpo. Todavía no había comido nada y apenas había pensado en la comida desde que aquella mañana se había levantado de la cama, cansado y dolorido. El estómago le rugió en silencio para recordárselo.
—¿Te irás si como?
—Tal vez. —Señaló con la cabeza hacia la parte alta de la playa, donde la arena estaba seca y las cuevas abiertas en la roca los resguardarían de la mayor parte del viento—. Vamos, anda.
Él la siguió y la vio extender una manta y sacar un surtido de comida aparentemente inagotable. Escudriñó la cesta.
—¿Hay algo más ahí dentro? ¿Una mesa, quizá? ¿Un lacayo que nos sirva?
Ella sonrió de oreja a oreja y dio unas palmaditas en la manta, a su lado.
—No. Ya está todo. Se me dan de maravilla los pícnics. Es una de mis habilidades.
—Una de tantas. —Se sentó junto a ella.
—No estoy tan segura de que Louisa estuviera de acuerdo, pero estoy trabajando en ellas.
—Tonterías. Preparas unas salchichas negras excelentes.
—No estoy segura de que las salchichas deban ser negras.
—Las salchichas negras son mis favoritas. Igual que los huevos incomestibles.
Julianna soltó una risita.
—Bueno, me temo que esos ya no están en el menú. Mis habilidades culinarias han mejorado muchísimo desde entonces.
—Imagino que no cocinabas mucho cuando vivías con tu padre.
Ella se mordió un instante el labio.
—No, estaba destinada al matrimonio. Aprendí a llevar una casa y sus cuentas —algo que al menos me ha venido bien para trabajar en la posada—, pero poco más de provecho. Mi padre, en fin, es vizconde.
Drake se atragantó con el aire. Se quedó boquiabierto.
—Espera. ¿Knight es heredero de un vizcondado?
Ella asintió con expresión avergonzada.
—¿Y eres una dama?
Ella volvió a asentir.
—¿Por qué no dijiste nada antes?
—¿Qué importa? He dejado atrás aquella vida. Y Knight también. Que todo el mundo lo supiera no me haría la vida más fácil.
—Entonces, ¿por qué decidiste contármelo?
Ella esbozó una sonrisa dulce.
—Supongo que pensé que podía confiarte algo así.
Drake negó con la cabeza para sus adentros. Knight, un vizconde. O, al menos, heredero de un título. ¿Quién lo habría imaginado?
Le tendió un panecillo bien untado de mantequilla y miel y después descorchó una botella de lo que parecía limonada y dio un trago directamente de ella.
Al cerrar ella los labios en torno al cristal, a él se le encogió el estómago.
Desde su llegada a Cornualles había perdido aquel aire elegante y altivo.
El sol y el viento inclemente le habían dado color a las mejillas y llevaba el pelo suelto y ondulado.
Parecía una sirena en todos los sentidos: demasiado tentadora, demasiado cautivadora.
Dio un mordisco al panecillo y gimió.
—¿Los has hecho tú?
Ella sonrió radiante.
—Esta mañana.
—Deliciosos.
Se retiró un resto de miel de la comisura de los labios con la yema del pulgar y advirtió que ella seguía el movimiento con la mirada, las pupilas algo dilatadas. Aquella mujer era la tentación en persona.
Julianna arqueó una ceja.
—Solo es pan.
—El pan más delicioso que he probado nunca.
—Estás intentando encandilarme.
Le dio un leve codazo.
—No necesito intentarlo —dijo él con suficiencia.
Ella bajó la mirada. No había forma de negarlo: ella se sentía tan atraída por él como él por ella.
Pero no debería estar coqueteando con ella, ni siquiera tratando de encandilarla.
No ahora. No cuando lo que sentía era mucho más que atracción.
Le raspaba por dentro y se le clavaba en lo más hondo del alma.
Nunca había experimentado nada semejante, y eso era peligroso, sobre todo teniendo en cuenta la clase de hombre roto que era.
Se quedaron sentados en silencio, contemplando el mar. Cuando Julianna terminó el pan, se sacudió las migas de la falda y se volvió hacia él. Drake inspiró hondo y se armó de valor.
—¿Qué ocurrió anoche?
—Quién sabe. Bebí bastante whisky —respondió él a la ligera.
Ella apretó los labios.
—No bebiste. No te olí ni una gota en los labios.
Ni la había saboreado, sin duda. No podía usar el alcohol como excusa y, por algún maldito motivo, sentía que le debía una explicación.
—Tú no estabas allí —dijo ella—. Parecías estar en otro sitio. Ya lo había visto antes, cuando aquel hombre te amenazó. Y cuando me rescataste la primera noche que nos conocimos.
Drake apretó los dientes. ¿Cómo se explicaban esos demonios de la mente cuando apenas él mismo lograba comprenderlos?
—¿Drake?
Los dedos de ella se cerraron alrededor de su brazo.
Él bajó la vista hacia aquel contacto, tan suave y, sin embargo, tan abrasador, capaz de atravesarle la ropa y quemarle la piel. Aquellos dedos le recordaron la noche anterior, la pasión que los había quemado a los dos y que nada podía apagar.
Por supuesto, si le explicaba lo que le estaba pasando, quizá la alejara de él para siempre. Llegados a ese punto, tal vez no fuera tan mala cosa.
Soltó el aire y se quedó mirando las olas que subían por la playa. Julianna esperó. Por el rabillo del ojo, la vio observarlo, siempre paciente.
—Fui capitán del Colossus durante la guerra.
Me alisté en la Armada a los quince años; mi padre me había comprado el nombramiento de oficial.
Los barcos siempre han sido mi vocación.
—Sonrió con suavidad—. Amaba el mar y me iba bien en la Armada, pero cuando entramos en guerra con Francia…
—Hizo un gesto hacia la pierna y la cicatriz de la cara.
—¿Te hirieron durante la guerra?
Él asintió.
—Una bala de cañón destrozó mi barco. Y me destrozó la pierna. Bueno, fue la metralla. A muchachos jóvenes, casi niños, los partió en dos. —La miró—. Perdóname, no debería contarte esto.
Ella le apretó el brazo.
—No soy tan delicada como para no poder escuchar algo así.
Él sonrió con desgana.
—Me licenciaron de la Armada por la herida. Tardé un tiempo en volver a caminar y no estaba en mi mejor momento. La Armada lo había sido todo para mí y lo perdí todo con un cañonazo.
—Los fuegos artificiales de anoche…
—Creí que eran cañonazos, sí. O, al menos, eso creyó mi mente. Sé de sobra que los sonidos no se parecen en nada, y menos para un hombre que debería estar acostumbrado al estruendo de los cañones. Pero, por algún motivo, mi mente no fue capaz de distinguirlos.
—¿Por qué volviste a navegar? Estar en un barco, sin duda…
—Es lo único que sé hacer. —Sonrió con ironía—. Eso y beber whisky. Antes de asumir el mando del Endeavor, me dedicaba alegremente a emborracharme hasta perder el sentido. Ese barco me salvó, aunque no lo creas.
—¿No te hace recordar?
—A veces, sí. Pero hay muchas cosas que me lo hacen recordar.
—¿Como la pelea y aquel hombre que te amenazó?
—Exactamente.
—¿No se puede hacer nada? ¿No podrías ver a un médico o algo parecido?
Él negó con la cabeza.
—Las dolencias de la mente rara vez tienen cura. Pregúntaselo a cualquiera de los que están en un manicomio. No me apetece lo más mínimo que me declaren loco y me encierren en cualquier rincón.
—No estás loco, eso lo sé.
—Otros dirían lo contrario.
—Has pasado por algo terrible. Muchos hombres que vuelven de la guerra deben de sentir lo mismo.
—Tal vez. Y tal vez ellos sepan afrontarlo mejor que yo. —Se volvió hacia ella—. No tengo salvación, Princesa, pero no te preocupes; ya lo he aceptado.
La sinceridad de su mirada lo fue deshaciendo lentamente por dentro.
Por alguna razón absurda, aquella mujer quería saberlo todo de él, hasta el último de sus pecados.
Y no había huido, cuando a esas alturas debería haber salido corriendo de su lado después de semejante relato.
Prácticamente le había dicho que estaba loco y, aun así, ella seguía allí.
No podía hacerlo. No podía implicarla más en su vida. Julianna necesitaba protección y él se encargaría de que estuviera a salvo, pero ahí acabaría todo.
—Deberíamos llevarte de vuelta a la posada.
—Aún no hemos terminado el picnic —protestó ella.
—Aquí fuera no estás a salvo —dijo él, y se puso en pie.
Julianna se cruzó de brazos y él le lanzó una mirada severa.
—No me obligues a llevarte a rastras otra vez.
Ella ahogó un grito.
—¡No lo harías!
Él ladeó la cabeza.
—Ponme a prueba, princesa.
Ella sacudió el cabello y giró sobre los talones.
—Está bien, volvamos. Pero no esperes que te hornee más pan delicioso.
Drake sonrió al verla adelantarse pisando fuerte, aunque se le caía el alma a los pies. A partir de entonces mantendría las distancias. Knight tenía razón: no era bueno para ella.