Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo catorce
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Capítulo catorce

Julianna fulminó la mancha de la mesa con la mirada. Echó el paño al cubo, lo escurrió y volvió a frotar.

—Te… vas… a… quedar… limpia —le dijo a la mancha mientras restregaba con fuerza la superficie.

En realidad, ninguna de las mesas llegaría a relucir.

Años de uso y maltrato habían hecho mella en el mobiliario de la posada.

Nadie esperaba que estuviera impecable. Pero frotar aquella maldita mancha era mejor alternativa que dar vueltas en la cama preguntándose si mañana sería el día en que John la encontraría.

Bien podía haber entrado ya en la posada, pero, de ser así, no habían coincidido, y la gente había mantenido la boca cerrada.

Iba aprendiendo que pocos de los habituales del Ship hablaban con un desconocido, y menos con los rumores de contrabando que se oían por la posada.

Louisa se negaba a decir una palabra, lo cual desconcertaba a Julianna.

Si había contrabandistas que frecuentaban la taberna, ¿no era de suponer que no querría tenerlos allí?

—Creo que la mesa ya está limpia.

Se giró de golpe, paño en mano y puño en alto. Los latidos furiosos se le apaciguaron en cuanto su mirada se posó en Drake, de pie en la puerta.

—Me has asustado.

Cerró la puerta a su espalda y se acercó a ella a grandes zancadas.

—Pensé que oirías la puerta. —Miró alrededor de la sala vacía—. Esta noche no hay rezagados.

—No. ¿Qué haces aquí tan tarde?

—Podría preguntarte lo mismo.

—Bueno, yo trabajo aquí.

Le quitó el paño de la mano y lo dejó caer en el cubo con un chapoteo.

—Me he pasado el día buscando a Slade, pero no podía estar tranquilo hasta saber que estabas bien.

Ella lo observó. Sabía que los amigos de él la vigilaban —algo bien extraño, dado que lord Redmere tendría cosas mucho mejores que hacer con su tiempo— y sospechaba que era por orden de Drake.

Su amistad era, desde luego, peculiar. Aunque Drake tuviera dinero, no lograba entender por qué un conde y su hermano menor venían a aquella posada con tanta frecuencia en lugar de ir a uno de los clubes de caballeros de Truro o a un buen restaurante.

Sin embargo, no se había dado cuenta de que andaba buscando a John. ¿Qué iba a hacer Drake si lo encontraba?

—No tenías por qué. Estoy bien. Lo he estado todo el tiempo. Knight ha pasado antes a comprobarlo.

—Lo más seguro es que esté escondido en el agujero que suele frecuentar, atento a cualquier noticia de John.

—Sí que dijo que intentaría averiguar lo que pudiera. Pero no mencionó que tú lo estuvieras ayudando.

Drake esbozó una sonrisa ladina.

—No, pero tampoco lo haría, ¿verdad?

—¿Por qué no le gustas a mi hermano?

—Le caigo bastante bien. —Se rió para sí—. Bueno, tanto como Knight aprecia a cualquiera. Lo que pasa es que no le gusto para ti.

A Julianna se le secó un poco la boca.

—¿Para mí?

Él asintió y se acercó un poco más.

—Te protege, y lo entiendo perfectamente. Si yo tuviera una hermana como tú, haría lo mismo. —Alzó un dedo para tocar un mechón suelto que se le rizaba sobre la frente y lo apartó—. De verdad eres…

Un estruendo y un chasquido procedentes del exterior le partieron la frase en dos.

Se movió con tal rapidez que Julianna no lo comprendió hasta que el mundo empezó a ladearse.

Cayó de espaldas contra el suelo y levantó una nube de polvo a su alrededor; Drake se arrojó encima de ella.

Se vio sepultada bajo almizcle masculino y músculo… muchísimo músculo.

Se retorció para salir de debajo de él.

—Drake, ¿qué…?

Fuera sonó otro estruendo. Drake se estremeció y echó un vistazo alrededor. Julianna le empujó el pecho, pero acabó por resignarse a que la aplastara. No podía moverlo más de lo que habría podido mover una montaña.

Él giró la cabeza y la miró.

—Quédate en el suelo —siseó—. Maldita sea, quédate en el suelo.

—¿Drake? —La palabra salió frágil, en parte por la falta de aire en los pulmones y en parte porque apenas sabía a quién estaba mirando.

El brillo salvaje de sus ojos no se parecía a nada que hubiera visto jamás. Tenía la frente perlada de sudor. Notaba el furioso martilleo de su corazón contra el pecho.

—Son fuegos artificiales —susurró.

Se había dado cuenta casi en cuanto habían oído el ruido. Y seguramente los estuvieran lanzando a cierta distancia de allí. Por alguna razón, Drake no había llegado a la misma conclusión.

—Quédate en el suelo —insistió él, sin dejar de aplastarla con el cuerpo—. Están disparando.

—Drake… —insistió ella, sosteniéndole el rostro para girarlo hacia sí—. Son fuegos artificiales.

Un temblor le recorrió el cuerpo cuando otro estallido y chisporroteo rompieron el silencio.

Le pasó una mano por el cuello y la espalda para intentar calmarle el temblor de los músculos.

Sin apartar la otra mano de su rostro, lo obligó a mirarla.

Dondequiera que estuviera, no estaba con ella, y tenía que hacerlo volver.

—Nadie está disparando —dijo con suavidad—. Solo estamos tú y yo. Estamos a salvo.

Le acarició la mejilla con el pulgar y la bruma que le velaba la mirada fue cediendo poco a poco.

—Drake, soy yo.

—¿Julianna? —Su mirada se enfocó de golpe. La tensión lo abandonó.

—Estoy aquí.

Se le dilataron las pupilas al tomar conciencia del cuerpo que tenía debajo.

Ya no la aplastaba: el cuerpo de Julianna parecía acogerlo a la perfección.

Ella tenía las piernas abiertas a ambos lados de sus caderas y los brazos en torno a él.

Julianna volvió a llevar la otra mano al rostro de Drake y le sostuvo las mejillas entre las manos.

—Estoy aquí —repitió.

—Sí, lo estás —coincidió él.

Ella oyó el calor en su voz. Sintió ese calor entre las piernas. El cuerpo de él se endureció y se apretó contra su centro. Contuvo un gemido cuando él se meció contra ella, apenas un movimiento.

—Cristo, Princesa —pronunció las palabras como una maldición antes de posar la boca sobre la de ella.

Julianna abrió la boca y la lengua de él se adentró con urgencia.

Arqueó el pecho hacia arriba y se entregó al anhelo que le recorría el cuerpo.

Lo que fuera que se lo había arrebatado un instante había desaparecido.

Ahora estaba allí, llevándola a un mundo muy lejos de suelos de posada y prometidos furiosos. Un mundo que ella prefería mil veces.

Le deslizó una mano por el costado y le sostuvo las nalgas para mecerse con más fuerza contra ella, y así le liberó la tensión interior al mismo tiempo que se la aumentaba. Ella gimió contra sus labios.

Drake le fue bajando los labios por el cuello, mordisqueándola a su paso. La sacudieron escalofríos de placer. Le dio un beso ardiente, con la boca abierta, en la clavícula y luego en la curva de un seno, antes de volver a buscarle la boca. Ella le hundió una mano en el pelo.

—Drake —gimió.

—Princesa —respondió él entre beso y beso, con voz áspera.

La lengua de él se enredó con la de ella una y otra vez y la arrastró a un mundo donde no cabía nada más que él. Solo existía una nebulosa de placer, músculos duros y yemas ásperas de dedos.

Solo existía Drake.

Mientras los dedos de él subían bajo la falda y le encontraban el muslo, ella le metió una mano por el cuello abierto de la camisa. Él se estremeció al contacto. Ella siguió más allá, maravillada al sentir la piel tensa sobre el músculo. El anhelo se le hizo más profundo por dentro y le pidió más.

Los dedos de él se le clavaron en el muslo y subieron más, curvándose en torno a sus nalgas. Julianna alzó las caderas contra él una y otra vez, sin parar. Con la boca ardiente contra el cuello, los labios, el rostro, la llevó a un frenesí de uñas que arañaban y súplicas sin sentido.

Drake bajó la boca y ella le sujetó la cabeza contra sí.

Le sacó un seno del vestido y del corsé y lo dejó al aire.

Ella cerró los ojos y echó la cabeza atrás, saboreando la deliciosa sensación de un pulgar áspero seguido de una boca cálida.

Se llevó el pezón a la boca, lo mordisqueó y lo succionó, y le arrancó un jadeo de placer.

Después volvió a subir en busca de su boca.

El pecho desnudo de él, al descubierto por el forcejeo frenético de ella con la camisa, se encontró con el de ella.

Soltó un siseo y la miró. Una palma áspera le envolvió el rostro.

Los ojos de un azul celeste escrutaron los suyos.

En aquellas profundidades resonaba algo, algo que le dio al corazón un golpe sordo entre los latidos atropellados del deseo.

Apenas tuvo tiempo de preguntárselo, porque él bajó los labios sobre los suyos y la besó hasta dejarla casi sin aliento.

Drake le subió aún más las faldas. Ella extendió las palmas sobre su espalda y se arqueó contra él una y otra vez: una súplica muda de más.

El golpe de una puerta en el piso de arriba lo dejó inmóvil. El ruido la arrancó de la nebulosa. Poco a poco tomó conciencia de la dureza del suelo. La brisa que se colaba por debajo de la puerta principal le rozó la piel desnuda. El olor a serrín del entarimado se arremolinó a su alrededor.

Se le escapó una maldición áspera. Se echó hacia atrás y la dejó cubriéndose a toda prisa, con la sensación de que acababan de hundirla en el cubo de agua fría. Ella se recolocó el vestido, abrió la boca y volvió a cerrarla. Drake se pasó una mano por el pelo y se puso de pie.

—Debería irme. Yo comprobaré... es decir, Knight se encargará de...

Emitió un sonido de frustración.

—Maldita sea. Debería irme.

Salió a toda prisa de la posada antes de que ella lograra ponerse en pie.

Cada centímetro de su cuerpo le ardía. Se llevó una mano a los labios.

Estaban tan calientes e hinchados como se los había imaginado.

Pequeños pinchazos le bailaban por la piel allí donde la barba incipiente de él la había rozado.

Sin duda al día siguiente tendría marcas.

Julianna paseó la mirada por la sala desde el suelo.

Las brasas brillaban con suavidad en la chimenea: su única compañía.

Tomó aire y obligó a las piernas, débiles, a moverse.

¿Qué acababa de pasar? Un momento antes estaba aterrorizado —aquello que lo atormentaba había vuelto a asomar su horrible cabeza— y al siguiente la besaba como si ella fuera la única mujer a la que hubiera tocado jamás...

y la única a la que querría volver a tocar.

Nunca había sentido nada parecido: aquella necesidad frenética, aquel anhelo desesperado.

Era imposible que él no lo hubiera sentido también.

Reconocerlo era impúdico, pero le habría dejado hacer más.

Tal vez todo. Podría haberla tomado allí mismo, sobre el suelo polvoriento, y ella habría estado más que encantada.

Entonces, ¿por qué no lo hizo? ¿Un pícaro como Drake? ¿De verdad dejaría escapar una oportunidad así?

En él había algo más que un simple pícaro, de eso estaba segura. Tendría que averiguarlo de algún modo. A Knight no le haría ninguna gracia que lo interrogara sobre Drake, sin duda, y ni siquiera Louisa podía contarle gran cosa. Tendría que descubrirlo ella misma.

Se puso en pie, recuperó el paño del cubo y volvió al ataque con la mancha rebelde.

Si antes ya no iba a dormir, esa noche no tenía la menor posibilidad.

El cuerpo le hormigueaba de la cabeza a los pies, y todo gracias a Drake.

Sospechaba que podía limpiar la posada entera de arriba abajo y dejarse los dedos en carne viva, y aun así no olvidaría lo que había sentido debajo de él.

No, aquello estaba lejos de haber terminado. Fuera lo que fuese lo que había pasado esa noche, quería —no, necesitaba— saber más.