Capítulo trece #2
La señora Bell volvió apresuradamente, les plantó una servilleta delante de las narices y se sentó frente a ellos.
Sirvió el té y les ofreció azúcar y leche.
Knight cogió la delicada taza y Drake tuvo que disimular una sonrisa.
Jamás habría imaginado ver a Knight con otra cosa en la mano que no fuera una jarra de cerveza.
La diminuta taza de porcelana encajada en sus manazas era una imagen que recordaría para siempre.
—Bueno, ¿y qué querían preguntarme sobre ese caballero? ¿Ha hecho algo malo? ¿Lo conoce el conde, quizá?
—El conde no lo conoce. Pero creemos que es un hombre peligroso —respondió Drake.
—El conde siempre vela por nosotros. —La señora Bell sonrió—.
¿Sabían que su esposa, antes de ser su esposa, claro, se alojó aquí una temporada?
Una muchacha encantadora. Un poco franca, quizá, pero encantadora.
Me alegré muchísimo cuando se casaron. No está bien, siempre lo he dicho, que un hombre de su edad y de su rango siga soltero.
No es natural, y todos estaban de acuerdo conmigo.
Debería haberse casado hacía mucho tiempo, pero quizá estaba esperando a alguien especial, y menos mal que lo hizo, porque ella es una muchacha maravillosa.
Drake esperó a que tomara aire antes de interrumpirla.
—Señora Bell, sobre ese hombre...
—Ah, sí. Un individuo de aspecto espantoso.
Flaco. Con la cara demacrada. Venía con otro hombre que no dijo ni una palabra y tenía una mirada muy amenazadora.
Dijo que no pensaba quedarse mucho tiempo y que no me causaría molestias, pero le juro por mi vida que me hizo doler los huesos, y cuando me duelen los huesos sé que algo no va bien en una persona.
—¿Dio algún nombre? —insistió Drake.
—No, aunque a su amigo lo llamaba Gamble. —Dio un sorbo al té y los miró a los dos—. No le hizo ninguna gracia que lo echara. Le vi la ira en los ojos. Le dije que no alojo hombres, una pequeña mentira por mi parte, me temo, pero había algo en él que no me parecía normal.
—Hizo bien en echarlo, señora Bell. Haga siempre caso a su instinto.
Ella sonrió de oreja a oreja.
—Ah, qué alivio. Me habría sentido muy mal echando a un conocido del conde.
Drake dio un mordisco a la porción, demasiado generosa, de pastel y se bebió el té de un trago.
—Le agradezco su hospitalidad, señora Bell, pero debemos darnos prisa. Si lo ve, ¿nos manda recado al Ship? Louisa puede hacernos llegar el mensaje.
Ella asintió y le sonrió a Knight.
—Señor Knight, siempre habrá más pastel si desea volver a visitarme.
Drake parpadeó y miró a Knight. Solo entonces se dio cuenta de que el pastel había desaparecido y que su amigo estaba a punto de alargar la mano para coger otra porción.
—Es un pastel excelente, señora Bell —comentó Knight.
—Un hombre tan grande como usted necesita comer bien. —Lo recorrió de arriba abajo con la mirada mientras él se ponía en pie—. Me recuerda a mi difunto marido, la verdad. Grande y duro, pero blando por dentro.
Drake reprimió una carcajada. No creía que hubiera nada blando en Knight, ni en lo más profundo de su ser.
Knight abrió la boca y volvió a cerrarla.
La señora Bell cogió una porción de pastel, la envolvió en la servilleta y se la puso en la palma de la mano.
—Esto le dará fuerzas.
Dieron las gracias a la señora Bell y salieron de la casita agachando la cabeza. La anciana los despidió con la mano mientras bajaban los escalones y Knight se detuvo para devolverle el saludo con torpeza.
Drake sonrió de oreja a oreja.
—Tienes una admiradora.
Se encogió de hombros.
—Hace un pastel excelente.
Desdobló la servilleta y le dio un bocado al trozo.
—Basta de hablar de pasteles; tenemos que registrar el resto del pueblo. No puede seguir escondiéndose de nosotros eternamente.
—Si no está aquí, tiene que estar en alguna de las otras casas que alquilan habitaciones —murmuró Knight con la boca llena de pastel.
Visitaron todas las casas, pero nadie reconoció la descripción de John. Al caer la noche, seguía sin haber rastro de él. Drake se detuvo junto a su barco, donde había visto a Slade la noche anterior, y recorrió los muelles con la mirada.
—Aquí fue donde lo vi —le explicó a Knight.
Knight se metió las manos en los bolsillos.
—Esta noche no lo encontraremos. Es un cabrón escurridizo.
Drake asintió.
—Por mucho que me pese admitirlo, tienes razón.
—Ese hombre, ¿preguntó por Julianna llamándola por su nombre?
Drake se obligó a mantener una expresión neutra.
—Por supuesto.
—¿Y cómo sabías tú que él había amenazado a Julianna?
—Se lo pregunté. Esta mañana.
—Te dije que te mantuvieras alejado de ella.
La expresión de Knight se ensombreció.
—¿Y debía mantenerme al margen mientras un desconocido la buscaba?
—Deberías haber acudido directamente a mí.
—No pude encontrarte, ¿recuerdas? —Drake cruzó los brazos sobre el pecho.
Knight gruñó.
—Cuando esto termine, te mantendrás alejado de Julianna.
Drake lo ignoró.
—Ya solo nos queda la posada de viajeros. Podemos ir a pie o alquilar un caballo.
Knight negó con la cabeza.
—Tú puedes volver a tu barco. De aquí en adelante me ocupo yo.
Aunque estuvo tentado de discutir, Drake consiguió morderse la lengua y asintió. Sin embargo, no pensaba mantenerse alejado de Julianna, ni siquiera cuando todo aquello hubiera terminado. ¿Cómo iba a hacerlo? Llevaba apenas unas horas lejos de ella y sentía como si le faltara un miembro.
No, daba igual con qué amenazara Knight. Una vez resuelto el asunto de aquel prometido, Drake tenía que encontrar la manera de hacer suya a Julianna.