Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo trece
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Capítulo trece

Un intenso olor a pescado flotaba sobre Penshallow.

Aunque hacía frío, el día había amanecido despejado, con el cielo azul y unas cuantas nubes algodonosas.

Drake se detuvo a contemplar la playa, cubierta de las algas que la marea alta había dejado durante la noche.

Un largo muelle de piedra se adentraba en el mar; en el extremo había un solitario farol que se encendía por la noche para guiar a los barcos hasta el puerto.

Lo recorrió sin prisa hasta el extremo. Penshallow había sido su hogar desde que Red lo reclutara, y apreciaba el ritmo de vida del lugar, su previsibilidad.

Para un hombre de mar, había algo agradable en saber exactamente qué se encontraría al volver.

Cerró la mano en torno a la barandilla de hierro que recorría el extremo del muelle.

Hasta ahora. Hasta la llegada de Julianna.

Ahora tendría que encontrar a aquel Slade y asegurarse de que no volviera a acercarse a ella.

Si tenía que matarlo, que así fuera, pero no era la primera vez que amenazaba a un hombre y lo hacía huir, y dudaba que fuese la última.

Con Red y Nate vigilando por si aparecía Slade, no temía represalias.

Aquel hombre no se acercaría a ella ni por asomo.

Aunque eso Julianna no lo sabría. La conocía lo bastante bien para tomarse en serio sus protestas.

Aquella mujer condenadamente testaruda quería encargarse del asunto por su cuenta.

Bueno, hasta él sabía que hay cosas que no se pueden hacer solo; por eso formaba parte de un equipo de contrabandistas.

Los dos hermanos pasarían el día en la posada para asegurarse de que ella estuviera a salvo mientras él buscaba a Knight… y, con suerte, a Slade.

Bajó por un lateral del puerto, esquivando a los pescadores que traían sus capturas.

El problema con Knight era que no resultaba fácil encontrarlo.

A veces se alojaba en la posada, pero aquel maldito hombre de pocas palabras tendía a desaparecer sin que nadie supiera adónde.

Ni siquiera con la llegada de Julianna sabían mucho más sobre su amigo. Y ninguno se atrevía a preguntar.

Pero, por mucho que a Knight no le gustara que lo buscaran, si Drake pretendía mantener a Julianna a salvo, necesitaba la ayuda de su hermano. Nadie resultaba tan intimidante como Knight.

Y una vez que se ocuparan de Slade…

Bueno, entonces podría concentrar toda su atención en Julianna. Sonrió para sus adentros. Julianna aún no estaba preparada para confiarle su corazón, pero él cambiaría eso. Solo tenía que quitar de en medio a aquel prometido.

Drake se metió en uno de los pubs que Knight solía frecuentar.

Varias cabezas se volvieron al verlo entrar, pero enseguida perdieron el interés al reconocerlo como uno de los vecinos.

No había ni rastro de Knight, así que salió rápidamente y probó en el siguiente.

Tres pubs más tarde, Knight seguía sin aparecer. Menudo hermano mayor.

Tendría que ponerse a buscar a John por su cuenta. La presencia intimidante de Knight habría sido de ayuda, pero Drake confiaba plenamente en poder encargarse él solo de aquel miserable cabrón.

Al salir del pub, empezó a darle vueltas a un plan de acción.

Ya podía descartar los pubs, pero quedaban la posada donde Julianna se había alojado al llegar y algunas casas que aceptaban huéspedes.

Por no mencionar la posada para viajeros a las afueras de Penshallow.

Estaba a unos tres kilómetros, pero sería una buena base para alguien que quisiera pasar desapercibido.

—He oído que me estabas buscando.

Drake alzó la vista hacia Knight, cuya silueta tapaba el frío sol de invierno.

—¿Ah, sí?

—¿Y bien? —exigió Knight—. ¿Qué querías de mí?

—¿Dónde demonios te habías metido? He perdido media mañana buscándote.

—Yo he preguntado primero.

Drake suspiró. Knight jamás se lo diría. Corría el rumor de que huía de la ley. Ni siquiera con la llegada de Julianna había dejado de preguntarse si sería cierto. Hacía tanto tiempo que ella no lo veía que podía haber ocurrido cualquier cosa.

Drake se llevó al hombre lejos del pub y del bullicio de la gente en la calle y se detuvo a la entrada de un callejón estrecho entre la carnicería y la tienda de efectos navales.

—Julianna te explicó por qué vino aquí, ¿verdad?

Knight asintió.

—La ha encontrado.

—¿Mi padre?

Un fugaz destello de… ¿horror, quizá?… cruzó el rostro de Knight, pero su expresión recuperó la neutralidad con una rapidez fruto de la práctica.

—No, su prometido. Su exprometido. El muy cabrón.

—Supongo que te habló de él —dijo Knight entre dientes.

—Sí, pero no la descargues conmigo. Descárgala contra él. El cabrón la amenazó.

Knight cerró el puño a un costado y soltó el aire con un gruñido.

—Y sin duda pretende arrastrarla de vuelta a las tierras de frontera.

Drake asintió.

—Red y Nate están en el Ship, vigilándola. Pero tenemos que encontrar a John antes de que él la encuentre a ella.

—Y despedazarlo.

Las palabras le salieron como el resoplido de un toro.

—Lo amenazaremos. Tal vez le hagamos un poco de daño. Lo mandaremos de vuelta por donde ha venido y nos aseguraremos de que no vuelva a poner un pie en Cornualles.

Knight gruñó en señal de acuerdo.

—Ya he registrado los pubs buscándoos a los dos. Todavía no he ido a ninguna de las dos posadas ni a las casas de huéspedes. La señora Bell acepta huéspedes últimamente. Merece la pena hacerle una visita.

—Empecemos por ella.

Atravesaron la concurrida calle principal del pueblo, bajaron por un callejón y subieron una escalinata empinada hasta la casita de la señora Bell.

La vivienda blanca se asentaba en un ángulo extraño, inclinada siguiendo la pendiente de la colina.

Las diminutas ventanas de marco negro tenían cristales jaspeados.

La viuda llevaba ya unos años aceptando huéspedes y muchos visitantes preferían su hospitalidad a la de una posada.

Drake llamó a la puerta y le indicó a Knight que se echara atrás. El hombre lucía un ceño capaz de asustar a la mujer más curtida, por no hablar de una anciana y frágil.

La puerta se abrió despacio y la señora Bell esbozó una sonrisa al verlo.

—Señor Drake, ¿a qué debo su visita? —Miró a Knight—. Ah, y su… amigo. El señor Knight, ¿verdad?

—Señora Bell, esperábamos poder hacerle unas preguntas sobre un hombre. ¿Es posible que se aloje con usted?

Enredó las manos en el chal que le cubría los hombros.

Bajita y de pelo gris oscuro, la señora Bell tenía las mejillas sonrosadas y esa clase de rostro que hace sentirse bienvenido a casi cualquiera.

Excepto, quizá, a Knight. La mayoría lo aceptaba entre ellos, pero seguía desconfiando claramente de él.

—Procuro no alojar a hombres —explicó—. Roncan de una manera terrible. Pero hace poco vino uno… Tuve que decirle que no. Había algo raro en él. No le hizo ninguna gracia.

—¿Era alto? ¿Delgado? ¿Mayor?

La señora Bell soltó una risita. —Caramba, cuántas preguntas. Tendré que pensarlo. ¿Por qué no entran un momento? Usted también, señor Knight. Tomamos té con pastel y así puedo pensar un poco en sus preguntas. Ahora mismo no tengo huéspedes, así que no nos molestará nadie.

Drake vaciló. Lo último que quería era perder el tiempo tomando té y comiendo pastel cuando podía estar buscando a Slade, pero, si la señora Bell tenía información sobre él, debían escucharla.

Le hizo un gesto de asentimiento a Knight, que se encogió de hombros en lo que supuso que podía ser una señal de acuerdo, y ambos se agacharon para entrar en la casita.

El salón brillaba con el calor de un fuego crepitante.

A su lado había una silla de madera con más mantas de las que Drake podía contar.

Enfrente, un sofá estrecho y raído. Miró a Knight.

—Quizá sea mejor que me quede de pie —murmuró Knight.

—Tonterías. Siéntense los dos. Voy a preparar un poco de té. Siéntense, siéntense. —La señora Bell les señaló el sofá con las manos.

Drake obedeció y se sentó. Knight se acomodó a su lado y ambos hicieron una mueca cuando el mueble crujió bajo el peso de los dos. Las rodillas de Knight quedaron pegadas a las suyas.

—Qué acogedor —comentó Drake con alegría.

—Esto es ridículo.

Drake soltó una risita ante el tono malhumorado de su amigo.

—Necesitamos toda la información posible sobre ese hombre. Ten paciencia. E intenta ser... bueno..., un poco menos hosco de lo habitual.

—No soy hosco.

—«Dijo con hosquedad» —entonó Drake.

Knight lo miró con los ojos entrecerrados, pero giró de golpe la cabeza hacia delante cuando la señora Bell entró en la habitación con una bandeja. Las tazas tintinearon y Drake se levantó de un salto para ayudarla, pero ella negó con la cabeza.

—Siéntense, siéntense. Puedo arreglármelas.

Dejó la bandeja en una mesa junto al fuego y cortó una porción generosa de pastel de frutas, que les sirvió a cada uno en un delicado plato con el borde decorado con flores.

—Ah, las servilletas. —Se llevó una mano a la cabeza—. Se me han olvidado. No tardo ni un momento —canturreó.

Knight miró el pastel con una ceja alzada.

—Se come, Knight.

—Ya lo sé. Es solo que hace mucho que no como pastel.

—Seguro que lo comías en casa. En esa casa tan elegante, con esos muebles tan elegantes.

—No lo recuerdo.

—¿No recuerdas que vienes de una familia rica?

Knight se encogió de hombros.

—Fue hace mucho tiempo. Tú tampoco eras precisamente pobre.

Drake resopló.

—No lo era, no. Antes de la guerra, no.

Había heredado de su padre una propiedad agradable, aunque modesta. Pero las cosas cambiaron cuando se alistó en la armada y resultó herido. Ya no podía administrarla bien ni mantenerla rentable.

El contrabando, sin embargo, había cambiado las cosas. Ahora entraba dinero de sobra y quizá la posibilidad de recuperar su propiedad.