Capítulo doce
Julianna se recogió el pelo en una trenza, le pasó una cinta alrededor y la apretó.
Unas ojeras oscuras le rodeaban los ojos, que notaba secos e irritados.
Apenas había pegado ojo casi toda la noche y, cuando por fin consiguió dormirse, tuvo sueños extraños: una mezcla de besos con Drake, de John descubriéndola y de su mundo derrumbándose a pedazos.
Besar a Drake había sido un error.
—Un gran error —le dijo a su reflejo—. Y no lo olvides.
Señaló con el dedo a la mujer del espejo, pero esta se limitó a arquear una ceja, como si dijera: «¿De verdad fue un error?»
Tenía que serlo. No había venido hasta allí buscando amor ni romanticismo. Y, de todos modos, Drake no era hombre de lo uno ni de lo otro. Ya había visto cómo se comportaba con las mujeres. No le hacía ninguna gracia ser una más de su lista, por perfecto que hubiera sido aquel beso.
Tomó aire y miró con rabia el rubor que le florecía en las mejillas al pensar en el beso. Tenía preocupaciones mucho más graves que unos besos, por el amor de Dios.
Se le retorció el estómago en una maraña de nudos que le recordó en qué situación estaba. Si John la encontraba…
Alzó la barbilla, se atusó el pelo y abrió la puerta; luego la cerró tras de sí y echó la llave.
—Princesa.
Se volvió con un grito ahogado. Con una mano en el pecho, fulminó a Drake con la mirada.
—Me has asustado.
Él se apartó de la pared y le dedicó una sonrisa de disculpa.
—Perdóname.
—¿Cuánto tiempo llevas ahí?
—El suficiente.
Ella ladeó la cabeza.
—¿No tienes nada mejor que hacer que esperar a la puerta de los dormitorios de las damas?
Él sonrió de oreja a oreja.
—Preferiría esperar dentro.
Julianna negó con la cabeza, pero no pudo evitar que una sonrisa le asomara a los labios. Drake no había cambiado ni un ápice, y eso suponía cierto consuelo ahora que su mundo se había puesto patas arriba y bien podía volver a cambiar si John la descubría.
—¿Qué quieres? —preguntó ella.
—Ya lo sabes.
Más besos. Las palabras le cruzaron la mente y bajó un instante la mirada a la boca de él.
—Desde luego —convino él—. Pero en otro momento.
¿Lo había dicho en voz alta o era adivino? Entrecerró los ojos y lo miró.
Él se encogió de hombros.
—A veces eres terriblemente obvia, Princesa.
—Eres incorregible.
—Desde luego. Es una de mis mejores virtudes —dijo con suficiencia.
—Tengo trabajo que hacer, ¿sabes?
—Todavía no se ha levantado nadie. Bien puedes dedicarme unos minutos para explicarme por qué tuve que sacarte del barco a escondidas y mentir a un desconocido.
Se le secó la boca al oír el nombre de John. Un escalofrío helado le recorrió la espalda. Tragó saliva y asintió.
—Lo haré. Baja conmigo.
Drake la siguió hasta la cocina, donde ella preparó dos tazas de té y le tendió una.
—Sentémonos en el reservado —sugirió.
Él asintió y pasaron al pequeño reservado destinado a los huéspedes más adinerados que querían intimidad con sus visitas.
Las brasas del hogar aún brillaban; Julianna echó varios leños y unas astillas y atizó el fuego.
Prendieron enseguida y templaron la estancia en penumbra.
Drake se sentó a esperar mientras ella se tomaba su tiempo para calentarse las manos frente a las llamas.
Supuso que no podía posponerlo más, y bien que le debía una explicación, pero cuánto había deseado dejar atrás todo aquel asqueroso embrollo.
Aun así, podía confiar en él. De eso estaba segura. Quizá no con su cuerpo… ni siquiera con su corazón. Pero con sus secretos, sí.
Se sentó frente a él y dio un sorbo al té azucarado.
—Yo… —Se interrumpió y levantó una mano—. El hombre al que conociste anoche, el que me estaba buscando, es John Slade. John es… era… no, es, supongo, mi prometido.
La expresión de Drake se ensombreció.
—Estás prometida.
—Lo estaba. Es decir, en cierto modo todavía lo estoy. Pero no quiero estarlo.
A él se le marcaron unas arrugas entre las cejas.
—¿Princesa?
—Perdóname, lo estoy explicando fatal. —Rodeó con las manos la taza caliente, intentando disipar el frío espantoso que la invadía cada vez que recordaba los ojos de acero de John o la fuerza férrea de su mano—.
Mi padre tiene muchas deudas. Siempre estuvo decidido a estar a la altura del apellido, costara lo que nos costara.
John es un barón rico. Un enlace entre nosotros le habría venido de perlas a mi padre.
—Entonces, ¿fue un matrimonio concertado?
—Sí.
Drake relajó un poco la postura.
—Un matrimonio que tú no querías, supongo.
—Corrían rumores sobre John: que había empujado a su esposa por las escaleras. Nadie pudo demostrarlo y él dijo que se había tropezado. Más tarde, una criada confirmó su versión, y después desapareció. Algunos decían que le habían pagado para que se esfumara, pero yo me temía otra cosa.
—Dios santo.
Julianna asintió.
—Ya estaba aterrada ante la idea de aquel matrimonio, pero mi padre insistió en que solo eran rumores absurdos y que debía casarme con él. Cuando John se enteró de que me resistía a la boda, se puso… bueno…, se puso furioso.
Drake apretó los dedos en torno a la taza. Julianna vio cómo se le blanqueaban los nudillos. La mandíbula tensa.
—¿Te hizo daño?
Se llevó una mano al cuello antes de darse cuenta de lo que hacía.
—Sí que te lo hizo, ¿verdad?
No podía negarlo. ¿Qué sentido tenía?
—Me acorraló contra una pared y me amenazó.
Dijo que mancharía el nombre de mi padre si lo rechazaba.
Me dijo que no tenía elección, que me sometería a él.
—Tragó saliva—. Y tenía razón. No tenía elección.
A mi padre le daba igual que yo fuera feliz con aquel matrimonio, siempre y cuando consiguiera su dinero.
Cuando intentó… intentó forzarme, me lo quité de encima y salí corriendo.
Sabía por sus cartas que Knight estaba aquí, así que reuní unas pocas pertenencias y las pocas monedas que tenía, y hui.
Oyó a Drake inspirar hondo. Se levantó de golpe y la silla chirrió contra las tablas del suelo. Le dio la espalda.
—Por Dios, debería haberlo matado ayer.
—No, no deberías. Es un hombre importante y no permitiría que te ahorcaran por asesinato.
Se volvió hacia ella de nuevo y la miró fijamente.
—Anoche le tenías pánico —afirmó—. Debería haber sabido que te había hecho algo terrible. Eres la persona más valiente que conozco.
—Eso no es verdad —susurró ella.
Había pasado asustada casi todo el viaje hasta allí y buena parte del tiempo que llevaba en Cornualles. Asustada de que John la encontrara. Asustada de no poder labrarse una vida allí. Miró a Drake. Asustada de enamorarse de un pícaro.
—Lo encontraré —prometió—. Y lo destriparé. No tendrás que volver a temerle nunca.
Julianna se levantó y le puso una mano en el brazo.
—No. Por favor. Es demasiado peligroso que le pongas la mano encima. Con suerte no me encontrará y volverá a las tierras de frontera con las manos vacías.
—¿Y si te encuentra?
—Me quedaré aquí. Aquí estoy a salvo. Si entra, puedo esconderme.
—No basta con eso. No tendrías que pasarte el resto de tus días mirando por encima del hombro, con miedo de un hombre. Y él no debería haberte puesto ni un maldito dedo encima.
La ferocidad de su expresión se le clavó en el corazón.
¿Creía que, por haberla besado, le debía algo?
No podía permitirse pensar nada más. Al fin y al cabo, era Drake.
Su hermano la había avisado de que se mantuviera lejos de él, y ella había visto lo suficiente con sus propios ojos para saber que jamás la querría para nada más que unos besos o para calentarle la cama.
—No es tu problema, Drake —dijo con suavidad.
—¡Y un cuerno que no! Se convirtió en mi problema en el momento en que tú… —Se pasó una mano por el pelo—. Es mi problema, Princesa, y no me digas lo contrario.
—Yo…
Un bramido llegó desde la sala principal. Julianna suspiró y señaló a Drake con el dedo.
—No hagas ninguna locura. Lo digo en serio.
Empujó la puerta y se encontró a los primeros clientes del día esperando en una mesa. Tendría que darse prisa si quería tener listos los desayunos. Con una sonrisa forzada en los labios, los saludó y tomó nota de sus pedidos. Cuando volvió a la cocina, Drake la siguió.
—Deberías decirle a Louisa que hoy no puedes trabajar. ¿Y si entra él?
—Desde luego que no pienso decirle eso. ¿Te crees que no sé el favor que me ha hecho? ¡Y más con el desastre que fui al principio! No voy a dejar que ese hombre me obligue a esconderme.
—Te ha subido el valor desde anoche —comentó—. Pero no me engañas ni un segundo. Sé que sigues teniéndole miedo.
—Da igual lo que yo sea. Poco puedo hacer al respecto, pero no dejaré que me arruine la vida aquí.
Drake negó con la cabeza.
—No basta con eso. Tiene que pagar por haberte puesto la mano encima.
Dio un paso hacia ella y le rozó el cuello con un dedo. Julianna se quedó inmóvil; un estremecimiento de placer la recorrió al sentir el contacto.
—Te tocó aquí, ¿verdad? Me fijé en que te llevabas la mano al cuello.
Ella asintió, incapaz de encontrar las palabras.
Tenía los ojos dulces y escrutadores, como si le vieran hasta el fondo del alma.
Se dio cuenta de que olía a jabón. Absorta en sus propias preocupaciones, apenas había reparado en Drake, pero ahora sí.
La camisa abierta en el cuello, el chaleco perfectamente ceñido al abdomen, la chaqueta que resaltaba aquel pecho ancho que la había envuelto con tanta protección la noche anterior… Ahora se fijaba en todo.
Julianna retrocedió de un salto, se dio con el trasero en una mesa y los platos tintinearon. La neblina se disipó.
—Tengo que ponerme a trabajar.
Se escurrió a su lado y salió a la sala a servir las bebidas.
La comida tendría que esperar un momento, al menos hasta que Drake se fuera.
No podía quedarse con él en un cuarto tan pequeño; era demasiado peligroso.
El corazón le latió con fuerza, como para recordarle exactamente lo que estaba en juego.
—Esto no ha terminado —le advirtió, y recogió de la barra el sombrero que ella ni siquiera había visto allí.
Abrió la boca para protestar, pero él ya se había marchado y no dejó tras de sí más que una ráfaga de aire y un portazo.
Con las palmas apoyadas en la madera gastada de la barra, se quedó mirando las muescas que la marcaban.
No lograba decidir quién suponía ahora un peligro mayor para ella.
¿John o Drake? John podía querer hacerle daño físico, pero las cicatrices se curan.
Temía que Drake ya se estuviera grabando en su corazón, y de eso no se recuperaría nunca.