Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo once
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Capítulo once

Maldita sea, cómo besaba aquella mujer. Debería haberlo sabido.

Julianna lo había mantenido en vilo desde el mismo instante en que la conoció.

Tenía el miembro duro como el acero y el cuerpo le ardía de sensaciones.

Los delicados pechos de ella se aplastaban contra su torso y sus caderas ondulaban contra las suyas.

Gimió desde el fondo de la garganta y le enredó la lengua con la suya.

Sabía a café y a algo dulce… a tarta de manzana, quizá.

La fresca brisa marina se arremolinaba a su alrededor, pero nada podía aplacar el calor que le hervía dentro.

Había estado a punto de perderla. Aquel maldito disparo había pasado demasiado cerca. Si le hubiera ocurrido algo…

Le soltó los brazos y la estrechó con fuerza contra sí, una mano en la nuca y la otra en la curva de la espalda. La apretó contra su cuerpo como si así pudiera mantenerla a salvo de todo peligro para siempre. Ella gimió y le clavó los dedos en los brazos.

Drake se separó un instante. Lo justo para tragar una bocanada de aire salado y apartarle un mechón de pelo de la cara. Necesitaba más. Y ella también.

—Julianna…

Ella se tensó. El horror le inundó la cara. Él fue a soltarla, pero ella le apretó los brazos con más fuerza. Fuera lo que fuese lo que había provocado aquella expresión, no era él.

—¿Julianna?

—Chist.

Se quedó inmóvil y escuchó. Dos voces flotaban en la noche, procedentes de los muelles.

Giró la cabeza y vio un farol un poco más arriba, en el puerto.

La luz se detuvo, se alzó y luego siguió avanzando.

No eran agentes de aduanas; esos no eran ni la mitad de sutiles.

Pero estaba claro que alguien buscaba algo.

Miró a Julianna. «O a alguien».

Ella temblaba de pies a cabeza.

—Dios mío.

Drake la observó. La había visto furiosa, llena de deseo y decidida. Nunca la había visto aterrorizada. Y tampoco quería volver a verla así.

—Por favor, llévame de vuelta a la posada, Drake —susurró—. Por favor.

Por mucho que lo tentara preguntar qué demonios estaba pasando, el terror que le hacía temblar la voz le atravesó el corazón. Después de aquel beso, sospechaba que haría cualquier cosa por ella sin preguntar. Y aquel momento no iba a ser la excepción.

Le echó la capucha de la capa por encima de la cabeza y la empujó detrás de las cajas. Se abotonó la camisa con calma y cruzó la cubierta sin perder de vista a las dos figuras hasta que llegaron al pie de la pasarela. Apoyó una pierna en la borda y los observó.

—Es un poco tarde para andar fisgoneando por los muelles —dijo—. ¿Vienen a robar? Porque debo advertirles que llevo la pistola cargada y dispararé encantado a un ladrón.

—En absoluto. —El hombre del farol lo alzó. Era varias décadas mayor que Drake, de pelo gris y espeso y rostro estrecho. Tenía el acento tan refinado como Julianna—. ¿Ha visto a una mujer, por casualidad? Creemos que podría estar intentando colarse de polizón.

—Creo que me habría dado cuenta si hubiera una mujer a bordo de mi barco. Además, el Endeavor no vuelve a zarpar hasta dentro de varias semanas. No le serviría de nada esconderse de polizón en mi barco.

El hombre lo observó con la mirada dura. Había en su aspecto una frialdad que le heló la sangre a Drake. Había conocido a hombres malvados —demonios, durante la guerra incluso había ensartado a uno o dos— y reconocía aquella mirada. No era de extrañar que Julianna le tuviera tanto terror.

Drake mantuvo un tono ligero.

—Tenga cuidado por aquí. Alguien podría pensar que trama algo. Por estas tierras no nos gustan mucho los forasteros.

—Lo tendré en cuenta. —El hombre inclinó brevemente la cabeza—. Buenas noches.

—¿Quiere contarme qué ha hecho esa mujer? Si hay algo para mí en el asunto, quizá pueda ayudar. Mandarle aviso, por ejemplo. ¿Dónde se aloja?

El hombre se detuvo y lo recorrió con la mirada de arriba abajo.

—Creo que nos arreglaremos solos. Vamos, Gamble —dijo a su acompañante.

Drake esperó hasta que la luz se desvaneció en la niebla de la madrugada que se enroscaba en el puerto, y aguardó varios minutos más antes de ir a buscar a Julianna. Seguía temblando de pies a cabeza. Le pasó un brazo por los hombros.

—No me entregarías de verdad, ¿no? —Le castañeteaban los dientes al hablar.

—¿Por quién me tomas, Princesa? Claro que no. Esperaba averiguar dónde se alojaba.

Ella asintió.

—B-buena idea.

—Vamos. Puede que decidan registrar otra vez. —La guió por la pasarela y volvió a arroparla contra él para llevarla de regreso a la posada.

—¿Quieres contarme quién es ese hombre?

—Yo… —Otro temblor la sacudió.

—Da igual. Vamos a ponerte a salvo.

La acompañó hasta la posada y subió con ella a su habitación. Ella sacó la llave, pero le temblaban tanto los dedos que no logró meterla en la cerradura. Él se la quitó con delicadeza, la giró en la cerradura, abrió la puerta con suavidad y la hizo pasar. En un instante encendió varias velas.

Julianna se quedó junto a la puerta cerrada, con los brazos cruzados sobre el pecho. Le temblaba la barbilla y tenía el rostro ceniciento.

Negó con la cabeza.

—No puedo ayudarte si no me cuentas de qué iba todo eso.

Ella le sostuvo la mirada, y aquellos ojos oscuros rebosaban una desesperanza que ahondó un poco más el agujero que ya le estaba abriendo en el corazón.

Él la atrajo hacia sí y la rodeó por completo con los brazos.

Encajaba a la perfección contra su cuerpo, sacudida de cuando en cuando por los espasmos.

Esperó, atento a su respiración entrecortada, hasta que se fue calmando.

Le acarició la espalda de arriba abajo y notó cómo la tensión abandonaba su cuerpo.

En cualquier otro momento, se habría aprovechado y habría retomado aquel beso que lo había dejado sin saber dónde estaba el norte.

Si hubiera sido cualquier otra mujer, a esas alturas ya la tendría tumbada de espaldas.

Pero no con Julianna. Porque, por mucho que deseara más de aquellos besos asombrosos, quería que se sintiera a salvo.

Aquella mujer era distinta. Sonrió de medio lado para sí.

Debería haberlo sabido. ¿Qué otra mujer podía gritarle y reñirle por intentar ayudarla y salir indemne?

Fuera cual fuese el problema, que lo partiera un rayo si iba a permitir que viviera con miedo.

Haría lo que hiciera falta para protegerla.

Se echó un poco atrás, la sujetó por los hombros y la obligó a mirarlo a los ojos.

—¿Te pondrás bien?

Asintió despacio.

—Sí, gracias.

Su voz no era más que una sombra ronca de sí misma y los párpados se le cerraban de agotamiento. Sin duda, la oleada de miedo se desvanecía a toda prisa y la dejaba exhausta.

—Julianna, tienes que contarme…

Ella asintió.

—Lo haré. Solo… solo no ahora. Por la mañana —prometió.

—Muy bien.

Movido por un impulso, le dio un beso en la frente.

—No te pasará nada —juró—. No mientras me quede aliento en el cuerpo.

Ella volvió a asentir y le dedicó una sonrisa desganada.

—Cierra con llave cuando salga —ordenó antes de abandonar la habitación.

Esperó hasta oír el chasquido seco de la llave.

Si no los hubieran interrumpido, no le cabía la menor duda de que habrían seguido con aquello en su cama, fuera o no la hermana de Knight.

Demonios, aguantaría la furia de Knight por Julianna.

Y sin pestañear. Ella valía cada costilla rota y cada moratón.

Había pensado pasar la noche en el barco.

Con las aguas del puerto en calma y sin lluvia ni viento que levantaran una tormenta, habría dormido plácidamente.

Pero necesitaba estar allí por Julianna, así que tendría que mendigarle a Louisa su habitación de siempre.

Bajó las escaleras arrastrando los pies.

Al menos, hacer de protector de Julianna le ayudaría a olvidar la sangre.

Apretó el puño y se detuvo a respirar al pie de la escalera.

Las imágenes se habían desvanecido en cuanto la besó.

Los recuerdos del olor acre de la sangre, del estruendo de los cañonazos y los disparos de pistola.

Todo se había diluido en la nada, reemplazado por el aroma de una mujer suave y limpia.

Juraría que aún la saboreaba en la lengua.

Besaba como él habría imaginado, con fuego y determinación, pero nada podría haberlo preparado para aquello.

Julianna Knight lo tenía por completo a su merced.

Encontró a Louisa en la taberna, recogiendo la sala casi vacía. Solo quedaba un cliente, desplomado sobre una mesa, con unos ronquidos que hacían temblar las vigas. Escurrió un paño y limpió alrededor del hombre.

—¿Es que nunca descansas?

Se apoyó en el marco de la puerta.

Ella se volvió y le sonrió.

—¿Y tú?

—A veces.

—Esta noche han llegado unos cuantos huéspedes y, con Amy otra vez enferma, he tenido que quedarme levantada —explicó. Se guardó el paño en el delantal y se dirigió a la barra.

Drake se irguió.

—¿No eran dos hombres? ¿Uno alto y con el pelo gris?

Louisa negó con la cabeza.

—No, un hombre y una mujer. Los dos bajos.

Bien. Quienquiera que buscara a Julianna no estaba allí.

—Déjame adivinar: quieres un whisky.

Había sacado una botella y dos vasos antes de que él pudiera negarse. Él se encogió de hombros.

—No me vendría mal. Pero solo uno.

Ella arqueó una ceja.

—Y mi habitación.

Louisa lo observó.

—Esta noche no hay tormenta.

Se acomodó en un taburete y aceptó la copa que ella le tendía.

—Lo sé.

Ocultó un bostezo tras la mano y se acercó a sentarse al otro lado de la barra.

Louisa sabía de sobra que solo se alojaba en la posada cuando no podía dormir en su barco.

Cuando el viento y el mar lo azotaban, le recordaban demasiado a la batalla.

A cómo un cañonazo había sacudido el barco que comandaba, a cómo lo había destrozado.

Resultaba curioso, sin embargo, que en el mar fuera distinto. Podía con las olas y el mal tiempo porque, cuando estaba en alta mar, él tenía el mando. Era el dueño de las olas, el que decidía si vivía o moría.

Miró a la posadera mientras daba un sorbo de whisky y lo sintió bajarle por la garganta y calentarle el estómago. Si Louisa entendía por qué se quedaba en la posada, nunca lo dijo, y él se lo agradecía.

—Al menos ahora que tengo a Julianna puedo quedarme en la cama por las mañanas. Se está volviendo indispensable. Espero que no salga corriendo de vuelta a donde vino.

—Northumberland —comentó él.

—Bueno, eso ya lo sé, pero ¿sabes algo más de ella?

Él escrutó a Louisa.

—A ti te hablará, ¿no?

Louisa negó con la cabeza.

—Le he dicho que puede, pero no ha soltado ni palabra. Aunque me hace preguntarme qué pasó allí para que Knight y Julianna huyeran los dos.

Louisa soltó una risita.

—¿Quién habría imaginado que Knight tendría una hermana tan hermosa y refinada?

—Desde luego, no se parecen en nada —convino él.

—¿Y Knight te ha dicho algo? ¿De su hermana o de por qué se marcharon?

—Ya conoces a Knight. Si dice algo, es de higos a brevas. Vienen de dinero, eso sí lo tengo claro. A todos nos sorprendió bastante, teniendo en cuenta los modales bárbaros de Knight.

—Oh, no es tan bárbaro —dijo ella en voz baja.

Drake negó con la cabeza con una sonrisa de oreja a oreja.

—Si tú lo dices.

Se terminó el whisky de un trago, se agachó detrás de la barra y cogió la llave de su habitación de siempre.

—Ha sido un día muy largo. Creo que será mejor que me retire. Y tú deberías hacer lo mismo.

Le dio a Louisa un beso impulsivo en la mejilla y se echó a reír cuando ella le frunció el ceño.

—No creas que vas a camelarme, Drake; soy inmune a ti.

—Jamás se me ocurriría pensar lo contrario. Que duermas bien, Louisa.

—Tú también, Drake.

La dejó allí con su copa y volvió a subir las escaleras.

Se detuvo ante la habitación de Julianna y escuchó.

No lo recibió más que el goteo de un grifo y el crujido del viejo edificio.

Ojalá hubiera logrado dormir. Nunca había visto tan aterrorizada a aquella mujer tan intrépida y esperaba no volver a verlo jamás.

Fuera quien fuese el hombre que la había asustado de ese modo, Drake tendría que asegurarse de que no se repitiera.