Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo diez #2
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Capítulo diez #2

—¡Julianna! —exclamó Drake.

Paralizada, se quedó mirando la pistola humeante.

Drake reaccionó más rápido: le arrancó el arma de la mano de un golpe y le estampó el puño en la cara.

La sangre brotó de la nariz de Ewan, que soltó un chillido de dolor.

Drake echó el puño atrás y volvió a golpearlo, derribándolo.

Le lanzó una patada que obligó a Ewan a hacerse un ovillo.

Julianna salió a toda prisa de detrás de las cajas y lo agarró del brazo.

—¡No! ¡Lo vas a matar!

Drake se zafó de ella y le dio otra patada.

—Esa es la idea —gruñó.

—¡No! Por favor. Te ahorcarán por asesinato —le suplicó—. ¡Drake!

Se quedó inmóvil al oír su nombre. Se le nublaron los ojos y su expresión se tornó lúgubre. Le dio a Ewan una última patada.

—Te mataré si vuelvo a verte —juró con voz fría y oscura.

El hombre llegó a rastras y a trompicones hasta la borda, se incorporó y bajó tambaleándose por la pasarela. Drake lo vio marcharse mientras Julianna le apretaba el brazo. Notaba los temblores que le recorrían el cuerpo y oía su respiración pesada. El sudor le brillaba en la piel.

Se giró en cuanto Ewan desapareció de la vista y se soltó de ella de un tirón.

—¿Qué demonios haces aquí? Por poco te matan.

—Yo...

—Maldita sea, Princesa. —Le tembló la mano al pasársela por el pelo—. ¿Y si te hubiera disparado? ¿Qué le habría dicho a Knight? ¿Qué me habría dicho a mí mismo?

—Drake, yo...

—Este no es tu sitio, Julianna. Ni siquiera deberías estar en Cornualles. —Se pasó una mano por la cara sudorosa y se apoyó en uno de los mástiles—. Maldita sea.

Le dio una patada a un cubo solitario y el estrépito que hizo al rodar por la cubierta sobresaltó a Julianna.

—No pasa nada, Drake.

Se le acercó poco a poco, hasta salvar la distancia.

Se había puesto así después de impedir que aquellos hombres la agarraran.

Ahora lo recordaba. Pero ¿por qué? Ella también se había asustado, y sin embargo ahora la emoción le encendía las mejillas.

Aquel hombre se había llevado una paliza y no volvería nunca.

—Podrías haber... —La miró con la mirada en carne viva y apartó los ojos—. ¡Maldita sea todo! —Golpeó el mástil con el puño.

Julianna le puso una mano en el brazo y notó cómo se le tensaban los músculos bajo los dedos.

—Estoy bien. Todo está bien.

Le deslizó la palma arriba y abajo por el brazo y escuchó cómo su respiración entrecortada se iba calmando. Él la miró de reojo y ella vio cómo la humanidad volvía a asomar en su mirada.

—No deberías haber estado aquí —murmuró.

—Si no hubiera estado, lo habrías matado.

—Quería matarlo porque estuvo a punto de dispararte.

Ella negó con la cabeza.

—No, creo que aquí hay algo más. ¿Por qué te enfureció tanto? Tú normalmente no tienes mal genio.

Él echó la cabeza atrás, contra el mástil, y clavó la vista en el cielo. Julianna siguió frotándole el brazo de arriba abajo.

—Es difícil de explicar, Princesa.

—Tengo tiempo.

Se le agitó el pecho y bajó la cabeza para mirarla. Quería contárselo todo, ella lo sabía, pero un hombre como Drake no se abría con facilidad. Ningún hombre lo hacía, y Drake era probablemente el más obstinado de todos. Si tan solo lograra persuadirlo...

—¿Tiene que ver con esa cicatriz? ¿Y con tu cojera?

Drake volvió la cabeza de golpe hacia ella y se irguió, y todo su cuerpo se alzó sobre ella. Había perdido aquel filo de vulnerabilidad en los ojos, endurecidos ahora por un brillo gélido.

—¿Y qué haces aquí, Princesa? ¿Qué tiene lo que hago que tanto te fascina? ¿No tienes un suelo que fregar o un desayuno que quemar?

Abrió la boca y volvió a cerrarla.

—Mejor aún, vuelve al lugar del que has venido. Eres una criada pésima. Vuelve a tu salón y a lo que sea que hagan las damas refinadas. —Se cernió sobre ella—. Vete a bordar, maldita sea, o lo que sea. Aquí no hay sitio para ti y, desde luego, no te quiero en mi maldito barco.

—Bueno, está…

—¿No me has oído? ¡Lárgate, Princesa!

Julianna se llevó las manos a las caderas y alzó la barbilla.

—No pienso irme a ninguna parte. Cornualles es tanto mi hogar como el tuyo. No veo por qué tienes que tratarme de una forma tan abominable cuando solo intentaba ayudar. Que seas tan hermético y tan duro de corazón no significa que tengas que desquitarte conmigo. Es evidente que tienes un problema…

—Mi único problema aquí eres tú.

Le clavó un dedo en el pecho y salvó la poca distancia que los separaba.

—Mira, escúchame bien…

Él le apartó el dedo de un tirón y se sirvió de él para pegarla por completo a su cuerpo.

El pecho desnudo de él quedó apretado contra el de ella.

Tenía la mirada todavía dura, pero, a la luz de la luna, Julianna vio llamear en ella un destello.

Un calor abrasador le recorrió las venas y le encendió una chispa en el vientre.

La agarró por los brazos y la empujó contra las cajas tras las que se había escondido.

La espalda chocó con los cajones y tomó aire de golpe al quedar aplastada entre la madera y el cuerpo de él.

Respiraba rápido y con fuerza. Tragó saliva y dejó que la mirada se le demorara en la boca de él, luego en sus ojos y de nuevo en la boca.

Cada parte de su cuerpo pedía algo a gritos. No sabía qué.

«Mentirosa».

Sí que lo sabía. «Bésame». Se repetía una y otra vez en su mente: «Bésame».

Pareció una eternidad. Una eternidad entera mirándolo mientras él le sostenía la mirada, con la respiración acompasada a la de ella. El tacto de aquella carne tan dura e inflexible atizó el fuego de su vientre hasta convertirlo en un incendio.

—Me estás volviendo loco, Princesa —musitó él antes de bajar la boca hasta la de ella.

No le dio tregua. Estaba atrapada: por su boca, por su cuerpo.

Dejó las manos colgando, flojas, a los costados, mientras los dedos de él se le clavaban en los brazos.

Pero con la boca le devolvió el beso y se deleitó en la suavidad de sus labios, en la dureza de su beso, en la fiereza de su lengua.

Besaba igual que vivía: sin disculparse ante nadie.

Y ella quería más.