Capítulo diez
Julianna sumergió las manos en el cuenco de agua fresca y las dejó allí un momento, para que el frío le aliviara los dolores del día. Luego se llevó las manos a la cara y se las pasó desde la frente hasta el cuello; después se secó el rostro con un paño.
Buscó las horquillas del pelo y las fue sacando una a una, con la mirada perdida en la ventana.
Aquella noche la recibía una luna llena, cuyo resplandor fantasmal se reflejaba trémulo sobre el mar en calma.
Abrió la ventana con cuidado y se apoyó en el alféizar para aspirar el aroma del aire fresco y la sal marina.
Aquel día había sido bueno. De hecho, los últimos días también lo habían sido. Cocinaba cada vez mejor y Louisa le confiaba más responsabilidades. El trabajo no era glamuroso ni emocionante, pero por el momento esa monotonía le gustaba bastante.
Le permitía olvidar su vida anterior. Andaba demasiado ocupada corriendo de un lado para otro, sirviendo a los clientes, cocinando y limpiando, como para preocuparse de si su prometido o su padre la encontrarían.
Se iban desdibujando los recuerdos de las horas pasadas en la señorial casa de su padre, leyendo o bordando.
Resultaba difícil siquiera comparar sus dos vidas.
La mujer que había vivido bajo la sombra de su padre parecía casi un fantasma de la mujer que era ahora.
Se quedó inmóvil al oír voces abajo. Unas voces apagadas se filtraban por la ventana abierta.
Se asomó un poco más, pero no alcanzó a ver quién había allí.
Tampoco le hacía falta. Reconocía de sobra la voz de Louisa y sospechaba que la del hombre era la de lord Redmere.
Era un conde muy respetado, dueño de gran parte de las tierras de la zona.
Acudía a la posada varias noches por semana, aunque ella no lograba entender por qué, y hasta pasaba tiempo con su hermano y con Drake.
Parecía agradable, aunque de un modo brusco, mientras que su hermano Nate resultaba bastante encantador y siempre le preguntaba cómo estaba.
Contuvo la respiración y pegó el oído a la rendija de la ventana.
—Soy una mujer de negocios, Red —dijo Louisa—. Sabes que quiero ayudar en todo lo que pueda, pero mi sustento y el de otros dependen de mí. No pienso participar en nada arriesgado.
—Y yo no te lo pediría —respondió el conde.
—Los aduaneros han estado husmeando por aquí. Tengo que despejar cualquier sospecha.
—Ahora todo está tranquilo. Drake no volverá a salir en unas semanas y ya nos las arreglaremos de otro modo —prometió Red—. No temas. No tengo la menor intención de poner en peligro a nadie más que a mí mismo.
Louisa soltó una carcajada.
—Esos hombres que te siguen se pondrían en peligro por ti encantados, y bien lo sabes. Incluso Knight.
Julianna frunció el ceño. Ya sabía ella que había algo raro en aquel grupo.
Estaba claro que Knight y Drake trabajaban juntos, pero por lo visto también andaban metidos en algo que tenía que ver con el conde.
¿Qué sería aquello que tanto interesaba a los aduaneros?
Le había insistido a Knight para que le diera detalles, pero aquel hombre era más terco que ella y se negaba a contarle nada de su vida actual.
—Será mejor que termine de limpiar. Mantén la cabeza baja, Red. No quiero verla clavada en una pica.
El tono de Louisa era jovial, pero Julianna percibió la preocupación que había debajo. ¿Qué estaban haciendo para que un conde pudiera acabar muerto por ello?
Red soltó una risita.
—Eso no sucederá jamás. Soy demasiado importante y demasiado rico para acabar así.
Julianna esperó a que los pasos se alejaran y una puerta se cerrara antes de coger la capa y echársela sobre los hombros. Salió de la posada en silencio y pasó junto a Louisa, que tarareaba una melodía mientras contaba la recaudación del día.
Con la capucha bien calada, bajó hacia el pueblo.
Los faroles colgados de los mástiles de los barcos se mecían con el suave vaivén del mar y las luces subían y bajaban como hadas que danzaran sobre el agua.
En casa rara vez veía el mar, pero había algo reconfortante en esa constancia de vivir junto a él.
Cada mañana estaba allí, como un viejo amigo.
Con cada marea traía de vuelta a los pescadores y, con ellos, vida y dinero al pueblo.
Borraba las huellas de la arena y limpiaba el aire, de modo que cada día parecía un nuevo comienzo.
Por lo que alcanzaba a ver, el barco de Drake estaba vacío.
Echó un vistazo alrededor. Aparte de unos cantos de borracho que llegaban de una de las tabernas de la calle, estaba sola.
Aprovechó la ocasión y subió a saltos por la pasarela.
En la cubierta había cuerdas enrolladas con pulcritud y el casco crujía.
Esperó un momento para orientarse y distinguió la escotilla abierta que bajaba a la bodega.
El corazón le golpeaba contra el pecho y los latidos le llegaban hasta la garganta.
Volvió a mirar alrededor y aguzó el oído en busca de alguna señal de alguien, de cualquiera.
Inspiró hondo. ¿Qué estaba haciendo?
Se humedeció los labios. Estaba averiguando la verdad, eso hacía. Si su hermano andaba metido en algo temerario, necesitaba saberlo.
«Tú también quieres saber de Drake», le susurró una vocecita. Julianna hizo caso omiso de aquella voz.
Julianna se internó en la penumbra. Nunca había estado dentro de un barco como aquel. El pulso le resonaba cada vez más fuerte, con un eco extraño, en los oídos. Tardó un momento en que los ojos se le acostumbraran a la oscuridad.
A su alrededor había redes y cajas. Levantó con cuidado la tapa de una de ellas, pero no vio más que paja.
No podía decir que fuera una experta en comercio, pero aquel barco debía de servir para traer mercancías al país, ¿no?
¿Qué clase de barco mercante se quedaba atracado semanas enteras?
¿Y qué clase de comerciante guardaba tanto silencio sobre sus negocios?
Una puerta se cerró de golpe a su espalda. Julianna apenas logró contener un chillido. Corrió hasta las cajas y se agachó detrás de una, con la respiración entrecortada. Asomó la cabeza por encima, en dirección al ruido. Los pasos se acercaron y una figura apareció en el umbral.
Drake salió de la oscuridad sin camisa. Al pasar junto a la escotilla, el hilo de luz nocturna acentuó los huecos y las sombras de su rostro, y sus facciones se recortaron con dureza.
Y también de su cuerpo.
A Julianna se le hizo un nudo en la garganta que ya no se deshizo.
Se aferró a la caja de madera y sintió cómo la madera le mordía las manos.
Drake se detuvo junto a la escotilla y miró hacia arriba.
Ella no tenía la menor idea de qué estaba haciendo, y su cabeza se negaba a reaccionar y hasta a pensar en ello.
No con él delante, tan cerca y tan… ¡tan sin camisa!
Los músculos se le ondularon al alargar la mano hacia una camisa colgada de una viga.
Tenía los brazos tensos y robustos. El vientre, surcado de músculos marcados.
Sabía que era fuerte —por Dios, hasta había sentido aquel cuerpo duro contra el suyo—, pero nada habría podido prepararla para semejante visión.
Tragó saliva y el sonido le pareció ensordecedor.
Drake metió los brazos en la camisa, pero no se la abrochó. Debía de haberse bañado, porque tenía la piel algo reluciente y el cabello húmedo y echado hacia atrás. Le hormigueaba de calor todo el cuerpo y, por mucho que se lo repitiera, no conseguía apartar los ojos de él.
—¿Quién anda ahí?
Casi se le salió el corazón por la boca. Se quedó petrificada hasta que comprendió que estaba gritando hacia la cubierta. Él subió los escalones a toda prisa y ella obligó a sus miembros a moverse. Apenas sabía si los tenía paralizados por el miedo o por algo muy distinto.
Por fin salió de su escondite, se deslizó escaleras arriba y se asomó con cautela a la cubierta.
Drake estaba en lo alto de la pasarela, de espaldas a ella, así que pudo pasar por detrás de él y agacharse tras otra pila de cajas.
Señor, si unos meses antes alguien le hubiera dicho que acabaría en Cornualles, en un barco, escondida detrás de unas cajas otra vez, le habría contestado que estaba loco.
Pero esto era un asunto de familia, ¿no? Nada que ver con Drake. Oh, no, en absoluto. Necesitaba saber qué se traía entre manos Knight y, si era algo terrible, tendría que idear el modo de impedirle cometer dicha terrible acción.
—No te rindes fácilmente, ¿verdad? —dijo Drake al intruso.
—Me llevarás a Francia.
Julianna solo alcanzaba a ver la espalda de Drake, pero reconoció la voz: era el hombre que unas semanas atrás había estado exigiendo pasaje, Ewan Wallace, si no recordaba mal.
Drake levantó las manos y Julianna contuvo el aliento al verlo retroceder hasta la cubierta.
El otro avanzó tras él, apuntándole al pecho con una pistola.
—No tengo tripulación, Ewan. ¿Qué esperas que haga? No podemos gobernar este barco entre los dos.
—Puedes reclutar unos cuantos hombres en un momento. Ofréceles unas monedas en la taberna del pueblo. Será fácil.
Drake se rió entre dientes.
—Muy bien. Tú quédate aquí; yo buscaré a los hombres.
—Ah, no, yo voy contigo. —Ewan se acercó y Drake gruñó cuando le hundió la pistola en el costado.
—¿Qué insensato se enrolaría en un barco cuyo capitán tiene una pistola apuntada a las costillas?
—Maldita sea, Drake, no me obligues a dispararte.
Drake negó con la cabeza.
—Esto es una insensatez y lo sabes.
—Drake —siseó el hombre—. Te mataré.
Drake se encogió de hombros.
—Adelante. Me gustaría verte navegar este barco tú solo.
A Julianna le temblaban las piernas. ¿Por qué no le seguía el juego, sin más? ¿Por qué se empeñaba en provocarlo? Aquel hombre se jugaba una muerte segura, ¿y para qué?
Ewan retrocedió un poco y levantó la pistola.
—Solo necesito tu barco.
—¡No!
Se levantó de un salto y la madera saltó en astillas a poca distancia de ella. El disparo retumbó por todo el puerto.