Capítulo siete
Drake maldijo en silencio a la gaviota que graznaba sobre su cabeza.
Se pasó una mano por la cara y esquivó las nasas de langosta desparramadas por el muelle.
Impregnado de olor a pescado, el puerto era un hervidero: hombres y mujeres iban y venían por el malecón de piedra mientras clasificaban la pesca del día.
Les envidiaba la energía. Él no tenía ninguna.
Tras pasar la velada bebiendo en The Royal Oak, una taberna bastante menos recomendable que el Ship, había optado por quedarse en la habitación que tenía allí. La cama era dura y el edificio, ruidoso. Entre el parloteo constante y los golpes apenas había pegado ojo, y eso lo tenía de los nervios.
Hizo una mueca y se encaminó hacia el barco, cuyos mástiles asomaban por encima de las diminutas barcas de pesca amontonadas en el puerto.
Los mercantes atracaban en Penshallow con sorprendente regularidad para lo pequeña que era la aldea, pero el puerto era uno de los mayores de Cornualles y su cercanía a ciudades importantes como Truro lo convertía en el lugar ideal para meter mercancía en la zona.
Por eso su barco no solía llamar demasiado la atención, aunque en ese momento era el único atracado.
Con el ceño fruncido, reprimió un bostezo y echó un ojo al individuo que iba y venía frente al barco.
Drake se había pasado por allí la noche anterior, pero, con el humor que llevaba, no le apetecía dormir en el camarote del capitán.
Por si fuera poco, los recuerdos de la otra noche seguían rondándole.
Puntas de daga ensangrentadas y puños volando: eso era lo que veía al cerrar los ojos.
Esa clase de recuerdos y dormir en un barco no hacían buena pareja.
En noches así lo normal era que se quedara en el Ship, como la noche de la tormenta, pero, después de que Julianna lo hubiera desterrado prácticamente, pensó que lo mejor era dejar que se calmara.
Resopló para sí mientras se acercaba al hombre, alto y delgado, que dejó de pasearse al verlo. Desterrado por la mujer a la que había rescatado. Ridículo.
—¿Nicholas Drake?
Drake asintió y lo examinó. No era lo bastante corpulento para ser un agente de aduanas, así que por ese lado no había peligro. Parecía uno de esos hombres que no se han subido a un caballo en su vida, de los que van de aquí para allá en carruajes privados.
A pesar de la aparente falta de amenaza, se mantuvo alerta. La vida le había enseñado a ser cauto. De joven no temía a nada y se lanzaba a la batalla sin pensar ni un segundo en su seguridad. Hasta que un cañonazo destrozó un costado de su barco y le incrustó metralla en el muslo.
El hombre le tendió la mano y Drake la ignoró. El otro la retiró y lo miró con unos ojos claros, ligeramente enrojecidos por los bordes.
—Necesito su ayuda.
—No creo que pueda ofrecérsela.
Al hombre se le perló el labio de sudor.
—No lo entiende. Es imprescindible que haga llegar un mensaje a Francia.
—No puedo ayudarle.
El hombre frunció el ceño.
—Me dijeron que sí podía.
Drake se encogió de hombros.
—Le informaron mal. Ahora mismo no tengo tripulación.
El hombre se pasó una mano por el pelo ceniciento.
—Insisto, de verdad.
Drake soltó una risa seca.
—Pocos hombres pueden decirme lo que tengo que hacer, y usted, desde luego, no es uno de ellos.
Al fin y al cabo, Red no había dicho nada de una misión nueva. Y Drake no mentía: en ese momento no tenía tripulación. Estaban todos de permiso en tierra y, después del último viaje, aún le faltaban dos hombres.
—Conozco sus... actividades. —El hombre bajó la voz—. No le conviene negarse.
Drake lo miró con los ojos entornados.
—¿Quién es usted?
—Alguien que necesita llegar a Francia.
Un chispazo de reconocimiento prendió en la memoria de Drake.
Había visto a ese hombre una vez, después de una pelea en la posada.
Ewan Wallace, si no recordaba mal. Formaba parte de un pequeño grupo de estafadores que se escondía de la ley en la posada de Louisa. Por lo visto, no se había marchado.
—Querrá decir que necesita huir de la ley. —Drake resopló—. Y se cree que puede amenazarme.
—Me aseguraré de que se sepa a qué se dedica si no me ayuda.
Ewan se irguió.
El cansancio le pesaba en los párpados y le secaba la boca. No estaba de humor para ayudar a un delincuente de poca monta a escapar del largo brazo de la ley.
—Lárguese de aquí antes de que haga algo de lo que me arrepienta.
—No me lo negará.
El tonillo arrogante de su voz le crispó los nervios. Dio un paso al frente y lo apuntó con el dedo.
—Claro que se lo niego, y se lo estoy negando. Fuera. De. Aquí.
—Pero...
Agarró a Ewan por el cuello de la camisa y lo empujó contra una caja grande.
—He dicho que se largue.
La caja vacía se bamboleó con el peso del hombre y se oyó un chillido. Drake frunció el ceño y se asomó por detrás de la caja.
—¿Qué demonios...?
Soltó al hombre, agarró a Julianna del brazo y la sacó a rastras de su escondite.
—¿Qué demonios haces aquí?
Ella le dedicó una mirada avergonzada y se encogió de hombros.
—¿Y mi pasaje? —exigió Ewan.
—Le daré pasaje al fondo del océano si no desaparece ahora mismo —le espetó Drake.
—Maldito sea, Drake. Todo el mundo decía que no le hacía ascos a unas monedas fáciles.
—Le informaron mal.
Clavó la mirada en Ewan hasta que este se alejó y luego volvió a centrarse en Julianna.
—Me estás apretando el brazo —protestó ella.
Drake aflojó la mano.
—¿Quién era ese hombre?
Se encontró con aquellos ojos oscuros y el deseo lo golpeó al instante como un puñetazo en el estómago. Lo apartó de su mente. No iba a dejar que su belleza lo distrajera.
—Creo que soy yo quien debería hacer las preguntas. ¿Qué haces aquí? ¿Me estabas siguiendo?
—No exactamente. ¿Por qué estaba tan enfadado?
Se contuvo para no gruñir.
—¿Qué haces aquí, Julianna?
—Anoche te vi venir hacia aquí.
—¿Y me seguiste? —Echó un vistazo a su escondite—. ¿Has estado aquí toda la noche?
Aquella mujer tenía que estar loca de remate.
—Claro que no. Volví a la posada, pero esta mañana Louisa me pidió que fuera a buscar pescado fresco y entonces te vi y, bueno, yo...
—Así que decidiste espiarme.
—Yo no lo llamaría así exactamente…
Resopló y volvió a apretarle el brazo con fuerza.
—¿Tienes ya el pescado?
Ella levantó una bolsa de red.
—Entonces vas a volver a la posada, donde no podrás meterte en líos.
—Desde luego que no.
Clavó los pies en el suelo, pero su poco peso no podía nada contra la fuerza de él. La arrastró consigo y no le quedó más remedio que avanzar a trompicones.
—No puedes tratarme así.
—Puede que esto te sorprenda, Princesa, pero puedo hacer lo que me venga en gana. Estás aquí sin nadie que te proteja. Da gracias de que hoy esté de humor caritativo.
—¡De verdad eres un bruto!
Él asintió.
—Un bruto de pies a cabeza. Pero mucho mejor que la mitad de los hombres de por aquí. ¿Tienes idea de la clase de líos en los que podrías meterte?
—¿Por ir a por pescado?
—No, por espiar.
—No veo cómo vigilar tu barco iba a meterme en líos.
Dirigió una mirada elocuente a la mano con la que le sujetaba el brazo.
—¿Y a esto cómo lo llamarías?
—A que eres un animal, eso es lo que es.
Tenía las mejillas encendidas de rabia e intentó zafarse de sus dedos, sin conseguirlo.
—Es tu barco, ¿no? —quiso saber.
—Lo es. Aunque no es asunto tuyo.
—¿Por qué te amenazó aquel hombre? ¿Y por qué quería ir a Francia, precisamente?
Drake se detuvo y observó el ángulo decidido de su barbilla.
—No es asunto tuyo, Princesa, y si yo fuera tú, mantendría esa bonita naricita bien lejos de todo esto.
La amenaza apenas surtió efecto. Ella lo miró con el mismo descaro de siempre.
Lo último que necesitaba era que Julianna Knight se viera metida en el contrabando.
Ya era bastante peligroso para los demás, que de sobra sabían en qué andaban metidos.
¿No había declarado ella misma cuánto odiaba a los contrabandistas?
Y, por si no bastara, le horrorizaba pensar qué haría Knight si se enteraba de que Julianna se estaba metiendo hasta el cuello.
La llevó de vuelta a la posada casi a rastras, sin hacer caso de sus preguntas. Abrió la puerta de un tirón y la metió dentro de un empujón. Varios hombres desayunaban ya y una camarera iba y venía entre las mesas rellenando las tazas de café.
Julianna se volvió hacia él en cuanto cerró la puerta de un portazo, sin importarle las miradas clavadas en ellos.
Se apartó un rizo de la cara.
—No veo qué justificaba semejante… semejante comportamiento de bruto.
—Y yo no veo por qué tienen que espiarme.
—Lo dices como si hubiera querido ser taimada. Simplemente pasé por casualidad junto a tu barco y sentí… curiosidad.
Él se acercó a ella.
—¿Y a ti qué te importa, Princesa? ¿No dijiste ayer que no querías volver a verme?
—No he hecho nada malo. —Alzó las manos al aire—. ¡Santo cielo, cualquiera diría que he cometido un pecado gravísimo! No he hecho más que dar un paseo por los muelles.
—Aunque la noche anterior sí me seguiste. —La señaló con el dedo—. No creas que puedes engañarme con esos ojos de inocente.
Julianna levantó la nariz.
—Quería tomar el aire. Que me topara con tu barco fue pura casualidad.
Louisa se acercó en ese momento, con los brazos cruzados.
—Creo que sería mejor que os llevarais esta discusión a otra parte.
—Yo no estoy discutiendo —declaró Julianna—. Él es el que se porta como un bruto.
—¿Tengo que echarte por ponerle las manos encima a mi personal? —Louisa le arqueó una ceja a Drake, aunque una sonrisa le rondaba los labios.
Él negó con la cabeza.
—Esta camarera tuya tiene una clara tendencia a meterse en líos. Te sugiero que la tengas bajo llave.
—¡Qué ridiculez! No hacía más que dar un paseo y traer el pescado. Y ahora se cree con derecho a arrastrarme adonde le dé la gana… —Julianna le tendió a Louisa la bolsa de pescado.
Louisa cogió el pescado y levantó una mano.
—Está claro que no debería meterme. Aunque os advierto que estáis dando un buen espectáculo. No es que a los clientes les importe. Creo que están disfrutando con la función.
Julianna echó un vistazo a los clientes que los observaban mientras Louisa se llevaba el pescado a la cocina. Soltó el aire de golpe. Tenía las mejillas enrojecidas y moteadas por la rabia.
—Todo esto es culpa tuya —siseó.
—¿Culpa mía? —Se llevó una mano al pecho—. Yo no era el que espiaba.
—Por última vez, no estaba espiando. Solo estaba…
—Escondiéndote. Fisgoneando. Escuchando a escondidas. Metiendo las narices —sugirió él.
—¡No!
—Princesa, puede que te creas… —Drake se calló cuando se abrió la puerta principal de la posada.
Una sombra enorme llenó el umbral. Con la figura recortada contra la luz del sol, Drake no alcanzaba a distinguir los rasgos del recién llegado, pero tampoco le hacía falta.
—Lo que faltaba.
Julianna se volvió y la rabia se le borró del rostro. Una sonrisa radiante le iluminó la cara y pasó junto a Drake para lanzarse a los brazos de Knight.
—¿Qué demonios…? —Knight parpadeó mientras Julianna se abrazaba al gigantón.
El gigantesco hombre de cabello oscuro entró del todo en la posada, con Julianna aún colgada de su cuello.
Su expresión seguía siendo tan impávida como siempre.
Knight la separó de él y la sostuvo por los dos brazos.
El único parecido familiar que Drake alcanzaba a ver era el color de ambos.
Por lo demás, eran dos mundos aparte. Incluso después de dos días trabajando en la posada, Julianna seguía tan refinada y hermosa como siempre.
Knight tenía la frente surcada por un ceño tan fruncido que parecía una bestia recién salida de los páramos.
—¿Qué haces aquí?
Miró a Drake.
—¿Y qué haces tú con ella?
—Tuve que marcharme —dijo ella—. Padre.
Aquella única palabra de explicación pareció bastar. Knight asintió y miró a Drake.
Drake alzó ambas manos. Ojalá hubiera podido despachar los recelos de Knight con la misma facilidad.
—Me dijo que te estaba buscando. He estado cuidando de ella.
Knight lo miró con los ojos entornados y sacó pecho.
—Más te vale que eso sea todo.
Por mucho que le tentara pinchar a Knight, Drake mantuvo la boca cerrada.
A aquel hombre no costaba nada sacarlo de sus casillas, y no le apetecía demasiado acabar a puñetazos con él.
Ni siquiera por la deliciosa Julianna. Bien valía ella un dolor de cabeza o una nariz rota, se dijo, aunque fuera la mujer más irritante, curiosa y entrometida que había conocido.