Capítulo seis
Le dolía todo el cuerpo. Julianna se irguió y se llevó una mano a la zona lumbar para intentar aliviar el dolor. Tenía los dedos en carne viva y varias quemaduras pequeñas en las manos que hacían que agarrar la fregona le doliera.
—¿Seguro que puedes con esto? —preguntó Louisa, que entró airosa en la cocina a por un puñado de tazas.
Julianna esbozó una sonrisa forzada y asintió. Louisa había sido lo bastante amable como para pasar por alto los desayunos quemados y lo mal que se le había dado servir cerveza y atender a los clientes con presteza; lo último que iba a hacer era quejarse porque le pidieran fregar.
—Estoy bien.
Louisa ladeó la cabeza y la observó.
—No estás acostumbrada a este trabajo, ¿verdad?
Julianna abrió la boca, pero volvió a cerrarla, sin saber qué decir.
Louisa levantó la mano que tenía libre.
—No hace falta que me cuentes ningún secreto. Las mujeres tenemos que apoyarnos entre nosotras. Pero que sepas que, si necesitas hablar con alguien, aquí me tienes.
Julianna sonrió.
—Gracias, te lo agradezco. Y te agradezco también que me hayas acogido.
La posadera se encogió de hombros.
—Dale las gracias a Drake, fue idea suya. —Se detuvo en el umbral—. Hablando del rey de Roma. Le has llamado bastante la atención.
Julianna se planteó salir corriendo a esconderse, pero ya era demasiado tarde.
Drake había entrado en la cocina mientras Louisa salía a toda prisa por la puerta para seguir sirviendo.
Julianna mantuvo la vista en la fregona, la hundió en el agua y la restregó por el suelo dejando grandes charcos a su paso.
Apenas lo miró.
—Es un milagro que Louisa te deje entrar aquí a todas horas.
Drake sonrió de oreja a oreja.
—¿Qué quieres que te diga? Le caigo bien.
Tenía que estar diciéndolo para fastidiarla.
Por lo poco que había averiguado de Louisa, no tenía tiempo para amantes ni para hombres como Drake, que iban de mujer en mujer, si todo lo que le habían contado era cierto.
Tampoco hacía falta que se lo contaran: había quedado claro en cuanto le puso los ojos encima, con aquellas mujeres de la vida despatarradas sobre él.
Su mirada azul la recorrió y bajó hasta el suelo. Julianna apartó la vista y volvió a hundir la fregona en el cubo.
—Creo que ya has ahogado el suelo de sobra —bromeó él.
Lo ignoró a propósito, sacó la fregona del cubo y fregó justo a su lado, dejando que las tiras de cuerda le salpicaran las punteras de las botas.
Él dio un salto atrás.
—Cuidado, Princesa.
—Si no quieres mojarte, creo que deberías marcharte.
—Quería ver cómo te había ido el primer día.
—Me ha ido bien. Estupendamente, incluso.
—Díselo al suelo. —Fue a quitarle la fregona, pero ella se apartó de un salto. Ya había sido bastante humillante que él tuviera que ayudarla con el desayuno; no iba a dejar que fregara también.
—Supongo que eres todo un experto fregando.
—Sí, creo que sí.
Julianna se detuvo y se apoyó en el mango de la fregona.
—¿Tú sabes fregar?
—Desde luego.
Lo miró con el ceño fruncido y le examinó el aspecto.
Su ropa no era barata: la chaqueta, hecha a medida, le sentaba a la perfección, y el chaleco iba ribeteado con bordados.
Sin embargo, la forma en que el pelo rubio ceniza le rozaba el cuello y la barba de dos días que le sombreaba el mentón decían que no era ningún noble.
Había dicho que había estado en la guerra, así que podía ser un segundo hijo, pero el acento le resultaba un poco demasiado tosco para eso.
Tenía que admitirlo: había conseguido intrigarla.
—¿A qué te dedicas exactamente, señor Drake, si sabes fregar?
—No soy más que un hombre de muchos talentos.
Julianna apoyó la fregona en la pared y se cruzó de brazos. Se tenía por todo un pícaro; a ella solo le apetecía borrarle esa sonrisa de la cara.
—No creo que seas tan misterioso como te crees. Serás un… un abogado. —Asintió—. Sí, ayudas a los criminales a quedar libres o a los ricos a esconder su fortuna.
Él curvó los labios.
—Incorrecto.
—Muy bien, no eres abogado. —Lo escrutó—. Eres un tahúr. Les sacas el dinero a hombres incautos. Por eso pasas tanto tiempo aquí.
—¿Viste anoche una baraja en mis manos? Además, soy un desastre con las cartas.
—Admite que tiene defectos. Un milagro. —Tomó aire—. Eres contable. Un contable gris y aburrido que no soporta su trabajo y se pasa el tiempo en la posada fingiendo ser algo que no es.
Drake dio un paso hacia ella y sus botas chapotearon en el suelo.
—Te equivocas otra vez.
La arrogancia de su expresión la hizo apretar los puños. Maldita sea, lo único que quería era ganarle por una vez. Se llevó un dedo a los labios.
—¡Ya lo sé! Eres un salteador de caminos. Asaltas a los ricos de noche y por eso anoche estabas aquí hasta tan tarde.
Él alzó una ceja.
—¿En serio?
Julianna bufó.
—Está bien, no eres un salteador de caminos.
Volvió a acercarse. Aunque ella no era una mujer baja, él la hacía parecer diminuta.
Tenía los hombros anchos y los brazos le llenaban la chaqueta de sobra.
Fuera lo que fuese a lo que se dedicara, lo mantenía en muy buena forma.
Demasiado buena. No era de extrañar que anoche hubiera tenido mujeres encaramadas encima.
Era demasiado guapo para su propio bien.
—Ah, ya lo tengo. Esa pose de pícaro no es más que eso: una pose. En realidad eres un agente de aduanas que intenta desmantelar una red de contrabando.
Sus ojos chispearon.
—Frío, frío.
No, pero ella no estaba nada fría. Sentía calor por todo el cuerpo, desde los dedos, que solo unos instantes antes se le habían quedado helados con la fregona mojada, hasta los dedos de los pies.
Notó que se le acumulaba en las mejillas al tenerlo tan cerca.
Estaba demasiado cerca y era demasiado guapo.
Sus ojos azules tenían motas doradas en el borde y parte de la barba que le rodeaba los labios era blanca.
Los dedos le hormiguearon con las ganas de tocar aquella barba.
—Pues me rindo —declaró, con la voz más quebrada de lo que le habría gustado—. No sé por qué tienes que ser tan reservado.
—No te hacía el tipo de mujer que se rinde con tanta facilidad.
Se acercó hasta que apenas quedó espacio entre ambos.
—¡No me estoy rindiendo!
Julianna retrocedió y el trasero le chocó contra la mesa. Él avanzó tras ella.
—Entonces estás huyendo.
Enderezó la espalda y le sostuvo la mirada de frente.
—Jamás.
Drake dio un paso más para salvar la distancia que quedaba.
Su cuerpo se apretó contra el de ella. Los muslos firmes se le pegaron a las piernas.
Con los ojos muy abiertos, contuvo el aliento cuando él le llevó un dedo a la barbilla y se la levantó, de modo que no pudiera escapar de la profundidad de sus ojos.
Parecían hundírsele en el pecho y desbocarle el corazón.
La boca seca le impedía articular palabra y el cuerpo, paralizado, no le respondía.
—¿Por qué estás tan enfadada conmigo, Princesa? Yo fui quien te rescató, ¿no?
Su mente se había convertido en una llanura vacía, un puro vacío, tan yerma como las tierras salvajes de Northumberland. Le temblaban las rodillas y la lengua se le había vuelto torpe. ¿Por qué estaba enfadada con él? ¿Por qué se empeñaba en encontrarle defectos? Ya no era capaz de recordarlo.
Él se inclinó y dejó que su aliento le rozara los labios. Iba a besarla. Un torbellino de pánico estalló en su interior; se agachó para esquivarlo y lo empujó con fuerza con ambas palmas.
Ahora recordaba por qué. Era un seductor y un pícaro, dispuesto a besar a una mujer a la que apenas conocía.
Al pasar a toda prisa junto a él, resbaló en el suelo empapado. Todo sucedió demasiado deprisa. El mundo se inclinó y fue a caer dentro del cubo con un chapoteo. El agua le empapó la falda y le resbaló por las piernas.
Drake abrió mucho los ojos y se quedó con la boca entreabierta apenas un instante, antes de estallar en carcajadas y agarrarse los costados.
Julianna le lanzó una mirada furiosa y luchó por ponerse en pie.
El suelo mojado y el cubo, que se le había encajado en el trasero, se lo ponían casi imposible. Le ardía la cara.
Él se secó una lágrima y le tendió la mano.
—Permíteme.
Ella le apartó la mano de un manotazo y consiguió incorporarse agarrada al borde de la mesa cercana.
—Supongo que te parece muy gracioso.
Le tembló la barbilla. Se apartó un mechón de la cara, demasiado consciente de cómo las faldas se le pegaban a las piernas, lo que la hacía sentirse incómoda y ridícula.
—Si fuera al revés, tú también te reirías, admítelo. —Apretó los labios.
—¡Fuera! —ordenó, señalando la puerta con el dedo—. ¡Fuera de aquí! No quiero volver a verte nunca.
Dio media vuelta antes de que él pudiera responder, subió las escaleras a toda prisa y se cambió de vestido con las manos temblorosas.
Por suerte, Louisa había tenido la amabilidad de dejarle tiempo para ir a recoger sus escasas pertenencias a la otra posada.
No tenía mucho, pero sí lo suficiente para ir abrigada y vestida.
Haber salido de casa con tanta prisa le había dejado poco tiempo para hacer el equipaje.
Sacó un vestido y se quitó el empapado, que arrojó sobre el respaldo de una silla.
Metió los brazos en las mangas y forcejeó para abrochárselo frente al espejo mugriento que colgaba de una pared.
Normalmente alguien lo hacía por ella. Las doncellas habían ido y venido por culpa del carácter quisquilloso y horrible de su padre, así que nunca había llegado a encariñarse con ninguna, pero echaba de menos su ayuda.
¿Quién se creía que era aquel hombre? ¿Por qué pensaba Drake que podía irrumpir en su vida, reírse de ella y… e intentar besarla? Contempló su reflejo y trató de alisarse el cabello hacia atrás.
Drake ya sabía mucho de ella. Bueno, quizá no supiera que tenía un título.
Que, en efecto, era de tan buena cuna como él había supuesto y que su hermano heredaría algún día un vizcondado sin un penique.
Pero sabía más de ella que ella de él, y aquel halo de misterio del que se empeñaba en rodearse la exasperaba.
La dejaba en desventaja, y eso no le gustaba nada.
Solo había una manera de hacer frente a un hombre como Drake: con conocimiento.
Julianna cogió la pelliza, se la abotonó y se miró al espejo.
Tenía las mejillas encendidas y el pelo nunca le había parecido tan alborotado, ni siquiera después de atravesar medio país.
Negó con la cabeza ante su propio reflejo.
¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué la sacaba tanto de quicio aquel hombre?
Bajó deprisa y entró en la taberna. Louisa estaba detrás de la barra.
—¿Drake sigue aquí?
Louisa le repasó el aspecto con una ceja alzada, pero no hizo ningún comentario.
—Se ha ido hace un momento. Con el rabo entre las piernas, por lo que parecía.
Julianna soltó un resoplido poco propio de una dama.
—Lo dudo. —Terminó de abrocharse la chaqueta—. ¿Te importa si salgo un momento? Creo que me he dejado algo en la posada. Ya he terminado de limpiar la cocina.
—Claro que no, hoy has trabajado mucho. Aunque ten cuidado, Julianna. No es seguro andar por ahí a estas horas de la noche. A menos, claro está, que te encuentres con un protector… uno que se llame Drake, por ejemplo.
—Yo…
Julianna no supo cómo plantarle cara a la mirada cómplice de Louisa, así que ni siquiera intentó defenderse.
—Tengo que irme.
Una ráfaga de aire gélido le golpeó la cara al salir a la noche.
Sin duda era una necia. Aquel hombre no merecía ni que lo siguiera, pero no pudo evitarlo.
Era demasiado reservado, demasiado engreído.
Empezaba a dudar de que conociera siquiera a su hermano y a pensar que solo estaba jugando con ella.
No pensaba tolerar más sus burlas. Tenía que descubrir la verdad.