Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo cinco
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Capítulo cinco

—¿Knight tiene una hermana? —Nate clavó el tenedor en el beicon carbonizado e hizo una mueca.

Drake asintió y observó su propio desayuno, igual de incomestible que el de Nate. Red había optado por unas gachas regadas con café y se había librado de las ofrendas carbonizadas que se estaban comiendo Drake y Nate.

—Nunca imaginé que Knight tuviera familia. Cuesta hasta pensar que tuviera padres —reflexionó Nate.

—Supongo que te lo imaginabas saliendo de un huevo —replicó con sorna Red, el hermano de Nate.

Los dos hombres se parecían mucho, aunque Nate llevaba gafas.

Pelo oscuro y ese aire elegante que da la buena cuna.

Eso sí, ambos eran capaces de trabajar más duro que cualquier noble que Drake hubiera conocido.

Red, o el duque de Redmere, como lo llamaban sus vasallos, poseía tierras y fortuna suficientes para pasar el resto de sus días mano sobre mano, pero Nate, al ser el segundo hijo, había querido sumarse al esfuerzo bélico.

Cuando no pudo por culpa de la vista, se les ocurrió el plan.

Red incorporó a Drake en cuanto este se recuperó de sus heridas, y gracias a Dios que lo hizo.

Antes de unirse a aquellos hombres en Cornualles, se pasaba las horas en una posada sin apenas un penique en el bolsillo, tras haber perdido la modesta propiedad familiar y con las tripas podridas de alcohol.

El contrabando le había devuelto un propósito.

Ah, y dinero. Dinero a montones. Puede que no fuera más que un simple barón, pero esperaba poder restaurar la casa solariega y las tierras de su familia cuando todo aquello acabara. En el fondo siempre sería capitán, pero la llamada del mar se le iba apagando poco a poco.

—¿Y qué aspecto tiene? —Nate se inclinó hacia él; había desistido del beicon y había tirado el tenedor—. ¿Es…, ya sabes…?

Drake lo miró con los ojos entrecerrados.

—No tengo ni idea de a qué te refieres.

Red se echó a reír sobre el café y la risa se le transformó enseguida en tos. Nate le dio una buena palmada en la espalda.

—¿Es…? —Nate hizo un gesto con las dos manos delante del pecho.

—Cuidado —advirtió Red—. Patience te cortará los huevos si te oye hablar así de otra mujer.

—Mi esposa jamás haría tal cosa. —Nate hizo una pausa—. Eso creo. Demonios, ¿quién sabe? Es condenadamente impredecible.

Por la sonrisa que esbozó, Drake supuso que Nate estaba más que encantado con su impredecible esposa. Y no le extrañaba. Aquella mujer de pantalones era una criatura de armas tomar.

—A Hannah tampoco le haría ninguna gracia. —Red hizo el gesto de coserse los labios—. Y por eso yo no pienso participar en esta conversación.

—No sé por qué os creéis que en lo primero que me fijo en una mujer es el tamaño de los pechos. —Drake puso cara de ofendido.

Nate negó con la cabeza entre risas.

—Porque te conocemos.

—Porque no paraste de hablar de los… atributos de Hannah cuando la conociste —murmuró Red.

—Bueno, la verdad es que son… —Drake captó la mirada glacial de Red y decidió no volver a mencionar jamás los atributos de su esposa, por generosos que fueran—. En fin, Julianna es bastante menuda. Una cosita delicada, la verdad.

—¿Cómo demonios puede un bruto como Knight tener una hermana delicada? —Nate negó con la cabeza, incrédulo—. Me la había imaginado más bien grandota y poco agraciada.

—Si acabas de enterarte de que existe —señaló Red.

—Tengo una imaginación muy rápida —replicó Nate, y bajó la vista hacia su plato intacto—. Es una lástima que Knight no esté aquí. Lo mandaría al patio a cambiar unas palabras con Louisa. Ya sabes cómo se le encienden las mejillas cada vez que alguien la menciona. No hay nada más divertido.

Red dio un sorbo al café.

—Debería estar de vuelta en unos días, cuando acabe de dar salida a nuestro último cargamento.

—Y ojalá saque un buen precio por él. —Drake cogió una salchicha negruzca y la golpeó contra el plato. Sonó un golpe seco contra el metal—. Creo que voy a averiguar por qué nuestra comida es incomestible.

—¿Y a ver si ronda por ahí la hermana de Knight? —preguntó Nate, con una sonrisa cómplice en los labios.

—Sospecho que ya tiene trabajo, de ahí la comida. —Drake señaló los platos con la mano—. Me contó bien poco, pero es imposible que haya cocinado o limpiado en su vida.

—¿Así que la recomendaste para un trabajo que no sabe hacer? —Red negó con la cabeza—. Puedes ser un canalla, Drake, pero no te creía cruel.

Drake levantó una mano.

—La rescaté de Dios sabe qué destino e intenté pagarle el alojamiento, pero no quiso ni oír hablar del asunto.

—¿Un rescate heroico y encima ofrecerle tu dinero? Por no hablar de que te niegas a mencionar sus… atributos. Debes de estar enamorado. —Nate le dio un codazo.

Drake se levantó entre risas.

—Es una mujer muy guapa, Nate, pero hay una buena diferencia entre el amor y la lujuria. Deberías saberlo, con los años que llevas casado. O quizá la lujuria ya se haya esfumado de tu matrimonio. No se lo reprocharía a Patience, teniendo que acostarse contigo todas las noches.

Nate se irguió.

—Mi mujer me desea tanto como el día que nos casamos. O más.

Drake sonrió con suficiencia.

—Si tú lo dices. Ahora deja que vaya a ver qué le ha pasado a la comida de esta casa.

—Ten cuidado, Drake —le advirtió Red—. A Knight no le va a gustar que desees a su hermana.

—Un poco de deseo no le hace daño a nadie. Knight no tiene por qué enterarse. Al fin y al cabo, solo voy a mirar. Julianna ya me tiene en bastante mala estima.

—Chica lista. —Red sonrió con burla.

—Eso sí que sería la primera vez —comentó Nate.

Drake los ignoró y se dirigió a la cocina. Se le escapó un bostezo y se pasó una mano por la cara. Después de las noches de tormenta estaba acostumbrado a sentirse algo maltrecho, pero esta vez no era por la bebida, como de costumbre. No. Era por Julianna Knight.

Bueno, por Julianna Knight y su facilidad para meterse en líos. Se había quedado un buen rato delante de su puerta para asegurarse de que no le surgieran más problemas.

Por desgracia, había sido demasiado consciente de los pasos amortiguados que llegaban de su habitación y del chapoteo del agua. Aún ahora sentía el calor deslizándole los dedos por dentro, solo de pensar en ella desnudándose y quitándose la suciedad del cuerpo.

Olfateó el aire al entrar en la cocina y el humo se le agarró al fondo de la garganta. No pudo contener la tos, y Julianna se volvió al oírla, con una sartén de beicon carbonizado en la mano.

—¿Qué haces aquí? —exigió saber.

Ese día llevaba un vestido sencillo que le quedaba demasiado grande. Debía de habérselo prestado Louisa, más generosa de pecho que ella. A la cintura llevaba atado un delantal manchado de huellas grasientas. Tendría que ofrecerse a recoger sus cosas de la posada.

—He venido a averiguar por qué mi desayuno está más negro que el cielo nocturno.

Ella se sopló un rizo para apartárselo de la cara. Llevaba los rizos oscuros recogidos en un moño desaliñado del que sobresalían mechones en todas direcciones, y tenía las mejillas encendidas y brillantes.

—No estaba tan mal.

Él arqueó una ceja y se apoyó en el marco de la puerta.

—Mi estómago opina lo contrario.

—Está bien. —Suspiró—. Te prepararé otro.

Él miró el beicon.

—Si eso va a formar parte del desayuno, me quedaré con el whisky. —Echó un vistazo a la cocina vacía—. ¿Dónde está Louisa?

—Amy llega tarde y había que hacer las camas.

—¿No podías haberlas hecho tú?

Julianna hundió los hombros.

—Yo... no sé cómo se hace.

No pudo evitar reírse.

—¿Y pensabas que cocinar para hombres hambrientos era mejor opción?

Ella se encogió de hombros y le dedicó una sonrisa débil.

—Pensé que sería bastante fácil.

—¿Tienes alguna experiencia en la cocina?

La vio sopesar sus opciones antes de negar con la cabeza.

—¿Qué hace una dama como tú en un lugar como este, Princesa? Está claro que este no es tu sitio. ¿Por qué no vuelves a casa, donde vuelvan a cocinar para ti?

Se le formaron unas arrugas entre las cejas.

—¿Cómo sabes que había gente que cocinaba para mí?

Él señaló el desastre.

—Por eso y por cómo te mueves. Sin contar el vestido que llevabas ayer. Yo entiendo de vestidos, Princesa, y ese no era un vestido barato.

—Ah, sí, me imagino que entiendes de vestidos. Sin duda les has quitado unos cuantos a muchas mujeres.

—Puede ser. —Sonrió con suficiencia.

—Sabes por qué estoy aquí, Drake —espetó ella—. Estoy aquí por mi hermano.

—Solo intento decirte que tengas cuidado. Se te nota la cuna y, aunque en Louisa puedas encontrar caridad, no todo el mundo es igual de honrado ni de acogedor.

—Creo que eso lo descubrí ayer. Aunque no alcanzo a comprender en qué categoría entras tú.

—Pues el apuesto héroe, naturalmente.

—¿Y no el pícaro deshonesto? —Raspó el beicon carbonizado y lo echó en un plato.

A Drake le dio lástima quien tuviera que comerse semejantes ofrendas.

—No he hecho otra cosa que decir la verdad.

—No temas, conozco bien la reputación de Cornualles como refugio de algunos de los peores elementos de la sociedad.

—Bueno, no todos somos malos...

—Contrabandistas, ladrones, piratas... Creen que pueden hacer lo que les venga en gana porque están muy lejos de Londres y del alcance de la ley.

—Ah, ¿así que sabes mucho de contrabandistas? —Logró disimular una sonrisa.

—He leído libros y periódicos.

—¿Y qué dicen esos libros y periódicos de los contrabandistas?

—Que son la escoria de la tierra. Mientras nuestros hombres mueren frente a los franceses, esos contrabandistas se aprovechan de la guerra y de todos los bloqueos. Creo que la mayoría vendería hasta a su propia madre.

Verla arrugar la nariz con asco mientras acababa de llenar los platos de comida incomible le hizo reír.

Ella le sostuvo la mirada.

—¿Te parece gracioso lo que hacen?

—Solo creo que quizá opinarías de otra manera si conocieras a un contrabandista de verdad. Hay una diferencia entre la realidad y la ficción, Princesa.

—Lo sé. Pero ¿qué me dices de los que controlan pueblos enteros? No puedes negar que existen. He oído que amenazan a los lugareños con quemarles las casas o con hacer daño a sus familias si le dicen una palabra a los agentes de aduanas.

—Eso pasa, sí, pero desde luego no aquí, en Penshallow.

Quienes sabían del contrabando hacían la vista gorda, así que apenas hacían falta amenazas.

Y en cuanto a los agentes de aduanas, no se encontraban el culo ni con las dos manos.

Drake había tenido unos cuantos encontronazos con ellos y un par de veces se había librado por los pelos, pero ninguno sospechaba que él y el conde de Redmere habían llegado a un acuerdo para meter y sacar mercancías, además de información y espías.

Para los franceses no eran más que criminales: la tapadera perfecta.

Por supuesto, si alguna vez se descubría, Drake acabaría en la horca, pues la Corona jamás los reconocería. A Red y a Nate, en cambio, seguramente los salvaría su cuna.

Aun así, era un riesgo que estaba dispuesto a correr. Mejor eso que quedarse de brazos cruzados, compadeciéndose de sí mismo como había hecho desde que lo hirieron.

—Bueno, lo único que sé es que jamás me relacionaría con hombres así. —Cogió tres platos de comida, uno de ellos en precario equilibrio sobre el brazo, y lo miró—. Tengo que llevarles la comida a los hombres.

Drake se hizo a un lado.

—No seré yo quien se interponga entre unos hombres y su... —miró los platos— eh, comida.

Ella entrecerró los ojos hasta convertirlos en dos rendijas.

Intentó pasar a su lado, pero el plato que llevaba en el brazo se inclinó.

Al tratar de evitar que cayera, ladeó el que sostenía en la mano y la comida resbaló al suelo.

Los otros dos platos siguieron el mismo camino y se estrellaron contra las tablas de madera con gran estrépito.

Ambos se quedaron mirando el desastre un instante.

—Ay, no —gimoteó ella—. Si Louisa se entera de esto, jamás conservaré este trabajo.

Dudaba que Louisa echara a la calle a una mujer desamparada, pero él tenía parte de culpa, ya que había sido él quien había propuesto a Julianna para el puesto. Con un gesto, la devolvió a la cocina.

—Vuelve a cocinar. Yo limpiaré este estropicio.

Se agachó para recoger toda la comida que pudo.

—Ve —le indicó con un gesto al ver que ella seguía plantada en el umbral.

Julianna se puso manos a la obra y echó la comida a la sartén de golpe. Por lo visto, también tendría que enseñarle a cocinar. Encontró una fregona y un cubo, limpió lo peor del estropicio y luego se asomó por encima del hombro de ella para ver cómo iba.

—Con eso basta. El negro no es el color que buscas —le recordó.

Ella volvió la cabeza. Tenía los labios a escasos centímetros de los de él. Drake notó su aliento en la piel y el olor a jabón lo provocó. Le miró aquella boca rosada como un pétalo y tuvo que disimular un gemido. La vio tragar saliva y entonces ella apartó la cara de golpe.

—¿Tú crees? —preguntó ella—. Temía que estuviera cruda.

Él no hizo caso de la comida. Ya estaba hecha; no le hacía falta ni mirar. Le observó el perfil y se preguntó qué haría ella si le ceñía la cintura con las manos y la atraía hacia su cuerpo. Notaría lo dura que tenía la polla. ¿La escandalizaría?

—¿Drake?

Él se echó un poco hacia atrás y asintió.

—Ya está.

—Bien.

Sirvió la comida y esta vez optó por llevarse solo dos platos. Evitó mirarlo a los ojos.

—Yo... gracias —murmuró al pasar junto a él de camino a la posada.

—De nada, princesa —dijo él entre dientes, y se volvió para verla servir a los hombres.

Si se hubiera tratado de cualquier otra mujer, a estas alturas ya la tendría tumbada boca arriba y gimiendo su nombre.

Julianna Knight era una mujer de carácter.

Se preguntó hasta dónde podría presionarla.

Llevaba un tiempo buscando una distracción mientras esperaba la siguiente misión. Sospechaba que acababa de encontrarla.