Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

Julianna vaciló ante la puerta de la posada.

Puede que le quedara poco orgullo después de tanta caída y que, a esas alturas, estuviera más que desesperada, pero podía afirmar sin temor a equivocarse que jamás había entrado en un edificio en semejante estado.

En realidad, nunca había llevado el vestido y la cara embadurnados de barro.

Pero los escalofríos la sacudían hasta los huesos y, si Drake iba a llevarla con su hermano, no tenía más remedio que seguirlo.

Le lanzó una ojeada al perfil, iluminado por el resplandor de los dos faroles que flanqueaban la puerta.

Mandíbula recia, mirada intensa, nariz algo torcida y pelo rizado, oscurecido por la lluvia, que le rozaba el cuello de la camisa.

No se parecía en nada a los hombres con los que ella solía tratar.

Una cicatriz le cruzaba el labio, aunque no le afeaba.

De algún modo, le daba carácter al rostro y le confería un aire demasiado diabólico.

No podía decir que nunca hubiera entendido el atractivo de los hombres de aspecto peligroso.

Algunas de sus amigas eran propensas a suspirar por hombres así, y no le cabía duda de que Drake las habría dejado rendidas.

Pero ella era demasiado sensata para perder la cabeza por un hombre como él… ¿o no?

—Sabes cómo funcionan las puertas, ¿no?

Lo dijo con sorna. Tenía los labios torcidos en un gesto que empezaba a resultarle familiar.

—Sí, claro.

Empujó la puerta y se le escapó un suspiro cuando el calor le golpeó la cara.

El fuego ardía con fuerza en la chimenea y le tendía sus acogedores dedos.

La mayoría de los clientes se habían marchado o dormían en las sillas o desplomados sobre las mesas.

Tres ancianos se apiñaban en un rincón en torno a una partida de cartas que avanzaba con tal parsimonia que imaginó que duraría hasta el amanecer.

—Iré a buscar a Louisa. Ella puede prepararte una habitación y subirte agua para… —la recorrió con la mirada— lavarte.

Un destello de algo en su mirada le encogió el estómago de un modo demasiado delicioso.

Nada parecido a lo que sentía cuando su prometido intentaba tocarla.

Un estremecimiento le recorrió el cuerpo entero, y no podía culpar al frío de aquello.

John bastaba para hacerla temblar aunque estuviera sentada frente al fuego con ropa limpia y seca.

Julianna le puso una mano en el brazo.

—Espera. Yo… —Se mordió el labio inferior—. No puedo pagar otra habitación.

Él descartó sus palabras con un gesto.

—Ya lo pago yo.

Negó con la cabeza con vehemencia.

—No necesito tu caridad.

Había dependido de los hombres toda su vida y ahí estaba el resultado: cubierta de barro en una zona del país donde nunca había puesto un pie.

Por desgracia, tendría que seguir dependiendo de su hermano un poco más, hasta decidir qué hacer.

Pero eso no era lo mismo que dejar que un desconocido le pagara nada.

—Si me llevas con mi hermano, él se hará cargo.

—Eso no va a pasar.

Se encaminó a la barra y ella lo siguió. Drake se inclinó, cogió una botella de whisky de detrás del mostrador y se sirvió una buena cantidad en un vaso vacío. Luego levantó la botella y se la ofreció.

Julianna negó con la cabeza y se puso las manos en las caderas.

—¿Por qué no va a pasar?

—Está fuera por negocios. No volverá hasta dentro de unos días.

—Pero has dicho…

—He dicho que puedo llevarte con tu hermano. —Drake se acomodó en un taburete y miró alrededor—. Aunque supongo que debería haber dicho que será él quien venga a ti. En cuanto regrese, el Ship será su primer puerto de escala.

—Oh.

Sonrió de oreja a oreja.

—Sí. Oh. Y ahora, ¿por qué no te sientas y tomas algo? Si de verdad eres la hermana de Knight, me cortará la cabeza si dejo que mueras de frío.

—Solo los hombres creen que el whisky salva a alguien de morir congelado.

—A mí el whisky me ha salvado muchas veces.

—Y lo más seguro es que también acabe contigo.

Drake negó con la cabeza y se echó a reír.

—Ya me tienes calado, ¿verdad, Princesa?

Se cruzó de brazos.

—Creo que sí. —Julianna frunció el ceño al ver que él no respondía y seguía observándola—. ¿Qué pasa?

—La hermana de Knight… —murmuró—. No, no me lo imagino.

—Pues es verdad. Nos llevamos bastantes años, pero nacimos de la misma madre. No es que nada de esto importe. Sigo teniendo que encontrar la forma de pagar el alojamiento si mi hermano no va a volver pronto. Si lo que dices es cierto.

—Soy muchas cosas, Princesa, pero mentiroso no. —Se bebió el whisky de un trago y dejó el vaso de golpe sobre la barra.

Drake se bajó del taburete. No se le escapó la mueca de dolor que él trató de disimular. Era evidente que las heridas de guerra le dolían. Quizá fuera eso lo que explicaba su extraño comportamiento después de la pelea.

—Louisa debe de estar en la cocina. —Señaló con la cabeza la puerta que había a un lado de la barra—. Ven conmigo.

Ella vaciló. La noche no había salido en absoluto como había previsto.

Había contado con encontrar a su hermano enseguida, poder explicarle todo lo ocurrido y hablar con él de lo que debía hacer a continuación.

En cambio, la habían atacado, se había calado hasta los huesos, estaba cubierta de barro y se veía obligada a depender de aquel pícaro.

—¿Princesa?

—Me llamo Julianna —protestó, mientras lo seguía a la cocina.

La mujer que Julianna había conocido antes levantó la vista cuando entraron.

Interrumpió su tarea de apalear la masa hasta someterla.

Una moza estaba junto al fregadero, lavando vasos y platos.

Otra barría el suelo. Julianna se quedó en el umbral, con la sensación de estar irrumpiendo en otro mundo.

En su casa estaba mal visto entrar en las dependencias del servicio, y a los criados no solía gustarles que sus señores los vigilaran.

—Drake, has sobrevivido —declaró Louisa, que hizo girar la masa y la estampó de nuevo sobre la superficie enharinada—. Me preguntaba si esos brutos habrían podido contigo.

—Jamás.

Entró en la cocina como si fuera suya y pasara allí buena parte de sus días. Apoyado contra la pared, cogió una zanahoria pelada de las que esperaban pacientemente en un montón para que las cortaran en dados, supuso Julianna, y le dio un bocado.

Julianna miró a uno y a otro. ¿Serían amantes?

Había dado por hecho que Louisa era la esposa del posadero, pero parecía que allí mandaba ella sola.

Si no estaba casada, no había razón para que Drake no la tomara como amante.

Con ese pelo color miel y ese busto generoso, a Louisa no debían de faltarle atenciones masculinas.

Pero ¿por qué demonios la idea de que fueran amantes le retorcía el estómago de fastidio?

Louisa dejó de batir la masa cuando por fin miró hacia Julianna.

—¡Dios santo! ¿Qué te ha pasado?

Julianna esbozó una sonrisa débil.

—No sé ni cómo explicarlo.

—Julianna necesita trabajo —anunció Drake.

Ella parpadeó.

—¿Lo necesito?

Él asintió.

—Y alojamiento también.

Louisa la miró de arriba abajo.

—¿Sabes fregar suelos? ¿Lavar ollas?

Abrió la boca para decir que nunca había hecho ni lo uno ni lo otro, pero volvió a cerrarla y miró a las mujeres que hacían precisamente eso. No parecía tan difícil. Julianna alzó la barbilla.

—Sí, puedo hacer todo lo que necesites de mí.

Louisa asintió.

—Siempre me viene bien una mano más, y es época tranquila del año, así que puedes quedarte en una de las habitaciones de huéspedes.

Señaló hacia arriba con una mano enharinada.

—Acompáñala arriba, Drake. Puede quedarse en la que da al mar.

Drake dio otro mordisco a la zanahoria y asintió.

—¿Habrá agua?

—Sí. Aunque haré que Amy te suba agua caliente. Creo que la necesitas. —Louisa le dedicó una cálida sonrisa.

Julianna le devolvió la sonrisa.

—De verdad que no sé cómo agradecértelo.

Louisa quitó importancia a sus palabras con un ademán.

—Solo te pido que trabajes duro.

—Lo haré —prometió Julianna.

—Sígueme. —Drake dio media vuelta y subió las escaleras delante de ella.

—¿Hace mucho que conoces a Louisa? —preguntó ella mientras lo seguía arrastrando los pies.

—Desde que llegué a Penshallow.

—¿Y cuándo fue eso?

—Hace unos años.

—¿Por qué viniste aquí?

Él se detuvo en lo alto de la escalera.

—Aquí el forastero no soy yo, Princesa. Lo eres tú. Creo que debería ser yo quien hiciera las preguntas.

—Pregunta lo que quieras, pero eso no significa que vaya a responder.

—Entonces ¿por qué debería responder yo a las tuyas?

Frunció los labios y el ceño.

—Tú llévame a mi habitación y ya está.

—Pues por supuesto, Princesa. Lo que tú digas. —Hizo una reverencia burlona y la condujo por un pasillo estrecho flanqueado de puertas. Se detuvo ante la última habitación, giró la llave en la cerradura y abrió con suavidad. Sacó la llave y se la puso en la mano, apretándosela contra la palma.

—Cierra la puerta con llave. De noche rondan por ahí pícaros de toda clase.

—¿Pícaros como tú, quieres decir? —Cerró los dedos alrededor de la llave.

Los ojos le centellearon de regocijo.

—Mucho, mucho peores que yo.

—Yo… —Apretó los labios y volvió a intentarlo—. Te agradezco la ayuda.

Él dejó entrever los dientes.

—¿Lo ves? No ha sido tan difícil, ¿verdad?

Ella lo miró con los ojos entrecerrados.

—Un caballero no se regodearía tanto.

—Bueno, como ya has señalado, yo soy un pícaro, no un caballero. —Se volvió—. Duerme bien, Princesa.

Julianna no lograba entender por qué, pero las ganas de pedirle que se quedara le ardían en la garganta.

Probablemente porque era el único amigo que tenía allí.

Si es que podía llamarlo amigo. Se tragó las palabras y esperó a que él desapareciera en la oscuridad de la escalera antes de entrar en su nuevo alojamiento.

Sencilla pero limpia, la habitación daba al mar.

La posada quedaba algo retirada de los acantilados, expuesta a la brutalidad del clima de la costa.

Aunque la lluvia había amainado, el viento azotaba las ventanas y las hacía crujir y traquetear.

En la negrura del océano alcanzaba a distinguir las crestas blancas de las olas.

Julianna se rodeó el cuerpo con los brazos.

Northumberland tenía fama de tierra inhóspita, tan cerca de Escocia, pero no era ni de lejos tan agreste como Cornualles, donde era bien sabido que los piratas y los contrabandistas dominaban gran parte del litoral.

Siempre se había preguntado por qué su hermano había venido allí, pero ahora que era ella la que huía lo entendía. Aquel lugar salvaje era de verdad como el fin del mundo. Perfecto para quienes no deseaban ser encontrados.