Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo tres
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Capítulo tres

Drake había tenido suerte al dar con aquella mujer. Aunque el pueblo de Penshallow era pequeño, se había extendido de forma desordenada: las casas de los pescadores irradiaban desde el puerto, con las paredes torcidas y pegadas unas a otras. Perderse allí resultaba demasiado fácil.

También resultaba demasiado fácil secuestrar a una mujer y esconderla.

Mientras los brazos del hombre se cerraban con fuerza en torno a la mujer y su compañero se retorcía de dolor en el suelo por la herida del hombro, Drake levantó la pistola.

Era un tirador excelente, pero con un arma tan poco fiable sería demasiado fácil alcanzar a la mujer. No tenía la menor intención de usarla.

El quejido de dolor de la mujer, unido al miedo de sus ojos, hizo que Drake pasara a la acción.

Se movió con rapidez y estampó la culata de la pistola contra la mandíbula del hombre.

Cuando el bruto se recuperó, se abalanzó con el cuchillo y se lo clavó en la parte alta del brazo. El hombre soltó un aullido de dolor.

La mujer retrocedió de un salto en cuanto la soltaron, trastabilló sobre los adoquines empapados y cayó en un charco con un chapoteo.

Drake no le hizo caso por el momento. Hizo girar la pistola en la palma y apuntó primero al grandullón y luego al hombre tendido en el suelo.

—Si vuelvo a veros, os mataré a los dos.

Ninguno de los dos respondió. Echó atrás el percutor de la pistola.

El hombre más pequeño alzó las manos desde el suelo.—Sí, sí, nos iremos.

—Más os vale.

El hombre más grande ayudó a su compañero a levantarse y ambos se alejaron cojeando.

Cuando desaparecieron de su vista, Drake se permitió un leve gemido de dolor.

La pierna le palpitaba por el movimiento brusco.

Bajó con cuidado el percutor y se volvió hacia la mujer.

Ella lo miraba boquiabierta cuando le tendió la mano.

—Puedes pasar el resto de la noche en ese charco, si quieres.

Ella negó con la cabeza, le tomó la mano y dejó que la ayudara a ponerse en pie. La escasa luz de las lámparas de los edificios de alrededor reveló la ropa empapada y el aspecto desaliñado. Aun así, seguía resultando extraordinariamente hermosa.

Vio la sangre que teñía la hoja de la daga y el campo de visión se le redujo a un punto.

Ni siquiera la hermosa desconocida consiguió atravesar esa barrera.

Empezó a respirar de forma acelerada y el cuchillo se le cayó de los dedos entumecidos.

Lo oyó repiquetear en el suelo; el sonido le pareció demasiado fuerte, como un cañonazo en su cabeza.

La última vez que había tenido que usar la hoja había sido en una batalla, la batalla que le había dejado metralla en una pierna y el cuerpo lleno de cicatrices. Drake tragó aire a bocanadas y se dobló por la cintura. Justo el mejor momento para que lo asaltaran aquellas malditas sensaciones.

—¿Señor? —La mujer le dio un golpecito en el hombro—. ¿Está herido?

Él negó con la cabeza y tomó otra bocanada de aire.

Si conseguía seguir respirando, todo iría bien.

Olvidaría el fuego de los cañones y los gritos de los moribundos.

Olvidaría la cubierta del barco resbaladiza de sangre.

Ignoraría el dolor de la pierna, que le quemaba como si la madera se la hubiera atravesado de nuevo.

—¿Está herido? —Le sacudió el brazo—. Todo está bien. Esos hombres se han ido. Estamos a salvo.

Se irguió y se obligó a fijar la atención en ella; le observó la boca mientras murmuraba más palabras tranquilizadoras.

Poco a poco, el mundo fue filtrándose de nuevo.

La lluvia le refrescaba la piel. Repicaba suave sobre los adoquines.

La voz de la mujer era dulce y tierna, con aquel elegante deje cantarín suyo.

El dolor de la pierna se apagó hasta quedar en una molestia sorda. Enderezó los hombros.

—¿Señor?

—Estoy bien. Sin heridas. —Forzó una sonrisa encantadora—. Solo me duele la pierna. —Se dio unos golpecitos en el muslo—. Una vieja herida de guerra.

—Oh.

La recorrió con la mirada de arriba abajo, desde el lamentable estado del vestido empapado y lleno de barro hasta el cabello oscuro pegado a las mejillas. No pudo resistirse a apartarle unos mechones con un dedo.

Ella se apartó de un respingo.—Bueno... si está bien... yo debería... —Fue a darse la vuelta, pero él levantó una mano.

—¿Ni siquiera voy a recibir un agradecimiento?

—Yo... —Frunció el ceño—. Sí, por supuesto. Gracias. Ahora de verdad debo...

—¿Dónde te alojas? —exigió él.

—Eso no es asunto suyo.

—Que me condenen si te he rescatado para que vuelvas a meterte en líos.

Ella echó los hombros hacia atrás y lo enfrentó con una mirada fulminante.—Yo no me he metido en ningún lío. Esos hombres eran responsables de sus actos, no yo. Y podría haberme rescatado sola.

—Se te estaba dando de maravilla —replicó él con sequedad.

—Simplemente estaba esperando el mejor momento para reaccionar.

—¿Habría sido antes o después de que te llevaran Dios sabe dónde e hicieran Dios sabe qué contigo?

Un temblor la sacudió y él negó con la cabeza. Maldita mujer tozuda: moriría de frío o sufriría otro ataque si la dejaba sola. Y no estaba dispuesto a cargar con eso en la conciencia.

Además, era la mujer más intrigante que había conocido en semanas. En meses, incluso. Quizá en un año. Belleza, valor y una lengua afilada. Un hallazgo poco común, desde luego.

—¿Dónde te alojas? —insistió—. Si no me lo dices, te seguiré hasta averiguarlo.

Ella abrió la boca, pero volvió a cerrarla.—En la posada Boot.

Maldijo entre dientes. No tenía ni idea de qué hacía allí una dama de buena cuna, pero de ningún modo iba a dejar que volviera.

Era un milagro que no se hubiera metido ya en problemas.

El Ship podía tener fama de albergar contrabandistas y algún que otro delincuente, pero eran criminales de cierta clase.

Criminales respetuosos. O eso le gustaba pensar.

Al fin y al cabo, contrabandeaban por una razón, y además por una buena razón.

No hacían daño a nadie y todos podían considerarse caballeros a su manera.

Bueno, Red y su hermano Nate eran nobles de verdad.

A Drake lo habían criado con una buena educación y unos padres respetuosos.

En cuanto a Knight... bueno, con aquel hombre nunca se sabía...

pero ninguno de ellos era como los que frecuentaban el Boot. Allí solo se alojaba la peor calaña.

—Por encima de mi cadáver —murmuró.

Ella parpadeó.—¿Perdón?

—Se viene conmigo. —Le rodeó el brazo con la mano y la arrastró de vuelta hacia el Ship.

Ella dio un tirón. Él no estaba ni al máximo de sus fuerzas, con el frío y el esfuerzo cebándose en su muslo lesionado, pero ella no era rival para él.

Aunque era alta para ser mujer, apenas unos cinco centímetros más baja que él, notaba la delicadeza de sus huesos bajo las yemas de los dedos.

Solo había vislumbrado lo que escondía la capa, pero el cuerpo femenino no era ningún misterio para él.

Todo en ella guardaba la misma proporción: era de las altas y esbeltas.

Su tipo favorito.

Por algún milagro, se guardó el pensamiento. Si tenía que echársela al hombro y atarle las manos, la llevaría de vuelta a la posada, pero prefería que fuese por voluntad propia.

—Deténgase. —Dio un tirón para zafarse—. No voy a ir a ninguna parte con usted.

Usted. El modo en que lo dijo lo hizo sonreír con suficiencia.

Pronunciada con toda la altivez que fue capaz de reunir, la palabra pretendía transmitirle desdén, pero lo que hizo fue desafiarlo.

Pese a que él había hecho de héroe, ella estaba decidida a que le cayera mal.

Y a él le apetecía bastante cambiar eso.

—Si le han parecido malos esos dos hombres, pase la noche en el Boot. Habrá una docena de tipos como ellos, decididos a sacarle un penique de cualquier forma imaginable.

—No parecía que fuera a ser así... —Se le hundieron los hombros—. Quiero decir, hasta ahora me he defendido sola. Estoy segura de que podría...

Las palabras se le murieron en los labios cuando él le sostuvo la mirada con aire de saberlo todo.

Ella suspiró.

—No va a dejar que vuelva allí, ¿verdad?

Drake negó con la cabeza.

—La ataré si hace falta.

La boca se le abrió en una «O».

—No lo haría. No podría.

Él sonrió de oreja a oreja.

—Podría y lo haría. Pero preferiría no tener que hacerlo.

—Está bien. —Ella negó con la cabeza—. Debo de estar loca.

Le soltó el brazo e hizo un gesto hacia la posada.

—Todo lo contrario. No debería andar sola por ahí.

—Supongo que es de los que creen que todas las mujeres deberían ir siempre acompañadas de un escolta.

—No todas las mujeres. —Le lanzó una mirada—. Solo usted.

La lluvia empezó a amainar, pero los adoquines resbalaban bajo los pies.

Aquello le forzaba más la pierna y tuvo que esforzarse por borrar la mueca de dolor de la cara mientras subían la cuesta hacia la posada.

Los adoquines dieron paso al barro y avanzar se volvió aún más penoso.

Pocas cosas lo frenaban. Se mantenía en plena forma para asegurarse de tener fuerza suficiente con la que compensar su maldita pierna, pero aquella noche había hecho más esfuerzo del que esperaba, sobre todo después de haber bebido whisky suficiente para dormir a un caballo.

Aunque no el bastante. Pensaba tomarse unas cuantas copas más antes de que acabara la velada. Una buena dosis de alcohol le habría garantizado dormir de un tirón durante la tormenta. Por suerte, esta había amainado y probablemente lograría dormir de todos modos.

La mujer respiraba con dificultad y él advirtió el agotamiento en cada uno de sus movimientos.

Dudaba que le hiciera gracia que se ofreciera a llevarla en brazos, pero tenía que meterla cuanto antes al calor.

Estaba empapada de pies a cabeza, y todo en ella era delicado.

Una mujer refinada como ella enfermaría con facilidad.

—¿Ha dicho que ha venido por Knight?

—Sí.

—¿Qué quería de él?

—Es un asunto privado.

Drake resopló.

—¿Qué?

—Habla igual que él. Con Knight, todo es un asunto privado.

Ella volvió la cabeza para mirarlo.

—¿De verdad es amigo suyo?

Él asintió.

—En cierto modo. La idea que tiene Knight de la amistad es algo distinta de la de los demás. Pero pasamos mucho tiempo juntos.

—Entonces, ¿sabe dónde está?

—No.

—Ah.

—¿Es su marido? ¿O quizá un antiguo amante?

—¡Por supuesto que no!

—Maldita sea. Siempre esperé poder cobrar esa apuesta.

—¿Apuesta?

Él sonrió de oreja a oreja.

—Todos tenemos apuestas sobre el pasado de Knight. Yo dije que huía de una esposa espantosa, una verdadera arpía. —Hizo una pausa—. Por supuesto, usted está muy lejos de ser espantosa.

—No lo está. Casado, quiero decir.

—Entonces, ¿lo conoce bien?

—Yo no diría tanto. No del todo. —Esbozó una leve sonrisa—. Verá, Lewis es mi hermano, pero hace mucho que no lo veo.

Se le escapó una carcajada.

Ella alzó las cejas.

—¿Qué es tan gracioso?

—¿Usted es la hermana de Knight? —La recorrió de arriba abajo con un gesto—. ¿Usted es la hermana de Knight? He bebido mucho esta noche, mujer, pero no puede esperar que me crea eso.

—Es verdad. Me llamo Julianna Knight. Crecimos juntos en Northumberland antes de que, bueno... —Frunció el ceño—. Si Knight no se lo ha contado todo, no me corresponde a mí hacerlo.

—¿Llama Knight a su propio hermano?

Ella suspiró.

—Es la costumbre. Todos los demás lo llamaban siempre por el apellido.

Drake se imaginó a Knight: los hombros a punto de reventar cualquier camisa que se pusiera, la mandíbula de granito y la cara surcada por más cicatrices que medio ejército junto.

Luego miró a Julianna. Sí, tenían el mismo color de pelo y de ojos, pero ¿cómo demonios había salido aquella criatura del mismo vientre que Knight?

—Por lo visto, el secretismo es cosa de familia. Supongo que no me dirás por qué lo buscas.

—No.

Esbozó una sonrisa socarrona para sus adentros.

—Eso me pasa por ayudar a una damisela en apuros.

—No soy… —Resbaló un poco en el barro al empinarse la cuesta, pero recobró el equilibrio—. No soy ninguna damisela en apuros.

Al dar el siguiente paso, los pies se le fueron y aterrizó en el barro con un golpe seco. Una maldición resonó en el aire y a Drake le tembló la boca de risa contenida.

Se cruzó los brazos sobre el pecho.

—Bueno, eso no ha sido muy propio de una dama.

Ella lo fulminó con la mirada. Aunque la noche hubiera estado negra como la boca del lobo, sin un rayo de luna, podía jurar que habría notado aquella mirada afilada.

Le tendió la mano y ella se puso en pie con su ayuda.

El barro le había embadurnado la ropa, ya de por sí mugrienta, y le salpicaba la cara.

Drake alargó la mano para limpiarle parte del barro, pero ella se apartó de un salto.

—Ya me las arreglo yo.

—¿Como te las arreglas con este camino? —Se rio entre dientes—. Y pensar que el de la pierna mala soy yo.

—¿Has dicho que fue una herida de guerra?

Él asintió.

Los hombros de Julianna subieron y bajaron en un suspiro, y le tendió la mano. Él se la miró con una ceja arqueada.

—Todavía no te has presentado, señor héroe de guerra. Creo que deberíamos empezar de nuevo. Soy Julianna Knight y estoy buscando a mi hermano.

Una sonrisa le tiró de los labios y le estrechó la mano con firmeza.

—Nicholas Drake, héroe de guerra. Mis amigos me llaman Drake. Puedo llevarte hasta tu hermano.

—Bien.

—Bien —la imitó él por lo bajo.

Pese a los guantes, la mano le hormigueaba por el contacto. Inspiró hondo y siguieron subiendo la cuesta hacia la posada. ¿Por qué tenía la sensación de haber hecho un pacto con el diablo?