Capítulo dos
—Oh, maldita sea.
Julianna levantó el pie e hizo una mueca al ver el charco que no había logrado esquivar.
El viento la azotaba, le echaba la capucha hacia atrás por enésima vez y le empapaba el pelo. El cálido resplandor de los faroles de las pocas casas dispersas por las colinas que bajaban hacia el pueblo la hizo estremecerse de envidia. Cuanto antes llegara a su alojamiento, mejor.
No, cuanto antes encontrara a su hermano, mejor. Maldito hombre. ¿Por qué tenía Knight que ser tan reservado y escurridizo? Al fin y al cabo, nadie iba a ir tras él.
A diferencia de ella. Por lo que sabía, su prometido podía estar camino de Cornualles en ese mismo momento, cómodamente instalado en un lujoso carruaje.
Siguió avanzando con esfuerzo por los surcos que los carros y los carruajes habían abierto al subir la ladera, pisando la hierba para no meterse en más charcos.
Por supuesto, John no viajaría más que con todo lujo, mientras que a ella la habían obligado a hacer todo el camino hasta Cornualles en la diligencia de correos.
Aquello ya había sido bastante intimidante de por sí, apretujada en un diminuto compartimento con desconocidos.
Aun así, seguía siendo mejor que quedarse esperando a que la casaran con un hombre tan horrible.
Ahora solo tenía que encontrar a su hermano y rezar para que pudiera ayudarla.
Si no, probablemente moriría de hambre en las calles.
Y qué calles tan despiadadas eran aquellas.
El diminuto pueblo pesquero no se parecía en nada a la finca de su padre, en la frontera con Escocia, ni a Edimburgo, ni a ninguna de las demás ciudades elegantes del país.
En el puerto había barcos atracados, con los faroles encendidos, cuyo reflejo temblaba en el agua agitada.
Ni siquiera el largo estuario podía protegerlos del mar embravecido.
Les hacían compañía barcas de pesca más pequeñas, que subían y bajaban con cada ola.
La espuma del mar azotaba el pueblo, apiñado en torno al estuario.
Julianna se arrebujó aún más en la capa y la sujetó con una mano.
El leve peso del bolsito le golpeaba la cadera y le recordaba su miseria.
Apenas le quedaban monedas y a duras penas había podido pagarse el alojamiento de aquella noche.
El viaje se había llevado la poca fortuna que tenía a su nombre.
De algún modo tendría que buscarse la manera de ganar dinero, porque no volvería a casa jamás; no si eso significaba verse obligada a casarse con el vil señor John Slade.
El letrero de una bota que colgaba sobre la posada, a lo lejos, le aflojó los músculos.
Entraría en calor, se secaría y reanudaría la búsqueda en cuanto saliera el sol.
Tal vez debería haberse quedado en la posada anterior hasta que amainara la lluvia, pero no podía seguir cerca de un hombre así.
Puede que no tuviera mucha experiencia con los hombres, pero sabía reconocer a un pícaro en cuanto lo veía.
Fuera quien fuese, no le cabía duda de que intentaría aprovecharse de ella, y Julianna Knight no era ninguna tonta.
O quizá sí lo era. Se detuvo: había percibido una sombra con el rabillo del ojo.
La capa le tapaba buena parte de la vista, así que se la echó un poco hacia atrás y apretó el paso.
Las ráfagas de viento y lluvia no le dejaban oír pasos, pero un escalofrío le subió por la espalda con dedos de hielo. Y no era por el frío.
La estaban siguiendo.
Se arriesgó a mirar por encima del hombro y el hielo se le cuajó en el estómago.
No le distinguía las facciones, pero era un hombre corpulento y estaba claro que la seguía. Julianna fijó la atención en el letrero de la posada. No estaba lejos. Si conseguía llegar hasta allí...
Otro hombre salió disparado del callejón que había entre dos casas y le cortó el paso.
Se quedó helada, giró sobre los talones y tragó saliva.
El otro avanzó, y la luz de la casa cercana reveló unos rasgos que bien podrían haber sido tallados en piedra.
Los dos iban vestidos con ropas harapientas y gastadas.
Igual que había sabido que aquel hombre de la posada era un pícaro, supo que estos dos no traían nada bueno.
—No llevo dinero —declaró—. No soy rica.
El hombre que tenía delante esbozó una sonrisa burlona.
—Pues a mí no me lo parece.
Se acercó y levantó el cordón dorado de su capa.
—Oh, sí, vaya si eres rica.
Miró al hombre que estaba detrás de ella.
Julianna apenas se atrevía a respirar. Si se echaba hacia atrás, acabaría pegada al pecho del otro hombre.
Se le cerró el pecho y respirar le costó más.
Los dedos, helados bajo los guantes, empezaron a acalorarse.
Intentó tragarse el nudo de la garganta y se obligó a sostenerle la mirada al hombre.
Había sobrevivido sola al viaje hasta allí; no iba a flaquear ahora.
—No tengo riquezas. —Se obligó a tomar aire para que no le temblara la voz—. No tengo nada que ofreceros. Os lo juro.
Los dos hombres se le echaron encima y la encerraron en una prisión de cuerpos.
El que tenía detrás era el más grande de los dos.
El de delante tampoco podía llamarse pequeño, pero era menos ancho de espaldas y solo le sacaba unos centímetros.
Si tenía que hacer algo, se lo haría a él.
La navajita escondida en el bolsito era toda su defensa.
La había guardado a escondidas antes de marcharse de casa, demasiado consciente de lo fácil que era convertirse en presa cuando una mujer viajaba sola, pero nunca había imaginado que llegaría a usarla.
—Tienes mucho que ofrecer —dijo con sorna el hombre que tenía delante—. Muchísimo, desde luego.
Le deslizó un dedo por la clavícula y se lo demoró en el trozo de piel desnuda que quedaba entre el corpiño y el cordón de la capa.
Julianna contó sus respiraciones, ignorando aquel contacto indeseado.
Ninguno de los dos iba a apartarse, así que tendría que aprovechar la ocasión cuando se presentara.
Uno... dos... ¿cuándo debía actuar? Tres...
cuatro... Mejor cuanto antes. Antes de que uno de ellos la agarrara y la dejara verdaderamente presa.
—En realidad —declaró—, sí tengo dinero. Acabo de acordarme.
El hombre que estaba detrás de ella soltó una risita y, de tan cerca como estaba, Julianna notó el sonido vibrarle en el cuerpo.
—Has dicho que no eras rica.
—Sí, bueno, yo... —Levantó el bolsito—. Se me había olvidado.
Lo abrió despacio, se escondió la navaja en la palma y fingió rebuscar dentro.
—Sé que había algo por aquí...
Se inclinó para taparle al hombre la vista del bolsito.
—Ah, aquí está...
Alzó la cabeza de golpe, sacó la navaja y le cruzó la cara con ella.
Al hombre se le escapó un grito de sobresalto, y Julianna aprovechó su desconcierto para pasar a su lado de un empujón y echar a correr calle abajo.
Los adoquines resbalaban bajo sus pies y correr resultaba arriesgado, incluso con sus botas prácticas.
Estuvo a punto de perder el equilibrio varias veces, hasta que dobló una esquina y se metió a toda prisa en un callejón.
Oculta en la penumbra, se apretó contra la pared húmeda del edificio que tenía detrás.
Un miedo caliente y pegajoso le recorrió el cuerpo y le empapó de sudor las palmas bajo los guantes.
Apretó la navajita hasta que el mango de hueso le hizo daño en la mano.
La lluvia seguía martilleando el suelo. Maldito tiempo.
Si no lloviera, oiría si se acercaban y podría prepararse.
De todas formas se preparó, con la navaja en alto. No había visto el daño que le había hecho, pero seguramente fuera insignificante. La hojita servía para abrir cartas y poco más.
Se hundió más en la oscuridad cuando unas sombras pasaron de largo, sin atreverse a moverse ni a respirar.
Cuando estuviera segura de que se habían ido, volvería a la posada.
Julianna escudriñó el callejón a lo largo.
Si lograba encontrar el camino de vuelta.
No llevaba allí el tiempo suficiente para orientarse en el intrincado laberinto de callejones del pueblo.
Pasaron unos latidos pesados y ella seguía esperando. ¿No se habrían rendido ya? Fuera lo que fuese lo que querían de ella, no valía la pena esperar bajo aquel diluvio. Se arrimó al borde del edificio y asomó la cabeza.
Una mano la agarró y ella gritó. El cuchillo se le escapó de los dedos entumecidos.
Otra mano le tapó la boca y se vio arrastrada contra un cuerpo macizo: el del hombre más corpulento.
Con los ojos desorbitados, alzó la vista hacia el más menudo, cuya sonrisa dejó al descubierto unos dientes amarillentos y podridos.
—Conque queríamos jugar, ¿eh? —Se apretó con un dedo la marca sangrante de la mejilla—. Tendré que devolvértela.
Julianna se revolvió en los brazos de quien la retenía y lanzó patadas hacia atrás para alcanzarle las espinillas, la entrepierna, cualquier cosa. Sus pies no encontraron más que aire, y notó que él se reía entre dientes.
—Podemos sacar mucho dinero por ti. Y por tu ropa. Incluso por tu pelo.
Un escalofrío la recorrió de arriba abajo al imaginarse desnuda, con el pelo cortado al ras y a merced de aquellos hombres.
Indicó con un movimiento de cabeza hacia atrás.
—Llévala por aquí. Podemos…
El rostro del hombre se contrajo. Los ojos se le salieron de las órbitas.
Se llevó una mano al hombro. Julianna lo vio desplomarse, con la boca abierta en un grito de dolor silencioso, y al caer dejó a la vista al hombre de la posada, el que había dicho conocer a su hermano.
Sostenía una pistola en una mano y un cuchillo en la otra.
No le hacía falta la luz del día para saber que en aquel cuchillo había sangre.
—Puedo volarte la cabeza o puedes soltar a la dama —le propuso al hombre que la sujetaba con tanta fuerza que sentía las costillas a punto de ceder.
El hombre gruñó y la apretó con más fuerza. A Julianna se le escapó un gemido angustiado: temía que le destrozara el cuerpo entero y la dejara reducida a un amasijo de sangre y huesos.
Su salvador entrecerró los ojos al oír aquel sonido. Negó con la cabeza y se lanzó hacia delante.