Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3) Capítulo uno
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Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3)

Esperando a un pícaro como tú (Los pícaros más perversos nº 3)

Por Samantha Holt

© inepub.com

Capítulo uno

La lluvia azotaba la ventana. El fuego junto a Drake siseaba cuando las gotas se colaban por la chimenea.

El viento zarandeaba la posada, empeñado en hacer notar su presencia: se metía por las rendijas de la ventana que tenía a la espalda y le erizaba la piel.

Tensó los músculos y contuvo el estremecimiento que amenazaba con sacudirlo. Odiaba las noches así.

Apuró la cerveza y le hizo una seña a Louisa para que le trajera otra.

El punzante sabor de la bebida se le había pasado hacía rato, y con él el agradable calor del alcohol.

No tardaría en necesitar algo más fuerte si pretendía dormir con el temporal que azotaba la costa de Cornualles.

Pero aún le quedaban unas horas para llegar a la cama, así que reservaría una buena ración de whisky para entonces.

—Llegas un poco tarde, incluso para ti, Drake —comentó Louisa mientras se sacaba un paño del cinturón y limpiaba la mesa antes de dejarle delante una jarra de cerveza.

Él sonrió a la guapa camarera.

—¿Acaso no disfrutas de mi excelente compañía?

Ella le lanzó una mirada que lo decía todo. Louisa siempre había sido bastante inmune a sus encantos. Pero la dueña de la posada Ship lo conocía mejor que casi nadie en aquel pequeño pueblo pesquero. Con su ayuda, él y el resto de la tripulación habían esquivado a más de un agente de aduanas.

—Mientras tengas dinero, tu compañía me parece de lo más agradable.

Él negó con la cabeza.

—Y yo que creía que te gustaba por mi buena planta y mi ingenio.

—Puede que a algunas mujeres les atraiga tu cara marcada, Drake, pero yo prefiero a un hombre con la mandíbula intacta y aire sensato.

Él sonrió con sorna.

—Cerveza e insultos. No sé por qué sigo volviendo aquí.

—Porque —hizo una pausa y volvió a guardarse el paño en el cinturón— soy la única posadera que te acepta.

Un grito desde la barra la apartó de Drake y lo dejó a solas con la cerveza recién servida. Él levantó un dedo y lo deslizó por la cicatriz del labio. Se le hizo un nudo frío en el estómago. Negó con la cabeza y apartó la mano.

Una sola cicatriz no significaba gran cosa.

Además, Louisa tenía razón. Pese a la cojera y la cicatriz, las mujeres lo encontraban más atractivo que nunca.

Aquel discreto aire de peligro parecía atraerlas sin esfuerzo.

Al menos no estaba tan curtido como Knight.

Aquel hombre tenía más cicatrices y era más feo que cualquiera de su tripulación de contrabandistas.

Drake dio un trago rápido a la cerveza y cerró un instante los ojos para sentir cómo le bajaba por la garganta y se le asentaba en el estómago, deshaciéndole la tensión de dentro.

Al abrirlos, se encontró con la mirada de una moza rubia que, apoyada en la pared junto a una amiga pelirroja, tenía cara de estar aburridísima.

Le hizo un gesto con el dedo a la mujer y señaló a su amiga.

Un poco de compañía femenina le ayudaría a matar el rato hasta que el tiempo se calmara y pudiera volver al barco, o hasta que cayera redondo de tanto beber.

Cualquiera de las dos cosas le valía, aunque prefería quedarse dormido en una maraña de brazos y piernas femeninas.

Una sonrisa curvó los labios de la mujer, que apoyó una mano en el brazo de su amiga para llamarle la atención sobre Drake.

Las dos se acercaron con andar lánguido y una de ellas se le acomodó de inmediato en el regazo.

Olía a leña quemada y a demasiado perfume barato, pero su cuerpo era blando contra el de él y sus pechos, generosos.

La pelirroja arrimó una silla, se sentó a su lado y le pasó la mano por un brazo.

—¿Eres soldado? —preguntó ella.

—Ya no.

La mujer de su regazo se echó a reír.

—Drake es capitán —le dijo a su amiga—. Es nueva aquí —explicó.

Drake rebuscó en la memoria el nombre de la mujer que en ese momento le pasaba los dedos por el pelo. Conocía a casi todas las mozas que frecuentaban la posada y lo más probable era que ya se hubiera acostado con ella, pero no le venía el nombre.

Le dedicó una sonrisa a la amiga.

—Qué suerte la mía.

—¿Entonces esta noche quieres dos? —La mujer de su regazo le recorrió el pecho con los dedos y los metió por el cuello abierto de la camisa.

Aquellos dedos fríos y algo ásperos lo hicieron estremecerse. A su espalda, la lluvia golpeaba el cristal. Asintió sin dudar.

—Dos. Sin duda.

Demonios, se habría llevado a cuatro o cinco si hubiera podido. En una noche como aquella, la idea de acabar envuelto en un montón de cuerpos femeninos y cálidos le resultaba más tentadora a cada segundo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó a la pelirroja.

—El que tú quieras.

Se inclinó hacia él y le acarició el pecho con la mano.

—Es fuerte.

La rubia asintió.

—Drake es casi un caballero, ¿verdad, Drake?

—Rico, fuerte y casi un caballero —arrulló la mujer—. Deberías tener una esposa esperándote en casa.

Él soltó una risa y deslizó un dedo por el hombro descubierto de la pelirroja.

—¿Para qué querría una esposa, pudiendo disfrutar de la compañía de mujeres como vosotras?

Y de muchas otras. Desde que había vuelto de la guerra, le resultaba asombrosamente fácil llevarse mujeres a la cama.

No es que antes le hubiera costado, pero capitanear un barco y unas cuantas canas en las sienes habían ayudado, desde luego.

Sonrió para sus adentros. Le daban ese aire mundano y peligroso que combinaba a la perfección con la cicatriz.

Una ráfaga de aire gélido entró en la posada y agitó la tela del vestido de la mujer. Unas hojas rodaron por las tablas del suelo y una se detuvo cerca de la bota de Drake. Él alzó la vista hacia la recién llegada.

Una mujer. Se irguió un poco. Una mujer con un vestido elegante. Echó un vistazo alrededor y comprobó que no era el único que se había removido al entrar aquella desconocida. Varios hombres la siguieron con la mirada cuando pasó junto a sus mesas.

La observó con la respiración contenida, aguardando la ocasión de vislumbrarle el rostro.

Oculta bajo una capa, se movía con el porte de una mujer educada en una escuela de señoritas: la cabeza alta, los hombros hacia atrás, con una elegancia grácil que rara vez se veía en los pueblos pesqueros de Cornualles.

Las mujeres de allí no tenían tiempo de preocuparse por la postura ni por su manera de andar.

Ella paseó la mirada por el local y Drake se irguió aún más.

De algún modo lo había sabido. Había sabido lo hermosa que sería.

Se bajó la capucha de la capa y dejó al descubierto un cabello negro y brillante, recogido con esmero.

Unos cuantos mechones sueltos y húmedos se le pegaban a la cara, y apartó uno con un dedo.

Labios generosos, ojos grandes y un perfil más cercano a la perfección que ninguno que hubiera visto jamás.

Una punzada de deseo lo atravesó y un calor líquido le recorrió el cuerpo.

¿Qué demonios hacía una mujer así en una posada a esas horas de la noche y sin carabina?

La mujer se detuvo en la barra y se inclinó para hablar con Louisa.

No alcanzó a oír lo que se dijeron, pero Louisa negó con la cabeza y la dama soltó un gruñido de frustración.

Se dejó caer en un taburete y apoyó la cabeza en la madera, con los brazos colgando sin fuerza a los costados.

Se incorporó enseguida y pareció sacudirse la angustia en la que se hallara metida. La oyó pedirle un jerez a Louisa.

Bueno, si alguna vez había visto a una mujer en apuros, ahí tenía una. Y Dios lo librase de ignorar a una mujer hermosa en apuros. Se despegó del pecho las manos femeninas, sacó unas monedas y se las dio a las mozas. La rubia puso los ojos en blanco.

—Es imposible retener la atención de Drake mucho tiempo —le explicó a su amiga—. No cuando hay otra cara bonita cerca.

La pelirroja hizo un mohín.

—Qué lástima. Tal vez podamos calentarte la cama en otra ocasión, Drake.

Él asintió.

—¿Cómo iba a rechazar semejante oferta?

Le guiñó un ojo a la pelirroja y esperó a que la mujer de su regazo se levantara antes de ponerse en pie y agarrar la cerveza.

Hubo un tiempo en que detestó la cojera que le había dejado la herida, pero, al descubrir que enternecía a las mujeres, aprendió a sacarle partido. Aquel día, en cambio, no quería la compasión de aquella mujer, así que procuró cojear lo menos posible.

Louisa le hizo una seña cuando se acercó a la barra.

—Drake, quizá sepas dónde está Knight.

Él alzó una ceja y miró alternativamente a la mujer y a Louisa.

De cerca, la desconocida era la perfección misma.

Piel de nata con el brillo húmedo de la lluvia, mejillas encendidas, unas pecas delicadas sobre la nariz y unos labios que le daban ganas de caer de rodillas y suplicar sentirlos en la piel.

Ella le imitó el gesto y alzó una ceja oscura.

—¿Y qué quiere una dama como tú con Knight?

—Eso no es asunto tuyo.

No se había equivocado. Era una mujer instruida. Y probablemente rica. La elegancia de su ropa resultaba aún más evidente ahora que estaba a unos pocos pasos de ella, y su acento era refinado.

Se encogió de hombros y se acomodó en el taburete junto a ella.

Louisa le lanzó una mirada de advertencia que decía «compórtate» mientras iba a atender a dos hombres junto a la chimenea.

Él le dedicó una sonrisa. Siempre se comportaba.

Tan bien, de hecho, que la mayoría de las mujeres volvían queriendo más.

Drake dio un buen trago a la cerveza sin dejar de observarla de reojo. Ella mantenía la mirada obstinadamente al frente.

—Si no me dices qué quieres de Knight, no creo que pueda ayudarte.

Ella giró la cabeza de golpe. Un fuego le prendió en la mirada.

—He tenido un día largo y agotador. Si sabes algo, te sugiero que me lo digas de inmediato.

Él torció los labios.

—¿Es eso una amenaza?

—Sí. —Suspiró—. No. —Se le hundieron los hombros—. Solo necesito saber dónde está Lewis.

El atisbo de vulnerabilidad de su postura le tocó una fibra que pocas veces se le removía.

Había hecho heroicidades. Aún las hacía de vez en cuando, aunque rara vez tenían mujeres por medio.

La red de contrabando para la que capitaneaba un barco era, sobre todo, una tapadera de su participación en la guerra.

Bajo la apariencia de simples contrabandistas sin ley, él y otros tres hombres organizaban el transporte de mercancías y espías para contribuir al esfuerzo bélico.

Pero eso era lo más heroico que llegaba a hacer desde que la metralla lo alcanzó en combate.

El verdadero beneficio era el buen dinero que le daba meter mercancía de contrabando.

Por mucho que le apeteciera seguir jugando con ella, no podía.

—De viaje de negocios, me temo.

—¿Eres un conocido suyo?

Él asintió.

—Amigo, supongo. Aunque Knight diría otra cosa.

A aquel hombretón taciturno lo habían incorporado como cara visible de su contrabando.

Tenía pinta de criminal y casi nadie sabía nada de él.

Red, el conde de Redmere, que había sido quien los reunió, no sabía mucho más que los demás, salvo que el aspecto aterrador de Lewis Knight los había librado de más de un apuro.

—¿Cuándo volverá? ¿Dónde se aloja?

—Me temo que esa pregunta es más difícil de responder.

—Si eres su amigo, ¿cómo es que no sabes dónde está?

Drake se encogió de hombros.

—Así es Knight. Le gusta ir a lo suyo.

Ella volvió a suspirar y se ajustó la capa al cuello. Cuando hizo ademán de marcharse, él le puso una mano en el brazo. Ella levantó la vista de golpe hasta encontrarse con la de él; aquellos ojos le recordaron un whisky cálido y exquisito.

—Es una noche oscura.

A ella se le curvaron los labios.

—Casi todas lo son.

Él se rió entre dientes.

—También es fría y húmeda. ¿Por qué no te quedas a tomar algo conmigo junto al fuego? Podrías secarte antes de volver a salir.

—No he venido aquí a beber. —Se bajó del taburete y se subió la capucha de la capa—. Y menos aún con un hombre al que le gusta la compañía de… bueno… —Lanzó una mirada significativa hacia las mujeres, que habían encontrado a otro par de hombres con los que entretenerse.

—Ya veo que se me van a echar en cara mis pecados pasados. —Se puso en pie y se enderezó—. Pero, aun así, no deberías andar sola por ahí fuera. En noches como esta abundan los tipos de mala calaña. No es seguro para una mujer como tú.

—He hecho un largo viaje sola, señor, y me he topado con muchos tipos de mala calaña. —Esbozó media sonrisa—. Algunos, incluso peores que tú.

Él negó con la cabeza, sonriendo. Aquella actitud desafiante, unida al destello de fuego de sus ojos, lo descolocaba; y no era precisamente la postura más conveniente para un hombre con una pierna lisiada.

—¿Serías capaz de ponerte en peligro solo por fastidiarme? ¿A un hombre al que no conoces?

La mujer lo recorrió con la mirada.

—Aquí veo más peligro para mi persona.

No podía negarlo. Todo él ardía de deseo. La chispa había prendido en un incendio en cuanto ella abrió la boca y lo miró con semejante desdén. Si ella seguía a su lado, no podía garantizar que él fuera a comportarse como un caballero.

Tampoco es que ella lo tomara por tal.

—Y ahora, si me disculpas… —Señaló con la cabeza hacia las mujeres—. Te dejo con tu compañía femenina. Sin duda ellas te preferirían a sus acompañantes actuales.

—¿Admites entonces que hay algo en mi compañía que podría gustarle a una mujer?

—A esta mujer, no.

No le dio tiempo a responder: se dirigió a la puerta con paso firme, la abrió de un tirón y salió a la noche. Él abrió la boca, la cerró de nuevo y se dejó caer otra vez en el taburete.

Maldita sea. Sus encantos le habían fallado estrepitosamente.

Aun así, si andaba buscando a Knight, bien podría volver a verla.

Tal vez la próxima vez lograra causar mejor impresión.

Aunque qué podía querer una mujer tan atractiva y refinada como ella de un bruto como Knight, eso sí que no lo sabía.

Un puñal de temor se le clavó en las tripas cuando dos de los clientes se pusieron en pie. Cambiaron unas palabras, se asintieron el uno al otro y salieron de la posada. Los hombres de esa clase no se iban en plena tormenta… no sin un propósito.

Y tenía una buena sospecha de cuál era ese propósito.

La mujer.

Suspiró y agarró la chaqueta del asiento que había ocupado antes. Parecía que iba a volver a ver a la mujer antes de lo que pensaba.