34. La cena del domingo
La primera discusión de aquella cena ocurrió antes de que llegara nadie.
Yo había puesto la mesa para seis y descubierto que, si abría por completo las sillas plegables, no quedaba sitio para pasar entre una de ellas y el sofá. Moví el sofá, golpeé una pata contra el rodapié y me hice daño en un dedo.
Insulté al sofá.
Después lo devolví a su sitio.
En la cocina empezaba a oler demasiado el pollo. Abrí el horno con un trapo que no estaba bien doblado y me quemé un poco la mano. No fue nada, pero me dio la excusa que llevaba buscando desde las cinco para arrepentirme de toda la idea.
Había invitado a Inés, Sergio, Luis, Tomás y Miguel.
Óscar tenía otro plan y mi madre prefirió que comiéramos juntos otro día, a una hora que no le obligara a subir tres pisos y volver tarde.
Le había preguntado dos veces si de verdad le parecía bien faltar.
A la segunda, mi madre dijo que no pensaba ponerse zapatos a las diez de la noche para tranquilizarme.
Era octubre. Había pasado casi un año desde que Andrés anunció la cena del sábado mientras removía una salsa.
Yo no había elegido la fecha por eso. Me di cuenta cuando intenté recordar cuándo compré el segundo juego de vasos y acabé pensando en todos los objetos que habían llegado al piso desde marzo.
El pollo estaba demasiado hecho por arriba y crudo junto al hueso. Bajé un poco la temperatura y lo tapé. Aún quedaba tiempo.
El teléfono sonó con un mensaje de Luis: iba a llegar un poco tarde.
Le contesté que no pasaba nada. Había empezado a contarle lo del horno, pero pitó el temporizador y dejé el teléfono.
Tomás y Miguel llegaron los primeros. Habían traído una botella de vino y una fuente tapada con papel de aluminio.
—No hemos venido a invadir —dijo Miguel—. Es ensalada. Tú dijiste que trajéramos ensalada.
Se lo había dicho, en efecto. También había comprado tomates aquella mañana por si ellos se olvidaban. Los guardé en la nevera antes de que los vieran.
Tomás inspeccionó la disposición de la mesa.
—Aquí alguien tiene que aprender a flotar.
Miguel propuso llevar una silla al extremo y dejar una fuente en el aparador para servir desde allí. Movimos la silla entre los tres. Quedó un hueco por el que había que pasar de lado, pero se podía pasar.
Sonó el timbre.
Inés entró detrás de Sergio con un ramo pequeño envuelto en papel marrón.
—No sé dónde lo vas a poner —dijo.
Yo tampoco. No tenía jarrón. Encontramos una jarra y quitamos una etiqueta que todavía llevaba pegada. Inés me pidió unas tijeras para cortar los tallos. Las estaba utilizando Miguel para abrir el envase de la ensalada.
Se las fueron pasando por encima de la mesa.
El piso se llenó de voces y de una corriente de aire porque Tomás había abierto la ventana. Alguien preguntó si podía usar el baño. Otro dejó una chaqueta en el respaldo que yo había elegido para sentarme. En la cocina, el temporizador empezó a pitar debajo de una conversación sobre aparcamientos.
Durante un instante tuve ganas de pedir que se detuvieran todos.
No lo hice. Aparté una bolsa, saqué el pollo y llamé a Miguel.
—Míralo. No sé si está hecho.
Él acercó un cuchillo.
—Le falta un poco aquí.
—Se va a secar el resto.
—Pues comemos primero la ensalada. No nos han puesto un tren después.
Volví a meter la fuente. Cuando llegó Luis, todavía estábamos repartiendo vasos.
Había traído un postre que necesitaba nevera.
Lo sostuvo delante de mí y, antes de que pudiera preguntarme dónde dejarlo, me vi en la otra cocina, con otra caja en las manos. Recordé el sonido de la puerta al cerrarse detrás de los invitados. No fue una visión larga ni una escena completa. Fueron dos segundos que me dejaron quieto.
—¿Cabe? —preguntó Luis.
Miré la caja.
—Voy a hacer sitio.
Saqué los tomates, moví un recipiente y metí el postre en la balda de arriba. Cerré la nevera.
Luis seguía junto a mí.
—¿Estás bien?
—Sí. Me he acordado de una cosa.
No me pidió que la contara. Se ofreció a llevar el pan y volvió al salón con la cesta.
Esperé un momento. Había una cuchara caída junto a la pata de la mesa de cocina. La recogí y la dejé en el fregadero. Después me lavé las manos aunque no estaban sucias.
Cuando regresé, Inés había ocupado la silla desde la que se podía entrar y salir con menos dificultad.
—Este es tu sitio —dijo, levantándose.
Le pedí que se quedara. Quería sentarme en el otro lado, junto a la ventana. Desde allí me daba un poco de aire en la nuca.
El pollo salió mejor de lo que esperaba y peor de lo que habría querido. Había una parte seca. Lo dije al ponerlo en la mesa y Miguel respondió que ya lo sabíamos, porque había dedicado veinte minutos a anunciarlo.
Todos se rieron.
Yo también.
Aún estaba riéndome cuando Sergio me pasó la fuente y pidió más salsa. Me serví un muslo. Tomás le preguntó a Miguel dónde había puesto el vino; mi pollo dejó de ser el asunto de la mesa.
Sergio habló de una furgoneta que les habían entregado con la documentación de otra.
Tomás quiso saber el modelo y ambos desaparecieron durante un rato en una conversación de la que los demás quedamos fuera.
Inés contaba algo sobre Óscar. Yo intentaba escucharlos a todos y terminé sin entender a nadie.
—Espera —le dije a mi hermana—. Empieza otra vez.
Lo hizo.
El muchacho había presentado un proyecto en clase y estaba pensando qué estudiar después. Mi hermana no sabía cuánto debía aconsejarlo y cuánto dejar que se equivocara. Le dije que yo tampoco lo sabía.
Inés apartó el plato para apoyar los codos. Llevaba un rato intentando contar aquello y por fin dejamos de interrumpirla. Cuando terminó, Sergio añadió un detalle que ella había olvidado y discutieron sobre quién debía llamar al tutor.
No intervine.
Comí un trozo de pan y bebí vino mientras ellos encontraban una fecha.
En algún momento el vecino de arriba golpeó el suelo. No supe si era una queja o si se le había caído algo. Todos nos callamos.
Miré la hora. No era tarde.
—Igual está moviendo muebles —dije.
—A lo mejor tiene seis invitados —respondió Tomás.
Seguimos hablando. Bajamos un poco la voz. Sergio cerró la ventana a medias y continuó lo que estaba contando.
El postre se deshizo al cortarlo. Luis intentó reconstruir una porción con dos cucharas y finalmente la depositó en mi plato con aspecto de accidente.
—La mejor para el anfitrión.
Lo probé. Estaba buenísimo.
Se lo dije.
Andrés habría sabido servirlo mejor. El pensamiento apareció con tanta naturalidad que apenas me dolió.
Podía imaginarlo buscando el cuchillo adecuado, enfriando los platos, explicando que había que cortarlo de una determinada manera.
Metí la cucharilla bajo un trozo de fruta antes de que llegara al borde del plato. Pedí a Luis el nombre de la pastelería.
Miguel me pidió café. Solo podía preparar tres tazas cada vez, así que hicimos dos tandas. Mientras esperábamos la segunda, Inés recogió unos platos y yo le dije que podía dejarlos.
—Ya lo sé —contestó—. Pero estoy de pie.
Dejé que los llevara.
En el horno sobraba media fuente de pollo. Había comprado demasiado, me había pasado la tarde cocinando y aún guardaba tomates por si fallaba la ensalada. Inés vio la fuente al entrar en la cocina.
—Como intentes que nos llevemos todo, vas a tener que venir tú también.
Busqué recipientes. Luis quiso llevarse un poco para el día siguiente; los demás dijeron que no les cabía en la nevera. Dejé de ofrecer.
Nos quedamos hablando hasta después de lo previsto.
No de mi separación. Hubo un momento en que Luis dijo «cuando estuvisteis en…
» y se detuvo. Le dije que sí, que recordaba aquel viaje, y contamos una anécdota de una maleta perdida.
En la historia también estaba Andrés, que se había pasado media tarde buscando a un revisor que entendiera español.
Luis recordaba una frase suya y yo, el nombre equivocado de la estación. Entre los dos conseguimos contarla.
Los últimos en irse fueron Tomás y Miguel. Me ofrecieron llevar la basura. Les entregué la bolsa y se despidieron en el rellano discutiendo sobre dónde habían aparcado.
Cerré la puerta.
El piso quedó en silencio, pero no como al principio. Había seis platos usados, una servilleta debajo del sofá y unas flores que ocupaban demasiado sitio en la jarra. Una de las sillas plegables tenía una miga atrapada en la bisagra.
Me senté junto a la ventana.
Desde allí veía el fregadero. Tenía los pies doloridos y una mancha de salsa en la camisa. El reloj de la cocina se retrasaba cinco minutos; tendría que cambiarle la pila.
Me quité los zapatos y estiré las piernas. En la calle pasó un coche con la música alta. Vi cómo se alejaba la luz por el techo del salón.
El teléfono vibró.
Era Inés.
«Lo hemos pasado muy bien».
Estuve a punto de preguntarle si de verdad. Si no había resultado incómodo, si el pollo no estaba demasiado seco, si le parecía que había hablado más de la cuenta.
Escribí: «Yo también».
Dejé el teléfono en el soporte de Óscar y me serví el agua que quedaba en la jarra pequeña, la que no tenía flores. Bebí despacio.
Luego puse en la nevera lo que necesitaba frío.
Los platos esperaron hasta la mañana.