33. Lo que sabemos hacer
Marina pidió que cerráramos la puerta antes de sentarnos.
Gabi me miró. Llevaba toda la mañana haciendo bromas sobre el despido y, al ver la carpeta encima de la mesa, dejó de hacerlas.
Yo había revisado las cifras el día anterior.
Sabía cuántas incidencias se habían resuelto sin llamar a una empresa de fuera, cuánto material habíamos utilizado y qué cosas seguían fallando.
También sabía que los números no eran la única razón por la que se tomaban decisiones en un hotel.
Había hablado con suficientes personas de compras para no confundir un ahorro con una promesa.
Era septiembre. Después de la ampliación de junio, el contrato de Gabi llegaba al final del verano. Habíamos pasado semanas escuchando que estaban estudiando la organización del servicio.
Marina abrió la carpeta.
—La idea de centralizar no está descartada —empezó.
Vi cómo Gabi llevaba la mano a la cremallera de su chaqueta.
—Pero no se va a hacer ahora —continuó—. Quieren mantener el sistema de seguimiento y comparar un periodo más largo.
Nos entregó dos hojas.
La propuesta incluía nueve meses más para Gabi y un cambio en mis funciones. Yo coordinaría los registros, la planificación preventiva y la relación con algunos proveedores. El cuadrante seguía incluyendo mis turnos de mantenimiento, exactamente los mismos que hasta entonces.
Había una cantidad escrita en la segunda hoja.
La leí dos veces.
—¿Estas horas de coordinación entran en mi jornada? —pregunté.
—Sí.
—Entonces hay que quitar algo de lo que hago ahora. No cabe todo solo porque lo pongamos en una columna distinta.
Marina apoyó el bolígrafo en la carpeta.
Gabi dejó de tocar la cremallera.
Discutimos durante veinte minutos. No fue una conversación cómoda.
Marina creía que algunas tareas podían repartirse sin mucho problema; yo sabía que terminaban volviendo a la persona que contestaba más deprisa.
Pedí que dejáramos por escrito qué se esperaba de cada uno y cómo se cubrirían las ausencias.
La cantidad de la segunda hoja seguía delante de mí. Había calculado enseguida cuánto me dejaría ahorrar al mes. Aún no había tocado el bolígrafo.
Marina miró la hora.
—Hacedme una distribución razonable y la vemos mañana —dijo.
No parecía encantada. Tampoco retiró las hojas.
Al salir, Gabi esperó a que estuviéramos lejos de su puerta.
—He pensado que la estabas liando.
—Yo también.
—Pues para haberlo pensado has seguido bastante.
Nos reímos. Bajamos al cuarto de mantenimiento y desplegamos sobre la mesa el plano que utilizábamos para repartir las revisiones. Gabi cogió un rotulador y escribió su nombre al lado de varias tareas que antes me devolvía en cuanto aparecía una duda.
—Esto lo llevo yo —dijo.
Le pregunté cómo pensaba organizarlo. Propuso agrupar las revisiones por planta. Yo las había separado por tipo de equipo; con su orden tendríamos que cargar más herramientas, pero subiríamos menos veces. Le señalé las habitaciones ocupadas y buscó una manera de dejarlas para el final.
—Pruébalo —respondí—. Y anotamos lo que dé problemas.
El jueves siguiente tuvimos una fuga en una habitación ocupada.
El agua avanzaba despacio por debajo de una puerta y el huésped insistía en que sus zapatos costaban más que la noche de hotel.
Nadia estaba en el pasillo, sujetando un montón de toallas.
Gabi ya había cerrado la llave adecuada cuando llegué.
Me explicó lo que había hecho. Vi que se había equivocado en una comprobación secundaria y se lo dije demasiado deprisa, delante de todos.
La cara se le quedó quieta.
Nadia me miró por encima de las toallas.
Terminamos la intervención. Se cambió al huésped de habitación, se revisó lo que había quedado mojado y Gabi recogió las herramientas sin hablar.
Me dieron ganas de decirle que no hacía falta ponerse así.
Llevábamos toda la mañana corriendo y el huésped nos había seguido por el pasillo con sus zapatos en la mano.
Vi a Gabi guardar por segunda vez una herramienta en el mismo cajón y tuve que dejar de ordenar lo mío.
Lo llamé cuando estuvimos solos.
—Lo has resuelto bien al cerrar. Después te he corregido como si no hubieras hecho nada útil.
Se apoyó en el carro.
—Podrías haberme dejado explicarlo.
—Sí.
Esperé. Gabi pasó la uña por una mancha del carro.
—Vamos a verlo —dijo.
Lo repasamos juntos. La comprobación seguía mal. Él corrigió el registro y yo anoté en mi agenda una tarea que había delegado sin explicarla lo suficiente.
Por la tarde, mientras guardaba una llave inglesa, me contó un problema con la furgoneta de su padre. Seguía serio. Buscó la fotografía que le había enviado su padre y me acercó el teléfono para que la ampliara. Nos quedamos un rato inclinados sobre la pantalla.
La siguiente reunión con Marina salió mejor. No aprobó toda nuestra propuesta. Eliminó una compra, aplazó otra y aceptó que la coordinación necesitaba tiempo real dentro de la jornada. Firmé cuando las funciones y las condiciones estuvieron claras.
Celebramos las novedades desayunando en el bar de enfrente. Gabi invitó y después se arrepintió de haber dicho «lo que queráis» cuando Nadia pidió un bocadillo. Ella insistió en pagar lo suyo. Marina no pudo venir.
Yo no conté que había ensayado la primera pregunta en casa ni que aquella mejora, relativamente pequeña, me permitía dejar de calcular algunas compras durante tanto rato. Pedí café, me manché la manga con tomate y escuché a Nadia hablar de unas vacaciones que llevaba dos años aplazando.
Al terminar el desayuno encontramos tres incidencias nuevas. Una correspondía a una reparación mía de la semana anterior. Cogí la hoja, Gabi se llevó las otras dos y quedamos en encontrarnos abajo a las doce. Bajé siete minutos tarde; él ya estaba allí.
Ese mes dejé una tarde libre cada dos semanas para ir con mi madre a hacer algunas gestiones. Lo hablamos entre los dos. Ella protestó porque no quería que pidiera permiso en el trabajo por su culpa.
—No estoy pidiendo permiso por tu culpa. Estoy organizando un horario.
—Eso digo yo.
Me reí. No intenté convencerla de que utilizara mis palabras.
Una de aquellas tardes, después de salir de una oficina, nos sentamos a comer un helado. Mi madre eligió un sabor que luego le pareció demasiado dulce. Le ofrecí cambiarlo por el mío. Lo pensó, aceptó y me entregó el cucurucho sin volver a preguntarme si me importaba.
Habló de mi padre. De una excursión que habían hecho antes de casarse, cuando él se puso unos zapatos nuevos y acabó caminando descalzo. Yo no conocía la historia. Durante un momento me pregunté qué partes de aquel hombre no llegarían nunca a mí.
Le pregunté qué habían hecho con los zapatos. Se había pasado la excursión llevándolos ella, sujetos por los cordones. Aún le daba rabia recordarlo.
Al volver al piso me esperaba sobre la mesa el esquema de revisiones del hotel. Lo había traído para añadir unas notas y, al verlo, me dieron ganas de terminarlo antes de cenar.
Lo guardé en la mochila.
Aquella tarde llamé a Tomás para decirle que estaba pensando en invitar a unos cuantos a cenar en casa.
—¿Cuántos cabemos? —preguntó.
Miré la mesa, el sofá que seguía sin gustarle a nadie y las dos sillas plegables apoyadas junto al armario.
—Si no traes otra parrilla, seis.
Me preguntó qué día. Consulté mi turno antes de responder.