32. La voz de Andrés
Vi a Andrés en julio, a la salida de una papelería.
Llevaba un paquete de sobres grandes bajo el brazo y una bolsa transparente con rotuladores. Estaba hablando por teléfono. Supe que era alguien del trabajo por la manera en que escuchaba: los ojos en el suelo, la mano libre dispuesta a interrumpir a una persona que no podía verla.
Podía haber seguido andando. Había una furgoneta estacionada entre nosotros y él todavía no me había visto. Durante un segundo consideré esa posibilidad con la minuciosidad de quien estudia un recorrido largo. Luego levantó la cabeza.
Me saludó con la mano.
Yo me detuve.
Terminó la llamada sin precipitarse. Dijo que se lo enviaran por escrito, que no podía confirmar una cosa que aún no había leído. Guardó el teléfono y se acercó.
—Hola.
—Hola.
Llevaba una camisa que no conocía. Era una tontería, pero me dolió descubrir que había comprado ropa sin que yo estuviera allí. Estuve a punto de preguntarle dónde la había comprado. Once años preguntando cosas así, como si aún fuera a verla colgada en nuestro armario al llegar a casa.
—Qué calor —dijo.
La calle estaba medio vacía. Las persianas de varios comercios bajaban hasta la mitad para proteger los escaparates.
—Sí.
Me preguntó cómo estaba. Respondí que bien. Era una respuesta incompleta, aunque no falsa. Yo pregunté por Elisa. Me dijo que estaba pasando unos días con una prima y que hablaban por teléfono casi todas las tardes.
Se me ocurrió preguntarle por una prueba médica que tenía pendiente, pero no sabía si seguía pendiente. Dejé que fuera él quien añadiera algo, si quería. No lo hizo.
—Te veo distinto —dijo.
No supe si esperaba que preguntara de qué manera.
Miró mis zapatos. Yo venía del hotel y llevaba una camisa limpia sobre el pantalón de trabajo. Había ido a comprar unas fundas para guardar los documentos de mantenimiento que Gabi seguía manchando de aceite.
—¿Tienes un momento? —preguntó Andrés.
Miré hacia la esquina. Detrás del cristal de la papelería, una mujer estaba doblando bolsas, y un repartidor consultaba su teléfono junto a una moto. Me había quedado sin saliva. La mujer de la papelería apiló las bolsas y se agachó detrás del mostrador.
—Un poco —dije—. Después tengo que irme.
Andrés señaló la terraza de un bar.
—Podemos tomar algo.
—Prefiero quedarme aquí.
Entrecerró los ojos. El sol le daba de frente. Pasó los sobres de un brazo a otro y esperé a que terminara.
Nos movimos hasta la sombra de un portal.
—He pensado mucho en lo de la puerta —empezó.
Me quedé inmóvil.
Había esperado esa frase en restaurantes, en nuestra cocina, al despertarme de madrugada. Había imaginado que al oírla sentiría una especie de descanso completo, como cuando cesa un ruido que llevaba horas acompañándote. Lo que sentí fue miedo de escuchar la siguiente.
Andrés ajustó los sobres bajo el brazo.
—No tendría que haber cerrado.
Una moto arrancó. El sonido llenó el espacio que dejó después de hablar.
Yo miraba un botón de su camisa.
—Estabas muy alterado —añadió—. Los dos estábamos mal. Pero tendría que haberlo manejado de otra manera.
Lo había dicho. Bajé la vista hasta sus zapatos y volví a mirarlo. Esperaba algo de mí; se había quedado con los labios entreabiertos.
—Gracias por decirlo —respondí.
Me salió bajo. Andrés se inclinó un poco, como si no lo hubiera oído bien, pero enseguida asintió.
—Yo nunca he querido hacerte daño.
Empecé a asentir por costumbre. Me detuve. El ruido de la moto se alejaba calle abajo.
Respiré. Tenía las manos húmedas alrededor de la bolsa.
—No voy a discutir contigo lo que querías —dije.
Él apartó la vista.
Durante unos segundos me pareció que habíamos perdido la oportunidad de hablar. Quise decirle que lo entendía, que yo tampoco había sido fácil. Me oí tomar aire para empezar.
No añadí nada.
Andrés miró hacia la terraza.
—A veces me pregunto si no podríamos haberlo arreglado.
Había bajado la voz. Se me aflojaron los dedos alrededor de la bolsa.
—Yo también me lo he preguntado.
Levantó la cabeza.
—Entonces…
—Pero no quiero volver.
Vi cómo recibía la frase. No fue una expresión enorme. Apretó un poco la mandíbula y acomodó la bolsa de rotuladores, que se le estaba escurriendo.
Se la habría sujetado en otro momento. Aquella vez dejé que encontrara la manera.
—No te estoy pidiendo que vuelvas mañana —dijo.
—Lo sé.
—Solo digo que somos dos personas que se han querido muchos años.
—Sí.
Nos miramos. En otro momento habría explicado cuánto, desde cuándo, todo lo que seguía recordando. Él esperó. De la terraza llegó una carcajada.
Andrés bajó los ojos.
—He empezado a hablar de algunas cosas —dijo—. En serio.
Me había imaginado esa noticia muchas veces. Quise preguntarle con quién, desde cuándo. Las preguntas se me amontonaron antes de poder elegir una.
—Espero que te sirva.
Lo dije de verdad. Él me miró como si buscara otra cosa dentro de aquella respuesta.
—Te has vuelto muy correcto.
Me dolió. No porque fuera especialmente cruel, sino porque tocó una vergüenza que ya conocía: la de parecer frío cuando me esforzaba por no abandonar mi decisión.
—Estoy intentando hablar contigo sin hacerme daño —dije.
Una persiana subió de golpe detrás de nosotros. Andrés se volvió hacia el ruido y luego hacia mí.
Se pasó una mano por el pelo. Tenía más canas en la sien de las que yo recordaba. Por un instante lo vi viejo y me sentí responsable de una vejez que todavía no había llegado.
También yo había cumplido un año más. Recordé la cena de mi cumpleaños, el soporte de Óscar encima de la mesa al volver solo. Aquella noche me había costado dormirme.
Una pareja salió del portal y nos apartamos para dejarlos pasar. Él se quedó del lado de la calle. Yo, junto a la pared.
—Tengo que irme —dije.
Andrés asintió.
Tal vez contaría que me había pedido perdón y yo le había dicho que no. Sentí el impulso de dejar una última frase, algo que no pudiera resumir así. Busqué las palabras mientras él recolocaba los sobres.
—Cuídate —dijo.
—Tú también.
No nos besamos. Él levantó una mano y yo hice un gesto parecido. Nos alejamos en direcciones distintas, de una manera tan corriente que me pareció imposible que no hubiera quedado nada visible en aquel trozo de acera.
Entré en una calle lateral y me apoyé en una pared. Las piernas me temblaban. Saqué el teléfono y abrí la conversación con Inés. Cerré la pantalla antes de escribir.
Tenía la boca seca. Caminé hasta una plaza, compré una botella de agua y me senté en un banco que recibía la sombra escasa de un árbol.
Me quedé allí un buen rato.
Recordé la puerta. Su mano en el pomo. Mis zapatos. La luz de la escalera que se apagaba si no me movía. Después recordé nuestra cama, una mañana de lluvia, la manera en que él apoyaba el pie frío contra mi pierna.
Me pasé una mano por la pierna, como si aún tuviera aquel pie frío contra la piel.
Lloré sin taparme toda la cara. Una señora pasó con un carrito de compra y me preguntó si me encontraba bien. Le dije que sí, que solo necesitaba estar sentado un rato. Me señaló una fuente al otro lado de la plaza antes de continuar.
Cuando me levanté llamé a Inés.
—Me he encontrado con Andrés —dije.
No me preguntó primero si había vuelto con él.
Me preguntó dónde estaba.
Se lo conté mientras caminaba hacia la parada del autobús. Al llegar, terminé de hablar y guardé el teléfono. Dentro de la bolsa, las fundas transparentes seguían dobladas por la presión de mis dedos.
Las alisé sobre las rodillas durante el trayecto.