31. Un sitio en la mesa
Miguel quemó la primera tanda de pan y acusó a Tomás de haber comprado una parrilla demasiado pequeña.
—Lleva aquí ocho años —respondió Tomás.
—Pues ha encogido.
Estábamos en el patio del taller. Habían apartado unas ruedas, tapado con una lona un motor abierto y dispuesto dos mesas que no tenían la misma altura.
Entre las baldosas salían hierbas. Una sombrilla prestada proyectaba una sombra que todos perseguíamos moviendo las sillas unos centímetros cada vez.
Era junio. Hacía calor, aunque no el suficiente para justificar las quejas de Miguel, que había anunciado al llegar que cocinaría él y ahora parecía convencido de haber sido condenado a hacerlo.
Me levanté para ayudar.
—Siéntate —dijo Tomás—. Que se le pase el protagonismo.
Miguel le lanzó un paño.
—Pues ven tú.
Hubo algo en el golpe del paño contra la mesa que me tensó la espalda. Miré a Tomás, esperando ver en su cara lo que vendría después. Él se levantó, recogió el trapo del suelo y se acercó a la parrilla.
—Venga, sal. Voy a hacer las verduras. Tú corta el pan que queda.
—El pan ya está cortado.
—Entonces abre otra cerveza y deja de sufrir.
Miguel resopló. Pasaron varios minutos sin hablarse. Yo estuve pendiente de ellos hasta que una mujer que tenía al lado me preguntó por segunda vez dónde trabajaba.
Se llamaba Pilar. Era hermana de Miguel y había llevado a su hijo, que se había instalado en un rincón con unos auriculares enormes.
Había también un amigo de ambos, Esteban, profesor de autoescuela, y Luis, a quien Tomás conocía de antes.
Tomás me había dicho quién iría. Pilar me pasó la botella de agua y volvió a preguntar por el hotel; esta vez la escuché.
Luis llegó tarde con hielo y una bolsa de limones. Había dejado a Rafa preparando unas cosas para un viaje.
Estuve a punto de preguntarle si su marido había preferido no venir por mí. Luis se agachó para dejar el hielo en la nevera portátil y se golpeó con el borde de la mesa. Le hice sitio junto a mi silla y le pasé un vaso.
—¿Cómo va la ventana? —preguntó.
Una semana antes me había ayudado a ajustar el cierre de la ventana del salón. Yo podía hacerlo solo, pero necesitaba a alguien que sujetara una hoja desde dentro y él tenía una mañana libre. La reparación había terminado en veinte minutos. Después tomamos café sin hablar de Andrés.
—Bien. Ya no entra aire por el lateral.
—Pues este verano vas a lamentarlo.
Le enseñé en el teléfono una foto de la cortina que estaba pensando en comprar.
Discutimos sobre el color. Luis tenía opiniones firmes sobre cosas para las que yo nunca le había supuesto criterio.
Me recomendó no elegir una tela blanca porque se vería gris enseguida.
Quise saber desde cuándo entendía de cortinas.
—Desde que vivo con un hombre que las cambia como tú cambias de calcetines.
Amplió la fotografía de la tela con dos dedos. Le dije que así acabaría buscando manchas donde todavía no las había.
Comimos tarde. Tomás puso las verduras en una fuente de plástico que empezó a doblarse con el calor. Miguel lo vio, dijo una palabra muy fea y fue a buscar otra. Esta vez yo me reí antes de comprobar la reacción de nadie.
En algún momento Luis me preguntó si seguía yendo a ver a Clara. Se había inclinado un poco hacia mí, sin convertir la pregunta en un asunto de la mesa.
—Sí. Menos veces.
—¿Te sirve?
Pensé en algunas sesiones de las que había salido enfadado, en otras que parecían no haber cambiado nada hasta que me encontraba una semana después diciendo una frase distinta.
—Sí —respondí—. Pero hay días en los que salgo igual de pesado.
—Eso no creo que entre en el tratamiento.
Le di un golpe leve en el brazo.
Seguía sin contarle determinadas cosas. No sabía cuándo volvería a hacerlo ni si llegaríamos a recuperar la amistad exactamente como había sido.
Cuando propuso venir a sujetar la ventana, ya había mirado cuál de los dos domingos me tocaba trabajar.
Y al llamarme preguntaba por mí. Hacía tiempo que no utilizaba aquel «vosotros» que me obligaba a dar noticias de alguien a quien apenas veía.
La conversación de la mesa se desvió hacia unas vacaciones que Tomás y Miguel querían hacer en septiembre.
No se ponían de acuerdo. Uno quería conducir; el otro estaba harto de pasar la vida dentro de vehículos.
Esteban contó un viaje en el que perdió dos trenes por seguir a un hombre que le gustaba.
El hijo de Pilar se quitó un auricular para preguntar cómo se podían perder dos trenes seguidos.
—Con constancia —respondió Esteban.
Me reí tanto que se me fue una aceituna por donde no debía. Tosí, bebí agua y levanté una mano para que dejaran de preguntarme si estaba bien. Cuando pude respirar, Esteban continuó contando la historia desde un punto anterior porque decía que me había perdido lo mejor.
Me gustó quedarme. Eso fue lo que advertí al mirar la hora: que no estaba calculando un regreso.
En el teléfono encontré tres mensajes de Inés sobre unas entradas que buscaba. Le contesté. Desde el otro extremo de la mesa Esteban preguntó si alguien quería más café. Levanté la taza.
Más tarde, mientras recogíamos, Miguel me pasó una bandeja y dijo que estaba cansado de que Tomás prometiera invitar a todo el mundo y acabara él pendiente de las cantidades, la compra y la cocina.
Lo dijo delante de Tomás.
Mi amigo siguió doblando la lona del motor unos segundos. Después dejó de hacerlo.
—Pensaba que te gustaba organizar estas cosas.
—Me gusta que salgan. No es lo mismo.
Los observé con una incomodidad que ya no pude disimular. Miguel se dio cuenta.
—Perdona. No vamos a arreglarlo utilizándote de público.
—No, si yo…
Me callé. Estaba a punto de ofrecer una interpretación que dejara a ambos satisfechos.
Tomás recogió la fuente que yo llevaba.
—La próxima compra la hago yo —dijo.
Miguel lo miró.
—La próxima invitación la hablamos primero.
—También.
Miguel se fue a buscar un recipiente para las sobras. Tomás dobló la lona con más cuidado del que requería y me preguntó si podía cogerla por el otro extremo. Al despedirnos todavía discutían sobre qué se quedaba en el taller y qué debía ir a la nevera de casa.
Caminé hacia el coche con Luis. Me preguntó si me apetecía acompañarlo a una exposición la semana siguiente. Quise saber quién la organizaba. Tardó un segundo en entender la pregunta.
—No es en La Estación —dijo—. Es una cosa de fotografía, cerca del mercado.
Le pedí que me enviara la información.
—Te digo algo mañana.
Luis sacó el teléfono para buscar el cartel.
En el coche encontré un mensaje de Gabi. Habían confirmado que continuaría hasta terminar el verano. Me mandó una fotografía del correo de Marina y después escribió tres veces «bien», con distintas cantidades de signos de exclamación.
Lo llamé. Contestó desde algún sitio donde había música.
—No tienes que darme las gracias a mí —le dije, antes de que empezara.
—Pues te las doy por coger el teléfono. De lo otro ya hablamos.
Me contó que había reservado una cena con su novia. Llevaban semanas evitando gastar hasta saber qué ocurriría. Me dijo el nombre del restaurante. Lo repitió porque la música tapaba las palabras y quería que lo oyera bien.
Cuando colgamos, seguí un momento en el coche, con la ventanilla bajada. Tomás estaba cerrando el patio. Miguel lo esperaba junto a la furgoneta y le acercó una botella de agua. No pude oír qué dijo. Vi a mi amigo beber, devolverle la botella y buscar las llaves en el bolsillo equivocado.
Me dieron ganas de tener algo así otra vez.
Me dio vergüenza admitirlo, incluso allí, solo en el coche. Llevaba meses contando que necesitaba estar solo. Subí la mano al marco de la ventanilla y seguí mirando a mis amigos.
Arranqué. Antes de salir del recinto, bajé la otra ventanilla para despedirme.
—¿Quién se ha quedado el pan quemado? —pregunté.
Miguel me enseñó el dedo corazón.
Tomás seguía buscando las llaves cuando doblé la esquina.