Eso no pasó así 30. La cinta
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30. La cinta

La voz del muchacho apareció debajo de un ruido de agua.

—Esto está grabando, imbécil.

Después se oyó una carcajada, un golpe contra el micrófono y otra voz que preguntaba si había que pulsar también el botón rojo.

Reconocí a Tomás enseguida. A mí tardé más.

Había puesto el aparato sobre la mesa del salón, entre la taza del desayuno y una factura de la luz. Era sábado. El vecino de arriba estaba arrastrando algo pesado desde que amaneció y, en la calle, dos hombres descargaban las bandejas de la panadería. Tuve que subir el volumen.

La cinta contenía una tarde en el cuarto que Tomás utilizaba como taller antes de tener un taller de verdad.

No recordaba quién había llevado la grabadora.

Debíamos de rondar los veinte años. Hablábamos a gritos porque había una radio encendida y alguien estaba taladrando en el patio.

Me acerqué al altavoz para distinguir una frase detrás del taladro.

Había olvidado que el patio tuviera aquel eco.

Mi voz dijo algo sobre un hombre que había entrado a comprar tornillos.

Tomás me pidió que lo imitara.

Lo hice.

Me había olvidado de aquella voz de hacer el imbécil. La utilizaba cuando tenía a alguien a quien imitar, alargando las eses y poniéndome serio. En la cinta no llegaba al final: me atragantaba con mi propia risa. Había una palabrota detrás de otra. Mi madre me habría mandado a lavarme la boca.

La grabación se interrumpió. Hubo un chasquido, unos segundos de silencio y la misma tarde regresó por otro sitio.

—El jueves no puedo —dije.

—¿Por qué?

—Porque no.

Tomás protestó. Yo le propuse el viernes. Empezaron a discutir otras dos personas a las que no conseguí identificar y luego alguien acercó la radio demasiado al micrófono. El sonido se convirtió en una masa áspera. Pulsé el botón de parada.

Había preparado el desayuno antes de ponerla y había dejado el teléfono lejos, por si me encontraba de golpe con la voz de mi padre. O con alguna conversación que hubiera olvidado. En cambio, llevaba diez minutos oyéndome hacer el tonto entre herramientas.

Volví a ponerlo.

Al tercer intento llamé a Tomás y le acerqué el teléfono al altavoz.

—¿Ese soy yo? —preguntó.

—Por desgracia.

Se quedó escuchando. Lo oí pedirle a alguien que esperara un momento.

—Eso fue cuando lo del compresor.

—¿Qué compresor?

—El que compró mi tío. El que se cayó de la furgoneta.

Yo creía que aquella tarde pertenecía a otro año. Discutimos un rato, sin demasiado interés por resolverlo. Tomás dijo que buscaría una foto, aunque era poco probable que lo hiciera. Antes de colgar quiso escuchar otra vez la imitación.

—Eras un cabrón —dijo, riéndose.

—Sigo teniendo posibilidades.

La cinta avanzó hasta el final de la cara. El mecanismo saltó con un golpe seco. Nadie conocía aún a Andrés. Faltaban muchos años para que apareciera junto a una puerta que no cerraba por culpa de un expositor y me preguntara si podía ayudarlo.

Saqué el casete. La pegatina del lomo se había vuelto amarilla y una esquina se deshacía al tocarla. Durante unos segundos estuve a punto de despegarla para poner otra nueva. Al final escribí en la caja: «Tomás. Taller». Dejé la fecha en blanco.

Cumplí cuarenta y nueve años dos semanas después.

Inés llamó para preguntarme qué quería hacer. No si quería hacer algo; qué. Le dije que no lo sabía y ella empezó a mencionar restaurantes, un domingo en casa de mi madre, la posibilidad de ir a comer al campo. Me agobié antes de encontrar una razón.

—No me organices el cumpleaños, por favor.

Se calló.

Lo había dicho casi gritando. Mi hermana había mencionado tres sitios; aún no había reservado ninguno.

—Perdona —añadí—. Has preguntado y te he contestado como si ya estuvieras encargando una tarta para cincuenta.

—Cincuenta, no. Cuarenta y nueve.

Me reí.

—Quiero comer con vosotros. Algo pequeño. Pero todavía no sé dónde.

—Pues lo piensas y me dices.

Antes de colgar me pidió que le dijera algo el viernes para organizarse. Apunté «Inés» en el calendario.

El día del cumpleaños me levanté temprano. Trabajaba de mañana y había comprado unas pastas para dejar en el cuarto donde desayunábamos. Gabi abrió la caja antes de quitarse la chaqueta.

—¿Cuántos?

—Menos de los que aparentas tú después de un turno de noche.

Nadia me dio un beso en la mejilla. Marina apareció con el teléfono en la mano, deseó felicidades a la persona equivocada y rectificó sin terminar la llamada.

Durante el desayuno hablamos de una máquina que seguía fallando.

Nadia me felicitó por tener el honor de cumplir años el mismo día que caducaba su garantía.

Andrés escribió a las nueve y doce.

«Felicidades, Julián. Espero que estés bien».

Lo miré mientras esperaba un ascensor de servicio.

Aquellas seis palabras me alteraron más que todas las felicitaciones recibidas hasta entonces.

Esperaba una referencia íntima, una frase que solo nosotros entendiéramos.

También la temía. Había preparado respuestas para un mensaje que él no había enviado.

Contesté: «Gracias».

La puerta se abrió. Empujé el carro dentro y pasé el resto de la mañana revisando cerraduras que aceptaban unas tarjetas y rechazaban otras sin un motivo evidente.

Por la noche cené en casa de Inés. Mi madre hizo una tortilla demasiado grande, Óscar apareció con una bolsa que había envuelto usando tres clases de papel y Sergio abrió vino. Dentro de la bolsa había un soporte de madera para el teléfono. Óscar lo había diseñado y montado con una bisagra pequeña.

—Para que no lo dejes apoyado en los vasos —dijo.

Una arista raspaba un poco. Pasé el dedo por ella.

—Le falta lijar eso —se apresuró a explicar.

—Pues el domingo lo lijamos.

Me miró con una seriedad que no esperaba.

—Ya puedo hacerlo yo.

Aparté el dedo.

—Es verdad.

Lo dejamos así. Me llevé el soporte con su pequeña imperfección y una porción de tortilla que mi madre envolvió como si tuviera que enviarla a otro país.

Al regresar al piso no encendí el televisor.

Abrí el cajón donde guardaba las tres hojas de la conversación de enero.

Tenían una esquina doblada y una mancha de café de la mesa de Inés.

Durante los últimos meses había añadido un par de recuerdos al dorso, como si todavía faltara un documento capaz de resolver el asunto.

Saqué también un sobre vacío.

Pensé en escribirle una carta. No una explicación de las que ya había intentado, me dije. Otra cosa. Una carta serena, sin necesidad de contestación, que recogiera lo bueno y lo malo con palabras suficientemente justas para no poder ser rechazadas.

Escribí: «No sé si alguna vez he conseguido explicarte». Taché «he conseguido explicarte», puse «hemos podido entendernos». Debajo empecé otra frase: «Quisiera que entendieras».

Me quedé mirando los dos renglones. Ni siquiera había escrito su nombre.

Dejé el bolígrafo. La ventana estaba abierta y llegaban voces del bar de la esquina. Alguien llevaba un rato despidiéndose sin terminar de irse. Oí cómo otro le decía que cogiera una chaqueta.

En el reloj de la cocina eran las once y media. Solo oía su mecanismo de noche, cuando la casa estaba quieta. Había hecho cuarenta y nueve años; los renglones que tenía delante podían llevarme hasta las tres, lo sabía. Acerqué el soporte de Óscar. La bisagra chirrió un poco al abrirla.

Guardé los folios en una carpeta con los documentos del acuerdo. La carpeta apenas cerraba. Tendría que comprar otra.

El sobre vacío se quedó fuera.

Escribí por detrás una lista: pilas para el aparato, una bombilla para el pasillo, llamar a mi madre por una cita que quería cambiar. Añadí «lijar», lo taché y sonreí.

Después coloqué el teléfono en el soporte de Óscar. Se sostenía perfectamente.

Escuché un rato la cinta antes de acostarme. Cuando llegamos a la parte del hombre que compraba tornillos, me acordé del final de la imitación un segundo antes de oírlo. Lo dije a la vez y me reí.

Dejé que la grabación terminara sin rebobinarla.