Eso no pasó así 29. Una enfermedad corriente
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29. Una enfermedad corriente

La primera vez que enfermé en el piso nuevo pensé en Andrés antes de pensar en un médico.

Me desperté de madrugada con fiebre, dolor de garganta y la camiseta pegada a la espalda.

Había dejado agua en la cocina. Tardé un rato en decidirme a levantarme.

Me parecía injusto tener que hacerlo solo.

Aparté la sábana enfadado, con una rabia desproporcionada contra el vaso que no había traído a la habitación.

En casa de Andrés, cuando estaba enfermo, él solía encargarse de esas cosas. Me llevaba agua, preguntaba si había comido y recordaba dónde estaban los medicamentos. A veces se impacientaba porque yo me resistía a parar. Otras me cuidaba con una ternura que no necesitaba ninguna explicación.

Lo eché de menos de una manera física, sin argumentos.

Por la mañana avisé al hotel y pedí atención médica.

Me revisaron y me dieron indicaciones para pasar los días siguientes, además de decirme cuándo debía volver a consultar si empeoraba.

Salí de la consulta pendiente de los escaparates que ofrecían un lugar donde apoyarme.

La farmacia estaba a dos calles; aquella mañana me pareció una mala distribución de la ciudad.

Regresé con la compra mínima de una farmacia y una bolsa de pan. Subir los tres pisos me agotó. Dejé las cosas en el suelo y me tumbé vestido.

Inés estaba trabajando. Le escribí que me encontraba mal, pero añadí enseguida que no se preocupara. Ella llamó durante un descanso y me preguntó qué necesitaba. Dije que nada. Me escuché utilizar una respuesta que llevaba años dando antes de comprobar si era cierta.

A media tarde tenía hambre y no quería cocinar. Miré el teléfono. Abrí la conversación con Andrés.

Tenía el dedo encima de su nombre. Pulsé antes de poder convencerme de que solo iba a mirar la última conversación.

Contestó enseguida.

—¿Qué pasa?

Su voz me hizo cerrar los ojos.

Le dije que tenía fiebre y que había pasado por la consulta. Me preguntó qué me habían dicho, si estaba tomando agua, si había comido. Respondí a todo con una facilidad que no tenía que construir. Me preguntó si me había tapado. Le dije que sí; tenía una manta encima de las piernas.

Durante unos minutos no hablamos de la separación.

Después dijo que podía ir a buscarme y que me quedara unos días en casa hasta estar mejor.

Sentí alivio antes de decidir nada. Vi nuestra cama, la manta del sofá, la cocina donde no tendría que buscar una olla. Me pareció que todo podía reducirse a estar enfermo y dejar que alguien me ayudara.

—No quiero volver allí —dije, aunque una parte de mí acababa de quererlo con fuerza.

Andrés guardó silencio.

—Entonces voy yo. Dime la dirección.

Me quedé mirando la pared. No quería compartir ese espacio todavía. No quería que la primera vez que entrara en mi casa fuera cuando yo no tuviera fuerzas para sostener una conversación difícil.

—Gracias. Pero no.

—Me llamas para decirme que estás mal y no me dejas hacer nada.

Apreté el teléfono contra la oreja. La fiebre me hacía temblar por debajo de la manta.

—Quería hablar un rato.

—Pues estamos hablando.

—Te he echado de menos. Eso es lo que me ha pasado. No he pensado mucho más.

Andrés respiró despacio.

—Pues no entiendo por qué estamos haciendo esto.

Me dolía la garganta incluso al tragar. Busqué el vaso y lo encontré vacío.

—No voy a volver, Andrés. Siento haberte llamado así.

—¿Así cómo?

—Sin saber qué quería pedirte. Voy a llamar a Inés, que me eche una mano estos días. Ya me han visto en la consulta.

Dijo que aquello era cruel. Lo dijo bajo, casi en el mismo tono con el que me había preguntado por la manta. Me tapé la boca para no sollozar dentro del teléfono.

Nos despedimos mal, con frases cortas. Dejé el teléfono en el sofá y lloré hasta que me dolió más la garganta.

Después llamé a Inés otra vez.

—Antes te he dicho que no necesitaba nada —empecé—. No era verdad. ¿Podrías traerme algo de comer cuando puedas?

—Espera, que mire a qué hora termino.

Tenía que recoger a Óscar y terminar unas cosas del trabajo. Me dijo a qué hora llegaría y preguntó si podía esperar o necesitaba que buscáramos otra ayuda.

Podía esperar. Me preparé una tostada y bebí agua mientras llegaba la hora. Dejé el cuchillo en el fregadero, sin lavarlo.

Inés apareció con sopa, fruta y dos bolsas que dejé que guardara donde le resultó más cómodo. No intenté reorganizar la compra detrás de ella. Me tumbé en el sofá y la escuché moverse por la cocina.

Le conté que había llamado a Andrés. Esperé una expresión de decepción.

—¿Y cómo ha ido? —preguntó.

Se lo expliqué. Mi hermana se sentó en la silla plegable, con la chaqueta puesta. De vez en cuando comprobaba la hora, procurando que yo no lo viera.

—Estabas enfermo y lo has echado de menos —respondió—. Ahora estás aquí.

Yo habría querido seguir hablando, averiguar si debía enviarle otro mensaje a Andrés. Inés señaló el cuenco. Quedaba sopa en el fondo y estaba enfriándose.

Cuando vio que había comido y tenía a mano lo necesario, Inés se levantó. Rozó la mesa con la silla plegable. La dejamos abierta; si volvía al día siguiente ya tendría dónde sentarse.

Le dije que no hacía falta que durmiera allí. Estaba cansada y al día siguiente trabajaba. Me dio un beso y me pidió que la avisara si necesitaba algo o si me encontraba peor.

Al día siguiente Tomás me llamó. Inés me había preguntado antes si podía contarle que estaba enfermo para organizar una ayuda, y yo había dicho que sí. Él se ofreció a pasar después del taller. Le pedí que comprara pan y un par de cosas. Quiso llevar más. Le dije que con eso bastaba.

Apareció con lo acordado y el aparato de casete que llevaba semanas prometiendo. Lo dejó encima de la mesa.

—Para cuando se te quite la cara de entierro —dijo.

Me reí y empecé a toser. Él levantó las manos.

—Retiro el chiste. No quiero salir denunciado por agravar un resfriado.

Se quedó media hora. Hablamos poco. A veces miraba el teléfono mientras yo cerraba los ojos. No parecía necesitar que aprovechara su visita ni que lo entretuviera. Antes de irse dejó el aparato conectado, preparado para que pudiera probarlo otro día.

La fiebre fue bajando. Seguí las indicaciones que me habían dado y tardé más de lo que quería en recuperar las fuerzas.

El hotel se organizó sin mí. Gabi envió un mensaje breve para decir que no me preocupara por una entrega.

Marina me pidió que avisara de cómo evolucionaba y que no volviera antes de tiempo por intentar resolverlo todo.

Una mañana me desperté tarde y había pasado una hora sin mirar el grupo del hotel. Lo abrí: una consulta de material, dos fotografías, un «resuelto» de Gabi. Me sentó bien y mal a la vez.

Cuando pude salir a la calle, caminé hasta la panadería. Hacía sol y olía a ropa tendida. Compré media barra y regresé despacio. Los tres pisos seguían siendo tres pisos, pero ya no parecían una distancia imposible.

Andrés no volvió a llamar. Yo tampoco. En la siguiente sesión con Clara conté la llamada desde el momento en que había cogido el teléfono. Me costó admitir cuánto me había aliviado su oferta de ir a buscarme. Se me quebró la voz en ese punto y tardé en llegar al final.

Esa tarde cambié las sábanas. Encontré la camiseta con la que había dormido la primera noche y la metí en la lavadora. Después abrí la ventana del dormitorio para que entrara aire.

En el salón, el aparato de casete seguía esperando junto a la caja de cintas. Lo dejé para el fin de semana. Con cambiar las sábanas había tenido bastante por aquel día.