28. Cuentas pendientes
La propuesta de acuerdo llegó una mañana de abril, mientras yo estaba comprobando un pedido de material.
Beatriz me llamó para decirme que tenía algo concreto que revisar.
No lo presentó como una victoria. Andrés aceptaba devolver dos mil ochocientos euros en un acuerdo global sobre la aportación a la reforma y algunas compras comunes.
Había también una relación de objetos que quedarían en cada casa y de pagos que debíamos cerrar.
La cantidad era menor de la que yo había aportado a la cocina. Beatriz me explicó qué documentos respaldaban cada cosa, qué seguía en discusión y qué supondría continuar negociando o estudiar otras vías. Antes de colgar me pidió que leyera la propuesta.
—Hoy no hace falta que me contestes.
La imprimí al llegar al piso. Me senté en la mesa del salón con un bolígrafo y una sensación de cansancio que no correspondía al número de páginas.
Había cifras, plazos y objetos. Podía entender todo eso. Lo que me detuvo fue una frase añadida al comienzo: los dos reconocíamos que la convivencia se había desarrollado desde el respeto mutuo y que la separación respondía a diferencias personales compartidas.
La leí varias veces.
Busqué la relación de muebles: mesa, cómoda, silla. Volví a la primera página.
Llamé a Beatriz.
—No quiero firmar eso.
Me preguntó a qué me refería. Se lo leí.
—Esa redacción la ha pedido Andrés —dijo—. Podemos proponer que se quite. El acuerdo que estamos intentando alcanzar es económico y material. No tiene por qué obligarte a afirmar una historia con la que no estás de acuerdo.
Sentí alivio. Después llegó el miedo a que todo se estropeara por una frase.
Dos mil ochocientos euros me permitirían recuperar parte del ahorro gastado en el alquiler y la mudanza. En la otra esquina de la mesa tenía el recibo del colchón. Lo aparté para poner las dos páginas juntas. Podía firmar, cobrar y guardar aquello donde no fuera a leerlo. Era una frase, me dije.
Beatriz seguía al teléfono. Oí que dejaba algo sobre su mesa.
—¿Julián?
—Sigo aquí.
Le pedí a Beatriz que propusiera eliminar la frase. También le dije que aceptaría hablar de la cifra sin utilizar el documento para pronunciarme sobre toda la relación.
La respuesta tardó varios días. Durante ese tiempo revisé el teléfono más de lo que quería. Imaginaba a Andrés leyendo la propuesta, enfadándose, decidiendo que no me daría nada. Parte de mí seguía dispuesta a llamar para suavizarlo antes de que ocurriera.
No llamé.
Andrés me escribió una noche para decir que le dolía que no pudiera reconocer que también había habido respeto.
Contesté que no estaba negando los momentos buenos, pero que no iba a firmar una explicación general de nuestra convivencia para cerrar cuentas.
Le indiqué que Beatriz seguiría con lo práctico.
No añadí ejemplos. No volví a la escalera.
Hice la cena con el estómago cerrado. Cada vez que miraba la propuesta pensaba en el alquiler del mes siguiente. Volví a sumar mis gastos, aunque los había sumado por la mañana. Las cifras salieron iguales.
Al día siguiente llegó al hotel una entrega sin una de las piezas del pedido. El proveedor sostuvo que el modelo nuevo ya no la llevaba. Gabi buscó el despiece mientras yo seguía al teléfono; le enviamos la fotografía de la referencia. Media hora después el hombre nos llamó para rectificar.
—Estaba mirando el catálogo anterior. Os la mando mañana.
Anoté la fecha en el albarán. A las once me sorprendí comprobando si Beatriz había escrito.
Una semana después, Beatriz me envió una nueva versión del acuerdo. La frase sobre el respeto mutuo había desaparecido. Quedaban las cifras, los objetos, las fechas y lo que cada uno aceptaba cerrar en ese documento concreto. Lo revisamos juntos antes de firmar.
Le pregunté otra vez qué quedaba cerrado con la firma.
Beatriz me lo señaló párrafo por párrafo; hablamos también del coste de continuar.
Al lado de una cifra hice la resta que llevaba semanas haciendo: faltaban tres mil euros de lo que había puesto en la cocina.
Dejé el resultado en el margen de mi copia y firmé.
La transferencia llegó tres días después. En el concepto ponía «Acuerdo reforma y bienes».
Miré el saldo y actualicé la hoja de gastos. Me sobraron diez minutos antes de entrar a trabajar. Bajé a comprar la leche que había olvidado el día anterior.
Conservé la mayor parte como ahorro. Compré un sofá pequeño de segunda mano y una estantería que pude montar solo.
No elegí el sofá por su aspecto, sino porque cabía por la escalera y podía tumbarme sin que me sobraran los pies.
Cuando lo probé en el salón pensé que era bastante feo. Aun así, me gustó.
La última recogida de objetos la hicimos con una lista breve y una hora acordada.
Fui acompañado por Luis. No hubo una conversación importante.
Andrés nos entregó una caja con papeles, dos libros y una bandeja que pertenecía a mi madre.
Yo le devolví un juego de herramientas que había quedado mezclado con las mías y un cargador que no era mío.
Estuvimos cuarenta minutos. Andrés fue tachando los objetos de la lista mientras yo comprobaba la caja. Luis encontró el cargador debajo de una garantía y se lo pasó.
Antes de irnos, Andrés preguntó por mi madre. Le dije que estaba bien. Yo pregunté por Elisa. Contestó que también.
No hablamos de nosotros.
En el coche, Luis me preguntó si quería parar a tomar algo. Le dije que prefería volver al piso. No pareció decepcionado. Me ayudó a subir la caja y se fue después de comprobar que no quedaba nada en el maletero.
Abrí los papeles sobre la mesa. Había recibos antiguos, garantías caducadas y un certificado de un curso que hice años antes de conocer a Andrés. Lo había dado por perdido. Me sorprendió ver mi nombre impreso con un cargo que entonces me parecía importante.
Comprobé la fecha del curso y lo guardé junto a los otros certificados.
Entre los libros apareció también una fotografía que no habíamos separado: Andrés y yo en un tren, dormidos el uno contra el otro. No sabía quién la había tomado. La observé un rato y la metí en el sobre de los recuerdos, junto a la del cuarto verde.
El sobre abultaba. Busqué uno mayor antes de cerrar el cajón.
Esa noche me tumbé en el sofá nuevo. El cojín del brazo era demasiado duro. Lo cambié de posición y encontré una postura cómoda. Miré la estantería vacía que todavía tenía que llenar.
Consulté la lista de lo pendiente. Todas las casillas estaban marcadas. Era pronto para acostarme y no tenía nada preparado para la mañana, ninguna pregunta que enviar a Beatriz. Cogí el teléfono, lo dejé en el otro cojín.
Apagué la luz del techo y encendí la lámpara. En el piso de arriba estaban viendo una película cuyo volumen subía cada vez que alguien corría. Me quedé tumbado escuchándola hasta que me entró sueño.