Eso no pasó así 27. La casa prestada
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27. La casa prestada

Durante el primer mes seguí llamándolo «el piso».

Decía que iba al piso, que había dejado algo en el piso, que tenía que comprar una lámpara para el piso. Cuando alguien preguntaba si estaba en casa, tardaba un segundo en entender a qué lugar se refería.

La casa de Andrés tampoco había sido mía en los papeles y durante años la había llamado casa sin vacilar.

En esta había firmado un contrato, pagado una fianza y llenado armarios.

Aun así, al llegar de trabajar dejaba a veces la chaqueta sobre las rodillas, sentado en la silla, como si estuviera esperando que alguien me indicara dónde ponerla.

Tardé casi tres semanas en colgar una fotografía de un paisaje que había comprado muchos años antes. Andrés nunca había querido ponerla en el salón. «No combina», decía, y luego me preguntaba dónde pensaba poner el cuadro que ya estaba allí. En mi nuevo salón tampoco combinaba con gran cosa.

La colgué de todos modos.

Quedó ligeramente alta. Me senté frente a ella y pensé en volver a medir. Después decidí esperar unos días antes de hacer otro agujero. Desde la cocina la altura molestaba menos.

Mi madre vino a verme a comienzos de abril. Le había contado la separación por teléfono antes de firmar el alquiler, en una conversación torpe en la que intenté evitar que se preocupara hasta que acabé sin decir casi nada.

Tuve que llamarla otra vez al día siguiente y empezar mejor.

Le dije que no era una decisión repentina, que llevaba tiempo pasándolo mal y que necesitaba vivir separado. No le conté todos los episodios. Tampoco le pedí que dejara de tener cariño a Andrés. Le pedí que no intentara convencerme de volver ni le contara cosas de mi nueva vida sin preguntarme.

Mi madre escuchó. Después dijo que le daba pena. Yo respondí que a mí también.

Cuando llegó al piso subió la escalera despacio, parando en el segundo rellano. Inés la acompañaba con una bolsa de comida que parecía suficiente para varias personas.

—No hacía falta tanto —dije.

—Ya lo sé —contestó mi madre—. Pero lo he hecho.

Se quedó en medio del salón, mirando alrededor. Yo esperaba el «qué bonito» con el que recibía las cosas cuando quería animarme. Esta vez miró hacia la ventana.

—Tiene luz —comentó.

—Por la mañana, sobre todo.

Le enseñé el dormitorio, la cocina y el baño. Preguntó si la calefacción funcionaba bien. Le dije que sí. Miró las toallas, abrió un armario y después se disculpó por haberlo hecho sin preguntar.

—Costumbre de madre.

—Puedes mirar. Solo no me lo reorganices todo.

Se rio. Inés levantó una ceja, contenta de no ser la única que le decía esas cosas.

Comimos en la mesa que me había llevado del cuarto verde. Ocupaba demasiado espacio, pero cabíamos tres sin apretarnos. Mi madre miró el arañazo del lateral.

—Esta estaba en tu primer piso.

Asentí.

—Siempre te gustó.

Yo no recordaba haberle dicho nunca que me gustaba. Tal vez se notaba en las veces que la había llevado de un sitio a otro.

Durante la comida hablamos de Óscar, de la cama nueva y de una vecina que había instalado una persiana demasiado ruidosa. Mi madre preguntó por el trabajo. Le conté la prórroga de Gabi y la propuesta que seguíamos aplicando. No preguntó por Andrés hasta el café.

—¿Sabes cómo está?

—No mucho.

Bajó la mirada.

—Me escribió para felicitarme el santo.

Dejé la taza en el plato con demasiado cuidado. Mi madre aún tenía el teléfono en el bolso. Temí que fuera a sacar el mensaje para enseñármelo.

—Puedes tener tu relación con él —dije—. Pero ahora prefiero no saber de sus cosas. Y necesito que las mías no lleguen por ahí.

Mi madre asintió. Le costó un poco, pero no discutió.

Antes de irse me abrazó en la entrada.

—No sabía que estabas tan mal —murmuró.

La abracé. Inés esperaba en el rellano con las bolsas vacías. Al soltarnos, mi madre me pasó una mano por el brazo y se volvió hacia la escalera.

Cuando se fueron, el piso quedó lleno de recipientes y de un olor a comida que me hizo sentir acompañado durante un rato. Después apareció el silencio de la tarde.

Había sábados en que no sabía qué hacer. Podía llamar a alguien, salir, leer, dormir. Esa cantidad de opciones no se parecía a la libertad que había imaginado. A veces me quedaba de pie en la cocina, esperando una necesidad ajena que ordenara las horas.

Entonces inventaba tareas. Limpiaba un filtro que todavía estaba limpio, revisaba una factura, ordenaba herramientas por tamaños. Terminaba agotado y con la impresión de no haber vivido el día.

Una tarde dejé una caja sin abrir en medio del salón y salí a caminar. No tenía un destino. Me metí en una librería pequeña y estuve mirando novelas. Elegí una por la primera página, sin buscar reseñas ni preguntarme si era una lectura seria. La compré y me senté en una cafetería.

No conseguí concentrarme más de diez minutos. Aun así, me quedé. Leí la misma página varias veces y después observé a la gente pasar. Nadie me pidió que aprovechara mejor la tarde.

Otra noche instalé una aplicación para conocer hombres. No buscaba una pareja. Tampoco sabía exactamente qué buscaba. Quería comprobar que seguía existiendo una parte de mí que no estuviera ocupada por la separación.

Me costó elegir una fotografía. En casi todas salía con Andrés o habían sido tomadas por él. Acabé haciéndome una en el salón, con una camiseta oscura y la barba un poco más larga de lo que llevaba antes. No intenté parecer más joven. Tampoco conseguí mirarme con la tranquilidad que habría deseado.

Samuel me escribió por el libro que se veía encima de la mesa.

«No te voy a contar el final. Bastante daño hace la gente en estas aplicaciones».

Le pregunté si lo había leído.

«Hasta la mitad. Mi amenaza tiene limitaciones».

Me reí solo. Amplié su fotografía: barba entrecana, cuello de camiseta un poco vencido, una arruga junto a cada ojo. Tenía una mano apoyada en la nuca. Me gustó esa mano. Volví al tamaño normal antes de contestar, como si pudiera enterarse de lo que estaba mirando.

Hablamos del libro y de la dificultad de encontrar una fotografía reciente en la que no saliera otra persona. Me envió una de él con un brazo ajeno sobre los hombros. «Esta sería la buena. El brazo es de mi hermano. No lo he quitado porque es la única en la que salgo bien».

Me propuso un café cerca del mercado. Acepté. Después pasé dos días queriendo cancelar.

Una noche preparé una camiseta y la dejé sobre la cómoda.

A la mañana siguiente volví a guardarla.

Podía imaginar el café, la pregunta sobre cuánto llevaba solo, el momento en que empezaría a contar demasiado o mentiría para no hacerlo.

Me molestaba pensar que Samuel acabaría pasando una tarde con Andrés sin haberlo pedido.

La mañana de la cita escribí: «Perdona. He aceptado demasiado deprisa. Estoy saliendo de una relación de muchos años y ahora mismo no me encuentro preparado para quedar».

Lo leí. Quité una frase que decía que aquello no tenía nada que ver con él: ya lo sabía. Envié el mensaje antes de inventar una avería en el hotel.

Samuel tardó veinte minutos en contestar.

«Gracias por avisar. Otro día será. Que estés bien».

Debajo apareció un icono de una taza. Me habría gustado una pregunta más, algo que me permitiera seguir hablando sin acudir a la cita. No la hubo. La camiseta se quedó en el armario y dejé la aplicación sin abrir durante varios días.

En el hotel, Gabi me preguntó un viernes qué planes tenía. Le dije que ninguno. Iba a añadir una explicación para que no pareciera triste, pero él se limitó a decir que qué envidia, que llevaba tres compromisos seguidos.

Me reí. Gabi estaba intentando encontrar a alguien que le cambiara el turno para llegar a una de las tres cenas. Le dije que ese fin de semana no podía.

Esa noche preparé una cena sencilla, puse música y abrí el libro que había comprado. Leí treinta páginas. Cuando levanté la vista, la caja seguía en medio del salón.

La aparté con el pie para pasar. Dentro sonaron unas piezas de metal. Me agaché a mirar qué ponía en el lateral: «Varias». Una clasificación muy útil. La dejé para otro día y me fui a la cama con el libro.