26. La otra versión
Vera me llamó para invitarme a su cumpleaños y, antes de que pudiera alegrarme, empezó a explicar la distribución de las mesas.
Sería una comida. Había reservado un sitio donde nos conocían. Irían varias personas del equipo del centro, Luis y Rafa, Mateo y otros amigos. Andrés también.
—No quiero que nadie se sienta excluido —dijo.
Yo tampoco quería excluir a nadie. Lo que no sabía era cómo sentarme a comer delante de Andrés y fingir que la distancia entre nosotros podía resolverse colocando una silla en otro extremo.
—Este año prefiero no ir —contesté.
Vera guardó silencio.
—Me da mucha pena que acabemos haciendo bandos.
Miré el calendario que tenía sobre la mesa. Su cumpleaños estaba anotado desde hacía meses.
—No te estoy pidiendo que no lo invites. Te estoy diciendo que yo no puedo ir así ahora.
—Ya. Lo entiendo.
Al otro lado se oyó el clic de un bolígrafo. Tenía la lista delante, me dijo; por eso prefería llamarme antes de cerrar el número.
Le propuse verla otro día para tomar algo. Aceptó sin fijar una fecha. Cuando colgamos me quedé con la sensación de haber perdido una cosa pequeña que, sumada a otras, empezaba a cambiar la forma de mis fines de semana.
El grupo de los seis seguía activo. Había fotografías de comidas, comentarios sobre películas y mensajes que yo leía sin responder.
Rafa preguntó un jueves quién se apuntaba al cine.
Andrés dijo que él podía después de las ocho.
Vera mandó un enlace con las sesiones y a continuación Luis cambió de tema.
Abrí el enlace por costumbre; cerré la pantalla sin mirar los horarios.
Una noche salí del grupo. Antes escribí que necesitaba algo de distancia y que podían contactar conmigo por privado. No expliqué más.
Rafa respondió que esperaba que no fuera un reproche. Vera puso un corazón. Mateo me escribió al día siguiente para preguntar si seguíamos pendientes de una cerveza. Le dije que sí y le mandé mis días libres.
Andrés no comentó mi salida. Dos días después recibí un mensaje suyo sobre una factura pendiente. Lo contesté con el dato que necesitaba. Más tarde añadió que le parecía triste que estuviera alejándome de personas que me querían.
No respondí a esa parte.
En el hotel, Marina me llamó al despacho a media mañana. Pensé en la propuesta de mantenimiento. Llevábamos varias semanas aplicándola y había resultados desiguales: algunas incidencias se resolvían antes y otras seguían atascadas en autorizaciones que no dependían de nosotros.
Pero no me llamó por eso.
—Ha telefoneado Andrés —dijo.
Sentí un frío inmediato en el estómago.
Pregunté qué había dicho. Quería hablar conmigo y, al no localizarme, pidió que le confirmaran mi turno. Recepción no le dio la información y pasó el aviso a dirección porque lo conocían de actividades anteriores.
—¿Hay algo que necesitemos saber para gestionar estos contactos? —preguntó Marina.
Marina tenía el aviso de recepción delante. Habían apuntado mi nombre y una hora. No sabía cuánto más le habían contado.
Le expliqué que nos habíamos separado y que necesitaba que no se facilitaran mis horarios ni datos de contacto que él no tuviera ya. También le dije que no quería que las llamadas personales llegaran a través del trabajo salvo una urgencia real.
Marina tomó una nota breve.
—Lo traslado a recepción sin entrar en detalles.
Me quedé sentado. Había terminado lo necesario, pero sentía la obligación de defenderme de cosas que ella no había pensado en voz alta.
—No estoy teniendo problemas en el trabajo por esto —añadí.
Marina me miró.
—Has tenido algunos despistes. Los hemos hablado y los has corregido. No necesito que me demuestres ahora que no te afecta nada.
Bajé la mirada. La esquina del aviso estaba doblada. La alisé con un dedo antes de devolvérselo.
Le dije que estaba recibiendo ayuda y que quería mantenerlo privado. Asintió. Después abrió la carpeta de mantenimiento.
—Ya que estás aquí, tenemos que ver esta compra. La han vuelto a dejar pendiente.
La compra tenía el mismo número de solicitud que la semana anterior.
Abrimos las dos hojas para ver qué faltaba.
Había un campo sin completar y una autorización que debía llegar de administración.
Escribí al proveedor desde el despacho, con Marina dictándome el nombre de la persona que podía confirmarla.
Al salir volví a mantenimiento con una copia y anoté a quién debía llamar por la tarde.
Escribí a Andrés para pedirle que no volviera a contactar conmigo a través del hotel. Contestó que solo quería dejarme unos documentos y que estaba exagerando una gestión normal.
Le indiqué cómo podía hacerme llegar los papeles. No discutí el adjetivo.
Esa tarde, al volver al piso, encontré un paquete delante de mi puerta. Se me aceleró el pulso antes de leer la etiqueta. Era la lámpara de pie que había comprado por internet para el salón y que el repartidor dejó a un vecino. El vecino la había subido después. No tenía nada que ver con Andrés.
Me senté en el escalón del rellano con la caja en las piernas. Me quedé leyendo la etiqueta aunque ya la había entendido. En el primero abrieron una puerta y me levanté deprisa, como si no pudieran encontrarme allí sentado con mi propia compra.
Se lo conté a Clara. Me preguntó si había algo que indicara que Andrés conocía mi dirección.
Dije que no. Hablamos de los contactos que seguían pendientes y de lo que hacía cuando llegaba un mensaje: dejar una comida a medias, releerlo mientras me vestía, responder por si el siguiente era peor.
Le mostré el teléfono. Tenía abiertas conversaciones de hacía una semana.
—¿Y si la gente cree que soy yo quien lo está tratando mal? —pregunté.
Clara no me prometió que nadie lo pensaría.
Me preguntó qué quería decir con «la gente».
Empecé por los amigos de Andrés y terminé hablando de una compañera del hotel que apenas conocía.
Clara me pidió que volviera a los nombres.
Inés, Beatriz, Marina, Luis. Nos detuvimos en cada uno.
A Marina había podido decirle lo necesario en unos minutos.
Con Rafa llevaba semanas escribiendo respuestas en mi cabeza.
Había otras personas cuya opinión me importaba y a las que no quería contar mi vida entera. Le dije a Clara que no soportaba imaginarme entrando en un sitio donde alguien pensara que me había marchado por capricho.
—¿Y qué harías para evitarlo?
Pensé en enseñar los tres folios. No lo dije. Me quedé mirando las conversaciones abiertas.
Esa noche vi una fotografía del cumpleaños de Vera. No la busqué; apareció en una cuenta que seguía. Andrés estaba sentado junto a Rafa, riéndose de algo fuera de plano. Había una silla vacía al fondo, seguramente porque alguien se había levantado.
Me quedé mirando la imagen demasiado tiempo. Intenté adivinar si habían hablado de mí, qué había dicho cada uno, si alguien habría preguntado por qué no estaba.
Amplié la foto hasta que las caras se deshicieron en cuadrados. Volví a dejarla como estaba.
Abrí la conversación con Luis. Escribí «¿Qué tal fue?». La dejé ahí unos segundos y luego borré las tres palabras. Él me había preguntado por la mañana si había terminado de vaciar las cajas plegables; respondí que el lunes se las llevaría.
Apagué el teléfono y salí a comprar pan. En la panadería de debajo de casa quedaban pocas cosas. La dependienta me preguntó si quería la barra entera o media. Pedí media. Después cambié de opinión y compré una entera para congelar lo que sobrara.
La dependienta cambió de bolsa y fue a la caja. Esperé junto al mostrador, con unas monedas calientes en la palma.
Al volver encontré un mensaje de Mateo. Había propuesto una hora concreta para la cerveza. Añadió que iría solo, para que no hubiera sorpresas.
Respondí que me venía bien.
El sábado nos sentamos en una terraza distinta de las habituales. Mateo me contó problemas con un cliente, me enseñó unas fotografías y, al cabo de un rato, preguntó cómo estaba. Le dije que regular. Lo aceptó sin pedir una versión completa.
Me enseñó una fotografía de una parada de autobús bajo la lluvia. En el cristal se reflejaba un escaparate iluminado y, en primer plano, un hombre llevaba dos bolsas llenas de naranjas.
—Esta me gusta —dije.
—A mí también. Pero no sé si es buena o es que aquella tarde lo pasé bien.
Quiso explicarme por dónde habían ido, dónde se había colocado él. Amplió la esquina de la imagen.
—Ahí hay un paraguas cortado que no me gusta.
—Pues yo ni lo había visto.
Dudó un momento y me enseñó otra versión. Le dije que prefería la primera. Se quedó pensando y después guardó el teléfono para pedir otra bebida.
Volví andando al piso. Tuve que dar una vuelta porque todavía no conocía bien la conexión entre dos calles. En el semáforo recordé las bolsas de naranjas y pensé que debía decirle a Mateo que conservara aquella foto. Se la pedí cuando llegué.
En la encimera encontré la barra de pan que había olvidado congelar. Estaba dura por un extremo. Corté la parte que todavía servía y dejé el resto para rallar. Mientras cenaba llegó la fotografía. Mateo había dejado el paraguas en el encuadre.