Eso no pasó así 25. El mensaje de voz
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25. El mensaje de voz

El audio llegó el martes, a las once y cuarenta de la noche. Duraba dos minutos y diecisiete segundos.

Yo estaba montando la lámpara de mesilla sobre la mesa del salón. Había quitado la pantalla para traerla y no conseguía dejarla recta. Seguían cerradas tres cajas y me faltaba el mando de una regleta. Dejé el destornillador cuando vi el nombre de Andrés.

No lo escuché enseguida. Miré la línea de sonido y volví a leer la hora. La pantalla se apagó antes de que me decidiera. La encendí otra vez; tenía el pulgar húmedo y tardó en reconocerlo.

Me senté en la cama y pulsé el botón.

Su voz sonaba cansada. Oí un roce al principio, como si hubiera cambiado el teléfono de mano.

Dijo que la casa estaba rara. Que seguía buscando mis cosas por costumbre. Que había puesto dos platos al sacar la cena y se había dado cuenta demasiado tarde. Me contó que había estado pensando en nosotros, en las veces que no supo escuchar y en lo mal que habíamos acabado hablando.

Hasta ahí tuve que detener el audio.

Lo volví a poner desde el principio. Quería oír otra vez «las veces que no supe escuchar» sin llegar todavía a lo que vendría después.

Después dijo que le dolía que yo lo estuviera convirtiendo en un hombre que él no reconocía. Que no había querido hacerme daño. Que también había estado solo durante mucho tiempo, incluso conmigo al lado. Que ojalá pudiera recordar todo lo bueno antes de cerrar una puerta de aquella manera.

Al final bajó la voz.

—Yo sé quién eres, Julián. Sé cómo te cuidas poco, cómo te quedas dándole vueltas a las cosas. Nadie va a querer que estés bien como lo quiero yo. No te digo que vuelvas esta noche. Solo que no decidas para siempre desde el dolor. Te echo de menos.

Se oyó una respiración. Luego el audio terminó.

Me quedé sentado con el teléfono en la mano. El silencio de mi dormitorio pareció demasiado grande después de escuchar su voz tan cerca.

No pensé primero en las frases que me habían dolido. Pensé en los dos platos. En la cocina, en la luz sobre la mesa, en Andrés recogiendo uno de ellos y volviéndolo a guardar. Podía imaginar la escena con tanta precisión que me pareció cruel no estar allí para evitarla.

Volví a escucharlo. Esta vez sin detenerlo.

Había cosas que yo también sentía. La costumbre de buscar al otro. El extrañamiento de una casa donde faltaba alguien. El deseo de que los recuerdos buenos no quedaran reducidos a una explicación de por qué tardé tanto en irme.

La grabación había terminado y yo seguía sujetando el teléfono junto a la oreja. Lo separé al oír un golpe en la calle.

Abrí nuestra conversación para responder. Escribí que yo también lo echaba de menos. Borré la frase. La volví a escribir con una explicación sobre por qué no podía volver. Pronto tenía un mensaje tan largo que necesitaba desplazar la pantalla para leer el comienzo.

Lo guardé sin enviar.

Llamé a Inés. Era tarde y me arrepentí cuando escuché su voz somnolienta.

—Perdona. ¿Te he despertado?

—Estaba medio dormida. ¿Qué pasa?

Le dije que Andrés había mandado un audio. No quise hacerla escucharlo entero; le conté lo que decía y algunas frases concretas.

—Suena muy triste —añadí.

—Puede estar triste.

—Lo dices como si diera igual.

—No he dicho eso.

Me froté un ojo con el nudillo. Había despertado a mi hermana para enfadarme con ella.

—Y yo también lo estoy —dije.

—Ya lo sé.

Nos quedamos un momento sin hablar.

Inés me preguntó qué estaba a punto de hacer. Miré la chaqueta colgada junto a la puerta. No había decidido ir a verlo, pero ya había imaginado el recorrido en coche y dónde aparcar.

—No lo sé.

—¿Has cenado?

Le dije que sí, aunque había comido apenas un trozo de pan mientras montaba la lámpara. Mi hermana me conocía lo suficiente para pedir una segunda respuesta. Se la di.

Me pidió que comiera algo.

—No voy a arreglar esto cenando —contesté.

—Ya. Pero si llevas todo el día con un trozo de pan, mañana me vas a llamar desde el suelo.

La oí bostezar y me entró otra vez la culpa. Le dije que tenía sopa. Me pidió que dejara el mensaje para la mañana si podía y que la llamara si necesitaba compañía. Le dije que no hacía falta que viniera.

Después de colgar calenté una sopa. La tomé despacio, sentado en la única silla cómoda que tenía. Dejé el teléfono en la mesa. Comí dos cucharadas antes de comprobar si Andrés había escrito algo más. A la quinta, la sopa ya no quemaba. Terminé el plato.

A la mañana siguiente lo escuché una vez más antes de ir al trabajo.

La voz era la misma. También la frase sobre que nadie querría que yo estuviera bien como él.

Pensé en mi hermana respondiendo medio dormida, en Tomás subiendo una cama, en Luis prestando cajas después de aceptar que yo todavía no confiaba en él.

Se me había hecho tarde. Guardé el teléfono, busqué una camisa y, antes de salir, escribí a Inés que había cenado y que estaba bien. Ella respondió con una foto de su taza de café y dos palabras: «Yo resucitando».

A Andrés le escribí un mensaje breve. Le dije que había escuchado el audio, que también estaba triste y que mi decisión de vivir separado seguía siendo la misma. Le pedí distancia durante un tiempo y que utilizáramos los mensajes para las cuestiones prácticas pendientes.

No envié el texto largo de la noche anterior. Lo guardé en mi cuaderno, sin convertirlo en una carta que debiera llegar a ninguna parte.

Andrés respondió horas después: «Entendido».

Me dolió que fuera tan breve. Había pedido distancia y una parte de mí quería que se resistiera de una manera que demostrara cuánto me necesitaba. Reconocer eso me dio vergüenza. Se lo conté a Clara en la siguiente sesión, sin adornarlo.

El sábado me llamó Elisa. Preguntó si podía verla un rato. Había algo en su voz que me hizo aceptar antes de mirar qué tenía previsto.

Quedamos en una cafetería cerca de su casa. No fui a buscarla al portal. Llegó despacio, con una bolsa de tela y el pelo recién arreglado. Me dio dos besos y me preguntó si estaba comiendo bien.

Le enseñé una fotografía del piso, una del salón vacío de los primeros días. Sonrió con esfuerzo.

—Es pequeño.

—Sí. Me sirve.

Sacó de la bolsa una fiambrera.

—He hecho croquetas. Sé que te gustan.

Se lo agradecí y puse la fiambrera en la silla libre. Elisa me pidió que tuviera cuidado, que no cerraba bien por una esquina.

Al principio hablamos de mi madre y de la lámpara que le había arreglado tantos años antes. Seguía funcionando. Elisa dijo que ahora todo duraba menos. Yo le expliqué que había cambiado un interruptor, no inventado una manera nueva de iluminar una casa. Se rio.

Después dejó la cucharilla en el plato.

—Mi hijo está muy mal.

Asentí.

—Lo siento.

—Te quiere mucho.

No respondí enseguida. Ella me miró como si esperara que esa información resolviera algo.

—Yo también lo he querido mucho —dije.

—Lo has querido no. Lo quieres.

Me quedé quieto. No era una pregunta.

Elisa empezó a hablar de la infancia de Andrés, de su padre. Conocía muchas de aquellas historias; otras me las había contado él de una manera distinta.

—Tú sabes lo que ha hecho siempre por los demás —dijo.

Asentí. Quedaban unas migas en el plato. Las reunió con la cucharilla y volvió a explicarme que su hijo nunca había sabido pedir ayuda. Mientras hablaba me miraba fijamente, esperando que yo encontrara algo que hacer.

—No quiero hablar con Andrés a través de ti —dije al fin.

Se quedó sorprendida.

—Solo soy su madre.

—Lo sé. Y yo te tengo cariño. Pero no puedo hacerte responsable de entender todo lo que ha pasado, ni puedo volver para que tú estés más tranquila.

Elisa bajó la mirada hacia la fiambrera. Me oí hablándole como si hubiera preparado la frase antes de llegar. Estuve a punto de decirle que me había expresado mal.

No lo hice. Añadí que agradecía los años en que me había tratado como parte de su familia. Que no quería hacerle daño. Que necesitaba que, si nos veíamos, no fuera para convencerme de regresar.

Elisa se quedó callada mucho rato.

—No sé si voy a saber hacerlo —dijo.

Alcé la vista. Tenía los ojos húmedos. Le dije que tampoco yo sabía muy bien cómo íbamos a hacerlo.

Terminamos el café. La acompañé hasta la esquina, donde podía llegar sola al portal. Me abrazó antes de irse. Yo la abracé también.

Volví al piso con la fiambrera en la mano. Guardé las croquetas en la nevera. En la tapa había una tira de cinta con mi nombre, escrita con la letra grande de Elisa. Me senté sin quitarme la chaqueta. Recordé la primera vez que me preparó comida para llevar, cuando yo aún la llamaba de usted.

Esa noche no escuché el audio. Sabía que seguía allí. No necesitaba borrarlo para pasar unas horas sin su voz.

Terminé de montar la lámpara de mesilla. Al encenderla vi que la pantalla seguía torcida. Aflojé el aro, la giré un poco y volví a apretar. Esta vez quedó bien. Me la llevé al dormitorio.