Eso no pasó así 24. Sin hacer ruido
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24. Sin hacer ruido

La mudanza hizo más ruido del que yo habría querido.

Sergio había alquilado una furgoneta y Luis llegó con el maletero vacío. Traían mantas, cuerdas y una confianza en el espacio disponible que desapareció cuando vieron la mesa del cuarto verde.

—Esto pesa —dijo Sergio.

—Es madera —contestó Luis.

—Gracias. Ya sospechaba que no era espuma.

Me reí. Fue un alivio que pudieran decir una tontería en aquella casa sin que yo tuviera que explicar qué momento estábamos viviendo.

Andrés abrió la puerta con una taza en la mano. Saludó a los dos. A Luis lo abrazó un poco más de lo necesario, o quizá me lo pareció porque estaba pendiente de cada gesto. Luis respondió con naturalidad y enseguida preguntó qué había que bajar primero.

Habíamos preparado una lista para esa recogida. La llevaba doblada en el bolsillo y fui tachando cosas al bajarlas. Beatriz seguía revisando los documentos; había pedido que los pagos y la cocina se trataran aparte. Ninguno los mencionó aquella mañana.

Bajamos primero libros y ropa. Después la silla, la mesa y una pequeña cómoda que habíamos decidido que me llevaría.

Andrés había quitado de encima sus cosas y dejado los cajones vacíos.

Uno se abrió al inclinar la cómoda. Sujetó el tirador mientras yo le pasaba la cuerda por debajo.

Durante un momento trabajamos como tantas otras veces, sin tener que decirnos qué mano debía ir dónde.

Mientras Sergio aseguraba la mesa en la furgoneta, Luis y yo volvimos a subir por las últimas cajas. En el rellano nos encontramos con una vecina.

—¿Estáis de obras? —preguntó.

—Me mudo —dije.

Miró hacia la puerta abierta. Andrés estaba dentro, recogiendo un trozo de cartón.

—Ah —contestó—. Bueno, que sea para bien.

Le di las gracias. La vecina siguió subiendo con su bolsa de la compra. En cuanto pasó, Luis me pidió que dejara de sujetar la caja por el cartón roto.

Luis cogió dos cajas y me dejó solo unos minutos con Andrés. La puerta seguía abierta. Se oía a Sergio abajo, hablando con alguien sobre dónde podía aparcar.

Andrés miró el hueco de la mesa.

—Va a quedar raro.

—Sí.

No intenté decirle que se acostumbraría. Era una frase que yo mismo no habría querido escuchar.

Me preguntó si me faltaba algo. Revisé el cuarto, el dormitorio y el armario del pasillo.

Había cosas que no pude decidir en ese momento.

Las añadimos a otra lista. Andrés propuso el siguiente fin de semana; le dije que primero tenía que mirar el turno.

Quedamos en escribirnos para fijar la recogida.

En la cocina devolví el recipiente de la comida. Lo dejé limpio sobre la encimera.

—Estaba buena —dije.

Andrés asintió. Tocó la tapa con dos dedos, como si comprobara que cerraba bien.

—Me alegro.

Saqué las llaves del bolsillo. Habíamos acordado devolver las copias al terminar la mudanza principal y coordinar cualquier entrada posterior. Las dejé en el cuenco de la entrada, no en su mano.

El aro rojo seguía unido al juego que me había dado tantos años antes. Pensé en quitarlo. No lo hice. Ya no sabía si aquel pequeño objeto me pertenecía más que el resto de las llaves.

Andrés lo miró.

—¿No vas a quedarte una por si acaso?

—Prefiero que organicemos lo que falte cuando haga falta.

No respondió. Metí la mano en el bolsillo vacío y encontré un tornillo de la mesa. Lo había guardado allí para no perderlo.

Nos quedamos de pie en el pasillo. Había una marca más clara en la pared donde había estado una estantería pequeña. Detrás de los muebles las casas conservan colores que los demás no recuerdan.

Andrés me preguntó si estaba seguro.

Pensé en la cama sin montar, en llegar del trabajo y comer solo. Todavía podía equivocarme en tantas cosas. Andrés esperaba una respuesta.

—Estoy seguro de que necesito irme —contesté.

Levantó la vista. Pareció que iba a decir algo, pero Luis apareció en el rellano para preguntar por una bolsa que habíamos olvidado.

La cogí. Andrés abrió la puerta un poco más para que pudiera pasar.

—Cuídate —dijo.

Estaba muy cerca. Le vi un hilo prendido en el hombro y tuve el impulso de quitárselo.

—Tú también.

Bajé con la bolsa en una mano y mi lámpara de mesilla en la otra. En el segundo piso tuve que parar para cambiar el peso de sitio. Luis esperó detrás de mí sin decir nada.

Al llegar a la calle sentí ganas de volver a subir. No por una cosa olvidada. Por corregir la escena, despedirme mejor, asegurarle a Andrés que no estaba convirtiéndolo en alguien a quien había dejado de querer.

Sergio me pidió que sujetara una manta mientras cerraba la puerta de la furgoneta. Lo hice. Esa tarea pequeña me mantuvo en la acera hasta que pasó la urgencia.

El nuevo piso nos recibió con tres tramos de escalera estrecha.

La mesa no cabía como habíamos calculado.

Hubo que inclinarla, descansar en un rellano y volver a intentarlo.

Un vecino salió a preguntar si necesitábamos que abriera del todo la puerta del portal.

Aceptamos su ayuda. Sudamos, rozamos una pared y discutimos durante cinco minutos sobre qué lado debía subir primero.

Inés estaba arriba limpiando un armario. Había comprado pan, fruta y algo de comida para no tener que cocinar entre cajas.

—No he colocado nada tuyo —dijo—. Solo he quitado polvo.

Se lo agradecí. Yo mismo no sabía dónde quería poner las cosas.

Tomás llegó a media mañana con Miguel. Traían una estructura de cama que tenían guardada, acordada conmigo unos días antes, y varias herramientas para montarla.

El colchón lo había comprado yo y lo entregarían esa tarde.

Dejamos las piezas apoyadas en la pared del dormitorio.

Miguel preguntó dónde estaba el manual. Tomás lo buscó en la bolsa de los tornillos; sabía que lo había guardado y no aparecía.

Trabajamos todos durante horas. Tomás encontró el manual y Miguel dijo que prefería no saber dónde. Yo me reí desde la cocina. Estaba lavando vasos para darles agua y se me cayó uno al fregadero. No se rompió, pero el golpe me hizo cerrar los ojos.

—¿Qué falta? —preguntó Sergio.

Le dije que nada, que ya terminábamos. Faltaban muchas cosas. Me quedé un momento apoyado en la encimera, oyendo sus voces al otro lado, y deseé que se fueran. Enseguida salí a preguntar si alguien quería más agua.

Comimos sentados en cajas y en la silla plegable que había dejado Amalia. Sergio se manchó el pantalón y dijo que por eso nunca debía llevar ropa decente a una mudanza. Inés recordó que aquella ropa ya no era decente antes de salir de casa. Él se rio y le pidió una servilleta.

Luis estuvo más callado que los demás. En un momento se acercó a preguntarme si quería que se llevara alguna caja vacía. Le dije que sí. No intentó aprovechar la ayuda para hablar otra vez de lo nuestro.

A media tarde llegó el colchón. Lo subimos entre varios y terminamos de montar la cama. Tomás comprobó que no se moviera. Miguel se tumbó encima un segundo para probarla y dijo que no se responsabilizaba de despertarse antes de cenar. Nos reímos. Le tiré una toalla.

Cuando empezaron a irse, Inés me preguntó si quería que se quedara un rato más.

—No. Gracias. Creo que necesito estar solo.

Me abrazó. No parecía herida por la respuesta.

Luis fue el último en bajar. Me entregó las cajas plegables vacías y dijo que podía devolverlas cuando terminara, sin fecha. Le di las gracias por haber venido. Tenía una rozadura en el dorso de la mano. Le ofrecí una tirita; dijo que llevaría alguna en el coche y bajó tras los demás.

Cerré la puerta.

La casa quedó en silencio, pero no vacía. Había bolsas, mantas, herramientas y una taza de café que alguien había dejado en el alféizar. Me senté en el suelo del salón porque todavía no tenía sofá.

El teléfono vibró. Era Gabi, preguntando por un documento del trabajo. Empecé a escribir una explicación larga. La borré y le indiqué dónde estaba guardado y quién podía ayudarlo ese día. No fui al hotel ni abrí el ordenador. Era sábado y estaba de descanso.

Después apareció un mensaje de Andrés: «¿Has llegado bien?».

Lo miré durante un rato. Podía responder a una pregunta concreta sin iniciar una conversación. Escribí que sí, que la mudanza había terminado. No añadí fotografías ni describí el piso.

Dejó de escribir.

Me levanté para hacer la cama. Las sábanas eran nuevas y todavía tenían las marcas de los pliegues. No conseguí que quedaran del todo lisas. Las dejé así.

Esa noche cené de pie en la cocina, usando la única olla que había encontrado. La comida se pegó un poco al fondo. Abrí una ventana para que saliera el olor y me reí al pensar que nadie iba a decirme que había empezado mal mi nueva vida por quemar una cena.

Después lloré. Dejé la cuchara sobre la encimera y me quedé junto al fregadero, con el plato caliente entre las manos. Cuando volví a probar la comida ya no me apetecía. Comí un poco más y guardé el resto.

Dormí con la puerta del dormitorio abierta. Me desperté varias veces, sin reconocer los ruidos. Cada vez tardé unos segundos en recordar dónde estaba. En una de ellas alargué la mano hacia el otro lado de la cama y encontré la sábana fría.

A las siete oí subir la persiana de la panadería. Me levanté a buscar la cafetera. Estaba en una caja marcada «baño», envuelta en una camiseta de trabajo.